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Una empleada del hogar o un peligro en casa

Por YASHUAbcn - 3 de Agosto, 2009, 20:53, Categoría: CONFLICTOLOGÍA

 

Una empleada del hogar. Un peligro dentro de casa.

La asistente doméstica es un cargo generalmente en manos de mujeres. Solo he conocido un caso de un hombre que se ocupara de ese tipo de trabajo y tampoco recuerdo que fuera el trabajo de su vida, más bien una elección provisional para salir del paso y que una amiga aceptó contratarlo. De las domésticas, doncellas o asistentes se ha hablado y habla a menudo en quienes tienen el privilegio de poder pagar el salario de una para sus quehaceres domésticos. No comprendí del todo tal insistencia temática hasta que Marga, guatemalteca con bastantes años de residencia en España, vino a casa a trabajar. Teníamos referencias de ella porque trabajaba para una vecina y os la habíamos encontrado en el vestíbulo del edificio algunas veces. Era una emigrante guatemalteca con decisión, de mirada franca y espabilada. Cuando le propusimos de ocuparse de la limpieza de la casa 14 horas semanales nadie nos dijo que su forma de trabajar podía ser peligrosa tanto para las cosas como para las personas. Debo decir, antes de proseguir esta pequeña anécdota, que a diferencia de mi compañera yo siempre me he resistido a tener una empleada en casa para que se ocupe del cuarto de baño, la vajilla, el polvo, la aspiradora o hacer la cama. La experiencia que he tenido con anteriores empleadas me dejó un saldo de tristes lecciones con objetos  rotos escondidos o por sisas con el tiempo contratado.

Marga vino unas cuantas veces mientras nosotros estábamos en casa ya que es el lugar donde vivimos y además trabajamos. Estuvimos siempre a un par de segundos de distancia para preguntarnos lo que fuera o cualquier duda. Trabajó a fondo quitándonos el polvo, fregando el parquet, reordenando los armarios. Ante su calendario de días yo me autocondicionaba para dejar las cosas lo mejor posible y nada que pudiera correr el peligro de romperse. Notamos inmediatamente su iniciativa en organizar las cosas sin consultarnos: reubicar objetos en lugares diferentes a donde estaban. Como que somos partidarios de la iniciativa individual en tanto que  antídoto de toda desidia nos pareció bien. Dejó de ser tan elogiable cuando centrifugó una alfombra de retales de tal modo que quedó completamente deshilachada y para tirar. El mismo día advertí que había tirado objetos útiles como un lápiz, una pinza y un tape a la basura orgánica. Es sabido que el análisis de basuras es un análisis casi de personalidad a efectos prácticos. Dime cómo las organizas en casa o que cosas tiras y conjeturaré con bastante fiabilidad cómo eres.

Me había apuntado mentalmente este par de detalles y algunas cosillas para decírselo la siguiente vez que viniera cuando averiguamos que las tres macetas que había en la repisa exterior de la ventana de nuestro dormitorio, sede de plantas y a la vez cobijo de una paloma que viene a ocuparse de su tercera camada de polluelos, fueron echadas abajo, a unos 12 metros, en la parte posterior del edificio que da a un parque cayendo sobre una especie de acera. Baje para comprobar los destrozos. Las macetas estaban amarradas con cuerdas por seguridad. No pude dar crédito a que esto lo hubiera hecho Marga sin preguntarnos. Gracias a ella comprendí por primera vez en mi vida la justicia de un despido. Hasta este momento casi nunca había puesto en duda las reivindicaciones obreras  que me parecían legítimas en contra de los despidos improcedentes. Suponía que todos los trabajadores tienen derecho a su empleo y que como ellos el hecho de fichar como trabajador era suficiente garantía para suponer que hacían un trabajo adecuado. En el fondo de mí no me había limpiado de mis secuelas obreristas. Marga me ayudó con un solo acto y de un solo zarpazo a comprender que no todos los trabajadores trabajan bien ni tienen porque ser aguantados cuando la traicionan la confianza que se les deposita. Jamás creí que pudiera expresar este tema con una frase semejante. La siguiente cita con Marga iba a ser para comunicarle su despido pero antes necesitábamos que nos diera la fotocopia de su DNI, documento indispensable para que la compañía de seguros nos devolviera los pagos que le habíamos avanzado ya que nuestra póliza nos cubría esta contratación por 3 meses. Después de que nos diera el papelito le pediríamos que fuera a recoger las macetas rotas y recuperara la tierra y las plantas y comprara otras en su lugar y lo recolocara, todo esto, claro está, fuera de sueldo.

