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COSASdelCONSUMO
La propina y la compra de atención especial
La propina es una dádiva inicialmente espontanea y voluntarista que corona un servicio dado. Los ámbitos estándar de su escenografía están encabezados por la Hostelería, en sus distintos espacios: barmans y camareros de mesa de bar o restaurant, camareras de habitaciones,..Y sigue de cerca el mundo de los espectáculos. La figura del acomodador que te acompaña hasta el único sitio libre del patio de butacas después de cruzar la oscuridad es como un salvador que te rescata de tu absoluta nulidad. Es así que el espectador a parte de haber pagado la entrada en la taquilla del establecimiento se encuentra en deuda con ese acomodar que le ha proporcionado una atención especial y que compensa con una moneda. El acto dadivoso se extiende a otros espacios, en los que generalmente alguien aparentemente con más poder adquisitivo da unas monedas con más o menos discreción a quien lo ha atendido en un sinfín de operaciones: abrirle la puerta del coche, o la puerta giratoria del hotel o por traer el periódico a casa. Ante la propia casa incluso hubo quien la institucionalizara: carteros y basureros acostumbraron a las gentes caseras a recibir sus postalitas de refraneros con más o menos gracia para que soltaran prenda o pasta a modo de aguinaldo. En fin, la cantera de las situaciones es más extensa, pero sirva las referidas para enmarcar este tema de consideración. El hecho de que una gente da propina y otra la recibe. En la mayoría de los casos, la relación entre unos y otros se establece en un marco laboral, servicial y/o profesional. Y tal fenómeno ha tenido tal envergadura que los salarios de determinados ámbitos se han ido arrastrando a la baja porque las patronales contaban con los pluses extraordinarios que cobraban sus empleados con las regalías de la clientela. Detengámonos en el hecho de dar una propina: generalmente un suelto en monedas de una devolución pagada con dinero. Con ella se está compensando un servicio y de alguna manera se está comprando la continuidad del mismo trato para posteriores ocasiones en que se le solicite o se acuda a ese establecimiento determinado. La generalización y popularización de la propina es tal, que los sujetos serviciales quedan a la espera de cobrarla y los paganos presuponen su inclinación a hacerlo sin reflexionar realmente en ello. Se ha convertido en un tic social. Y al mismo tiempo en una manera de demostrar tácitamente distintos rasgos de personalidad de los clientes. Se ha heredado la idea de que supuestamente los clientes tienen más dinero que los empleados que les sirven. Pero modernamente esto ya no es así. El empleado con empleo, mucho más el que lleva un restaurant, maneja un taxi o es manager de un hotel, con toda probabilidad puede tener unos dividendos superiores a los de sus clientes por separado. Si es así, ¿por qué sigue persistiendo la idea de dar un plus a los servidores? La sola pregunta ya pondrá´ en aprietos a quienes dan propinas por sistema. De entrada les tocará reconocer un cierto automatismo conductual, que si bien pudo estar justificado en alguna época histórica ya no lo está tanto. Pero si siguen reflexionando se pueden encontrar que bajo el acto de la propina hay una prepotencia escondida en quien puede pagarla y una humillación directa en quien la recibe. De hecho, todo empleado honesto y con suficiente orgullo propio debería negarse a recibir esa clase de dádiva, puesto que le obliga a un agradecimiento y a la hipoteca de su espíritu crítico. Un trabajador puede servir mesas o prestar servicios de cualquier tipo a los demás, lo cual no le obliga a rendirse a los caprichos neuróticos de ellos. Claro que el dinero es dinero proceda de donde proceda y el balance de un regalo económico viene a completar las carencias de un salario deplorable. En esa transacción entre quien da una muestra de su agradecimiento en forma de propina y quien la recibe se crea una alianza tácita para no hablar de la verdad de los hechos circunstanciales de la carencia que lleva a aceptarla y de la prepotencia que lleva a darla. El que propina una dádiva en el fondo está simbolizando su rol de amo y quien la recibe el suyo de esclavo. La fuerza de la costumbre evita que las partes en transacción hablen