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Berlusconi. Un golpe violento

Por Néstor Estebenz Nogal - 15 de Diciembre, 2009, 20:38, Categoría: CONFLICTOLOGÍA

 

Un golpe violento.

La última agresión al cavalieri Berlusconi, dandy de la política europea, con balance de nariz rota y cara ensangrentada con visible consternación, a manos de un no-admirador de su público que aprovechó su baño de multitudes para romperle la cara,  invita a continuar reflexionando sobre la violencia menor como expresión del descontento.

Las democracias enmarcadas por instituciones-corsé dejan al grueso de la ciudadanía sin posibilidades de confrontación directa con líderes y sujetos del poder político  entre cita electoral y cita electoral. Estos, algunos,  que fueron suficientemente, se pertrechan en sus posiciones para manejar el país como si se tratara del patio de su casa, en el caso de algunos. Cuando un magnatario acostumbrado a ir por todas partes con don de gentes y dominio de la situación, acostumbrado a que le digan sí a todo y a que le traten de señor indiscutible, recibe un zapatazo (el dirigido a Bush, ¡lástima que lo/s esquivara!) o va de impertinente ahí donde vaya no puede extrañarse que la rabia popular (o de una parte de la sociedad) que genere a su paso se manifieste con alguna violencia. No es la primera vez que al premier italiano le han agredido públicamente. El tipo y sus chanchullos lo convierten en candidato ideal para el odio.

El acto en sí de la violencia hay que valorarlo desde la dialéctica de un agresor y un agredido. El perfil del agredido es el de un cínico rematado que ha sido unido al eje de los que  vienen empantanando europea en suelo islámico. El hecho de que el agresor haya recibido el apoyo admirativo inmediato de decenas de miles de fans de ese gesto ya es un primer dato estadístico que hay un tipo de violencia consentida. A sotto voce cuando alguien de alto nivel, que teje y desteje decisiones que afectan al destino de millones de personas, recibe de tanto en tanto un golpe, en el fondo la mayoría se alegra de tal anécdota. Enviar al hospital o al reposo por unos días a un tipo cuya actividad fundamental consiste en enredar a la sociedad es una forma práctica de asegurar que medite sobre su rol existencial y repase la falta de ética de su oficio. Por otra parte, la apología de la violencia  no hace más que generar violencia desde que el mundo es mundo por mucho que la ecuación civilización=guerras esté más que demostrada. El acto pues de la agresión es en sí mismo punible. El detalle biográfico del agresor como sujeto clínico con diagnostico de trastorno mental es un significante curioso. ¿Sería el más loco el más atrevido de hacer algo que en el fondo desearían millones de personas haberle hecho ya? A veces los más locos durante la Historia han sido los que han capitaneado grandes iniciativas por la demora de los más realistas en no dar jamás los pasos necesarios. El caradura de Berlusconi, cuya cara de cemento se suponía a prueba de todo, ha demostrado que sangra como todo vecino. Se confirma que su sangre es roja y no es azul, que está hecho de la misma pasta orgánica que el resto de italianos, el resto de europeos y el resto de humanos. Es un infeliz existencial que su popularidad y su capital no le evitan el escupitajo de corta distancia o en este caso el golpe contundente. Comparativamente al magnatario una agresión que pueda contarla sirve de mayor lección histórica que el disparo a bocajarro de otroras. Tenemos demasiadas lecciones históricas en nuestros haberes que han pasado por todos los exámenes demostrando que la violencia no lleva a ninguna parte, ¡al contrario! a encadenar más reacciones violentas. A pesar de la impugnabilidad de  todo acto violento porque nos retrotrae a épocas pretéritas faltas de educación y comunicación, la violencia es y seguirá siendo uno de los lenguajes humanos. Su gestión pasa por la auto moderación para llevar el puñetazo sobre la mesa en lugar de a la cara del contrincante o a pegarle a un petate de arena en lugar del vientre flácido de un prepotente. Resulta que no todo el mundo tiene habilidades lingüísticas para la comunicación o la expresión escrita y su forma de hablar, desde su instinto primitivo –si se quiere- pasa por las manos, de la gestualización excesiva a su extremismo en forma de golpe. Honestamente, hay que desautorizarlo, sentimentalmente no deja de ser un acto simpático. Su potencial propagandístico es incuestionable. Todos los magnatarios que van de populistas como vedettes por las calles quedan advertidos con este golpe que tampoco llegó a martillazo: que no se sientan tan seguros siempre habrá alguien de la calle, uno de esos individuos anónimos con los que jamás habrán hablado, que les odiará a muerte por todas las responsabilidades que les atribuirán por sentir que en sus vidas por ellos fueron dañados.

La agresión demuestra otro dato: la extrema vulnerabilidad del tipo al mando. Si alguien fuera de séquito alcanza esta proximidad del cavalieri es que sus anillos de seguridad (al menos dos debe de tener un cargo de su autoridad) son totalmente permeables. Me lo confirma un antiguo recuerdo. Nos encontramos un día al susodicho en una de las calles estrechas de Siena: unos tres coches dificultando el paso de peatones, junto al hotel más importante, multitud-espectadora no perdiéndose al hombre grande, porque siempre hay huestes para agasajar  a la celebrity aunque sea un bastardo de la política y un ser intoxicante. Algunos grandullones haciéndole de guardaespaldas, -puras fachadas nada de garbo- ante los que pasamos sin que nadie nos cortara el paso. Tuve al susodicho a medio metro cruzándomelo. Supuse que esa accesibilidad a su careto indicaba su seguridad personal de estar siempre a salvo. Deberá repasar su presunción o comprarse media docenas de máscaras preparadas para defenderle de los próximos impactos.

El acto de la violencia en si no puede ser juzgado únicamente con el código en mano: nadie puede agredir a un semejante y menos sin preaviso, ya que el agredido es a su vez agresor de su propia sociedad y agresor en el extranjero para más señas por participar en la entente contra –según ella-el mal.  Hay golpes violentos de tal contundencia, de un solo acto, que no permiten la restauración de la victima para contarlo. No es el caso. Tampoco tenemos un agresor que buscara ese objetivo. Expresó su descontento pintando de rojo una cara. Recomiendo otras formas de poder más simbólico sin alterar el colorido del atacado. Se les puede tirar tinta a los malditos con sprys o vasijas, o sangre animal de mataderos  para recodarles sus protagonismos en matanzas. Se les puede bombardear con oxalatos y excrementos. Eso nos devuelve a la teoría del lapo. Por  peor ofensa sigue siendo la de escupirle a alguien en la cara sin que eso físicamente le dañe aunque es posible que ya no olvide jamás esa experiencia. Es difícil sugerir formas de protesta personalizadas contra los señores de los enredos nacionales. Por de pronto el golpe contundente que ha estropeado para una semana esta  cara es un aviso para todos los rostros del cinismo: ya saben que no pueden fiarse de nadie. Detrás de cada quien de sus públicos puede esperarle alguien que les ataque,-esperemos que la próxima vez sea- con la más contundente de las armas: la palabra.

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