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En manos de los profesionales

Por YASHUAbcn - 1 de Octubre, 2009, 13:10, Categoría: General

En manos de los profesionales.

Un profesional es un especialista en su materia. Evidente Watson. Las casas veteranas en lo que sea citan las décadas que llevan en un campo profesional como argumento indicativo de que son expertos en el tema por el que se ofrecen. Aguas incluso utilizan la condición de páretela (hijos de…) para garantizar que el servicio sigue estado en el linaje y en un estilo.  Los periódicos, las universidades y los hospitales  también citan su fecha fundacional. En resumen, el número de años de dedicación a algo es tomado como un dato que supuestamente corrobora experiencia. Metodológicamente esto es una falacia porque se pueden tener muchos años en una dedicación y haberla dedicado a hacer chapuzas. Para la mayoría de situaciones, un usuario no pregunta el tiempo de experiencia de quien contrata para que le haga un trabajo de fontanería, cerrajería, albañilería o pintura; se pone en sus manos confiando en que se lo hará bien o de acuerdo con lo indicado. Suele ocurrir que no es tras el trabajo consumado que lo indicado se presenta como una orden llena de ambigüedades. Tú no le dices a alguien que te venga a poner un azulejo que lo ponga entero, lo das por supuesto, o que venga a poner una cerradura centralizada en la puerta corredera de aluminio que la ponga vertical, lo das por supuesto. Tras el trabajo hecho porque has tenido la suficiente confianza en dejar solo al operario te encuentras con su error. Encima te desarregla otra cosa. Personalmente me da mucho apuro, incluso vergüenza, llamar por teléfono a un profesional para decirle que lo encargado –y obrado- lo hizo mal y que vuelva a rehacerlo. Cuando he pasado por eso me encontrado que después de una tercera vez de que el profesional, es decir el supuesto profesional, intentara arreglar una avería y no lo consiguiera, lo daba por inútil y no volvía a insistir. La lección fue la siguiente: acabas perdonando al inútil, por inútil. Esa etiqueta no deja en buen lugar al que lo ha hecho mal, pero una vez lo ubicas tratarás de no caer nunca más en sus manos y, desde luego, no se lo recomendarás a nadie.

La mínima deontología del profesional le exige –le debería exigir- dejar las cosas bien hechas, pues es su mejor forma de auto promocionarse. Parece que eso ya no es el estilo de muchos porque a pesar de hacerlo mal otros clientes caen atrapados en su telaraña y le hacen encargos, que serán, no hay que dudarlo, nuevas remesas de chapuzas. Hay un factor sociológico, el de la inmigración, que puede tener que ver con ese asunto. Los inmigrantes necesitan trabajar y se gremializan según las demandas del mercado. Se pasan por expertos sin serlo y van aprendiendo el oficio, si lo aprenden, a costa de los usuarios que pagamos por trabajos inacabados o malhechos, tanto, que generan gastos extras contratándolos, hasta encontrar a un operario alternativo que de verdad sepa lo que se hace y resuelva un problema. Por supuesto todo el mundo tiene derecho a vivir y trabajar pero no a hacer de impostor y pasarse por lo que no se es.

El tema todavía es más complejo cuando profesionales que van de tales, también siendo del país, salen la mar de contentos tras una chapuza realizada y cobrándola por trabajo perfecto. Mi talante no es el de estar detrás de un operario observándolo como trabaja, tengo mi propio trabajo. Puedo dejarlo al lado haciendo su faena mientras yo estoy en el cuarto de trabajo contiguo haciendo la mía. Para cuando lo ha terminado a la primera ojeada parece que está en regla, dos días después la cosa no funciona. Hay errores como agujeros mal hechos en los perfiles de metal que no se pueden subsanar.

Otros trabajos que son para la comunidad de vecinos el operario llega y repara sin pasar por el visto bueno del responsable (generalmente el presidente de la escalera o el gestor). Facturará por el trabajo sin que nadie se lo revise y le dé su conformidad.