o reflexionen de ello. “siempre se ha hecho así” opinarán el uno y el otro. Y no hacerlo es motivo de sospecha. De hecho la inercia a dar propinas es una de esas preinscripciones de la cultura y la tradición que vincula a las personas con esa clase de conducta desde mucho antes que opinen su acuerdo o desacuerdo. El acomodador acostumbrado a la dádiva en lugar del agradecimiento verbal por su servicio probablemente refunfuñará ante quien no acate la norma de la tradición. Por su parte quien se ha acostumbrado a pagar los servicios ordinarios o extras con la propina bajo manga, pensará que de no continuar haciéndolo se enfrentará un servicio peor del recibido. ¿Qué está pasando exactamente en la transacción que nos ocupa? La persona acostumbrada a dejar un cambio en la bandeja de pago, en la mesa o en el mostrador, o lo que es más grotesco, al dependiente, al gasolinero, al acomodador o al censor del padrón, en realidad está pidiendo un mimo o un trato especial. Por consiguiente a más propina más derecho adquirido en ésta orientación. Lo cual significa reducir el derecho de otras personas que acuden a ese servicio. Implícitamente quien da propina está esperando un trato preferente y, consiguientemente, desigualatorio en relación al recibido por los demás que no dan la propina suficiente o que no la pagan. Se trata de un ilusionismo porqué un establecimiento no vive de las monedas de las propinas ni de sus clientes más generosos en ellas, si no de muchos más a los cuales se debe en cuanto a trato correcto. Por otra parte, si el servicio conseguido ha de ser mantenido a base de mimos dadivosos se está cuestionando la profesionalidad del mismo servicio, le cual es esperado impecablemente por el contrato tácito de pago al encargarlo.
Un espacio de observación rico en costumbrismos y conductas automatizadas e insanas es en los restaurants de una cierta categoría cuando ha sido un grupo abigarrado el que ha encargado una comilona. A la hora de pagar y hace los repartos de la cuota correspondientes generalmente se redondea a la alta y el resto queda como bote propinario. A veces tal bote es suculento ya que ningún comensal atiende realmente a las cuentas. Siempre hay alguien experto en contabilidad que se ocupa más del tema y que decide por todos la cantidad de propina a dejar. Esa resolución arrastra a quienes no llevan esta clase de conducta en su modo de ser como consumidores y crea una situación delicada en la que plantearle al propinario que la propina la pague él/ella pero no calcule la parte que les toca a los demás de la misma puede hacer pensar a los demás que quien plantea tal cosa va de pobre o de rata. Se trata de esa clase de situaciones anecdóticas en las que se renueva el repertorio de sutilezas entre quiénes´ se colocan en posiciones serviles de quienes tratan de defender con justicia el pago exacto y el precio justo por lo contratado. Quien está vinculado a la figura transaccional de la propina en realidad es el amo que para mantenerse en esa posición se reafirma como esclavo de su costumbre y esclavo de esa necesidad de ser tenido especialmente en cuenta. La curiosidad de eso es que tal solicitud se corresponde con una inmadurez relativa y un victimismo cultural. Con el paso del tiempo y la colección de crisis económicas las conductas han ido ajustándose más a los hechos librándose de la pulsión dadivosa. Y de hecho los propios establecimientos prefieren clientes continuados que no clientes beneficiarios de una sola vez. Tal vez al principio la imagen de no encontrar la propina de un a parte de la vuelta resulte extraña. Pronto deja de serlo cuando dejarla o no ya no está ligado a la satisfacción. Un cliente insatisfecho no suele repetir, uno satisfecho, sí. De hecho la mejor propina y regalo es la continuidad de uso de un servicio determinado.
Hay otra razón por la que se dejan propinas. Para no ser señalado como avaro. Y en tanto que se trata de un pequeño porcentaje en relación al total de una minuta, mejor dejarla que correr el riesgo de ser señalado. En algunos establecimientos se había practicado dar un campanazo o una señal acústica cada vez que alguien daba algo para el bote de las propinas. Ese gesto por parte del establecimiento reforzaba a la prepotencia de quien la había dado y lo estimulaba para otros gestos de este tipo.
