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Junio del 2009

El sherpa

Por JesRICART - 22 de Junio, 2009, 13:02, Categoría: CALIDADdeVIDA

El sherpa.JesRicart

El sherpa, éste del que voy a hablar un poco, soy yo. Los sherpas son un grupo que fue conocido por su colaboración con los escaladores de los picos del Himalaya.  Estos se llevaban la fama y su nombre circulaba por revistas especializada;  aquellos,  conocidos como montañeros natos  eran los encargados de portear los materiales y no  se atribuían meritos especiales por eso i por alcanzar alturas.  Empecé a usar la denominación para mí en mi doble condición de compañero y ayudante de Vic, mi compañera, que en su situación de minusvalía por secuelas de polio necesita/ba atenciones especiales. Al principio nos elogiábamos mutuamente por la relación delicada que teníamos. Yo cultivé mi paciencia por acomodar mis pasos a su ritmo y ella apreció mi colaboración. No sospechaba que con el tiempo mi rol derivado de esa situación me fuera cargando tanto en una pesadez de acciones y tempos más y más insoportables para mí. Vic sumaba años, los mismos que yo, y perdía agilidad física. Yo había sospechado siempre que un día u otro quedaría definitivamente postrada en una silla de ruedas y debería ocuparme de todo de ella. El salto de su verticalidad –se ha valido siempre de muletas a pesar de tener unas piernas descarnadas de musculación- a su –para ella- postración en una silla no le ha gustado en modo alguno. Por su parte lo que más amaba era su independencia y sus decisiones de compras de aparatos iban en esta dirección.: hasta 3 sillas de ruedas manuales, una moto eléctrica, más de media docena de parejas de  bastones, varios  bitutores para reforzar sus piernas que se quedaron infradesarrolladas y débiles, un triciclo manual  usado que no usó más de 3 veces y que le advertí de no adquirirlo por poco práctico y que le costó 2000euros. Muchas de nuestras discusiones venían  y siguen viniendo dadas  a propósito de compras inadecuadas, sin haber valorado sus ventajas técnicas.

Para ella cada aparato  -el peor del mercado  también- simboliza la independencia, aunque detrás haya un fabricante malévolo que la limite al slogan de propaganda pero no lo asegure en el diseño y en los materiales empleados. Por mi parte valoro las dos cosas su independencia y su eficacia para los dos. Mover una moto eléctrica en los trasiegos de cargarla y bajarla del vehículo,  para el sherpa  con un episodio ya severo de lumbalgia que lo tuvo inutilizado por 3 semanas o algo más es más complicado que usar una manual, pero mientras la manual coloca a la usuaria en el  sentimiento de ser un paquete de transporte porque yo la empujo, la eléctrica la hace sentirse  directiva.  No son pocos los enfrentamientos a propósito de los objetos domésticos. Según va pasando los años advierto, a mi pesar (jamás creí que pudiera estar escribiendo o confesando algo parecido), que cada vez que tropiezo con sus aparatos y su parafernalia me produce molestias. Cuando se lo digo y declaro que me siento maltratado por ella porque a costa de imponer su autonomía impone mi condicionjmiento acude a la opción de la separación. Esta idea es a menudo mencionada entre nosotros por ambas partes. Sabía que cuando una pareja acude a esa idea una vez le toma gusto y la va repitiendo hasta que un día u otro la ejecuta. Hablar de separación no es más que poner distancia a las causas de los problemas.  Me siento exhausto tanto físicamente por estar acarreando siempre cosas como psicológicamente por no poder compartir mi sentimiento. Sabía a lo que me exponía pues ahora me lo estoy encontrando en toda su crudeza. He estrenado este año con una deformación en mis manos, más exactamente e mis dedos, que atribuyo a mis portes repetidos y continuados y a mi forma de hacerlo, cargando más de lo que, evidentemente, puedo.  La epicondilitis que tuve unos años atrás en ambos codos también la atribuí al gesto de levantar -a modo de palanca- la silla con ella a bordo para sortear los bordillos. Eso se hace  haciendo la palanca con las manos ya que o una y pedal para hacerlo con el pie, mucho más práctico. Esa silla más ligera y bonita la impuso ella, pero es menos práctica para el que empuja, yo.

