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COMUNICACIÓN

Una entrevista de más

Por YASHUAbcn - 20 de Abril, 2009, 12:13, Categoría: COMUNICACIÓN

Una entrevista de más[1] 

Mikelomag me llamó a finales de un verano después de mucho tiempo de no saber nada de él. Expresó su deseo en verme y  me comentó algo de unas reuniones exquisitas que estaba prodigando. Lo de exquisito se apoderó en seguida de mi imaginación. Todo el mundo  debería llevar algo para cenar que no necesariamente fuera caro pero  que fuera elegante y selecto. Me cautivó la idea y decliné su primera proposición de una cita personal para tenerla en el seno de una reunión de ese grupo. De hecho Mikelomag no me parecía pertenecer a ninguna clase pudiente ni me daba la impresión que tuviera muchos ingresos económicos como para patrocinar encuentros con ese punto de elitismo; aún así me pareció una buena idea. En todo caso una cita con un nuevo grupo permitía siempre un incremento de probabilidades mientras que una cita con una sola persona, si resultaba agotada o aburrida, era su decremento.

Entendámonos: no es que no  me apeteciera el reencuentro  con él pero no tenía ningún registro de su confidencialidad, comunicación o  identificación en mi memoria. Sólo lo recordaba cómo alguien llamativo dentro de un grupo de raros con el que salí  de excursión en unas pocas ocasiones y nada más. ¡Ah sí! recordaba algo acerca de su  declaración  de homosexual y punto. Al parecer él de mi se acordaba de bastantes más cosas.   Tal vez porque le había regalado alguno de mis textos impresos y eso le dio una visión de mi mayor de la que le pude comunicar directamente con mi voz.

Tomé nota de la cita para un sábado noche. El plan era ir a la playa. Llegado el día, la lluvia y un  lapsus de olvido  me hicieron perder mi asistencia. Nada grave. Le había dicho más de ir por compromiso que por interés. Estaba tan bien con mi acompañante -a la cual también conocía y que también iba a venir- que a los dos se nos pasó por alto ir al lugar de la cita. Llamé en seguida pero el número del  que disponía estaba mal anotado.

Pasado algún tiempo más restablecimos el contacto y quedamos de nuevo. Ésta vez, él y yo. Accedí a la cita ya que fue establecida en mi ciudad  del extrarradio metropolitano. De haberme tenido que desplazar expresamente al centro cosmopolita es posible que la hubiera declinado. 

Le mostré mi ciudad y estuvimos como dos horas y media de plática. Lo llevé a pasear por la ribera de las ranas, un lugar cuyo nombre oficial desconozco pero que es un paseo precioso de árboles y de croares en los veranos y donde suelo ir a pasear cuando quedo con alguien para eso. Me habló de  la crueldad de la vida y de la soledad, sus dificultades en establecer una pareja sexual en su caso.  Sus problemas físicos, su retraso biográfico para alcanzar la vida sexual. Jamás había tenido una vida convivencial establecida; y –ojo al dato- había tenido que tomar medidas para contener sus reacciones violentas. Me habló de sus ejercicios de meditación y relax, de las sesiones de vipassana donde había participado y de los cuartos oscuros donde era posible tener tratos carnales sin saber con quién. En fin, me hizo de consultante para una sesión analítica pero sin pago. También se las ingenió para preguntarme si yo estaba disponible. No entendí muy bien la pregunta ya que al principio de la cita me objetó que yo tenía un aspecto asalvajado. Había entendido perfectamente su objeción. Él,  pretendidamente rasurado, era una víctima de su imagen para conseguir relaciones que el infortunio le prohibía, yo sin estar atento a la mía no estaba en el drama de esa tesitura. Él pertenecía a un club de perfeccionistas que un pelo de mas o una ralla equivocada en el cabello podían ser imperdonables, yo pertenecía a otro donde las formas eran más excusadas en función del fondo de las comunicaciones.

En un momento dado trató de demostrarme su vanguardismo y su arrogancia transgresora pidiéndome que fuéramos juntos cogidos de la mano. No se la retiré pero le hice notar que era una mano temblorosa, gélida y sudada, elementos propios de la ansiedad y de la inseguridad.

Le expliqué mi teoría de la psicología de relaciones y los conflictos entre el yo y el otro. No entendió para nada mi prosa, e incluso se disgustó por hablarle con conceptos tan difíciles,  según me dijo. Me igualó automáticamente a un plural con otro psicólogo, su cuñado, con el que tampoco tenía facilidad comprensiva. La verdad es que no entendí su protesta, puesto que su profesión, o eso dijo, era la de terapeuta y trataba con los problemas de la gente. Ni siquiera me hice la pregunta de cómo podía ser eso y desde luego no se la expresé. Tan pronto enseñó sus cartas de la ignorancia y su desinterés por salir de ella (antes de concluir la primera hora de la cita) no vi la posibilidad de una comunicación intelectual con su persona ni una amistad emocional. Mucho menos cuando su propuesta inicial de que participara en sus encuentros “selectos” no la mantuvo por temor a que fuera a uno de ellos y lo desbancara del puesto de mánager. No concebí como podía ser maestro de ceremonias de una reunión de solitarios. Si él era así, ¿cómo estarían los demás para admitirlo como organizador? El resto del encuentro fue para seguir un guión de cortesía y perder miserablemente el tiempo. Lo acompañé hasta la estación del ferrocarril. En ningún momento me surgió invitarlo a casa. Antes de despedirnos me dijo: Me ha gustado mucho ver que estás tan bien. Y le contesté a mí también me ha gustado verte de nuevo.



[1] http://disc.server.com/discussion.cgi?disc=201407;article=2694;title=Hoyenelmundo

Ligandas en crisis

Por JesRICART - 3 de Marzo, 2009, 17:54, Categoría: COMUNICACIÓN

Ligar es posiblemente una de las palabras más gastadas y equívocas que existen en el vocabulario castellano. Haber ligado da cuenta de haber contactado con alguien  superando las fronteras del formalismo y la superficial. Haber pasado pues al contacto físico y a una cierta exploración íntima, no quedando claro si tal superación  ha llevado a la consumación integral de una cópula al menos y al placer de los orgasmos o a una conversación de tipo personal. Cada pretendiente del asunto hace su propia traducción particular de la palabra. Ya que casi todo gira en torno a los momentos de ocio como motores activantes del resto de la semana, ligar se convierte en un objetivo febril de viernes y sábado noche.sin conocer a gente con la que pasarlo bien, parece que el gusto por la vida decrece un poco.  Todos y todas estamos atrapados en esa especie de aventura del contacto para dar con gente fuera de lo ordinario y de las horteradas acostumbradas.

 

Nos interesan seres bellos y elegantes, inteligentes y dulces, seguros y enérgicos, amorosos y pasionales, espectaculares y térmicos.Pero antes de saber que clase de personalidad tenemos delante se puede caer en equivocaciones de interpretaciones injustas, desechando a la gente en función de la presunción que nos hacemos de ella. Y la verdad es que no es para menos. Tanto en una disco como en un chat, das de entrada con un griterío denso de gallináceos que se buscan en la oscuridad. Hace falta mucho tesón y paciencia de santo para hurgar entre tanto ruido mezquino e intuir que detrás de un gesto sensual (en la zona de baile)o de una palabra clave (en la zona virtual) pueda  haber  una figura humana con verdadero interés.En todo caso, una sala de baile llena de música máquina y estridente no es el sitio mejor para conocerse, aunque sí para tomar buena nota de las señales de los cuerpos en movimiento y por lo que hace a los contactos de moda por internet, el ruido también es notorio con una profusión de mensajes brevísimos, desarticulados, cuando no estúpidos e ininteligibles.

 

Un chat es metafóricamente, como una especie de sala oscura donde los que llegan y los que están van dando palos de ciego en forma de holas y microfrases sin que los demás las oigan.Cuando al fin, alguien responde al hola de alguien y pueden tratar de iniciar un simulacro de contacto verbal se desparrama entre  otros muchos contactos en paralelo. Una bestialidad. El único sentido es tratar de pasar a un canal privado para hacer un negocio de prosas de una forma más calmada.Después si todo va bien y con la conversación subida de tono se puede montar una cita para ese mismo día o para otro y pasar al interés directo que ocupa la mayoría de personas sumidas en su incompletud:encontrar a otras para hacer el amor,pasarlo bien y desear repetir. el chat a diferencia del espacio directo desinhibe a todo el mundo, y todo el mundo amparado tras su máquina en su casa puede vender lo mejor de si mismo.  Pero entre que se pretende ligar para llevar a término un deseo convirtiéndolo en una situación de verdad,hace falta armarse de  mucha vocación y habilidad en el texto rápido y la conversación corta para desmarcarse entre tanta marabunta mojigata. Además los contactos no están exentos de peligro en un mundo de manguis y atropelladores que buscan permanentemente de quien aprovecharse.

