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Salir a Pasear

Por YASHUAbcn - 10 de Agosto, 2009, 23:17, Categoría: CALIDADdeVIDA

Salir a Pasear. La calle peatonal y sus obstáculos. 

Hoy dia pasear casi se ha convertido en una gymkhama para sortear obstáculos. Explórese cualquier ciudad turística de la costa brava y otras costas. El espacio de acera en calles peatonales ocupado por tiendas y tienduchas es considerable. Es un epifenómeno del comercialismo de nuestros tiempos. Nadie se queja, si hay alguna queja la he avistado  por la zona de Calafell en tienderos que protestan ante la perspectiva de volver con sus bártulos de puertas para adentro.

El tendero arrinconado en su boutique esperando que le entrara clientela quiso despertar los estímulos  de ésta primero sacando una cartelera, después un colgador de pañuelos, luego un expositor de zapatería, finalmente sacándolo casi todo. El despliegue de la mercancía en la calle es tal que se diría que sus clientes están más motivados por lo que se encuentran de cara en esta calle que no por lo que hay dentro. Esa conquista de la acera le supuso al comerciante  tener que poner ojos en el exterior o contratar un vigilante de más para que la clientela, a la postre, mangante si la ocasión se lo permite, no le redujera la mercancía sin aumentarle los beneficios. Una parte importante de ésta viene amarrada para que los manos largas no se la lleven sin pasar por caja (por cierto hay que decir que lo que está en la calle es de los que callejean. Legal y estrictamente coger algo de un expositor o que está en el suelo de la acera no es entrar a robar un establecimiento sino reciclar algo que uno se encuentra o choca con sus pies). Prosigamos. El paseante que ya se había habituado a pasear por medio de las terrazas de bares y restaurantes ocupando la vía pública en noches de verano, luego tuvo que aprender a zigzaguear en medio de los comercios que no cierran hasta altas horas.

Salir a pasear por aéreas peatonales se ha con vertido en una antigua evocación del significado pasear. Si bien caminar es posible, siempre con la mirada distraída por la cantidad de estímulos (esa forma de mirar sin ver), hacerlo ya forma parte de las curiosidades modernas del ocio. Los paseantes legítimos  han quedado reducidos a otras variedades de viandantes más enérgicos: acompañantes de perros (por cierto el perro acompañando al amo es una combinación obsoleta ahora es el amo el que acompaña al perro), marchadores atléticos, senderistas en prácticas recuperando senderos e bosques transitables…

Volvamos a los paseos estándar en las ciudades costeras. Después de un día en las playas-tostadero,  por la noche apetece salir para tomar el fresco, verse con otras caras, refrescarse por dentro  y por fuera, sentarse en alguna parte y pasar a hacer de extra del panorama general. Para conseguir un poco de tranquilidad lo mejor es volver a la playa que a esa hora no hay gente salvo los que no tienen habitación y tienen urgencia de kikis o de vivacs. Los paseos marítimos son  la alternativa a la densidad de los dédalos de calles enjutos y atiborrados. Se pueden alcanzar después de sortear un buen número de obstáculos. Una de las curiosidades callejeras es ese hábito del personal que tiene en bloquear acercas cuando un grupo decide montar una asamblea de campaña (técnicamente asamblea de acera) y se dedica a la dale que te pego, a la sin huesos, sin observar que está bloqueando el paso a otros viandantes. Invariablemente cuando les dices ¡excuse-me! (una especie de palabra abracadabra y la única útil que te ha quedado de dos clases de inglés mal aprendidas) el glomérulo humano se deshace y te deja pasar.  Pata quien es enano, bajito, viaja en silla de ruedas o triciclo eléctrico continuamente tiene que estar abriéndose paso entre estas barreras humanas que no se enteran. La calle está para ocuparla, cierto, y la densidad humana existe porque hay una necesidad intrínseca del sujeto a compartir el espacio con los demás. Reconozcámoslo: la proximidad le apetece, aunque sus psico-corazas y los miedos le mantengan "a salvo" de relaciones más comunicativas. De todas las paradojas de la cruzada humana en el planeta tierra una de las más curiosas es ese llamado de la jungla de gente llamando a gente para juntarse y masificarse, no para construir grandes hazañas o retomar los congresos de la palabra. La hipótesis de la comunicación sigue siendo fundamentalmente eso: una hipótesis.

En la escena de un telefilme en que el espectador sabia que el chico de la siguiente anécdota que voy a contar era el malo, propone a un grupo de chicas de la mesa de al lado si las puede invitar. Una de ellas, sin mediar palabra, se acerca a él le coge el batido o lo que sea que esté tomando y se lo echa en los pantalones con la risotada de las demás. Vale sabemos que el injuriado es un psicópata y en principio quiere seducir a chicas para freírlas en una sartén, pero ellas no son telépatas para saber esto. Su respuesta no es elusiva o de ignorarlo es de ataque. Ataca contra una invitación simple y formal.  Vale, es el fragmento de un telefilme a cuyo guionista se le ha ido la mano. El malo es castigado antes de hacer de malo y sin que su castigadora  lo sepa. Vale.

