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La asistente doméstica, Segunda Parte

Por J.Sar - 20 de Agosto, 2009, 13:16, Categoría: EGODOMÓTICA

La Asistente doméstica. Segunda Parte.

La asistenta doméstica es una empleada y quien la emplea hace la función de empresario aunque ambas calificaciones tengan un tanto de exageración porque es difícil ver la equivalencia entre una casa  y una empresa.  Para la posición de la empleada ir a trabajar a una o varias casas particulares para hacer la limpieza en la práctica significa cumplir con un horario de trabajo garantizado con un sueldo. Su verdad de asalariada no tiene discusión, Para quien la contrata para tales menesteres le toca pautarla o darle órdenes precisas para su ejecución, El futuro de la relación laboral entre ambos depende de esa conexión.

Marga Castillo fue la primera empleada doméstica que tuvimos que me hizo identificarme con rotundidad con el rol de empresario a pesar de que esa palabra no tenga nada que ver con mi biografía ni con mi vida actual. (Nuca he tenido una empresa propia con subordinados a los que dirigir ni está dentro de mis propósitos tenerlas) pero me hizo considerar que ese ere mi rol en tanto que tenia la potestad de anularle la posibilidad de que centaura viniendo a trabajar a casa (unas 15 horas que le supondrían uso 600e mensuales). Tras confirmar que era una persona que no sabía estar en su rol de empleada tomando iniciativas no consultadas y demostrada su peligrosidad tras tirar abajo sin mirar 3 macetas cargadas de tierra la decisión de despedirla estaba tomada. La fechoría también me hizo entender más que nunca que el derecho justificado al despido era eso, un derecho totalmente lógico en un mundo en que las exclusiones y las inclusiones bailan según si concurren o no la sintonía y el acuerdo.

Para la siguiente vez que vino tras asegurarnos que había sido ella la autora de los hechos en lugar de presentarle una crítica en toda su extensión decidí portarme con una frialdad extrema. Primero le pediríamos la fotocopia del dni que se había demorado pro dos semanas, 2do. Le pediría que fuera a recoger los trozos de tierra que había tirado al parque, que separara la tierra y la planta en una bolsa y los restos de plásticos de las macetas en otra. 3ro. Le diría en que establecimientos podía comprar los rotos y que lo que quería es que fuera a comprarlos de inmediato. En ese momento Marga, muy ofendida, dijo: "¿sabes qué? hemos terminado". Muy bien, le dije, me libró de decirle quedas despedida después de haber ido a por esas compras y de haberle pedido 4ta cosa que restableciera las macetas en su lugar tal como estaban. Le dije que lo que había destrozado tenía un costo, que ella en su orgullo dijo, como si le sobrara el dinero, que pasaría a pagármelo esa misma tarde. Antes de cruzar el umbral de salida dijo que no se iba porque quería los papeles que había firmado por los días trabajados para nosotros. Se los negué. Estuvimos varios minutos en ese punto  de la puerta de si se iba o no hasta que tuve que decirle que no me obligara a echarla por la fuerza de mi casa. Finalmente se fue sacando el tema de quicio sobre que no me importaba la gente (justamente la despedí porque había puesto en peligro a posibles viandantes que pasaran por aquella acera del parque y que de caérsele a alguien encima las macetas lo hubiera matado), que si me sobraban los títulos pero que no tenía cultura y escapadas no argumentativas semejantes que no veían a cuenta.

Al cabo de una hora bajo la chica con una vecina para la que también trabajaba que ahora se presentaba como su amiga y consideraba que el trato de despedirla había sido exagerado. Tuve la atención de explicarle a esta por repetido lo sucedido dado  que lo había hecho ya el día anterior. La domestica me pago 30 euros por los rotos, la mitad de lo que costaba una maceta semejante en el mismo establecimiento donde volví a tratar de comprar una sustituta. Con esto gesto me quedé absolutamente convencido de que ponía a salvo a otras personas que la emplearan para la limpieza doméstica de sus casas y que esa anécdota la recordaría mientras viviera. En el momento en que me dijo que todo había sido planificado  fríamente por nosotros para conseguir su firma (algo que nos exigía la póliza del hogar para cobrar el dinero que le habíamos adelantado) me despedí de la vecina y les cerré la puerta.

Yo enfrenté  solo toda esa situación. Mi compañera se recluyó en el dormitorio y no quiso vivenciarla., le daba pena echar a la calle de esa manera a la empleada a pesar de haber puesto en peligro nuestra tranquilidad y habernos generado muchos problemas de haber hecho daño a alguien.  Debo decir que no experimenté la menor duda de hacer lo que hice. Fui consciente en todo detalle que impuse mi poder. Otra empleada en su lugar más inteligente hubiera aceptada comprar los objetos sustitutorios. Tampoco le habría valido para continuar con el empleo. Por añadidura el mismo día se había cargado la alfombra que quedo completamente deshilachada y que tiramos por centrifugarlas. "De estas te `puedo traer 40", me dijo. "Traéme solo una", le dije. No diré que me divierta como cursa la mentalidad de alguna gente que para no reconocer con humildad  y autocritica sus errores son capaces de las más absurdas bravatas.

Esa anécdota fue referida en algunas ocasiones mientras estuvo fresco en nuestra memoria las siguientes semanas, con otros conocidos que tenían asistentes domésticas para sus casas.  Tuvimos ocasión de hacer nuestro desquite verbal aunque fuera en diferido y en otra parte. No me sentí pertenecer a una élite social con suficiente dinero como para tener a alguien contratado para venir a hacer las faenas domésticas. Comparativamente a otros que tenían empleadas podíamos darnos, a pesar de todo, por satisfechos. Hay empleadas que vacían las neveras, roban dinero  o que no cumplen con sus horarios. Hasta este punto no había llegado nuestra fatalidad pero todo entraba dentro de los posibles.

De Marga nos olvidaríamos como de tantas personas con las que te cruzas en la vida y que te dejan una trastada y encima no tienen el detalle de reconocerla. Para las siguientes domesticas seriamos más listos, mas controladores a pesar de que por nuestra forma de ser no queríamos ir detrás de nadie para ver si cumplía con su trabajo y preferíamos personas responsables y capaces que nos permitiera estar con nuestros haceres sin ser molestados. No teníamos la apariencia de tener ni mucho dinero ni nuestro hogar era de la clase alta. Solo necesitábamos alguien que limpiara lo que nosotros hacíamos.

En esa anécdota puse por primera vez en mi vida un proceso dosificado sin contarlo en su totalidad a priori. Harto de confirmar que las explicaciones no alcanzan su objetivo a pesar de la aquiescencia de quien las oye pero que no entiende lo suficiente opté por pautar cada unidad de conducta. De haber mostrado mis cartas de entrada el estropicio hubiera quedado en el parque por meses afeando el lugar. ¡Qué lástima que las cosas tengan que hacerse así! El precio de esta anécdota salió caro pero podía habernos salido más caro aún. Como que toda anécdota deja al menos una lección y el saber es un tesoro inconmensurable estoy seguro que la perdida (la de los objetos no la de la persona, mi humanismo no me lleva a tal consideración) se recuperará de otra forma.

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