 

Con esta prevención se puede sortear todo peligro, haciendo las preguntas directas sobre la personalidad contactada, para acabar completando la información  por móvil o telefonía. Teóricamente pues a pesar de que vivimos en un mundo de ligandas en crisis, porque incluso los ligues realizados pueden dejar mal sabor de boca y de anatomía por haberse llevado chascos en la práctica, la verdad es que técnicamente es posible iniciar un fin de semana chateando y terminándolo con una  fiesta orgiasta de grupo.Hace falta quien arriesgue su espacio privado para llevar desconocidos, aunque siempre se puede buscar un lugar neutro:en la playa o en el parque. Otra cosa es que en el vis a vis, la gente no tenga todos los atrevimientos que volcó en el cuadro de chat y se corte.Pero todo es cuestión de aprendizaje y alguna dosis extra de desinhibición  para saberse mover entre los demás. Cualquier otro modo de comunicación no está exento de reveses.

 

La cuestión principal es que los que nos buscamos en la dimensión sentimental y sensual,cuando empezamos a saborearnos en esta configuración no nos asustemos porque al otro lado de la red alguien es sensible a nuestras muestras de afecto y parece cumplir los requisitos mínimos de la reciprocidad. Otra cuestión es analizar el potencial comunicacional encerrado en los foros virtuales ,en los chats de relaciones personales y en los cybersexos, que puede apuntar a cambiar por completo el modo de posicionarnos ante la perspectiva de conquista del Otro como fuente de amor, de diversión y de placer.

 

 

La verdad relativa

Por JesRICART - 28 de Enero, 2009, 14:05, Categoría: COMUNICACIÓN

 La verdad relativa o la sinceridad integral imposible.

La sinceridad nos sirve para reconocer que hemos mentido con glamour en el supuesto de que podamos permitirnos hacer el mejor de los balances. La declaración de la sinceridad permanente es propia de las personas insinceras cuya mentira estructural permanente  les impide saber que sus vidas están ocupadas por sus impostores. La sinceridad cuya apología ha sido constante y que sigue teniendo defensas  es declinada por la fuerza de la realidad o los imperativos de las relaciones. De hecho, toda sinceridad es una cruzada contra el tedio y la inercia ordinaria de los demás. Por eso, el acto sincero es una provocación pública y su protagonista es condenado a la indiferencia y la subestimación en el mejor de los casos y al fuego del cadalso en el peor. Juan Cruz Ruiz[1] condensa la fuerza antagonista del agente sincero de esta manera: “El pregonero de la sinceridad es una amenaza social”[2] El elogio de la sinceridad permanente es un valor etéreo que choca prematuramente con los condicionantes del universo infantil y se hace hipócrita en la vida adulta cuando las entregas de cada verdad sólo pueden ser dosificadas y de maneras relativas. Defender la estructura relativa de la verdad es apoyar la tesis de una sinceridad integral imposible. Reconocer tácitamente en el otro el derecho a la prerrogativa de sus presumibles errores pasa por no enfrentarlo desde los razonamientos propios; al callarlos se estable un nexo de insinceridad dentro de una presunción de tolerancia y pacto mutuo.

Pero la insinceridad es un comportamiento universal ampliamente compartido e incrustado en las sociedades basadas en la mentira. Buscar el proceso que las ha configurado así nos lleva al análisis de la estructura vital en la tendencia supervivencial del ser humano. La insinceridad como criterio configurante de la sociedad hipócrita contiene la inteligencia, la astucia y el plan de dominio. Lao Tsé lo dijo así “tan pronto  como la prudencia y la perspicacia existieron se vio nacer una gran hipocresía”. La hipocresía o la hipo-crítica, sitúa a los hablantes en una performance por debajo de lo que saben y en un simulacro substitutorio de lo que les gustaría preguntar o decir. Esta falta en el decir remite a la falta estructural presente en la psique humana cuyo empeño por ser choca contra sus naufragios en la nada o en la incertidumbre. El elogio de la verdad en general es tanto más factible cuanto menos posible es necesario actuarla. Lo que un deseo epistémico instaura un concurso de condicionantes de intereses contrapuestos desbanca. ¿Cómo comunicar la pasión por la mujer del amigo? ¿La codicia por los bienes ajenos? ¿La falta de dominio en el ejercicio del puesto profesional? ¿La poca altura en los roles que las circunstancias pueden llevar a colocarnos? La sociedad cree que se auto-regula por una moral pública en la que el código del honor está impreso de la apología de la verdad y es estricta por lo que hace a mentiras descubiertas[3]. Paralelamente la verdad es algo que se abre paso a través de la mentira y una larga tradición cultural en la literatura y las artes escénicas han enseñado que para hablar según que temas ha sido necesario acudir a vías representacionales, imaginarias y distintas a las reales. La mentira sigue siendo a menudo un recurso para la verdad y la insinceridad  termina por ser algo tan establecido implícitamente que forma parte de los rasgos culturales de las interrelaciones. El deseo de transparentarlo todo es una característica adolescentista. La interacción con el otro colectivo va frenando esta tendencia y va filtrando las cosas decibles de las que no lo son.

 La sinceridad integral tiene un caudal potencial de herida emocional al otro tanto más elevada cuanto menos dispuesto esté a ser descubierto en sus secretos o a mirarse en un espejo  aumentativo. La verdad relativa es un juego verbal disipativo, fallado por los convencionalismos, que esconde la idea de la verdad total imposible aunque en realidad practica la comunicación de acuerdo con ella. Relativizarla toma la manera social -y no sólo académica- de abstraerla para librar las conversaciones de sus contenidos pragmáticos y de las costumbres personalizadoras.  Las ideas pueden ser dichas cuanto más crípticas sean expresadas y  no son toleradas en la proporción directa de la nominalización de las conductas rechazables. Lo que pasa en el orden de las verdades personales o privadas también pasa en el orden de las verdades públicas, de estado y científicas. Las sociedades de cada época se resisten a admitir según que descubrimientos  y sus reconocimientos son demorados al máximo posible si ponen en discusión el rol egocéntrico del hombre o de determinadas creencias o instituciones. Así mismo las familias ocultan las verdades de sus personajes disidentes o problemáticos dentro de sus linajes que puedan dañar sus imágenes de poder o clanes.

 

 



[1] Vinculado a El País.

[2] Juan Cruz, Contra la sinceridad  Martínez Roca.Barcelona  2000 p.94

[3] La sociedad catalana se sintió estafada cuando Enric Marco, presidente entonces de la  Amical Mauthausen que había enseñado en espacios de todo tipo los horrores nazis del holocausto, admitió no haber sido residente nunca de mningun campo de exterminio a partir de las investigaciones realizadas por algunos historiadores y concretamente por Bermejo.Su mentira reconocida sería un duro golpe contra la historiografia basada  en fuentes primarias de confidencialidad oral no apopyada documentalmente y aprovechada  por los negacionistas del holocausto judío. La confesión de Marco no invalidaba su condición de actor real y de mensajero de una información real contra el olvido histórico. Era una revivencia con su confesión del cretense que afirmaba que todos los cretenses eran unos mentirosos. El reconocimiento verdadero de la mentira la invalida de una manera u otra. Terricabras capturó la situación con precisiñón quirúrgico: estábamos ante el caso de un mentiroso que decía la verdad. 

La no-respuesta y su fraqueza

Por JesRICART - 28 de Enero, 2009, 14:01, Categoría: COMUNICACIÓN

La no-respuesta y la franqueza cuestionada  que hay detrás.

Los estados de no respuesta están permanentemente presentes en los campos comunicacionales. Obedecen a distintos factores causales:

uno, porqué se carece de respuesta lo cual evidencia  una ignorancia.

dos, porqué la que se tiene es incoherente y falta de ética, lo cual evidencia o la falta de inteligencia o la prepotencia de unos intereses inconfesables o ambas cosas a la vez.

tres,  por protocolo o por  la inconveniencia política de hablar o contestar  lo cual prioriza la hipocresía

y cuatro, por la evitación de situaciones emocionalmente difíciles de tratar lo cual establece la presunción de la propia  vulnerabilidad.

La comunicación interhumana  se empantana en laberintos de difícil salida cuando encierra datos o prohíbe argumentos o elude respuestas correspondientes a sus preguntas específicas. Es así que se encalla en espacios de desinformación y silencio a costa de la verdad y la autenticidad de los procesos de relación.  Desgraciadamente la llamada verdad sólo puede ser la resultante de inferencias y análisis por encima de confesiones y declaraciones. La verdad se sirve de la sinceridad aunque sean cosas distintas y esta se genera a partir de necesidades subjetivas en contextos objetivos para su permisividad. En tanto que no es -o no pude ser-  ejercida por sistema, la complicación de las producciones comunicativas incrementa la formación de sus ficciones adoptadas por más seguidores en detrimento del conocimiento público de las leyes que mueven  las razones del contacto humano. El debate significativo no es el refrendo acerca de si hay que ser o no sincero ante las encrucijadas existenciales  sino si ésta es posible ser establecida de una manera permanente. Para André Maurois “Ser sincero no es decir todo lo que se piensa sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa”. Decir todo lo que se piensa es un imposible fáctico , una irreverencia personal y una  indeseabilidad coyuntural. Decirlo fraccionalmente y en la medida de las posibilidades de cada hablante de acuerdo con la situación atencional de quien le interese proporciona elementos para pedir la ampliación de respuestas en tanto se busque su facilitación.

