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Una clandestinidad extempórea

Por Sussana Maraselva - 19 de Febrero, 2010, 11:54, Categoría: DEBATE SOCIAL

 

No hay otro modo de documentar los hechos que citando nombres y datos. Los nombres son los datos que más pueden atestiguar unos hechos. Es completamente distinta la noticia que relata una situación sin mencionar a sus protagonistas que la que lo hace mencionándolos. Al hacerlo, es tanto como apoyarse con un refuerzo testimonial de reserva en caso de necesidad. De hecho, no es concebible una forma de habla acreditada sin citar testimonios de aquello de lo que se está hablando. Citar terceros -y digo citar- relacionándolos con hechos de los que se hace un retrato es inevitable en la exposición descriptiva. Basta tomar al azar distintos soportes de noticias, relatos o textos para que aparezcan continuamente nombres. (la exigencia, la única exigencia ética, es la de que esas menciones se ajusten a la verdad, ya que de lo contrario son no informaciones sino perjurios). Sin embargo, hay formas de charla oral y tambien un tipo de periodismo que abunda en generalidades según el cual se ha acostumbrado a no citar nombres haciendo de una frase estándar (“según fuentes bien informadas”) un tupido velo que corre sobre las verdades que hay que tomar por supuestas. Lo que permite verificar que una verdad lo sea es que además de quien la cuenta la cuenten otros. Se trata de metodología observacional, cuantos mas observadores entrecrucen sus observaciones sobre el mismo fenómeno mas fiables serán los resultados correlacionados entre todas. A pesar de saberlo y de sistematizarlo hay una indisposición al uso de los nombres para no molestar a los nombrados. Ciertamente hay quien vive en la tesitura de un anonimato permanente y con una especie de terror a que su nombre aparezca en otros sitios.

Hay quien toma su nombre por su identidad y se considera con el derecho en exclusiva de no poderlo usar más que él/ella molestándose soberanamente por ser citado en una información. Olvida que un nombre es una forma de referenciar, una manera de diferenciarnos en la forma de citarnos los unos a los otros. El nombre tiene mas utilidad sin la presencia de a quien se refiere que con su presencia ya que no hace falta decírselo en voz alta a cada momento. Presuponer la intocabilidad del propio nombre ya es un detalle curioso. No falta quien te dice: a mí ni me nombres. Vale, oído mesa. En el gran arco de la inhibición hay de todas clases. De todas las cobardías ,la de no aceptar ser citado en menciones o relatos que vienen a defender o a reclamar unos derechos, es la más cobarde. La multitud de enfados por estafas y agresiones que sufre la ciudadanía y cuyas propuestas quedan encerradas en los comentarios entre amigos o en la tertulia familiar porque los afectados no terminan por hacer la gestión de protesta que han decidido o ni siquiera escribirla y colgarla on line por sus limitaciones literarias es abrumadora. En principio cada cual debe dar la cara por si mismo y no dejar que ningún defensor profesional venga a hacerlo por esta persona. Pero eso no va así, el sistema con sus múltiples especializaciones funciona de otra manera. Ni siquiera a los demandantes se les da el derecho a tener voz propia en determinados teatros teniendo que contratar a un jurista que les haga de portavoces. Y muchas victimas de circunstancias múltiples en el campo comercial y asistencial callan su victimidad o no la comunican mas que a sus conocidos a pesar de que lo que les ha sucedido es algo de competencia pública. Lo cierto es que hay un tipo de personalidades que optan por callar o por esconderse bajo las piedras. El terror a que su nombre se vea involucrado en un escrito de protesta les amordaza. Tal vez no han olvidado a la Gestapo o los tiempos de la policía política que asesinaba a los comentaristas disidentes. No negaremos que pueden haber razones objetivas para una prevención pero ninguna para sufrir ansiedad por aparecer en púbnlico, especialmente cuando las etapas negras de dictaduras han quedado atrás. La personalidad que se sigue comportando como si tuviera que vivir en clandestinidad no aprovechándose de los recursos de los nuevos tiempos tiene otro clase de miedos personales que no tiene nada que ver con los políticos. De siempre hubo quien no quería pasar desapercibido con nadie. El hecho de que el mundo después de reconocerlo como el planeta Gaia se haya convertido en una aldea digital en la que todos (los y las aldeanos/as) podemos estar al corriente de todos, no ha sacado a ese tipo de personalidad de su ostracismo. Se educó en el miedo y morirá en el miedo. En las luchas por los derechos obreros me encontré en ocasiones que gente rematada por difíciles condiciones laborales se rebotaban por hablar en su nombre ante empresarios desconsiderados. El terror a perder el salario o el puesto de trabajo los hacia callar. En las luchas vecinales por unas mejores condiciones de vida nunca faltó mayor numero de espectadores en las ventanas que el numero de asistentes a las manifestaciones, aunque los espacios verdes conseguidos o la descontaminación o la seguridad viaria iban a favor de todos. Esa lucha por las demás, a menudo sin los demás, sigue siendo una constante en el discurso reinvidicativo.

