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27 de Abril, 2010

Expolio y consumo

Por Néstor Estebenz Nogal - 27 de Abril, 2010, 14:59, Categoría: CALIDADdeVIDA

Para la protesta sistemática funcional. Expolio y consumo. El ciudadano moderno accede a la mayoría de edad mental cuando comprende que todo en su existencia lo ha preparado para ser la víctima propiciatoria del expolio continuo. Lo es por partida doble: como empleado asalariado sometido a procesos laborales que lo alienan (en los que es excluido de los planes de empresa) y lo es como consumidor teledirigido para muchos consumos de los que podría prescindir y por los que paga en exceso. A las plusvalías que genera en la primera parte las completa con los pagos excesivos por lo que contrata o compra en la segunda. El sistema está montado de tal forma para la que no tiene, en apariencia, escapatoria. Doblemente burlado y explotado le quedan unos resquicios para creerse que la vida es el mejor de los dones y que la sociedad es la que vive es la menos mala de las conocidas si las compara en siglos pasados en que hubo pestes y cruentas guerras. El lavado de cerebro es tal que se cree que el mundo avanza y que a cada año se resuelven las tragedias del anterior. Su dosis de hipnotización (por no decir idiocia) es tal que va consintiendo con todo lo que le va cayendo encima. Como reo del poder o súbdito de la esclavitud moderna conoce las reglas de la cancha de juego. Puede protestar hasta cierto punto pero a menudo sus hojas de reclamaciones y quejas o protestas callejeras solo van a actuar de catarsis momentánea porque a menudo las propuestas de solución para los problemas le serán bloqueadas. Escribir un texto e insertarlo en la red no deja de ser una forma de catarsis, cuya intelectualización, puede incluso ir en contra del usuario al pretender cambiar el mundo (al menos el comercial) con ello cuando puede inferir a priori que al estado y al sistema de mercado se la sudan protestas genéricas si no van acompañadas de denuncias nominales concretas (las de los malos) que hacen andarlo mal todo. Esos malos ya no son los cacos que esperaban con alevosía y nocturnidad en las esquinas para birlarte la cartera sino personal contratado (asalariados también, mira por dónde, que a su vez son también explotados por las empresas para las que trabajan) que representa la estafa organizativa de la que dan la voz atencional. La tipa que me acaba de atender, perdón desatender, al infofono 902 de Fecsa Endesa para reclamar por un par de asuntos de los que ya deberían tener constancia, uno desde hace 16 meses y otro desde hace 5 simplemente me ha colgado el teléfono. Mi tema la superaba. Cortada la llamada, zanjada la cuestión. Decía ser una una tal Sara, porque esos que atienden tienen la orden de dar el nombre, pero lo hacen limitando a dar el de pila o entre balbuceos inaudibles. (suelo pedir nombre y apellidos del operador que toma el fono para una consulta de servicios de no importa qué compañía se trate, esta vez se me ha pasado y no lo hecho). De tener sus apellidos ahora los estarían mencionando aquí. Es muy distinta la crítica generalizada a una compañía de servicios como la omnipotente de electricicidad a la crítica acompañante a aquellos individuos de su organización por su comportamiento inservicial. ¿Qué pasa con Fecsa Endesa de la que todo el mundo tiene quejas y no solo durante catástrofes y tiende a empeorar sus prestaciones? ¿Es tan complicado cambiar la dirección de envío del correo o tanto venir a revisar el panel de contadores donde el temporizador se quedo estropeado señalando una hora de facturación alta del kilowatio? (problemas ambos uno de nuestro apartamento y otro de nuestra escalera de comunidad). Uno de los derechos legítimos de cada consumidor es protestar por aquello que no cumple lo contratado y esperado. Un simple ticket de compra hace las funciones de contrato en una transacción comercial. Cuando compras algo y solo en tu casa adviertes con su desenvoltorio que no funciona o te han dado gato por liebre entonces toca regresar (una pérdida de tiempo, sí) y cambiarlo o devolverlo pidiendo la devolución del dinero. Ni siquiera esto tan razonable y elemental está siempre regulado. Muchos comerciantes se desentienden del producto una vez sale de sus dependencias o se las ingenian para que la garantía que dicen tener cubra un desperfecto que venía de origen. Puesto que la conciencia social ante el mercado es disminuida la oferta comercial abunda en la estafa tácita. El comercio tiene por una de sus definiciones una forma de robo legalizada. Si bien la diferencia entre una empresa de servicios (que el recurso que vende es a través de líneas o de información o productos de fluido como el agua) y una empresa con la que se tiene un trato puntual para una reparación o comprar un objeto es considerable, ambas tienen el común denominador de un compromiso en aquello que dan para que cumpla con lo que di ce ser. Cuanto más complejo sea un producto más dificultades tienen el usuario en su autonomización para gestionarlo por su cuenta. Después de haber tenido varios ordenadores que fallan, de adquirir otros aparatos eléctricos que se rompen al poco tiempo y compañías abusivas (la de Agua, la de Electricidad, las de telefonía y cobertura internáutica) he llegado a una conclusión terrible: no