A mayores situaciones  vividas de no respuesta, el hablante puede  zafarse provisionalmente de la disonancia concreta con el medio que le pregunta, pero eso le lleva a refugiarse en su fortín de privacía, o en su mundo interior aparte  que no tendrá nada que ver con su apariencia.

Por el contrario, a  una cantidad mayor de situaciones de respuesta el hablante puede colocar su rol y espacio ante el mundo, defender su identidad sin  tener porqué esconderla y autentificar su ser a partir de esa interacción entre las adversidades que encuentra y el discurso que presenta. Ambos criterios pueden coexistir en una misma biografía: la necesidad subjetiva del decir varía a lo largo del itinerario existencial. Vasco Patrolini lo reflejó gráficamente “Teníamos veinte años y éramos sinceros” Tener 40 o 50  o más y seguir necesitando decir  lo que  te parece continuamente el mundo y los demás es más una pulsión que obedece a una trama psíquica que una  necesidad de verdad y de coherencia personal. Llega un momento vital en que deja de ser necesario hablarlo todo o que, el balance de sus costes al hacerlo, lleva a desestimar tal operación dejando para otros que ocupen la escena pública con sus tejidos de adjetivos y descalificaciones mientras el hablante prefiere ser más pensante que coreógrafo[1] , más reflexivo que expresivo y más  analítico que proyectivo. La escena pública es el lugar de confrontación de las propias tesis pero también el lugar de erosión de los predicados. El otro pone la fuerza de la duda en cualquier afirmación y eso lo valida en su diferencia y en su peso en la elaboración y avance de la historia del pensamiento. A la vez el otro no es siempre un contrincante de la controversia interesado en una metodología de transparencia sino que puede adoptar el rol del chacal dispuesto a destripar cualquier signo de vida y dato de inteligencia. La controversia pública es tanto menos significativa cuánto más se repite los monigotes en la palestra del engaño o de la representación mímica. Tampoco en la privacía es posible decirlo o transparentarlo todo. No todas las preguntas tienen respuesta y lo que es mas significativo hay preguntas en que dejan de ser hechas. El interrogatorio al otro sobre sí mismo para hacer un balance inmediato y calcular las posibilidades de fusión o de rentabilidad que pueda tener la unión con  él, es algo culturalmente inaceptable. El interrogatorio es para las comisarías y los centros de tortura, la poesía para los encuentros selectivos de humanos sentimentales. Quererlo saber todo del otro remite en el fondo al deseo de quererlo controlar. Autodefensivamente no entregarse más que a dosis es una manera supervivencial de coexistir con un variado mundo de relaciones en las que cada persona vive fortificada en sus corazas, sus prevenciones, sus miedos y sus fijaciones.  La no-respuesta en los actos culturales o en los parlamentos políticos o en los ámbitos científicos son maneras tácitas que evidencian una imposibilidad de saber o una falta de coherencia o de completud. Difícilmente alguien reconoce en público no tener la respuesta. En lugar de eso opta por decir otra aunque no sea la pedida. En el ámbito privado la no-respuesta encubre los déficits inherentes a la propia biografía y a una vida compartida con otro. Hay relaciones convivenciales  que pueden durar toda una vida sin abordar determinados temas tabúes o preguntas dañinas así como hay asociaciones y empresas que se mantienen una década tras otra por funcionar sobre la base implícita de no tocar algunos temas que podrían generar conflictos irresolubles y , posiblemente, disoluciones. En ambas situaciones la franqueza queda cuestionada y la transparencia de la que hacía elogio Octavio Paz queda como un criterio latente cuya utilizabilidad sistemática resulta conflictiva.



[1] en Cinema Paradiso, Alfredo el  maquinista de cine que perdió la vista por accidente le dice a Totó cuando  lo visita en su postración: tarde o temprano, hablar o callar viene a ser lo mismo, por lo tanto prefiero callar.

El ruido verbal

Por JesRICART - 21 de Enero, 2009, 12:59, Categoría: COMUNICACIÓN

La contaminación acústica constituye un verdadero dolor de cabeza. Quien tiene la mala suerte de tener un local nocturno en su edificio o vivir en una calle de ajetreos festivos, concentracionarios de litronas y otros noctámbulos que necesitan del ruido como acto de autoafirmación cabe acompañarlo en el sentimiento. Los vecinos se defienden contra los ruidos no buscados con cubos de agua, habrá quien lo hace con escupitajos otros líquidos infames. Cuando se empezó a hablar de contaminación por ruido se pensaba automáticamente en industrias pesadas y desconsideradas. Una larga historia de regulaciones y normativas fue controlándolas, pero la cosa no terminaba ahí: uno de los ruidos más insoportables de la vida diaria es el de los automóviles y sus bocinas. Detrás de cada acto ruidoso hay un ser humano que lo produce. El problema ya no es de las grandes máquinas sino de los pequeños individuos que sumados en forma de masa pueden producir situaciones insoportables. Más que murmullo lo que se escucha de una sala llena de gente hablando o gritándose, es una especie de run-run en el que no se entiende nada.  Hay otra variedad más sutil del ruido verbal que es el de la palabra tranquilla pero no por eso aceptable. La gente cuando se encuentra habla, habla por todo y por cada cosa, no puede estar callada. La propiedad de hablar es que pone e evidencia al hablante. En muchas ocasiones puedes pensar ante tu hablante ¿por qué no te callaras de una vez? ante una hemorragia de sílabas sin ton ni son. El ruido verbal forma parte de los ecos urbanos. Basta salir a una calle concurrida para tenerlo como telón de fondo. La mayor parte de frases con las que te cruzas acústicamente no tienen el menor interés. Muchas de estas mismas frases te las encuentras portadas por tu interlocutor con el que tienes una cita o porque forma parte de tu ámbito personal. Por deferencia lo atiendes aunque no te interese lo que dice  lo más mínimo. En mi condición de sujeto reservado poco dedicado al hablar he tenido tiempo de observar las mil y una formas de habla, también las formas de escucha. Según la sensibilidad específica de cada cual se pueden vivir experiencias curiosas en los dos registros: hablando por sospechar que no se entiende o no interesa lo que se dice, y escuchando por perder un tiempo valioso en sandeces. La gente necesita hablar porque así le parece estar más viva. En el acto de habla hay una auto confirmación del yo en activo. El hablante se distingue por sus actos de habla pero no todos los actos de habla se distinguen por la inteligencia si bien sí son actos de significado. La mal llamada sociedad multicomunicada inunda de prosas de todo tipo todos los ámbitos con tal extensión y profusión de incongruencias que o es extraño que algunas filosofías se distingan por abogar a favor del silencio.

Sin llegar a la patología del verborrágico compulsivo hay un tipo de agentes verbales que utilizan cualquier pretexto para hablar sobre lo que sea sin que venga a cuento o tenga un interés verdadero para lo que se está hablando en el momento o para lo que se está preguntando. Una recepción crítica y precisa de lo que se escucha puede llegar a conclusiones alarmantes que si se atreve a decirlas en voz alta in situ incorpora un elemento de fricción considerable: mira de todo lo que más has dicho solo me interesa la parte que hace referencia a la cuestión equis. Es tanto como decir:  todo lo demás podías haberlo callado y os habríamos evitado el gasto de la media hora que has empleado.  En general,  a toda la parafernalia que se añade sin tener sentido ni justificación para el momento dado, se le puede llamar ruido verbal. Las frases puede ser ocurrentes y algunas referencias mencionadas de paso tener un interés secundario pero por lo demás son superfluas. Una buena parte de producciones verbales son superfluas y por añadidura estériles, lo que explica que sigan produciéndose es que justifican una actuación. Esto no solo se da en el ámbito de la oralidad sino también en otras conductas humanas: desplazamientos físicos innecesarios, actuaciones desajustadas con las demandas situacionales o producciones gráficas desmesuradas para el objetivo expresivo planteado. Con respecto a esto último  no deja de ser curioso que quien practique el ruido verbal consumiendo preciosos tiempos con peroratas que se pueden evitar e infos duplicadas se queje por la extensividad expresiva gráfica. Al revés quienes nos quejamos del ruido verbal nos resarcimos con textos en los que exponer, desarrollar y en definitiva decir lo que el espacio acústico no le permite entrar. Cuanto mas he ido participando en los actos de habla menos sentido le encuentro a una buena parte de ellos. Hay gente que necesita hablar de una forma pulsional porque en ello empeña su dictum, su ordeno-y-mando sutil, su rol directivo.

La tesis de todo el asunto es la confirmación entre ruido verbal y  primitivismo. Por lo general no quien habla más sabe más sino más bien lo contrario. Su habla, es un acto escénico que remite a la necesidad de ser escuchado, de tener público o ya –en la degradación de ese rol- de ser obedecido.