Entre dejarlas y no dejarlas el mundo de las relaciones comerciales-y por lo tanto, serviciales- camina hacía el campo de las transacciones entre iguales. En consecuencia llega a tener tan poco sentido que un cliente de una propina extra por un servicio, como que un comercial le pague a un cliente por venir a visitarlo. La autentificación de las relaciones humanas pasa por pagar realidades y contenidos, no favores y actitudes especiales, pues haciéndolo se promueve una clase de desprofesionalización en la que los serviciales sólo actúan adecuadamente frente a la perspectiva de un plus en sus dividendos. Por su parte el organizador de las propinas y quien se acostumbra a las suyas continuadas si se detiene un poco en el análisis de las razones por las que las da, encontrará una profunda incerteza en sí mismo, por la que necesitará acudir para todo al dinero para conseguir cubrir sus necesidades, incluidas las de ser reconocido por los demás, en este caso, por quienes le sirven puntualmente en tanto que desconocidos.
No siempre es así, las noticias-aunque contradictorias- de los repartidores de butano, es que empleados pakistaníes aceptan trabajar sin salario, únicamente contando con las propinas.
Incluso parao obtener información:una escena muy abundante en las películas made in usa de detectives.
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Converters. Un gran nombre comercial para una empresa carroñera.
Me gusta mercadear y cuando viajo, no importa donde ni a qué país, dejarme llevar por la densidad humana de un mercado ambulante es una experiencia inigualable. Te llena de información sensorial del lugar donde estás, te permite conocer los precios reales del mercado de verdad, al que va la gente oriunda, y por si fuera poco te llena de notas de color y anécdotas. Esto vale tanto para los mercados con artículos de primera mano como para los rastros donde el cambalache, el trueque y el reciclaje integran el grueso de cosas de segunda mano. Antes de que se hablara de reciclaje y se diera publicidad a la filosofía de la triple R (reducir, reutilizar y reciclar) ya había mercados en los que tácitamente unos compradores usaban cosas desechadas por unos vendedores que o bien hacían de intermediarios o incluso se las sacaban directamente de encima por sobrarles. Estos mercados han sido y son ampliamente populares. Son los mercados de los pobres, raramente se ve que aparezcan clientes forrados de pasta en ellos, aunque recuerdo que en algunas tiendas dels Encants de las Glorias en alguna tienda de ropa usada se podía ver gente de una cultura dignísima y de una elegancia extrema que iban a buscar ropas exquisitas que no se encontraban en otros lugares o que podían servir como atrezo para sus representaciones.
Admitido que el mundo del trueque y en general de la compraventa de materiales y artículos usados debería ser más potenciado examinemos un caso particular. Converters, un comercio de compra-venta en la carretera de Barcelona a su paso por Sabadell en Creu de Barberà, nos fue recomendado para deshacernos de una silla de ruedas que en su momento -por una fractura de fémur- compramos y nunca hemos usado. Eso costó más de 300 euros en la época en que todavía circulaba la peseta. Una primera visita al establecimiento nos dio cuenta de los precios que manejaban, efectivamente asequibles para todo el mundo. Hecha nuestra propuesta quedamos en que iríamos con la silla para ver que precio ofrecían. Podíamos habernos evitado el viaje. Antes de ir tenían ya una tasa máxima de oferta: 25 euros. Fue todo lo que conseguimos. Es decir la décimo quinta parte de lo que costó. El rato de negociación, sin embargo, fue suculento. En el establecimiento perfectamente pueden cuadruplicar o quintuplicar el precio sin tener que hacer ningún esfuerzo, por nuestra parte nos sentimos ante una política de empresa absolutamente carroñera. Por un momento pensamos en llevar el aparato al hospital más próximo y donarlo (hemos donado otros objetos auxiliares de minusvalías: bitutores y muletas en otras ocasiones a otros establecimientos como la Cruz Roja). Bien ya que estábamos ahí admitimos esa contraprestación por el viaje y el tiempo perdido, la silla fue regalada. Esperamos que quien la compre pueda adquirirla por no mas de 50euros.No hicimos ningún negocio simplemente nos deshicimos de un objeto que no usábamos. La otra alternativa en la que habíamos pensado de aprovechar nuestro próximo viaje a África para donarla a un hospital de Mali suponía cargar con el enojo de la maquina durante un mes largo.
La experiencia nos sirvió para cuestionarnos nuevamente el tema del trueque. Habida cuenta que cada vez la sociedad produce más objetos que pueden ser reutilizados tal cual están, debería pensarse en instrumentar espacios o naves permanentes de exposición y trueque. Todo el mundo tiene cosas que le sobran y que puede amortizarlas intercambiándolas por otras que no tiene. Es un principio fundamental de economía simple y primaria, tan sencilla que su poder alternativo está al alcance de todos, de todos menos de los comerciantes que piensan en términos de beneficio.