Vic es una persona de temperamento autoritario. Nada más levantarse por la mañana está dándote indicaciones de lo que  debes de hacer. Exagero, claro que exagero, pero hay muchos días que es así, lo vivo así. Mi psicología se ha rebelado desde siempre a la obediencia y no paro de vivir situaciones en la que experimento tensiones por un dominio ajeno. No está tan lejos la lucha por la libertad de la que me sentía orgulloso participar  como un objetivo macro a la lucha por poder ser tú en el marco privado de lo doméstico y personal. 

Siempre había creído en mi dedicación al otro, a los demás, como algo característico de mi naturaleza  que no necesitaba ser revisado. Era algo suficientemente pensado. En lo fundamental sigue siendo así. Abracé el altruismo como lo más lógico y el principio de solidaridad como la condición crucial con la que cambiar las cosas del mundo y este mundo. Llegué a creer que todos los males desaparecerían de un plumazo si cada persona dedicara un poco de tiempo, un minúsculo tiempo diario de su vida, adoptando una actitud deferencial pues, a la solidaridad. Ese era el nombre de la alterativa. Evidentemente me equivocaba, cuando tuve los números en mis manos vi que esa dedicación altruística no contrarrestaba en absoluto las supuestas minorías dedicadas con consciencia o no a hacer el mal. Posiblemente vivimos en la actualidad en el mundo más solidario en comparación a otras épocas anteriores, pero todo el voluntariado internacional y todas las inversiones millonarias, todas las campañas de ayuda no consiguen frenar el imperio de una tendencia autodestructiva de la fatalidad de la condición humana.

La solidaridad es de distintas tintas según sea dedicada a las grandes causas (las que hablan de millones de hambrientos, enfermos, represaliados, refugiados y explotados) o  las causas de tamaño menor, aunque en lo esencial es lo mismo: una forma de concretar el amor al prójimo. En cuanto a la primera versión son muchos los estudios –refiere Luis Rojas Marcos[1] citando a varios autores[2]- que demuestra que el voluntariado actúa como paliativo del dolor crónico y de la depresión, es decir de dos enfermedades universales y generalidades generadas desde causas físicas y psicológicas. Antes de ser estudiado científicamente la observación empírica ya indicaba que el rol de la intervención en la ayuda ajena tenia por correlato una autoafirmación del yo del altruista creándose una curiosa relación de retroacción mutua. En última instancia el pobre, el menesteroso, el enfermo, represaliado justificaba la razón de ser del misionero, del colaborador, del voluntario, del filántropo. ¿Qué hubiera sido del humanismo abnegado sin todos esos motivos para  las dedicaciones de ayuda? En muchos tipos de ayuda la dialéctica subyacente es la de un intercambio de necesidades: el que necesita ayuda material o comprensivo-psicológica y la recibe, a su vez ayuda con su cromo a que quien se la da, que necesita encontrar una razón existencial de su vida, encuentre la horma de su zapato en ese ayudado para, a su vez, ayudarse a sí mismo. Las imágenes que se convirtieron en leyenda de los misioneros colonizando las mentes de pueblos indígenas, significándolos con el bautismo en los ríos y cubriéndolos sus desnudeces son muy demostrativas de esa dialéctica. Unos venían a salvar a los otros a cambio de imponerles su cultura y su dios y con eso ganar su cielo ¿Quién ayudaba a quien? Se sabe que la ayuda en muchas latitudes ha convertido a los ayudados en indigentes a perpetuidad, contaminándolos y desnaturalizándolos, desproveyéndolos de su dignidad. Las empresas petroleras en la Amazonia (Repsol por ejemplo) pueden dar lección de psicología social práctica desde esas posiciones de la manipulación.

Volvamos a la relación de ayuda del tú a tú en el caso particular que nos ocupa. Cuento con la premisa de que las ayudas unidireccionales no son tan útiles como se podría pensar y que de hecho las relaciones humanas, todas, son transacciones e intercambios a un nivel u otro. Lo que está siempre en discusión es quién da más y qué da cada quien. La relación con una persona que requiere atenciones especiales debido a su movilidad reducida genera una gama de sutilidades por ambas partes. A quien empuja la silla porque puede tomar decisiones de control no consensuadas y a quien es empujado sobre ella por sentirse como un fardo que es trasladado de un sitio a otro sin ser consultado.