A algunas actitudes inhibidas con miedos concretados en silencios que no luchan por sus derechos les enfada que otros citen sus nombres por luchar por ellos, olvidando que una victima social no es mas que un indicador de la victimidad generalizada a la que nos arriesgamos todos los demás. Una conocida que cité por su nombre a propósito de una intervención que le dejo secuelas de insensibilidad en una mano me llamó muy enfadada por haberme tomado la libertad de usar su nombre para describir una situación. Su reacción exagerada podria corresponderse como si lo hubiera usado para perjudicarla, para informar de falsedades, o para utilizarlo para desfalcarle su depósito bancario. Para no entrar en una discusión que me quitaría un tiempo que necesitaba para algo mejor acepté poner una tachadura negra o 3 equis en el lugar del nombre a pesar de no estar de acuerdo con eso.

Ese tipo de reacción propia de neoclandestinos seguirá produciéndose en un mundo de tanta desconfianza recíproca. Lo curioso es que los que se dan molestos por eso no paran de tragar como consumidores de noticias (en tanto que lectores ,radioyentes o televidentes) textos o reportajes con referencias nominales de otros. El miedo a ser descubierto no tiene el menor sentido cuando lo comentado no es punible ni es delictivo y a la postre es cierto. Cada demandante de no ser mencionado a lo que está contribuyendo es a seguir habitando en un mundo de oscuridades y de formas expresivas metidas en la inexactitud. Esa oposición rabiosa a que el propio nombre sea usado a pesar de ser citado correctamente es un indicador de miedo injustificado. Toca admitir que hay personalidades blindadas que les molesta los actos ajenos que por los cuales son descubiertas. El gradiente de llegada al vecindario digital es desigual. Llevamos unas dos décadas de internáutica masificada y a pesar de eso no falta quien no se ha enterado de su significado. Son los motores de búsquedas internáuticos los que buscan conceptos y nombres. Todo lo que hacen es facilitar que lo que nos ocurre como seres societarios esté mas al alcance los unos de los otros.

De la defensa a ultranza del privacionismo y de esa demanda de que no se toque el nombre sin permiso seguirán produciéndose chispas. Ese temor a compartir lo que se es, las vicisitudes por las que se pasa remite a una consolidada tradición individualista animada por el sistema basado en la rivalidad de los unos contra los otros. Es aun mas extraño dedicarse a la pedagogía por los valores humanos y en contra del sistema no cooperativa y no entender los nuevos ritmos de socialización de los datos personales, que no privacidades, van tomando con las nuevas tecnologías. Ignorar las cosas no las cambia. Oponerse a que se hablen de hechos biográficos pero que competen a los demás es equivocarse de adversario. “Despreciar a otros que saben más es el arte más vil” dijo P.Feijóo. Los habitantes de una cultura de mentiras han crecido y han metodologizado sus formas de pensar desde la robustez de sus mecanismos de defensa. Los parámetros de “lo mío” y “la negación” van por delante de todo lo demás. Para reducir la carga de complejidad de una agenda, finalmente al que presiona porque no se saque su nombre en relación a la noticia (tradicionalmente ha habido quien lo ha hecho para que el bueno nombre de una familia no fuera afectado por el acto criminal de uno de sus miembros) se le puede aceptar la demanda si la supresión de la mención de su nombre no altera el valor del texto en el que está. Hay mucha literatura que cita nombres no comprobados o sustitutorios estandarizados que no afectan al desarrollo expositivo. Desde la estética del relato llenar el lugar de los nombres con equis e ygriegas no quita el valor de su contenido aunque desluce su verifacibilidad e indica la potencia, aún, del miedo reinante. Si no lo hay y la honestidad es una resolución de vida ¿por que esa oposición a ser citado en un contexto de relato veraz?



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