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Los del Top-manta

Por YASHUAbcn - 21 de Enero, 2010, 18:27, Categoría: CALIDADdeVIDA

 A veces, el paseo de la tarde de verano en una avenida marítima o de mediodía de invierno con el sol invitando a darlo coincide con una doble hilera de vendedores de baratillo que extienden sobre telas en el suelo un montón de chucherías que en realidad a nadie sirven pero que hacen de modus vivendi de los vendedores. Senegaleses, en su mayoría, se diría que son la misma sección de los mismos almacenes repetida tantas veces como tantos sean en este momento a la espera de que se les compre algo. Consiguiendo una o dos ventas ya les permite pasar el día. Su ocupación de la via publica para ese menester ha sido y sigue siendo motivo de polémica. Los pequeños comerciantes están en contra de su presencia porque les quitan clientela y además no pagan impuestos. Es cierto, no pagan impuestos y la venta ambulante está prohibida, entre otras razones, por ésta, ya que los ayuntamientos no sacan tajada con sus transacciones. Pero el problema no es éste, tampoco lo es que la clientela se reparta entre las tiendas tradicionales y esos nuevos vendedores supercargados de lo que se lleve en esa temporada, sino la calidad de lo vendido, es decir su falta de calidad, por un lado; y de otro, el hecho de la misma ocupación espacial callejera que condiciona el paseo de los viandantes.

En casos extremos como el de MexicoDF, los del top-manta convierten la calle en su territorio porque es su mercado y entuban el paso de la gente al andar. Por si fuera poco se ponen como asesinos rabiosos si les pisas sus telas o tratas de andar detrás de ellos por la acera.

Al principio, los subsaharianos que extendían sus telas en el suelo vendían artesanía de madera y telas bonitas. Hace ya muchas temporadas que les salen mas a cuenta vender cinturones, relojes y bolsos de mujer, todo de imitación y de muy mala calidad. La ultima ocasión en que me he dejado enredar por su presencia ha sido adquriendo un par de cinturones, supuestamente de cuero, a 5e cada uno. (en el paseo del Marisco de PuertodeSantaMaria). Nada más estrenar uno se cuarteó teniendo sus días contados. Vale, lección aprendida: el gasto lo cambié de capitulo, en lugar de ser una compra de una prenda había sido una donación a alguien que necesita el dinero más que yo.(eso no me quitó la sensación de tonto estafado). Pero si de eso se trata, de ayudar, no me hacia puñetera falta pasar por los roles de una transacción comercial fraudulenta, el del vendedor vendiendo material visualmente maqueado para dar el pego, pero sin, como digo, ninguna calidad, y el comprador, absteniéndose de regatear el precio del producto para darle alas al africano en su periodo de integración a Europa. Se trata de cantidades misérrimas y no merece la pena perder el tiempo en discutir nada. Si alguna vez te encuentras tras una venta de algo que no cumple su funcion, todo lo que puedes decirle al vendedor que no le volverás a comprar nunca más nada. Pero no puedes reclamarle que te devuelva el dinero a diferencia del pequeño comercio al que sí puedes ir a discutirle que te haya colocado un producto falsificado. No hablo de marcas sino de la calidad del mismo producto. Más importante que extender el enfado al vendedor de materiales malos vale la pena aprender la lección para uno mismo y no volver a caer en la misma trampa una siguiente vez.

Personalmente no me afecta que haya gente que se busque la vida vendiendo sus artículos en plena calle pero comprendo parte de las razones del enfado de los comerciantes en esa clase de competencia, también de los diseñadores de marcas que ven como sus productos son copiados. La primera vez que me encontré con Lacostes plagiados en Istambul llevaban un pegote de cocodrilo tan mal hecho que movían a risa. Los imitadores no se han perfeccionado tanto desde entonces. Tampoco quiero valorar la marca sino el producto en sí. No es tan seguro que un producto de marca sea necesariamente bueno, depende de la marca. Y al revés no siempre productos de marcas nuevas o no conocidas no tienen porque ser malos. Vayas al establecimiento que vayas o sea quien sea el vendedor lo interesante es evaluar el objeto que vas adquirir. No se puede decir que lo caro es bueno como tampoco automatizar que lo barato es malo. Algo pagado a bajo precio (como mi cinturón) es supercaro ya que lo he usado menos de una semana y otro a un precio 3 o 4 veces superior no lo es porque durante un montón de años.

Se sabe que para moverse en este mundo hay que salir con escafandra para que sus múltiples contaminantes y practicas de deshonor no te afecten tanto. La curiosidad antropofolclórica nos ha llevado a acoger con cierta conmiseración a quienes extienden sus trastos en la acera, a veces de tal manera que irrumpen el paso peatonal. Si bien es cierto que en alguna época las diferencias de puesto a `puesto llevaban al entretenimiento y a preguntar la repetición de lo mismo es como ver el mismo puesto multiplicado por cien. Los espacios dedicados al asueto, al paseo, a las conversaciones no deberían estar copados por la insistencia comercial (tampoco la de quienes tienen sus tiendas legalizadas y pagan impuestos y sacan sus cacharros en la acera molestando el tránsito) que condiciona el comportamiento del paseante y ademas lo lleva a colisionar con esos otros que con griteríos, insistencias y obstáculos molestan. Esa es una consideración sibarita. Desde el punto de vista mercantil cualquiera que quiera vender cosas de utilidad (eso ya nos llevaría a otra gran discusión para dirimir cuales son) para ganarse la vida debería optar a un espacio o una nave donde hacerlo. A los órganos de administración local les cuesta todavía articular las propuestas que faciliten el trueque, el intercambio y el reciclaje pero en todos los municipios hay un espacio u otro que se podria habilitar para eso, al ,mismo estilo que se habilitan los mercado semanales para la venta ambulante. Para los que llegan al país y no tienen trabajo y quieren empezar con la venta no es la mejor opción apuntarse a la rueda de ese comercio fraudulento que copia artículos pero no sus calidades. Existen alternativas para integrar toda esa fuerza de trabajo parasitaria que esperan a que se les compre algo sabiendo lo malo que es aquello que venden pero que el sistema en su forma ácrata de desarrollo no acepta impulsar.

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