Generalmente las reflexiones que se hacen han sido desde el punto de vista del protagonista con necesidades evidentes pautando a la persona auxiliar (al sherpa) a que tenga en cuenta un prodigioso numero de detalles tanto por lo que hace a seguridad física como a deferencialidad, en cambio hay pocas reflexiones sobre el lugar que ocupa ese ayudante que a la que se descuide puede quedar a la sombra por el protagonismo o imperatividad del otro.

Mi condición de compañero de intimidades y de biografía de una persona con secuelas de polio ha marcado también mi rol así como las limitaciones físicas de ella ha marcado el suyo. Pasear con alguien que se vale de unas muletas para mantener el equilibrio determina el ritmo de desplazamiento, hacerlo cuando va con una silla de ruedas manual que necesita ser empujada marca una serie de diferencias. Cualquier pequeño detalle cuenta para crear una sensación de igualdad dentro de la diferencia. (explicaré un poco esto: todas las personas somos individuadas y por tanto distintas pero queremos ser tratadas desde la igualdad de oportunidades y derechos. Esto vale tanto para quien con todas las evidencias corporales padece una minusvalía o déficit funcional como para quien no tiene tales evidencias pero tiene sus propios déficits ocultos). 

La deferencia creciente por la persona con minusvalía en culturas que han cuidado esto a veces choca con la indiferencia total hacia la persona auxiliar que la acompaña. De hecho esa auxiliariedad ya la coloca en un segundo plano. Una vez hicimos el estudio rudimentario de campo de observar la mirada de todas las personas que nos cruzábamos por la calle  mientras mi compañera iba en la silla y yo empujando (algo que por cierto hago poniéndome a su lado manejando la silla desde una de sus empuñaduras con una sola mano siempre que sea posible, en aceras llanas y sin obstáculos) para determinar cuanta gente la miraba a ella y solo a ella, quienes pasaban sin mirar, quienes me miraban a mí y solo a mí, y quienes nos miraban a los dos, primero a uno y después a otro. Resultados: una minoría pasaba sin mirar, la mayoría solo la miraba a ella, casi nadie me miró solamente a mí, y una pequeña minoría nos miró a los dos. La calle es un laboratorio barato que proporciona muestras heterogéneas que permiten ser estudiadas para comportamientos elementales de este tipo. No tengo la menor duda que el mismo estudio, metodologizado y con el control riguroso de todas las variables, con muestras elegías por sectores y por culturas, confirmarían esas cuatro categorías  precisando, eso sí, los porcentajes exactos.

La imagen del sujeto imposibilitado -o que así la tiene retratada el inconsciente colectivo-  no deja de ser una imagen mas llamativa (a pesar de su generalización) que la del acompañante. La sensibilidad de este puede ser tocada por esa deferencialidad mayor para la persona que, en principio, mas la necesita no por las atenciones especificas que necesite sino por la discriminación atencional.

En la lucha por la supervivencia y adaptación de una persona con  déficit motriz severo, lo que no consiguió con el movimiento lo suplió con su fuerza de carácter. Ahí donde no llegaban sus manos para obtener cosas llegaba su voz para hacer que las manos de otros se las trajeran. Hubo también toda una configuración de personalidad carismática para ocupar el centro de la escena. Si alguien no puede  ir a los lugares hay que ingeniárselas para que los lugares vengan a uno. He tenido la suerte y el privilegio de conocer, amar y convivir con una de las personas más fuertes que he conocido y si lo pienso detenidamente he de decir: la más fuerte. Es una paradoja: alguien con la inestabilidad corporal que se ha caída varias veces por que le fallaron sus bitutores o sus piernas con fracturas de sus huesos frágiles tiene más fuerza que otras personas con una musculatura impresionante y una corporeidad indiscutiblemente sólida.

Eso que es un valor indiscutible pudo tener riesgo de convertirse en una amenaza para la convivencia por actitudes de imposiciones continuadas. La lucha interterritorial también es cuerpo a cuerpo y no hay una sola pareja convivencial que no pueda informar de sus pequeños (o no tan pequeños) problemas por el modo de tratarse entre si y el modo de tratarse con el espacio que comparten y lo que contiene.