Volviendo a la comparativa de la contaminación acústica más desagradable, la de los vecinos que no son respetuosos exagerando con su ruido, el ruido verbal en actos de habla ordinarios no contemplan las pautas de respeto. Una vez traté a una individuo compulsivo-verbal que era capaz de despertar a sus compañeros de piso para irles a soltar sus confidencias. Recogí esa experiencia en Pat y Jim: diálogos convivenciales donde el protagonista masculino seguía con su trabajo con tapones en los oídos mientras la protagonista patológica seguía con su perorata aunque no la escuchara. Una de las cosas peores que se le puede hacer a una persona es no escucharla pero a su vez la no-escucha forma parte del recurso natural a la autodefensa cuando no hay otra posibilidad de escapada.

Afortunadamente para los hablantes, la gama de discursos es tal que es prácticamente infinita. El hablante ávido de público con suficiente adaptación podrá hablar de lo que sea incluyendo el tema de la autocritica por ser un hablante abusivo con tal de seguir hablando. Hay culturas más dadas a la meditación o al silencio y menos necesitadas de las estridencias orales. Cuando  es detectado alguien que habla por hablar sin ajustar su expresión a un decir y a unos significantes lo mejor que se puede hacer es reducirlo para no cosumir tiempo personal propio. Esto pasa por los silencios y las exclusiones. La forma más educada de excluir a otro que produce ruido verbal es autoexcluyéndose del campo acústico al que llega su voz. Eso no quiere decir negar la comunicación sino oponerse a esa forma verbal de protagonismos que en realidad tampoco quieren hacerla. Hay países en los que se habla más y se dice menos comparativamente a otros. Mejor no señalar. Cuando pregunto algo a alguien y para contestarla necesita contarme su vida o bien me la cuenta igualmente sin tampoco contestar a la pregunta procuro no elegirlo para otra pregunta una próxima vez y me pongo a salvo para no repetir el mismo tiempo muerto. Es como uno de esos chistes malos que por muchas veces que te lo cuenten nunca lo recuerdas para reproducirlo.

Impostores de Anuncios de contactos

Por JesRICART - 20 de Enero, 2009, 13:44, Categoría: COMUNICACIÓN

Recorriendo el mundo de los contactos por palabras anunciadas en revistas o periódicos especializados compruebo una vez más que la gente sigue sin estar a la altura de sus propias propuestas.

Cualquier estudio de apropximación a la verdad de contactos por anuncio arrojaría al menos este tipo de porcentajes aproximativos: entre el 1 y el 2% de quienes los ponen saben realmente de lo que hablan y están dispuestos a llevar a término aquello por lo que mueven sondeos y generan energía y hacen generar otra de otra gente. Una abrumadora mayoría: un 50% pretende segundas intenciones con la propuesta que ha anunciado, generalmente de tipo personal. Espera encontrar coincidentes, medias naranjas, parejas que les tapen sus agujeros sentimentales o gente que les enjuague sus lágrimas. Al rededor de un 30% más o menos quiere salir de su aislamiento o renovar su mundo particular de relaciones. Un 15/% quiere ganar algún tipo de ventaja material, vender algo, mejorar su posición social, trepar en una determinada esfera.  Apenas un 3-4 % es capaz de seguir un diálogo pero se asusta tan pronto da con diferencias y con personalidades distintas a la esperada no da con la imagen de su espejo. A pesar de su feed back resulta sospechosa cuando dedica más tiempo a hablar de otros temas que de la idea-proyecto que ha anunciado. Hay que decir que quien resulta más serio en su plantemiento incial es quien tiene clara una idea y no se aparta de ella. Por lo general es más predictible un anuncio que propone la compra-venta de un producto que no los que sugieran proyectos culturales, asociativos o relacionales.  En general las propuestas para el ejercicio de la comunicación pueden resultar muy demagógicas cuando estos comunciantes de pacotilla se desmontan o desmororan ante gente más inteligente, viva, fluída o de un color distinto al suyo. Para terminar una enseñanza a no olvidar nunca (ojalá se pudiera olvidar por estar superada): hay gente tan exclusiva (es un modo de decirlo para salir del paso)  que acaba excluyéndolo todo incluída a si misma que se autoexcluye del goce, de la experiencia, del amor, de los intercambios, de las conversaciones y por su puesto, de la verdad.

 

 

La Vida Tangencial

Por JesRICART - 14 de Enero, 2009, 14:12, Categoría: COMUNICACIÓN

Este no es mi mundo, pero el mundo nunca se paró para que me apeara, los deseos no fueron oídos y esa demanda podía ser muy romántica y cantada pero totalmente inaplicable. Vivir en un mundo que no es el tuyo es como estar a la fuerza en casa ajena en la que cuentas no por ti mismo sino como figura ensombrecida. Para embrollar más la cosa la idea de mundo es confusa. ¿Qué es el mundo? ¿El globo terráqueo? ¿La sociedad? ¿El sistema económico-político? ¿La geografía? ¿La gente? Supongo que es una expresión demasiado grande que os viene excesiva a meros individuos que no paramos de usar el vocablo para hacer pompas con nuestras frases. Jesús Quintero tiene un bello texto de amor a la propia tierra (Andalucía en este caso) no por ser la más grande o la más maravillosa, sino por ser la suya, por vivir bajo sus cielos. Es cierto, necesitamos de lo pequeño para saber de lo que hablamos. Para querer hay que tener definiciones, magnitudes, referencias exactas. Cuanto más grandioso es el concepto con el que tratas más se te escapa de la comprensión, más difícil es abrazarlo, entenderlo, poseerlo y amarlo. Lo pequeño es hermoso, esa es una viaje tesis y el título de un famoso libro. Un eslogan al que no se le hizo mucho caso. La mediática y la posibilidad de los vuelos rápidos y baratos (en épocas de frio y con las pistas de aterrizaje blanqueadas por la nieve, no) se nos ha querido poner el mundo al alcance de la mano y…de los pies. Sí, podemos ir a cualquier parte, desayunar en una ciudad  y cenar en otra de otro país, tener relaciones personales repartidas por varios continentes, además de negocios y contactos de todo tipo, pero los quilómetros de las suelas no abren todas las puertas de los corazones y a fuerza de tratar con gente de distintas latitudes y orientaciones se va advirtiendo que en lo fundamental todos los individuos están hechos de la misma pasta, moldeados en los mismos talleres de la bioquímica.

Pertenecer a la raza humana era motivo de orgullo. Un ser humano era el único animal que aspiraba a ser persona por la via de la razón. ¿Qué ha debido suceder entre esa tesis y la convicción de que la mirada de un animal doméstico puede ser más cautivadora que la de un humano? Deben haber cambiado muchas cosas. La sensibilidad ha dejado de ser el patrimonio humano y  casi estoy tentando de escribir en la línea siguiente que la inteligencia también, pero para no ofender a la gente de la que todavía podemos aprender, haré mejor en callarme.

 Tengo una relación tangencial con mis congéneres lo que no impide mi admiración por muchos de ellos, por lo general figuras evocadas de tiempos pasados y que no están en activo como para no desacreditar la imagen que me formé de ellos. La admiración no significa gran cosa, es un producto de la mente del  sujeto que admira a pesar del admirado que es tomado como objeto de colección para los recuerdos. Un objeto admirado sea para decorar el salón o para compartir una historia pasional es la excepción de singularidad que siempre tendemos a buscar para substraernos de las predecibles noticias y ecos reiterados del mundo externo. Este mudo se nos ha hecho pequeño a fuerza de ser mencionados los nombres de los campos de batalla y del dolor, también –por supuesto- de ser referidos sus lugares paradisiacos, donde ir a tomar el sol, beber daiquiris, participar de espectáculos eróticos, o asistir a los majestuosos parajes de la naturaleza: única madre que sigue sufriendo en silencio todas las sobreproducciones de sus criaturas.

 El círculo de lo personal no es tan distinto de lo que se informa de los panoramas generales. Sigo sufriendo por la estrecha conexión que compruebo entre lo particular cotidiano  y lo genérico universal. No puedo esperar que los estados hagan grandes proezas para cambiar la historia o la economía si en la vida privada y directa con la gente más íntima observo cantidad de atropellos a la dignidad o a la ecología.

  Vivir de espaldas a las piras humanas es una variante de la profilaxis personal contra el sufrimiento. Eso explica que la llamada desconcienciación dependa de un factor de voluntad. Lo mismo que tomamos medidas para no beber agua contaminada o para que virus enfermantes no entren en nuestro organismo, también las tomamos para que las tragedias ajenas queden lo más lejos posible de la estabilidad propia, estabilidad que nunca deja de ser un estado precario.

En los grandes acontecimientos políticos la parte sensible de la sociedad tiende a tomar posición por unos contra otros con una manera no tan distante como se hace a favor de un partido futbolístico o un match deportivo. Los gritos unificados de las protestas en aras a una unidad de masas caen en una simplicidad vergonzosa.

