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La poasición de clase.

Por YASHUAbcn - 4 de Diciembre, 2009, 11:37, Categoría: DEBATE SOCIAL

La posición de clase en el debate autojustificativo.

Durante una buena parte del siglo XX -y en otros anteriores- la condición de explotado era suficiente para declarar la de victimidad frente a la injusticia. A un lado estaban los explotados a otro los explotadores. Las víctimas eran seres indefensos, inocentes y vulnerables que aceptaban las formas dirigistas del estado y de los grandes empresarios. Fueron tiempos en los que de los obreros se decía que no tenían nada que perder. El desarrollo de las clases medias por obra y gracia de un crecimiento espectacular del sistema capitalista desmanteló esa idea. La sociedad en masa, al menos en los países hipermaterialistas, sí tiene mucho qué perder si por pérdida se aplica a dejar de tener el control sobre las cosas compradas o acumuladas. Las luchas sociales se han centrado y siguen centrándose básicamente en esto: en la perpetuación del poder adquisitivo, en el mantenimiento del estatus. Mirándolo fríamente la inmensa mayoría de luchas intrahumanas han sido y son luchas materialistas en relación al acceso a los recursos y a los beneficios. El movilizador inspiratriz fundamental del movimiento obrero sigue siendo el de una vida materialmente confortable. Las huelgas más salvajes y radicales siguen poniendo en primer lugar las reivindicaciones economicistas dejando muy en segundo o  último lugar (eso en el mejor de los casos que sean contemplados) los objetivos de carácter político y humanista. La dignidad, la justicia y la libertad no dejan de ser palabras que se manejan en las asambleas propagandísticas y en las luchas fabriles pero desde el punto de vista de sus acepciones a los casos concretos de sus supervivencias materiales, sea con el mantenimiento de puestos de trabajo o en contra de los cierres de las empresas. Hay algo de los movimientos de los asalariados que los infantiliza esperando que empresarios y magnates se rindan a sus deseos en lugar de las implacables leyes del mercado.

Por otra parte, las actividades por re-valorar los puestos de trabajo, renegociando el reparto de las plusvalías, que se ha interpretado como un movimiento social del cual iba a emerger una gran conciencia popular, no deja de ser una peculiar forma de reparto de los pasteles recursivos. Por su lado, las luchas entre estados en forma de guerras cruentas y duraderas también fueron esto: luchas por los repartos territoriales y por la recalificación de los dominios. Esa concomitancia podría poner en una seria revisión el supuesto de que los obreros de todos los países tienen los mismos intereses y los capitalistas también. Eso es un reduccionismo. El panorama intercapitalista demuestra sus posiciones de conflictos tanto entre empresas como entre estados. Teniendo en cuenta que hay empresas que facturan más capital que el presupuesto de estado de todo un país es fácil deducir que el poder financiero está por encima del político. Un discurso reformista en los USA viene poniendo el énfasis de una clase de análisis contra el casi infinito  poder de la banca dejando para el lugar de los santos inocentes a los estadistas y personajes públicos del campo legislativo y represivo.

Las antiguas consignas para un movimiento obrero internacional unitario sin quitarles ningún valor para el romance revolucionario chocaran con el hecho de su profunda división. Si en el seno de cada país –y de cada clase obrera- mientras una fabrica lucha por su salario, la de al lado difícilmente se entera y se solidariza ¿qué esperar de las relaciones entre las protestas  de cada país silenciadas o ignoradas para que sus ejemplos no se extiendan? Para que ésta línea de análisis no lleve a conclusiones fatalistas hay que reconsiderar el potencial de radicalidad de cada lucha y de su conexión como un sentido histórico del evolucionismo social –más supuesto que demostrado-. No se puede afirmar con convicción rotunda que el desenlace de cada movimiento social lleve inexorablemente a revoluciones fantásticas que engendren un mundo estupendo. Parece que todavía existe una idea de revolución como la del gran día partero a partir del que todo va a cambiar inaugurando el reino de la utopía. No se puede seguir confundiendo actos de rebelión, festivos y rupturistas  con los tótemes del sistema, con alternativas consolidadas. Muchas de las actividades pretendidamente revolucionarias por su furia radical como quemas de iglesias y obras de artes no tuvieron ninguna razón ni táctica ni estratégica para la lucha y consecución de objetivos sociales, solo demostraron ignorancia, obcecación, mimetismo comportamental en la extroversión de rabias y frustraciones no digeridas.