La sociedad industrial debería contener el rugido de las máquinas productivas y hacer más balances de todo lo que tiene almacenado y que no usa. La filosofía de la reutilización está aun por rehabilitar. Se habla de contaminación atmosférica y desastres ecológicos en perspectiva pero se sigue sin cambiar de modelo productivo. Todos los perímetros municipales contienen espacios infrautilizados. Un aprovechamiento de alguno de ellos podría ser el del mercado del trueque como algo regular. Hay localidades que lo hacen como algo episódico una vez al año. La rebusca que es otra versión de este mercado con el que mucha gente sobrevive podría ser su parte complementaria. No necesariamente habría que intercambiar una cosa por la otra sino hubiera una otra que se deseara. El. Dinero evidentemente circularía como instrumento de pago pero el mismo hecho de la posibilidad del trueque en el entorno seria un contenedor de precios.
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Cuando te instalas a vivir en un apartamento o compras una vivienda, además de pagar por un espacio: un suelo demarcado por un techo y unas paredes, quedas vinculado al mantenimiento de un tipo de consumos determinados por los electrodomésticos que han sido elegidos por el constructor, cuyo negocio o chanchullos está por encima de la lógica del hábitat. Es así que tienes que soportar, como es nuestro caso, el volumen ocupado de un gigantesco termo de 150 litros, un enorme calefactor o la placa de vitrocerámica además del horno. No se te ha consultado al respecto y ni siquiera eres del todo consciente de la victimidad que te espera por tener que cargar con estos artículos de la modernidad. Además de ocupar unos cuantos metros cúbicos considerables en tu salón o galería te hacen entrar en una dinámica de gasto energético anti ecologista y superfluo. Luego al incorporar a la lista de errores un frigorífico también de gran tamaño completas el ciclo que te gradúa como imbécil al cubo. Los próximos 10, 20, 30 o los años que sean vas a estar permitiendo calentar todo un volumen del termo que en la práctica diaria solo usaras en su 10ma o 20sema parte a no ser que seas un despilfarrador y dejes los grifos abiertos, vas a recalentar el ambiente excesivamente o vas a usar el horno solo de tarde en tarde. En cuanto al frigo puede contener en el congelador comida que se convierta en un problema para terminar de usar. Los ritmos de gasto son completamente distintos si se trata de un grupo familia de 5 o más componentes a si se trata de uno o dos. También es distinto el ritmo para familias deseducadas en el uso de los suministros al de residentes que sabe que detrás del consumo eléctrico o de agua hay facturas que pagar y que aunque sobre el dinero para pagarlas no hay razón alguna para malbaratar el suministro.
Las viviendas también vienen con objetos obsoletos que obedecen a antiguas inercias tales como el fregadero o el bidet o enormes lavabos que no se justifican por lo que se hace en ellos. Nosotros arrancamos los dos primeros para ganar espacio y a la larga deberíamos arrancar el otro sustituyéndolo por uno de tamaño más lógico. Estos son males menores en comparación al coste de mantenimiento de los aparatos eléctricos. Lo que realmente produce gasto innecesario es recalentamiento de agua hasta la saciedad. El termostato sirve para mantener el agua a punto a cada momento en que el usuario mal acostumbrado a las temperaturas la necesite. La prepotencia del civilizado, a menudo manifestada inconscientemente, lo convierte en un anti ecologista a cada paso que da sin darse cuenta.
La alternativa pasa por una reeducación y una revisión de cada objeto en si mismo deshaciéndose de los que admiten sustituciones por otros mejores. Evidentemente el constructor no admitirá la devolución de aquellos que han sido incluidos en el lote aunque se demuestre que se trata de un latrocinio sutil y de un oportunismo de mercado por su parte además de una negligencia profesional por parte de los que eligen esos monstruos. Eso convierte a los espacios domésticos en agujeros permanentes en los bolsillos de sus propietarios/usuarios. Nuevos estilos de la construcción proponen viviendas con las cocinas desnudas de mobiliario para que sean elegidas a gusto de los comprados. Todo un detalle. Eso no abarata los precios pero al menos permite la libertad estética y funcionalista del que va a vivir a un lugar y pasarse media vida.