El mundo se ha convertido en la aldea digital, en una vecindad virtual. Hay blogs con más descargas de registro de sus propuestas que numero de habitantes en todo el planeta. Nunca antes hubo tanta imbricación entre individuo y su mudo. Pero ese mundo al alcance de la mano, sigue siendo la gran abstracción, tan desconocido como siempre, tan duro de modificar como lo fuera durante milenios. Basta ver el gesto de una sola atrocidad de alguien contra alguien para recordar que no hemos avanzado mucho desde la prehistoria. ¡No seas plasta! ¡Hemos avanzado mucho! Antes los genocidios eran con una industria de incineración, ahora lo son a cámara lenta. ¡Vale!

Volvamos al tema: la relación tangencial con el mundo en general no es sino la expresión de la relación tangencial que se tiene con lo cotidiano y con los círculos que se conocen con nombres y apellidos. En lo uno se visitan museos, se hacen quilómetros, se testifica fotográficamente el paso por los lugares; en lo otro, se mantienen contactos verbales cuidadosos para no dañar, superficialidad protocolarias, asuntos puntuales, pactos interesados. Es posible que el recurso de viajar y de buscar las grandes proezas en las grandes distancias es porque no paramos de fallar en la proeza más interesante de todas: la amistad humana en la proximidad del tú a tú. A falta de relaciones completas e interseccionales solo  pueden quedar las tangenciales y reservadas o ni siquiera estas.

El Correo Público

Por Sussana Maraselva - 7 de Diciembre, 2008, 23:25, Categoría: COMUNICACIÓN

El correo por definición es privado. Es el que una persona envía a otra para el usufructo común de informaciones particulares que les conciernen a ambas.  Hay que distinguir entre correo privado y correo personal, el uno contiene transacciones informativas u opinativas entre dos personas que mantienen esa relación en dárselas mutuamente  pero que pueden ser de interés público, el otro solo menciona cuestiones personales de los corresponsales, sin interés en principio para la mirada externa. La historia de la literatura ha acogido con gozo libros de cartas publicadas entre autores o personalidades destacadas en sus campos de intervención pública, social, artística o científica, cuyas lecturas han permitido profundizar en sus biografías. El género epistolario ha ido pasando, entiendo, de una forma menor de expresión escrita a un género de categoría con todo su derecho de ser atendido. Lo mismo que el diarismo privado ha podido alcanzar la categoría de la publicabilidad.

Tato el diario como la carta es algo que he venido ejercitando toda la vida. He comprobado que con ambos se aprende a escribir y a soltar los dedos y las ideas  con mucha más facilidad que planteándose la construcción de fantásticas historias noveladas.  La gran diferencia entre una obra literaria construida en estos términos y esos otros dos géneros expresivos, es que estos son para consumo de la privacidad y la otra como propuesta para el consumo cultural de consumidores anónimos.

Confieso que me pongo a escribir sobre este  tema sin tener una conclusión en la cabeza en cuanto a que criterio seguir. Por lo general el correo privado ve la luz pública tras la muerte de los interesados o en edades muy avanzadas. Me pongo pues a pensarlo en voz alta (letra édita) para ver hasta donde llego o donde me lleva la reflexión.

Hay que decir que el correo privado aunque maneje cuestiones de interés limitadas a dos y solo dos personas ya pasa a veces por la experiencia de darla a conocer a una tercera persona implicada en el contenido de alguna de sus cartas. Al menos esa experiencia de  anunciar en una carta el envío de su copia a otra u otras personas citas, me consta que la tengo. Una derivación más extensiva de esto es hacer circulares sobre un tema a un colectivo vinculado a ese tema. Pero vuelvo a la cuestión-eje: convertir en público un correo que inicialmente fuera concebido o solo pensado entre dos personas. Toca valorar la eticidad y la licitación de hacerlo pero antes valorar si su contenido es publicable en el sentido de contributivo a la misma historia de las letras, a la divulgación de un estilo de transparencia y al mismo acto denunciativo que comporta al poner en evidencia conductas revisables.

A priori se puede apostar por el hecho de que una persona que sale mal parada en un espacio público, sea el que sea (plataforma digital o escenario presencial), aunque sea a partir de la evidencia de si misma por sus contradicciones y la emisión de sus tacos o insultos. En este siglo la gente todavía tira la piedra y esconde la mano, lo mismo que hiciera en los siglos anteriores. Lo que más aterra al personal es pasar por lo que realmente es. Mientras su semblante no sea tocado toda marcha bien, tan pronto sea desmontado, el sujeto queda descolocado y reacciona con furia. Si le buscas las pulgas al perro se las encuentras.

Los libros-dosieres de cartas que tengo, despues de muchas décadas de practicar el género epistolario y de escribirme con cientos de personas, supongo que los conservé tras la relación con ellas esperando que un dia reunieran las condiciones de publicables. Pero ¿qué es lo que  hace una cosa publicable tras los años? Más bien el paso del tiempo significa la pérdida de actualidad de sus contenidos. Estimo que su publicabilidad es la desaparición de las partes protagonistas en los textos con lo cual su edición no debería crear malentendidos. O sea que son más razones de tipo tensional que no las determinadas por los contenidos informativos o polémicos. El mundo editorial no está exento de las presiones legales y de los cuadros de conflictividad en los que se mueve el mundo. Desde que los recursos de edición pueden ser autogestionados por cualquiera con los sites digitales la cosa cambia. Dentro de las prerrogativas de cada internauta están las de ser fuente de información, divulgación, opinión, creación y debate desde los distintos campos a los que se dedique. Publicar poesía o un blog diario contando intimidades ya vienen asuntos privados que son compartidos con la vasta y anónima cultura. Publicar un poema inicialmente concebido para una persona y dadas las emociones sentidas con esa, ya era/es dar algo de lo privado a lo público, porque hay algo de lo privado que siempre encuentra una resonancia en los demás no conocidos y que no se conocerán nunca. Los humanos, al fin y al cabo, pertenecemos a unos tipos de sociedades y a una especie que nos llevan a pasar por tesituras equivalentes.

El mundo de las letras no se llena solo de cosas agradables y con todas las ententes dadas. Más bien lo contrario: una buena parte de ellas se componen de conflictos, desavenencias, diferencias de opinión. Todo eso propicia el debate y, con suerte, una literatura de alto nivel. No veo porque hay que privar al consumo y lectura de letras de determinados temas por mucho que su espacio de gestación hubiera sido el privado. Las razones de la privacía tienen que ver con códigos y subcódigos muy sutiles sustentados por psiques reservadas. Hay muchos motivos para callar en una sociedad como ésta (y en las sociedades que la han precedido) en la (las) que por sistema la verdad es castigada.  El ejercicio de la represión no es meramente institucional con funciones delegadas a los encargados de las porras y los palos, es substancialmente psicológica. No hay individuo humano que no se autorreprima en su existencialidad o que en su repertorio comportamental no ejerza la represión, de alguna manera, por sutil que sea, contra su prójimo. La conciencia, la llamada conciencia, no se completa del todo hasta no concienciar esta excrecencia conductual. La máxima libertad no es la concedida por parlamentos o políticas sino la que pueda alcanzar cada individuo ante, en primera instancia, sí mismo reconociéndose lo que es y sus deseos y en segundo lugar no teniendo que coartar la de nadie. Si bien lo primero tiene aún una perspectiva de posibilidad, lo segundo es de una imposibilidad total cuando el mundo está repleto de comportamientos indeseables (falsedades, injurias, guerras, manipulaciones,…) que hay que neutralizar, por tanto excluir, por tanto reprimir, aunque esa represión pueda ser reconducido con un tecnología reeducativa.

La privacidad impuesta a un marco de comunicación dado entre dos o pocas más personas que interactúan entre ellas, es connatural al desarrollo de este marco de relación, es una medida de autoprotección. En primera y ultima instancia se privatiza una información es porque ésta al ser compartida puede dañar la fuente que la emite. Eso multiplicado por millones de secuencias de este tipo da por resultado un mundo que vive de espaldas a si mismo. Casi nadie conoce de verdad a nadie, lo supone, lo intuye, lo adivina pero no lo conoce. Un mundo en el que la transparencia fuera total, premisa utópica de alta categoría, tiene menos posibilidades de conseguirlo por la vía de nuevos principios culturales que la rijan así que por la evolución psico telépata de la mente humana. La información privatizada genera fenómenos colaterales: se trafica con ella, se vende. He llegado a encontrarme quien me pidió dinero por preguntarle como se decían un par de frases en su idioma. La escena de pelis de policías y criminales del prota comprándosela a confidentes callejeros hizo furor. En resumen la información es una materia prima que no tiene porque estar al alcance de todo el mundo. Eso tiene una excepción cuando el correo aunque personalizado y destinado a alguien tiene contenidos que pueden valer a otras lecturas completamente ajenas. Hay debates y formas verbales ilustrativas que se han desarrollado con formatos epistolarios. Cada carta gana o pierde un valor específico en si misma, para esas otras miradas ajenas, según de lo que hable y de si dedica mas espacio a la disertación de temas objetivos de interés general o por el contrario se lo dedica a la detallesca doméstico-personal de escaso interés divulgativo. De todos modos, todo admite una curiosidad incluidas determinadas intimidades y en última instancia hay expectación pública para todo.