Para ponernos de acuerdo mi compañera y yo sobre esta cuestión nos costó una discusión a media mañana, otra durante la comida y otra por la tarde. Ella pensaba que yo hipervaloraba las cuestiones materiales y que todo lo veía negativo a priori, yo me defendía diciendo que la confianza una vez mas había sido traicionada en algo imperdonable y que tal persona no merecía que volviera a trabajar para nosotros. Además del trabajo qiuen había metido en la instalación de esas macetas y lo que pagué por ellas, nada baratas por cierto, estuvo el hecho fundamental de no consultarnos. Lo admito, no tolero no ser consultado en cuestiones que me conciernen y en mi propia casa, mucho menos por alguien que viene de paso. El problema de Marga era el exceso de iniciativa, tanto, que se comportaba con las cosas y lugares ajenos como si fueran suyos. Nada grave, un perfil psicológico peculiar, patológico claro. El día de visita previo para hablar si estaba de acuerdo en venir a trabajar y ponernos de acuerdo en el precio (10euros la hora, en otras partes se paga todavía a 7 y 8 la hora) hablamos de todo y de lo social. Demostró tener lo que se llama conciencia social (¿conciencia social? Sí, eso he dicho aunque mueva a jejés) con el discurso típico de los luchadores de la miseria y la critica antiimperialista que le llevaba a negar el alunizaje del Apolo norteamericano. Muy bien congeniamos y apenas hablamos de las cosas concretas de cómo queríamos que trabajara. Como suele pasar en las conversaciones, sobre todo en las primeras, se dan por supuestos muchos entendidos que luego no son tales. De todas las hipótesis en las que uno puede pensar de una nueva doméstica la que menos se me hubiera ocurrido nunca fue pensar de que tiraría cosas por la ventana abajo con un agravante, en la posición de lanzarlas no se podía ver quien pasaba por abajo, de tal como que podía haber matado a alguien en el caso de que pasara por ahí. Se me puso la piel de gallina nada más pensar en esa posibilidad.

Subí al piso de la vecina, Isabel,  a la que venía otros días por semana. Le pregunté referencias de su empleada, a la postre amiga suya ya que venia viniendo a su casa desde hacía 10 años. Me confirmó, efectivamente, su exceso de iniciativa y su habitual no consulta tirando cosas, lo que le había creado problemas tanto con ella como en otra casa e la que iba a prestar sus servicios. Comprendí que esa solicitud de referencias tenía que haber sido anterior  y  decidí, aunque tarde, que hay que pedirlas a todo desconocido con el que se tenga una relación contractual. Le declaré a Isabel mi consternación y el peso de la anécdota ya que nunca nadie me había hecho tal cosa, mucho menos siendo una empleada.

Toda la vida oí hablar de conflictos con criadas y empleadas de hogar, ahora comprendía porque. Accedí directamente al cum laude de este tema.

Supuse que la chica necesitaba ese trabajo y unos 150euros a la semana extras para su familia no le vendrían nada mal. Era un contrasentido que lo echara a perder literalmente al hacer un acto imperdonable como ese, por tirarnos cosas de valor y por  hacerlo peligrosamente. Mi compañera, infinitamente cotemporizadora, se puso, como suele hacer, de parte del malo, pensado en excusas y en no sé qué cuentos. Tuve que imponerme: si no la despachábamos a la doméstica seria yo quien me iría de casa. Llegar a esos extremos lingüísticos ya es un indicador de cómo anda una relación conyugal.

No había reparación posible. Podía plantearle a la chica que fuera de compras y comprara exactamente lo que había tirado abajo, que lo restituyera tal como estaba significando eso que tenía que perforar los plásticos de las macetas y asegurarlos con cuerdas, que todo esto lo pagara con su dinero y que todo el tiempo empleado fuera sin cobrarlo. Y luego y solo luego hablaríamos de un nuevo contrato. Como que difícilmente cumpliría con lo primero porque la gente no está por esas labores y seguro que encuentra justificaciones por hacer lo que hace, no daría lugar a lo segundo. Ella se quedaría sin ese dinero extra y nosotros nos pusimos ya a buscar a otra persona a la que contratar en cuya primera visita le diríamos que viniera con una fotocopia de su DNI y hablaríamos de lo que tenía que hacer y no de las revoluciones latinoamericanas o de la carrera espacial. Tener una ideología progre o no tenerla no incide demasiado –a las experiencias me remito-  en actitudes racionales en la vida cotidiana y concreta. He conocido personal super-revolucioanrio y totalmente desorganizado y sucio en lo concreto y al revés personal muy conservador y muy organizado  y meticuloso en su vida doméstica.

A Marga la mandaríamos a tomar viento con o sin una sugerencia moderada que consultara para quien trabajara (o donde interviniera) con objetos que concernían a otras personas. Se trataba de un perfil psicológico determinado que la llevaba actuar así y poco se podía hacer. Yo no estaba dispuesto a confiar ni siquiera en su reconocimiento de error. Mi carpeta de tolerancias  la tenía bastante floja. No quería correr el riesgo de darle una segunda oportunidad para que nos hiciera la pirula de nuevo. En cuanto a la nueva persona que contratáramos mantendríamos una conversación estricta y completa sobre su función profesional. La verdad es que en casa necesitábamos una persona, tampoco todos los días, una vez por semana sería suficiente. Alguien en quien confiar y que nos ayudara e cuestiones de limpieza y mantenimiento. No alguien que como Marga lo manipulara todo. Recuerdo que en esos pocos días también había desfuncionalzado el temporizador del termo, además de usar el agua caliente para limpiar la vajilla y dejaros sin agua para la ducha un par de veces. Cambió bastantes objetos de lugar sin reemplazarlos e su sitio. Ningún detalle queda fuera de interpretación y desde el primero en el que tiró cosas a la basura que le molestaban ya debí haber advertido que esta chica no era para aceptarla.

A cada anécdota en la vida se me demostraba que mi capacidad de sorpresa no  rebosaba nuca del todo, siempre había un motivo extra para ensanchar la cuba de las experiencias.

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