En la relación particular de una pareja con ritmos físicos completamente distintos el uno del otro atendiendo a esas limitaciones crónicas a las desavenencias tópicas de las parejas hay que añadirle los pluses derivados de la condición limitativa. El único modo de vivir (que no sobrevivir) con una limitación tan dura, en el que cada día el solo hecho de levantarse, vestirse y ducharse es ya de un tamaño esfuerzo tal que la agotaría a la mayoría de los mortales y les haría tirar la toalla, es con una extraordinaria dosis de alegría y triunfalismo, saber que todo es posible. Si alguien ha conseguido vivir con una polio, moverse y no dejar de hacer nada en su vida (una carrera universitaria, postgrados,30 años de profesión como docente, deporte de élite, viajes por el mundo, tener parejas y gozar de la vida y del cuerpo) colocándose en esa privilegiada atalaya que proporciona tener más de medio siglo memorizado en cada rincón del cuerpo es porque por encima de la anatomía está el sentido del ser, por encima  del movimiento corporal restringido está la inquietud viajera de la mente, por encima de la noción dominante de los límites de los demás permanece el poder subjetivo de la extralimitación. Todo eso es un canto a la libertad que el sherpa no puede por menos que atestiguar un día tras otro y un año tras otro en el que apenas hay desfallecimiento y donde los peores momentos se salvan con una frase comprensión, una sonrisa o una mirada serena. El síntoma que no hace el sujeto limitado lo puede hacer ese otro, que por cansancio y trasiegos desfallezca.

Después de haber hecho muchos quilómetros por todos los paseos y avenidas marítimas de un impresionante número de ciudades, después de haber ido a todas partes, superando barreras arquitectónicas, subiendo a metros y aviones, con una furgo-camper por carreteras estropeadas; después de haber acarreado con fardos, arriba y abajo en todos los alojamientos, haciendo de brazos y piernas de la persona auxiliada, el sherpa se convierte en el brazo mecánico-articulado de aquella. Su elección en ese papel de apoyo se puede convertir en una losa. Es distinta la relación de una persona que se hace acompañar por otra a la que contrata, imagen que los últimos años se  está generalizando. Ahí hay un rol de mando claro y otro de asistente asalariado. En la relación de pareja hay dos poderes que concurren y que pueden tener chispas no por cuestionar el hecho de las ayudas  en sí mismas sino por  el margen de libertad de cada uno. Sin que lo advierta la persona con minusvalía, por paradójico que sea, puede quitarle el protagonismo a la otra (nos encontraría en el reverso de lo que sucedió en otra época en que la figura imposibilitada no se la tenía en cuenta y antes de dirigirse a ella, como si de una mema se tratara, se preguntaba a su acompañante).

El crecimiento de la tasa de minusvalía es un hecho. Los países subdesarrollados la siguen teniendo por patologías víricas o contagios o uso profesional negligente de la medicina (pinchazos equivocados en el sistema nervioso por intrusos o falsos expertos no formados) y los países desarrollados la tiene por el incremento de accidentados por irresponsabilidades en la conducción. En esos segundos se ha generado toda una industria de nuevas maquinas que vienen alternativizando con las clásicas sillas de ruedas manuales y también las eléctricas.  Concurre todo un abanico de iniciativas proponiendo formas de locomoción en las que la forma tópica del minus tiende a ser disimulada. Varios de esos ofertantes se aprovechan de la gran necesidad psicológica que tiene el minus para  conseguir su autonomía y aparentar una normalidad, que  lleva a colocar productos en el mercado no suficientemente comprobados, excesivamente caros y que no dan el resultado esperado. El sherpa vive consigo mismo el conflicto de su rol perpetuándose como un sujeto subsidiario pero también el de no ser requerido como tal por  otras formas de autonomía, las cuales, a pesar de sus defectos técnicos, contribuyen a cambiar la escenografía. Es incomparablemente mejor ir al lado de una persona con un triciclo eléctrico que se autopropulsiona que no tener que ocuparse de empujarla. Para ella también es lo mejor porque se detiene en cuanto quiere y para lo que quiere sin tener que pedírselo a nadie. Esa necesidad psicológica de la autonomía personal sin embargo lleva a querer hacer más de lo que realmente puede con percances concretos como consecuencia,  incluso en el incremento de su accidentabilidad.