Para la publicación de cartas personalizadas, en particular con las de historias o relaciones ya terminadas, con cumplir  la premisa innegociable del respeto, las condiciones exigibles para la edición están dadas, aun con el no permiso de la persona-destino o de las personas citadas en ellas. Estamos en un momento de proyección editora tal en que el nombre de cada cual pasa a formar parte del campo digital sin que haya autorizado a eso. Basta haberse inscrito en un curso o participar de una convocatoria, o  formar parte del campo de observación de alguien que escribe crónicas, para ver tu nombre reflejado en un sitio u otro de la red. Antes, en las páginas de los listines telefónicos pasábamos más desapercibidos. Si uno no es solo objeto de observación sino también sujeto observante y es autor de textos su nombre o los nombres que dé se pueden multiplicar mucho mas en los diversos sites en los que participe. En resumen los recursos tecnológicos en aumento cuestionan la privacía como  parámetro cultural pero también como preservación celoso de lo propio. No es nada difícil demostrar que los temas que se creen propios y exclusivos son o pueden ser de interés público, en particular cuando las discusiones giran en torno a eso, lo público, revisando las formas personales de relacionarse con ellos.

Tengo dos imágenes que me acompañan en esta reflexión. Una, muy antigua, la de alguien que desde una mentalidad adolescentista te facilitaba información personal a la vez que te prohibía hablar de su persona a tus amistades. ¿Es eso posible? Bueno, no lo es, pero sí la persona que me lo pidió (solo fue una vez, pero me llamó la atención que el ser humano pudiera llegar a esa clase de solicitud). Otra, muy reciente, en la que en una desavenencia de alguien[1] por mis opiniones la quiso ventilar con un par de notas brevísimas de su parte, 200 palabras como mucho en total, cargadas de insultos. Le dije que eso requería una reflexión calmada y que tendría noticias mías próximamente. Dijo que podía evitar hacerlo y enviarle esa carta, que trataba de olvidarme. De todos modos le aseguré que la reflexión la haría, la pondría por escrito, se la enviaría y en todo caso la publicaría en alguna parte. Eso me ha llevado a estar escribiendo este texto en este momento. El hecho de que un otro que te genera una reflexión no quiera saber los resultados de ella ni las consecuencias del impacto de sus pedradas u odio, no significa que pierdas el derecho a hacer esa reflexión. Puesto que o deja de ser un motivo de disertación, que puede ser de usufructo colectivo, sí creo que hay el amparo ético a publicarla para otros interesados potenciales ya que el interesado directo al que esté destinada se cierra en banda.

Traspolando ese  esquema reactivo-elaborativo a la historia del arte en general, creo que en muy poca cosa se hubiera quedado si  se hubiera obedecido a los sujetos desencadenantes de propuestas creativas negándolas. La actualidad todavía puede gozar de muchas creaciones sublimes de las que desconoce los marcos personales concretos que las motivaron. Si todos los creadores hubieran callado admitiendo las castraciones que recibieron en la actualidad no habría patrimonio artístico.

En definitiva el otro, sea amigo o enemigo, compañero de debate o bombardero, amante de verdades  o fílico de mentiras, cualquiera que sea su estatuto ideológico, genera pretextos para la elaboración. Si esta se mantiene en el marco de la privacía con él o salta a una plataforma pública no es lo más relevante. Eso es decisivo para apostar por un espacio digital en el que colgar correo que pueda ser de interés público sin confidenciar datos secretos, por supuesto, ni emitir falsedad alguna sobre alguien. Eso no protege a la autoría. La declaración de la verdad siempre produce enemigos, los que residen en la mentira. Produce algo más enemigos en activo de la literatura.

Asi como los foros de la palabra y de la reflexión literaria se van haciendo eco del género diarístico por su peso divulgativo (encuentro Trapiello-Alex Sussana) no tengo duda que en el futuro se podrá hacer algo parecido con la comunicación epistolaria.

 



[1] Rafael Jariod Franco, fundador, mánager de ua ong catalana  llamada CCONG (la cc es de relleno no significando nada)

Invitación a la Desprivatización

Por JesRICART - 7 de Diciembre, 2008, 23:23, Categoría: COMUNICACIÓN

De todo lo que tenemos lo más celoso es la privacía personal. La sentimentalidad y las verdades íntimas pertenecen al universo escondido de cada cual. Es lo más intocable. De eso hacemos fiesta con quien nos apetece y cruzada contra quien sea que nos quiera irritar  los cataplines en los asuntos más queridos. Es así que la privacía es un marchamo que no se negocía. Cada cual tiene muy claro los límites de su transparencia y la el arco de proyección de sus verdades. Esto, que forma parte de la personalidad y de la estructura de pensamiento de cada cual. tiene su correlato con algo que ya existe en la estructura económica de los países: la propiedad privada.

Esta ha venido siendo objetada históricamente pero no tanto como aquella otra clase de privacía. No tenerla significa(ría) no tener derecho a los secretos lo cual es una imposibilidad biográfica porque nadie vive su vida sin tenerlos. La discusión no es tanto ésta como hasta que punto se puede minimizar la cantidad de ellos.

Cuando se habla, teoriza, defiende y lucha por un mundo ideal no puedo por menos que preguntarme si la persona que te diluvia ese discurso estaría dispuesta al valor de la transparencia o al menos a maximizarlo como conducta ordinaria en su propia vida. Lo peor del capitalismo no es que la sociedad esté escindida entre la miseria y la riqueza, o que la gente se mate por territorios o por fuentes de recursos, lo peor es que sus habitantes, sino en su totalidad, en su inmensa mayoría, terminan contaminados por la cultura del odio, por la psicología del miedo, y la ideología de la privatización que incluye el escondite del uno mismo, Nunca sabes totalmente si el otro es quien es o dice ser,  ya que nadie suelta demasiado de sus verdades. Comparativamente es peor la  privacía sentimental, según la cual todo el mundo calla sus sentimientos, que la propiedad  patrimonial privada. Ambas están conectadas claro está, pero así como se le concede gran importancia al hecho de las grandes fortunas acumuladas en unas pocas manos, o a los propietarios más ricos del planeta (algo que es una consecuencia lógica y perfectamente legal dentro del sistema de lucro) se le quita importancia o apenas es considerado el secretismo privacionista en el que vivimos. Está tan naturalizado que se respetan los secretos, aunque su divulgación pasaran a alumbrar más la conciencia ciudadana.

El esfuerzo analítico por comprender las cosas, las coyunturas, las complejidades económicas, el gran mundo de los otros, pasa irrevocablemente por desprivatizar información. Los análisis de verdad no se limitan a tener en cuenta las informaciones publicadas si no también las no publicadas. De no hacerlo, los análisis terminarían por ser tan superficiales como las informaciones restringidas que se publican. Bueno, de hecho la diferencia entre un reportaje superficial de un análisis es la investigación mayor que éste ha hecho.

Algo que se aplica en cuestiones de interés social común se puede reflexionar a hacerlo en las de ámbito privado. No hace falta escribir una carta a un presidente o un cargo público de un país o una comunidad para poderla dar al mismo tiempo como articulo divulgativo de una reflexión o una demanda. También caben otras modalidades de proyección sin que tengan tanta aparatosidad. No hace falta que la parte escritora de una carta tenga por nombre un nombre conocido ni quela parte destinataria sea la de un gran político o una figura insigne de la coyuntura o de la etapa de un país para que el contenido de un texto sea importante y pueda darse a conocer a terceras miradas. Es conocida la estrategia divulgativa  de escribir textos públicos (cartas o artículos) dirigidas a personalidades famosas. ¿Dónde está el problema si se traslada ese criterio al campo personal proponiendo su desprivatización? Significa chocar contra el peso de la cultura en la que están muy trabados los límites del decir y a quienes decírselo. Todo ejercicio de desprivatización ha de contar con reacciones sulfúricas cuando no con amenazas. Existe una verdadera pandemia del escondrijo. La gente oculta sus pasados biográficos o pide encarecidamente que no sean revelados. Todo lo que A confidencia a B no puede saberlo C aunque le competa. La demanda de confidencialidad por una parte va en contra de la necesidad informativa objetiva de otra. Lo que a la privatividad compete es lo que la misma elaboración teórica se plantea: ¿hasta dónde llevar el discurso analítico y la extensión informativa de las cosas? en qué plataformas divulgarlo? Todavía no he encontrado la persona que comparta conmigo una corresponsalía recíproca de decires y debates y que acepte su comunicación publica paralelamente al sostenimiento de la construcción de la relación privada. La propuesta es abierta. En realidad no es una idea tan nueva. De alguna manera ya se ha venido experimentando (y haciendo espectáculo de consumo con ello) con gente dispuesta a hacer convivencias que sean filmadas se produzca lo que se produzca, De otra parte el exhibicionismo de la intimidad con las producciones pornográficas hace tiempo que funciona sin que se le caiga los anillos a nadie. También hay quien tiene su vida privada colgada en su web no sol como relato o como fotos sino con una web permanentemente emitiendo toda su vida de interior. Mientras las partes implicadas estén de acuerdo no hay nada que oponer.