La apelación a una posición de clase que ampara las iniciativas de sabotaje de las cosas de la realidad confundiéndolas con el sistema mismo comete una terrible confusión entre infraestructura y estructura. La destrucción de máquinas, cabinas de teléfono o mobiliario urbano no afectan en absoluto a la estructura del sistema por mucho que sean indicativos de desacuerdo con la sociedad. Prácticamente  todo lo que consigue la kale borroka  es encarecer los containers de basuras y afear fachadas con cajeros quemados. Políticamente indica la frustración de la juventud, un malestar extendido y unas formas de lucha tan rabiosas como estériles. El mínimo sentido común considera que un objeto tiene valor en sí mismo y que su existencia ha pasado por un trabajo previo. Destruir algo material como parte del proceso de furia es insultar también a quien ha dedicado su tiempo de trabajo en hacer, es malbaratar recursos e, indirectamente, contribuye a incrementar su precio para los nuevos trabajos de su sustitución. De hecho la destructividad material lejos de ir contra el sistema lo consolida ya que le va bien tener excusas para fabricar más de lo mismo. Los  tópicos actos de rebelión que queman coches, incendian neumáticos a modo de barricadas, y se entretienen al gato y al ratón con los peones del poder, sicarios para maltratar al pueblo no necesariamente son actos revolucionarios, sensatos e inteligentes, que pongan  las luchas en procesos de liberación real. La violencia tiene mucho de discutible. El coctel molotov que incendia un establecimiento bancario también destruye un local que puede ubicar otras actividades que no tengan nada que ver con una oficina financiera. El fuego, primer elemento de los 4 teorizados en la antigüedad filosófica, no puede ser tomad o como el ultimo para arrasarlo todo en el supuesto de que tras el apocalipsis  simbólico y por generación espontánea todo empezará de nuevo con parámetros de justicia, ética e igualdad.

La necesidad de clase de una violencia para hacer creíble su  rol de futuro ha sido una interpretación más propia de sus vanguardias alucinadas que en nombre del pueblo también han hecho actividades en contra del pueblo. Los  vocablos genéricos con aspiración de constituir una categoría absoluta son sospechosos de dogmatismo. El de “pueblo” o “clase obrera” no lo son menos. Cuando gritábamos “¡viva la clase obrera!”, ¿a qué le estábamos vitoreando? La clase obrera también es y ha sido la cantera para aprovisionar numéricamente al incremento de las clases medias, también es la del hiperconsumismo y los deseos de existencias anodinas y confortables, acríticas y alienadas. La clase obrera ha sido y es también la que participa de industrias contaminantes por la idolatría de la preservación del puesto de trabajo por encima de todo. Justificar al explotado porque debe de comer y vivir haciendo lo que hace es anteponer las razones externas a las internas, el otro al yo, el objeto al sujeto. Cada sujeto humano es responsable ante sí, ante la historia y ante los demás de sus actos. No se puede abreviar pasando por alto su cuota voluntaria de esclavitud para llenar su panza. Karl Abraham teoriza el gasto del dinero en los estados de ansiedad. La discusión política circunscrita a los roles económicos de los unos y los otros (empresarios con sus iniciativas para la explotación de recursos y empleados que se agregan a su plan por necesidad de un salario) pierde de vista las motivaciones inconscientes que llevan a las interacciones relacionales entre humanos. El dinero también pasa a ser un caudal acumulativo, ambicionada y usado según los cuadros neuróticos de quien lo emplea. No está establecida que detrás del plutócrata haya un individuo con mayor neuroticidad que detrás de un obrero con menor dinero contante. El esquema de conseguirlo para retenerlo remite a la misma inseguridad psicológica en un caso que en otro. Abraham habla de estados de permanente dependencia infantil.

No está de más recordar que el obrerismo que recurre a sus actos históricos repetidos pidiendo del estado o de las patronales que organicen sus actividades para mantener a sus empleados tiene un brutal parecido con el llanto infantil esperando del padre que lo siga queriendo.

Hablar de una posición de clase, actualmente, es tan obsoleta como la presuposición de que la clase obrera tiene unos intereses históricos muy definidos y va a vanguardizar al conjunto de la sociedad hacia la utopía social. Es tan obsoleto como el antiguo vocabulario de izquierdas-derechas y estoy por decir que de Revolución-Reacción. Hay procesos psico-conductuales que incluyen actuaciones reaccionarias y conservadoras con ideas de lo más revolucionario configurando auténticos cócteles explosivos en personalidades reduccionistas. A nadie le es dado, nazca en la clase que nazca, una condición de impecabilidad a perpetuidad. Claro que certificar el error universal e interclasista puede inducir a justificarlo en todas las clases no siendo comparable a efectos de impactos, la cuota de destrucción para el planeta de los más poderosos irresponsables que la cuota de destrucción de los más desfavorecidos en cuanto a incidencia en la materia y en los procesos económicos.

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