es una proporción minoritaria la de defectos que hay en el mercado sino una pauta mayoritaria. El mercado –en particular el de la sofisticación- es la organización sistemática de la estafa. Ya no sé si hubo un tiempo en que no era sí o la mayoría de mercaderes no eran así. En la actualidad, en volumen de capital, los negocios más poderosos están basados en el enredo. Como que mercado es la más alta expresión de la sociedad resulta prácticamente imposible vivir en ella sin formar parte de aquél. Todo el mundo prefiere el consumo de la electricidad y del agua corrientes y del gas enviado por tuberías que volver a las antorchas y candiles, al pozo con una polea y cuerda, o al fuego de carbón. La civilización tiene por sinonimia una sofisticación que lleva a una separación importante entre el consumidor y sus puntos de suministro. Eso le invalida para resolver in situ y directamente los problemas con los que se encuentra. La complejidad de los suministros o de las maquinas requieren especialistas. Estos están al amparo de empresas que los diluyen. La responsabilidad -cuando al fin se admiten responsabilidades por crasos errores con consecuencias graves para clientes y usuarios- es de la empresa no la del operario o comercial que actúa en su nombre. Mientras no se pongan nombres y apellidos a los responsables de cada comisión de cada error añadiendo las cuentas del largo collar que nos impide una vida de calidad, la hipótesis de las soluciones será eso: una hipótesis. Cabe lamentar la presencia de cuantiosos empleados que trabajan para compañías de las que están al corriente de sus agravios comerciales pero que las necesidad de sus empleos les lleva a no criticarlos cuando no a reproducirlos y extenderlos. Ese es un detalle más de la profunda división en la que vive la clase trabajadora. A fin de cuentas la lucha contra los grandes empresariados pasa por el enfrentamiento con sus subordinados que son los que les toca dar la cara por aquellos. Mientras las listas de malos no paran de aumentar desde distintos puntos de denuncia vivir bajo el yugo del mercado requiere una atención vigilante continua. Hay que revisar cada pago, cada anomalía en cada objeto contratado, cada desperfecto de algo que se paga por nuevo. Las compañías de suministros son repetidamente denunciadas y criticadas por facturar servicios que no funcionan o por modificaciones unilaterales del contrato. Aiún asi hay resquicios legales o posibilidades enormes para la alegalidad que permiten la perpetuación de los errores un año tras otro. Todo el mundo sabe que con poderosas organizaciones de defensa de la calidad del consumo eso no sucedería. Bastaría algo tan sencillo como preparar una batería de huelgas o boicots de de consumos específicos coordinadas sucesivamente a escala estatal (una para la gasolina, otra parta la electricidad, otra para la cobertura internáutica, otra para el transporte público…) para que los precios se rebajaran y el respeto a los clientes mejorara. Esto siendo enormemente complejo desde el punto de vista organizativo seria mucho más eficaz que las cantinelas periódicas de convocatorias a huelgas nacionales políticas que nunca se siguen y que de hacerlo enviarían al caos a lo poco que funciona. La práctica fraudulenta de servicios de consumos necesarios además de ser protestada colectivamente lo debe ser individualmente. Los departamentos de atención al cliente se han convertida en partes importantes de las imágenes de empresa. No consiguen mejorarla por mucho que al final de cada atención los de Telefónica te pidan que te quedes un rato mas para contestarles a su pregunta de encuesta de imagen (¿el rol de comparas encima? No hace falta puntuarles con cero o una cifra próxima a cero por actuaciones de las que ya son conscientes que no son las correctas. ). No se entiende que la atención al cliente siga haciéndose telefónicamente con números de pago específico por el servicio de estas llamadas. O sea se tiene que pagar para protestar por facturas donde se pagan facturaciones indebidas. ¿Puede haber mayor contrasentido? El caso es que la tecnología comunicativa permite hacer las consultas vía email sin coste especifico por hacerla. Cuando he enviado emails a empresas de servicios generalmente no recuerdo ninguno que haya contestado. Esta es otra característica de los tiempos modernos (Chaplin se quedó corto en la crítica que merecían): la perpetuación de distintas sagas de estados de no respuesta: desde los silencios administrativos que no significan consentimiento a lo pedido a los no acuse de recibo. Los consumidores estamos peleándonos en dos campos: por los errores del sistema y por los lacayos que uno a uno los perpetúan. Marcus Jacobson dijo que la ciencia puede descubrir lo que es cierto pero no lo que es justo bueno y humano. Pues bien, la indagación rigurosa lleva a conclusiones escalofriantes en cuanto a la burla de las formas dominantes de consumos con un enunciado tremendo: las propuestas serviciales sirven en primer lugar al amo de lucro y en muy remoto lugar a complacer las necesidades de la sociedad. Incluso funcionando en el umbral legal de su comercialización en el trato directo con las empresas quedan al descubierto al menudo por su falta de humanidad, su predisposición malévola y su nula justicia.

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