Toda la ansiedad que pueda mover la propuesta de la desprivatización de la información (en todo momento hay que suponer que se habla de sentimentalidad, opiniones, análisis e informaciones de carácter personal pero de interés comunitario no por razones de curiosidad sino de saber teórico) no incluye dar pins o números de cuenta bancaria (¡bastantes riesgos se corren al dárselos a las empresas de servicios para que facturen los gastos!) o bajo que ladrillo de tu casa guardas la pasta. Todos esos datos, salvo a los cacos, no interesan a nadie. La desprivatización de las informaciones celosamente guardadas por las personas está muy discutida por la cultura del ultraindividualismo. Los primeros en oponerse a toda divulgación son los más inmediatamente implicados: familiares, amigos, compañeros, socios, y cada ex dentro de estas categorías. Lo mas importante del habla y del heterogéneo campo del lenguaje escrito es sus registros simbólicos, por tanto sus significantes, más que quien dijo qué o estuvo donde o si dijo aquello pretendió decir lo otro. Por tanto toda confidencialidad extensiva a lo público de esa tan temida desprivatización informativa no es tan grave si los implicados se toman la vida como juego, como reconstrucción creativa y como fuente de inspiraciones mutuas. De Jürgen Habermas, a pesar de conocerlo desde el principio de mis lecturas políticas y filosóficas, no ha sido hasta finales de los 90 que volví a retomarlo y hasta le propuse  a un director  académico, hacer con sus materiales, una tesis doctoral sobre el tema del plus simbólico en los actos comunicativos. En aquel momento todavía no había captado la totalidad de los problemas que son derivados de la comunicación cuando las valoraciones y las informaciones generan reactancias de odio y de malestar, ambos estados emocionales generalmente estériles en quienes los padecen, cerrando todo tipo de conexión relacional. El ser humano sigue fracasando a escala internacional en esta operación de cese de todo contacto cuando el otro deja de tomárselo como compañero sinérgico para verlo únicamente como antagonista y como nulidad. Generalmente quien maneja estos absolutos para la descalificación de lo ajeno suele tener una mentalidad absolutista bajo una ideología de cobertura.

El concepto de desprivatización es mucho más anterior al planteamiento de hacer un espacio de correo público o un  site donde depositar historias personales en curso de irse dando. La novelística y la historiografía ya se ha venido ocupando de desprivatizar lo que era competencia de situaciones muy personales y cerradas, solo que reconvirtiendo los materiales con suficientes disfraces. De no haber habido gente dispuesta a hablar de otra gente a pesar de esta y con o sin su permiso jamás habría avanzado la literatura pero tampoco el análisis de la realidad. Gracias a eso prácticamente antes de la adolescencia pude leer de Georg Holmstein autor de la Reina de Saba, una introducción al misterioso oriente. Una de las primeras narraciones que leí en mi pubertad. El libro lo conservé durante muchos años mientras sus páginas se amarilleaban y el carácter de su vieja edición lo hacían impresentable. En cuanto a su contenido excitó de alguna manera mis primeras imágenes sensuales. Lo que viene entregado como unidades de cultura han pasado por un tipo u otro de desprivatización. ¿La investigación no es acaso de revelar las leyes de aquello que hasta que no son descubiertas pertenecían a la privacía de lo oculto?

Así como en las aulas universitarias continua siendo necesario insistir en la invitación al debate, en los espacios de Transculturalidad, la de la invitación a la transparencia y la desprivatización de materiales colegiables que puedan tener interés públicos, podrá permitir desempolvar los pliego de cartas de los armarios o permitir transcribir correos personales en espacios socializados. ¿Que hubiera sido de la historia literaria de las letras amorosas, sin la publicación de confidencias y poesías que inicialmente solo tenían por destinataria a una sola persona?

 



[1] http://sussanamaraselva.unblog.fr/2008/12/08/invitacion-a-la-desprivatizacion/

Panfleto y Enfado contra la Brevedad

Por JesRICART - 1 de Diciembre, 2008, 20:42, Categoría: COMUNICACIÓN

No es verdad aquello de si lo bueno breve dos veces bueno. Lo malo si es malo no lo es menos sea cual sea la cantidad expositiva de tiempo que necesite. No sé si Gracián iba escopeteado siempre y no podía conceder más de dos minutos a sus interlocutores o todos los plastas de la comarca se habían puesto de acuerdo para irle a dar la tabarra contándole cosas insulsas. Tampoco sé si en otros tiempos la gente abusaba la una de la otra manteniéndola en firmes volcándole sus interminables peroratas,  lo que sí sé es que para contar la vida se necesita tiempo. Pero tiempo no es un solo concepto. La historia del pensamiento humano tiene por uno de sus ejes centrales entender lo que es eso del tiempo. No garantizo ni pretendo poderlo explicar aquí pero sí sugerir que lo más importante no es su medición sino su concepto.

Entiendo que son dos tipos de tiempos los que se necesitan para vivir, de naturalezas tan distintas que no hay una sola clase de relojes que los midan. De un lado está el tiempo de los actos, de otro el tiempo para contarlos. Son tan distintos que el segundo tiempo puede doblar o más, perfectamente el primero. ¿Dónde estaría sino la enjundia de la existencia sino en contar sus curiosidades que pasan desapercibidas a primera vista? En el primer tiempo  el sujeto estresado está tan ocupado en mirar su reloj que no goza del momento, es como aquel viajero que va por el mundo sumergido en su guía superactualizada y no contacta con la gente para preguntar o aquel niño que se sumerge en su maquinita de bolsillo de viaje y no mira pro la ventanilla del coche para enterarse de los nuevos paisajes que cruza.

El sujeto que protagoniza un acto, el que sea, puede quedar capturada por la responsabilidad de hacerlo y poner a acostar su lado observacional. La psicología dela forma estudia como varia la percepción de individuo a individuo compartiendo un mismo espacio y momento. De hecho son realidades distintas de las que se enteran. Es así que la gente extrae visiones completamente diferentes de unas mismas situaciones. El relato de ellas es lo que demuestra esa diferenciación. Existe la literatura no porque lo que cuenta no pueda ir a comprobarlo in situ el lector sino porque quien lo cuenta lo hace de una manera especial, proporcionando otra experiencia distinta a la de la visita. Nos gusta que nos cuenten historias (leerlas es una forma diferida que substituye oírlas) porque nos remite a un cierto sosiego. El perfil de la persona sin tiempo que gastar no puede zambullirse en crónicas largas o libros gordos. Tampoco puede escuchar  anécdotas que no le aportan nada o participar de reuniones con  debates complejos que no aspiran a conclusiones. El tiempo, el maldito tiempo, está siempre detrás de las actividades. Las citas pasan por la coordenada del tiempo, los plazos de producción y entrega también, la vida entera es un acuerdo biológico con el cuerpo para vivir un tiempo. Decir, no tengo tiempo, ha pasado a ser una especie de etiqueta de prestigio. Quien no tiene tiempo es porque está muy ocupado, quien está muy ocupado es porqué tiene negocios, compromisos y una agenda cargada que no le permite detenerse a saludar o dar un paseo romántico por la playa o retozar algo más en la cama por la mañana para hacer el amor.

Tiempo, tiempo, tiempo, gritan las multitudes que piden brevedad en las cosas, en los textos, en los mensajes, en las acciones, en las gestiones. Quieren que no se gaste el tiempo para tener más tiempo que tampoco permitirán que se gaste en vano. ¿Y qué hacen con tanto tiempo sobrante? El mismo lector que te pide brevedad en tu libro o en tu exposición luego puede gastar su tiempo con una carrera de caracoles.

Decir las cosas con concisión y no repetirse es todo un valor y una metodología elogiosa. Por el contrario la necesidad de ocupar el centro oral de una escena para decir siempre lo mismo es cargante. La exigencia ante el relato no pasa por su brevedad o por su extensión (esto son propiedades físicas) sino por su contenido o información. Si una información es crucial por larga que sea hay que leerla, si es prescindible o superflua por corta que sea se desatiende. Lo mismo pasa con los géneros literarios y ensayísticos: se siguen más o menos según su función enseñante intrínseca. Una página llena de bla-bla-bla (en el sentido literal de esta silaba) al estilo de los ejercicios de antes de las máquinas de escribir no hace falta leerla más allá de la primera línea para saber de lo que va. Hay historias que no nos permiten pasar de la primera líneas por su cliché al empezarlas y otras que la última línea aunque sea en la página numero 800 nos hace sentir la pérdida porque ya se acabó.

Detrás del perfil consumidor de letras que no tiene tiempo y pide brevedad hay una psicología cuando menos curiosa. Suele ser el que no deja terminar la historia que cuenta alguien en la mesa porque el/ella no ocupa el centro de atención. Si bien la brevedad se puede reclamar cuando uno repite en su segunda estrofa lo que ya ha dicho en la anterior (de hecho aquí la reclamación tendría que ser contra la repetición que se traduce en mas tiempo usado) exigirla para una historia es algo memo. Por supuesto se pueden hacer todas las amputaciones necesarias de acuerdo con las exigencias de la topografía de una revista, del metraje asignado a una película o de la capacidad física de atención de un público pero todo eso no deja de ser una forma de rendir pleitesía al límite.