Para un tipo de vida funcionalista cuanto menos aparates chupen del torrente eléctrico para consumos que no se vayan a hacer tanto mejor para la economía doméstica. Reducir el tamaño de la aparatología permite una vida más desahogada y de mayor calidad.
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Elle, es una revista a todo color dedicada a la moda femenina. Su número 224 de mayo del 2005 contiene 466 paginas con un cuantioso número de fotografías y notas breves de estilos y diseños que convierte al ejemplar en un peso pesado (de metáfora nada, peso real de ladrillo). Sólo hay dos artículos. (¿para disimular?). Han sido lo único que he leido. Una entrevista a Vicente Amigo y un texto crítico de cienciología por A.Villamor y L.Pérez (por cierto, ¡felicitaciones!).
La revista estaba en nuestra casa. Alguien se la había dejado un año atrás y nunca vino a recogerla. Su precio de 3 euros por tanto papel a costa de someter a las lectoras a una superdosis de publicidad era una cantidad que podia perderse. Antes de deshacerme del objeto he decidido darle una ojeada. Confieso que mis brazos se han cansado de tanto voltear páginas para tan poca cosa. Admito que hay mujeres sin ideas propias, ni estilo, ni autoestima, que necesitan acudir a las páginas de esta revista, o de otras parecidas, para tomar modelo de cómo vestir, cómo sonreír o cómo pintarse los labios. A pesar de eso creo que es un insulto a la condición femenina esperar a que expertos de turno en estética marquen sus pautas.
A fuerza de decir a las mujeres como se ha de estar y cómo vestirse, el verdadero glamour desaparece repentinamente. La industria cosmética y del tejido para vestir idiotiza el comportamiento de la gente, la estandariza en sus olores y formas y finalmente la homologa en una sola ortodoxia de pensamiento. ¡Son tan parecidas unas conversaciones a otras! A veces las veladas sensuales son tan similares que las citas con las chicas tienen un extraño parecido con la experiencia de masticar chicle de la misma marca y sabor.
Para terminar, he aquí una demanda: la de mujeres auténticas, sin trampa ni cartón, sin potingues, sin estar contaminadas por los lanzamientos de moda de cada temporada. Las mujeres y los hombres saldremos ganando, también los árboles que no prestarán sus materiales como soporte para tanta inutilidad como ésta dedicada al grafismo.
Me abstengo de opinar de la trayectoria de Elle, que no conozco ni deseo conocer. Este contacto con el número referido ha sido suficiente para no volver a repetirlo con ningún otro ejemplar. En cuanto al referido ya está en la papelera camino del container de reciclado.
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En ocasiones el poder de la palabra concreta queda demostrado cuando al señalar un error sirve para que sea subsanado. Ese ha sido el caso del MP3-MP4 comprado a El país, como una oferta promocional, y que no nos fue servido en su momento de acuerdo con su promesa. Haber enviado una nota de protesta (Cuando el error suena a fraude) no solo como Carta al director y a su magazine EPS sino también a otros medios de comunicación en paralelo hizo que inmediatamente fuera tomada en cuenta y que en 12 horas nos aseguraran el envío del objeto pagado para el siguiente lunes. Lo curioso del tema es que las personas encargadas del envío no hubieran detectado por su cuenta que había objetos pagados y no entregados (el plural es supuesto) a domicilio tal como había sido establecido y que no lo hubieran resuelto por iniciativa propia. Bueno, más vale tarde que nunca. Animamos a que se siga empleando la palabra escrita para resolver desajustes comerciales y transaccionales o del tipo que sean y no presuponer que las cosas van a resolverse espontáneamente. A menudo la función ajena necesita un empujoncito.