Un trabajo no es un tiempo de dedicación a hacer o aparentar que se hace algo, un trabajo es una actividad para producir un resultado que resuelva una situación según lo previsto. Toca repasar el vocabulario para hablar con propiedad y exactitud de cada cosa. Puedo empatizar con los empresarios (algunos) que les duele pagar a empleados perfectamente inútiles, aunque eso sí explotados –de acuerdo con la literatura sindicalista- y dedicados todo el día a ocupar un puesto, ocupar –digo- no hacer algo positivo en él. Estoy de suerte, no tengo una empresa con empleados, pero puntualmente y para temas concretos sí debo contratar algunos (domésticas de limpieza y operarios para reparaciones). Estoy en deuda con ellos por la casuística de relatos que me llevaron a escribir. No seré yo quien haga una subscripción popular a favor de levantarles un monumento pero sí les reconoceré sus habilidades para la ineficacia que obligan a que las cosas se hagan por duplicado (perdón por todos aquellos que son la excepción a esta inercia en el hacer, es decir en el no hacer bien las cosas).

Vivimos tiempos de estragos. Crisis es la palabra de moda, la de cada día. Ahora resulta que  la causa del problema  es que la gente en masa ha dejado de consumir lo más innecesario y por tanto los IVAs y dividendos e forma de impuestos para el estado han decrecido, lo cual lleva a una política de extorsión con nuevas cargas de fiscalidad. Desde su punto de vista, el del estado que recoge los resultados de las imposiciones tributarias, todo tipo de actividad económica, incluyendo la venta de productos nefastos y trabajos mal hechos, ya le conviene. Toda transacción pagada produce  que gastos significa que genera beneficios para todos menos para quienes pagamos. Estrictamente, sí, hacer y tapar el mismo agujero docenas de veces genera contrataciones y por tanto circulación de dinero aunque la faena en sí mismo no sirve para nada salvo para hacer gimnasia y marear el suelo. Solo que para una posición, la mía, menos dada a las actividades superfluas, es preferible un trabajo bien hecho una sola vez que no diez tentativas  que no arreglen nada, por mucho que haya una fauna de trepas dispuestos a cobrar.  

Ya es de conocimiento general que la ambición descontrolada es lo sustenta la irracionalidad del sistema y sus crisis episódicas. Hasta voces del mismo ámbito financiero y empresarial (el portavoz actual de la banca March, una banca y un nombre que no nos trae malos recuerdos del pasado histórico) dicen que la codicia si bien es buena (entendemos como motor de competitividad) es terrible si no se le ponen límites. Nos encontramos con que al patio de mal criados hay que ponerlos en orden y pautarlos en lo básico. Hay tipos que se jubilan (es decir, se retiran del mundo de los negocios, entiéndase expolios) con 55 años y 50 millones de euros y con pagas de jubilación que superan las ordinarias de más de 300 pensionistas. Deben ser héroes de la economía, para otro punto de vista son una de las razones por las que existen crisis periódicas y una sociedad problemática, porque pertenecen a la saga de los ladrones con carta blanca.

Los grades números y los pequeños números están relacionados. Si los operarios de pymes que hacen sus trabajos malhechos les dieran poderes y el mando de grandes empresas, sus resultados no tendrían mejor calidad y encima el impacto dañino sería mejor.

La sociedad está atrapada en las fechorías que no dejan de producirse. Respetarnos mutuamente pasa por amar cada detalle que se hace y no dejar a nuestras espaldas que nos pongan a parir por lo mal que hemos hecho un trabajo o un compromiso.

Entre la gestoría que paga las facturas que se le presentan sin verificación, los operarios que no presentan el trabajo terminado y los presidentes que tampoco lo verifican, trabajos simples están condenados a una biografía de mantenimiento que agota a las tres partes y molestan a toda la vecindad. Un trabajo bien hecho tiene un largo futuro, un trabajo mal hecho no tiene ninguno y además cuesta más trabajo y más tiempo si se cuentan todas las visitas posteriores para reparar lo reparado.

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