Volvamos a la realidad. La gente sale a pasear, se relaciona y va a los sitios de relación, pasea por donde otros pasean, lo hace a las mismas horas. Resultado: hasta el paseo se ha convertido en un proceso estandarizado. Hay horas y lugares que se reparten las distintas funciones humanas. El personal pedestre va a comentar las mismas lunas nocturnas o la belleza del mar si tiene sensibilidad para eso o como les ha ido el día con frases y comentarios parecidos. Para los chicos sin imaginación les basta llevar una trompetita de oído para copiar las frases que se dicen la pareja de al lado para implementarlas en el cortejo de su ligue.

Para cuando suena la hora de los paseos personalizados en los que ya no hay nadie por el lugar de hacerlo, es demasiado tarde el cuerpo esta fatigado y los halos  astrales de los durmientes juegan a los dados si las tienen todas consigo para viajar una noche tras otra.

Hay otro modo de pasear calles escogiendo aquellas horas en que el ajetreo humano está en declive o prácticamente ausente y el/la paseante puede observar fachadas y rincones, cruzar la mirada con un gato, poner atención a la brisa, poner atención también a quien le habla si comparte el paseo. En vez de eso, predomina el gusto por estar con la multitud, formar parte de ella, no sentirse solo aunque no se sepa exactamente de qué sirve esa compañía. En el modo de estar en la calle, barrando el paso a los demás, converge un concurso de personalidades. Casi se pueden inferir formas culturales y procedencias nacionales. Una de los tests tópicos para demostrar que las personas no tienen conciencia de pertenencia a una sociedad  es por hechos tan simples como las formas de estar y evolucionar por locales y espacios públicos. El piquete asambleario que se reúne a la salida de un local impidiendo el paso de los que están por salir o impidiéndolo a los que están andando es uno de los fenómenos más típicos. El acto conversacional pide todos los sentidos, tantos que los absortos en su tema se olvidan de que pueden molestar a los demás. El análisis de los pequeños egoísmos da a lugar as conjeturas para otros grandes egoísmos. Para ventura común la gente solo es gente, un relleno paisajístico en la red viaria.

A esa mayoría de contactos visuales con los que uno se va a mezclar a la hora del paseo no se van a convertir en contactos verbales y aun menos epidérmicos. Eso lo sabemos todos de todos, es estadística mundana elemental. Pero aun sabiéndolo, inconsecuentemente repetimos los mismos espacios de escarceos y salidas y movidas para seguirnos equivocando, tropezándonos los unos con los otros. Para pasear hay muchos lugares a los que ir y los amantes de los paseos tranquilos esperan los momentos tranquilos para hacerlo.

 Personas que no pueden correr o hacer gimnasia siguen fielmente la recomendación médica de una hora de paseo diario. Las piernas que caminan tienen  mejor pronostico de salud para el resto del cuerpo que las que solo van del despacho/casa al coche. Pasear deja de ser una forma de relax y de curioseo para ser también la forma más cómoda de hacer una mínima gimnasia del movimiento. Lo ideal es salir temprano a pasear el perro si se tiene o quedar con otros con la misma receta de  facultativo e irse a caminar por el paseo marítimo para respirar el aire renovado en una hora en que el sol despunta y no quema, o hacerlo por el parque o por el bosque. Los paseos en mareas comerciales no son verdaderos paseos, la mente esta demasiada distraída con los estímulos que invitan al consumo, sea el de los restaurantes o el de las chancletas.

Todo depende de lo que se busca. El/la paseante también es alguien que busca suministros, bebidas, coincidencias o nuevos contactos humanos. Un rato de distracción no hace daño a nadie, pero miles de ratos con la idéntica distracción hacen la vida aburrida y la paraliza en inercias tontas. Soy un asintótico que prefiero pasear por sitios no concurridos y en mi condición de caminante  urbano me molesta que tanto  comercialista lace sus ataques con toda regla contra paseantes que solo quieren pasear. A juzgar por las miradas del personal que no ven calles ni personas sino los artículos de venta de los expositores, deben/mos ser una minoría los que nos gusta caminar en paz. Alguna vez algún loco arrasará con los obstáculos que encuentra a su paso. Lo detendrán y lo juzgaran por atacar a la propiedad privada. Tal vez el abogado de oficio que le toque, si ese día se ha preparado una frase para el evento diga a los togados: el pedestre era antes que los obstáculos, él tiene la prioridad histórica de que no se le barre el paso.

Recuerdo una mañana soleada en el centro de DF México donde todo es un comercio. La densidad humana era tanta que no podía avanzar. Por su parte los comerciantes sin tienda, los del suelo, se habían apropiado de las aceras impidiendo el paso de los peatones por ellas. Cuando quisimos avanzar en nuestra ruta entrando en una de ellas casi nos acuchillan por ivadirles “su”  dominio.

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