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La idea de la figura del estafador es aquel que piensa en términos de timo. La imagen clásica es la del tipo astuto que busca un incauto con cara de tonto para colocarle cualquier cosa inútil haciéndole creer que compra una ganga. Es así que ha habido espabilados con suficientes habilidades verbales para vender un ladrillo envuelto haciendo creer que se trataba de un lingote de oro, o en versiones más reconocibles, gitanas que vendían cajas comerciales de videos con un tarugo de madera dentro como magnetoscopios nuevos y flamantes. El timador en tierras hispanas ha prosperado de una manera sobresaliente, forma parte de las categorías urbanas sin piedad a las que no tiene acostumbrados esta geografía cultural con ricas tradiciones en bandidajes y asaltadores de toda clase. Claro que ese timador, el que ofrece duros a cuatro pesetas, cuenta con un factor psicológico esencial: el de la ambición subyacente de su víctima potencial que cree que está tratando con un tonto cuando realmente el estúpido es él. Visto así el timador, se constituye, aunque esa no sea su intención, en un detector público de la malicia social de la que, quien más quien menos, se corrompe poco o mucho. A priori todo el mundo sabe que nadie da duros a cuatro pesetas pero cuando alguien los ofrece, a pesar de todas las advertencias, se detiene a escuchar para cerciorarse si eso es cierto o no. El timador tiene algo de picaresco y encarna una figura tradicional casi mítica de la cultura patria, magistralmente representado por Toni Leblanc en más de una película, medio ratero y medio mangante pero en el fondo buena persona, capaz en un momento dado de devolver el coche substraído, con un maletín de relojes caros de muestra dentro, al mismo lugar que lo robara unos minutos antes de que su dueño vaya a recogerlo.
Pero hay otra clase de timo más organizado y sistemático que trasciende a la oportunidad callejera para ser una venta fraudulenta sistemática. El comercio, el pequeño o gran comercio, el de tienda de esquina o de hiper, va asociado a la idea de estafa cuando el vehículo comercial de la venta, el establecimiento y sus vendedores, se ven a sí mismos como simples intermediarios o expendedores y no asumen ante el cliente la garantía del producto vendido. La garantía, es algo de la empresa fabricante y lo más que asume el comercio es comprometerse al plazo de ella para devolver el producto si no funciona a la firma para su reparación. Todo parece impecable cuando un objeto nuevo deja de funcionar después de un uso de unos cuantos meses. ¿Pero qué pasa cuando el objeto nada más ser desenvalado viene defectuoso? Pues que el comercio no asume el problema y lo carga al cliente. Este considera tener mala suerte y acepta el via crucis de devolver algo el día después de haber sido comprado y esperar la demora de su entrega en perfecto estado. ¿Perfecto estado? Nada de eso. La garantía que proporciona el fabricante tampoco es tal y trata de mejorar el producto defectuoso no de cambiarlo por uno nuevo. El cliente está defraudado. Eso pasa tanto con una radio portátil como con un coche todo terreno. Parece que la legislación tiene lagunas y ampara este procedimiento. He cargado con objetos que no han funcionado desde el principio, como una pantalla TFT de Acer, comprada en uno de los establecimientos más baratos de informática en calle Sepúlveda de Barcelona y que parpadea arbitrariamente y con vehículos, más de una vez, con defectos de fabricación. El dinero ya no paga las cosas de alta calidad, simplemente paga cosas sin garantía por muchos certificados que vengan con ellas. El comerciante se constituye en un timador tácito en tanto que en el lugar de un aparato electrodoméstico esta proporcionando un ladrillo que lo simula, es decir un aparato con todos los cables y nombres pero que no funciona. Se comprende que una cierta cantidad de productos de una industria que produce las cosas en serie no pasen por verificación y alcancen el mercado con desperfectos. Imaginémonos lo mismo para un avión que no ha sido revisado cada vez que zarpa y sale al aire con los tornillos o los remaches del fuselaje desaflojados. Si bien el desperfecto es algo perfectamente previsible en un proceso industrial, no es nada aceptable que no pase por la verificación suficiente. Lo mismo una prenda de vestir que una tuerca.
En la misma planta de producción hay, o debe haber, bancos de pruebas. Así mismo en el establecimiento comercial debe contar con la posibilidad de productos devueltos inmediatamente por imposibilidad de uso según lo acordado o prometido y ser sustituidos in situ por unos nuevos. De lo contrario el comercial y el estafador pertenecen a la misma familia de delincuentes.
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La Maquinista. Un local de franquicia. Seducidos por el anuncio de la pizarra de consumiciones pedimos un té indio perfumado por el exotismo de su expresión. La taza no tiene trazas de un brebaje distinto a cualquier otro de cualquier otra cafetería, y el perfume es un par de gotas sacadas de una botella de licor. El precio en cambio sí difiere sustancialmente del de otros establecimientos de la misma categoría. Pagamos el error de percepción y lo apunto en mi lista de conductas para no repetir quedándonos con un signo de exclamación flotando en nuestra mesa mientras hacemos de tontos sin que quien nos ha servido se crea responsable del equívoco.
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