Empecé a sospechar  de las cosas del humano consumidor, cuando advertí que la mayoría de películas se polarizaban en torno a los 90 o 100 minutos. Las clases universitarias  y en general todas en torno a los 50 minutos. Las conferencias, con debates incluidos, no más de 120.Los conciertos, se enamoran algo más porque algunos empiezan una hora después sobre el horario previsto teniendo a los fans en la inquietud de recibir sus pócimas acústicas.  Raramente un monologo en una tarima de teatro de vanguardia alcanza los 160. Sí, sin duda hay unos tiempos  dominantes para un tipo de actividades. Lo mismo que hay unos horarios preasignados para el empleo, o para las horas de tele o para las comidas, también lo hay para las lecturas, las partidas de ajedrez o las conversaciones. ¿Es eso así o es que estamos haciendo el panoli al convertirlos en apéndices de los timetables orquestados por la costumbre?  Quiero darle la vuelta al asunto. El problema no es que haya un texto largo, o una propuesta narrativa que consume mucho tiempo, el problema es que nos quite tiempo sin que nos aporte nada. Eso se puede decir a todo, incluyendo las 8 horas de oficina o de trabajo de máquinas donde sea a cambio de un salario. ¿Por qué la brevedad es exigida para las propuestas literarias y en cambio no cuestionada en horarios vacios de contenido que se pierden miserablemente ante otros temas de la vida y del espectáculo?

Yo no quedo fuera de la exigencia de la brevedad ante el tostonazo de tío que se extiende excesivamente para contarme algo simple o ante una infinidad de formas del comportamiento humano: desde el tendero que cuenta su vida al cliente  o deja  que este se la cuente con una lista de compradores en espera detrás, a un partido de football televisado en el que no sé apreciar los matices y goces de cada chute de balón o la curvatura balística de ese esferoide ante la máxima atención de jugadores y público. Nunca en mi vida he resistido un partido entero (tampoco de wáter polo, básquet y similares) lo cual da la talla de lo raro que debo ser. Con eso ilustro que lo que para alguien es poco tiempo para otra persona es mucho. La brevedad no es una medición de reloj, es una presunción subjetiva del que se da por cansado ante la envergadura de algo demasiado longevo a la vista o que al sumergirse en su lectura ve como pasan las horas y todavía no lo ha terminado. Yo lo que le pido a un texto es que me proporcione, placer y saber. Si me lo da lo perdono en todo lo demás, incluido si no ha depurado sus errores de expresión. Si a Tolstoi le hubieran pedido brevedad nos habríamos quedado sin una de las mejores obras de la historia de la literatura. Lo mismo se puede decir de otros autores en unos tiempos en que contaban con unos públicos tal vez más austeros y abnegados porque no tenían tele o cine, que les proporcionara discursos fáciles que no le exigiera demasiado esfuerzo intelectual.

Hay que admitir la capacidad intelectual relativa de cada cual, lo mismo que la física. Así como determinados trabajos corporales no pueden aguantarse más allá de unas horas y necesitan un tiempo de reposo para volver a ellos también pasa con el trabajo intelectual (leer es uno de ellos). Propongo que los lectores que se cansan ante textos largas se preparen un té turco –o los que sean necesarios- en medio de la lectura y se lo tomen con calma. Leer también forma parte de los actos de la vida. Tiene un valor escondido que tal vez se le escape a quienes tienen prisa  y todo lo que quieren conocer es el esquema genérico de una historia o su resumen no sus detalles (por cierto en alianza Editorial se hizo una tirada de éxito de ventas de pequeños libros de bolsillo de no mas de 100 páginas que resumían grandes títulos, no dejó de ser una idea ocurrente, para mi una forma de propaganda de esos títulos pero no una substitución de la obra misma).

Contrariamente a la brevedad creo que la capacidad de relato y la observación puede convertir un acto de vida relativamente anodino: la descripción de un desayuno, la visita a una exposición de cuadros, el paseo por una calle principal, todo ello en si mismo que puede ser actuado en no más de una hora, en un motivo para describir al pormenor todas las sensaciones asociadas para cuya lectura sea preciso más de una hora. De Solzenitsyn aprendí que la vida de un solo día puede dar para escribir un libro completo. Escribir la crónica de un año puede llevar perfectamente varios días de lectura. No veo que sea obligatorio  reducir la cantidad de escritura para el relato de unos hechos y unas reflexiones, en todo caso se puede pedir que no haya referencias repetidas y densas complejidades inalcanzables.  El autor no puede dejar de ser quien es para escribir al gusto de todo el mundo. A mí ponme 4 páginas por capítulo. Yo admito hasta 20. ¡Apúntate a un curso de meditación zen tío! Los que estudian mercados y saben de la capacidad de aguante intelectivo del público objetivo, es decir de su poca capacidad de aguante tienen muy estudiado lo que tiene que durar una obra o lo largo que tiene que ser un libro. Escríbeme  un libro de 200 páginas para el mes próximo. Al autor se le pide cantidades lo mismo que al pescador se le compra una cierta cantidad de peces o al tendero se le paga por tantos kilos de lo que sea. ¡Por favor quien tiene una soga a mano, si lleva el nudo corredizo hecho tanto mejor! Querido lector, si tienes prisa porque tu reloj de la mañana te indica que no puedes llegar tarde a tus compromisos del día o prefieres otras lecturas a la mía, u otros placeres creativos,  no me enfado. Lo juro ante notario, no me enfado. Pero no me pidas que reduzca mi dinámica expresiva a tu tempo. No soy un restaurant: no tengo una carta de distintos platos y precios, aunque sí tengo distintos libros con distintos estilos. He usado artículos breves de 200 palabras para hacerme eco de notas y observaciones de la vida ordinaria. También intercambio frases breves por chat. A propósito del lenguaje por chat, también del lenguaje usado en notas de email, gracias a su brevedad (tanta, que para abreviar no se ponen signos de acentuación ni comas) se arrastran un montón de equívocos.

Nadie mínimamente comprensivo le puede decir a nadie: ¡sea breve, abréviese, cojones! Aunque los ejecutivos más dados a la agenda no tienen tiempo para la vida aunque puedan llenar de citas, llamadas de teléfono y etcéteras. Recuerdo la escena de una película de uno de ellos que admite la visita de un pretendiente para proponerle algún proyecto. La inicia diciéndole: le concedo un minuto. ¿Pero de qué vas tío? Yo te puedo resumir en un minuto mi proyecto pero tienes tú cerebro suficiente para comprenderlo en un solo minuto. O bien, no voy a malgastar un minuto de mi tiempo para contarte algo que necesita varias horas.

No, no seamos breves. Extendámonos. La invitación es: tómese su tiempo, exprésese, no deje de decir todo lo que tenga embuchado, comuníqueme sus experiencias, escriba todo lo que tenga que escribir. No haga caso de esos concursos literarios que piden relatos o poemas con un máximo de palabras o versos. ¡No se deje arrollar por la sociedad del tiempo del reloj! ¡Viva su propio tiempo sin mirar la hora!  Duplíquelo al menos contando sus protagonismos en pasado y verá que en el relato los revivirá y que a menudo el relato de lo sucedido puede superar a lo sucedido, también en tiempo expositivo.

Bien, yo quería escribir un panfleto contra la brevedad  brevemente y me encuentro con un artículo para lectores con tiempo. Los brevísimos son para el lenguaje telegráfico que, obviamente, no he dedicado aquí. 

Todo eso no significa que mi alegato contra la brevedad me disponga a ser el candidato ideal para aguantar toda clase de rollos. Páginas de bla-bla-bla, por favor, no; repeticionismos y dejes orales tópicos tampoco. El ça va? ritual que se dice a la carrera sin esperar respuesta o sin mirar a quien se le pregunta, tampoco. La demanda no es la de la brevedad como tampoco la de la extensión. Tanto es así que ese criterio se puede aplicar a la vida entera. ¡Vívame 90 años! o ¡no me pase de los 40, es de mal gusto! Por favor, déjenme en paz, es mi potestad vivir más o menos ¿Quién se cree Vd. que es para pedirme vivir más o menos, escribir más o menos, hacer la poesía más o menos larga, pintar con extensiones mayores o menores? Esfúmese. Por favor. ¿Quiere brevedad? ¡Cómprese un libro de chistes, seguramente encontrará algunos sobre esta clase de tema que nos ocupa!

Cada vez que me encuentro con alguien que me pide brevedad me dispara mi voluptuosidad expresiva, me convierto en un alud de palabras. Me consta que la longevidad de texto no significa mayor calidad, pero la brevedad tampoco, con el agravante de que el exceso de brevedad raya inevitablemente con la mediocridad cuando no con otros déficits. Si es brevedad lo que busca cítese con un autista.

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