La auto denominación de sherpa es, por supuesto, una exageración pero aclara los conceptos y los roles de cada cual. Hay personas que aceptan la relación con quienes ruedan en silla pero no es gusta empujarles lo que no significa que no sean deferentes con ellas y al revés, hay abutacado-rodantes  que no tienen problemas en relacionarse con otros andantes y no aceptan ser empujados por ellos. Como que para la posibilidad de esa segunda elección se necesitan espacios sin barreras y una buena forma física no siempre es posible ir a todas en partes. En realidad  todavía una mayoría de minus se ven limitados para ir a una mayoría de lugares. El sherpa es la figura puente que neutraliza barreras y ambos hacen de tándem para discutirlas a los responsables de las mismas ahí donde las haya que estén en su camino. Hacen de pareja combinada cuya entente depende siempre de la finura particular en la comprensión del otro. De hecho, el respeto estable y garantizado es posible cuando hay una comprensión de las necesidades y deseos reales del otro, sea cual sea su condición física o su rol concreto. En la particular y estrecha relación de pareja entre una persona con minusvalía y su compañero que termina por hacer de sherpa, (a no ser que contrate  a algo  que no solo pueda permitírsela sino también quiera para que se ocupe de esos menesteres) toda la deferencia al límite de uno no va a impedir la discusión al extralimite del otro por las necesidades extraordinarias del primero.



[1] En Corazón y Mente. Claves para el bienestar físico y emocional. Con Valetín Fuster como coautor.Planeta España Barcelona 2008 p.180

[2] Arnstein, Vidal, Wells-Federman, Musick,John Wilson,..

El sherpa

Por JesRICART - 22 de Junio, 2009, 13:02, Categoría: DISCAPACIDAD

El sherpa. JesRICART

El sherpa, éste del que voy a hablar un poco, soy yo. Los sherpas son un grupo que fue conocido por su colaboración con los escaladores de los picos del Himalaya.  Estos se llevaban la fama y su nombre circulaba por revistas especializada;  aquellos,  conocidos como montañeros natos  eran los encargados de portear los materiales y no  se atribuían meritos especiales por eso i por alcanzar alturas.  Empecé a usar la denominación para mí en mi doble condición de compañero y ayudante de Vic, mi compañera, que en su situación de minusvalía por secuelas de polio necesita/ba atenciones especiales. Al principio nos elogiábamos mutuamente por la relación delicada que teníamos. Yo cultivé mi paciencia por acomodar mis pasos a su ritmo y ella apreció mi colaboración. No sospechaba que con el tiempo mi rol derivado de esa situación me fuera cargando tanto en una pesadez de acciones y tempos más y más insoportables para mí. Vic sumaba años, los mismos que yo, y perdía agilidad física. Yo había sospechado siempre que un día u otro quedaría definitivamente postrada en una silla de ruedas y debería ocuparme de todo de ella. El salto de su verticalidad –se ha valido siempre de muletas a pesar de tener unas piernas descarnadas de musculación- a su –para ella- postración en una silla no le ha gustado en modo alguno. Por su parte lo que más amaba era su independencia y sus decisiones de compras de aparatos iban en esta dirección.: hasta 3 sillas de ruedas manuales, una moto eléctrica, más de media docena de parejas de  bastones, varios  bitutores para reforzar sus piernas que se quedaron infradesarrolladas y débiles, un triciclo manual  usado que no usó más de 3 veces y que le advertí de no adquirirlo por poco práctico y que le costó 2000euros. Muchas de nuestras discusiones venían  y siguen viniendo dadas  a propósito de compras inadecuadas, sin haber valorado sus ventajas técnicas.

Para ella cada aparato  -el peor del mercado  también- simboliza la independencia, aunque detrás haya un fabricante malévolo que la limite al slogan de propaganda pero no lo asegure en el diseño y en los materiales empleados. Por mi parte valoro las dos cosas su independencia y su eficacia para los dos. Mover una moto eléctrica en los trasiegos de cargarla y bajarla del vehículo,  para el sherpa  con un episodio ya severo de lumbalgia que lo tuvo inutilizado por 3 semanas o algo más es más complicado que usar una manual, pero mientras la manual coloca a la usuaria en el  sentimiento de ser un paquete de transporte porque yo la empujo, la eléctrica la hace sentirse  directiva.  No son pocos los enfrentamientos a propósito de los objetos domésticos. Según va pasando los años advierto, a mi pesar (jamás creí que pudiera estar escribiendo o confesando algo parecido), que cada vez que tropiezo con sus aparatos y su parafernalia me produce molestias. Cuando se lo digo y declaro que me siento maltratado por ella porque a costa de imponer su autonomía impone mi condicionjmiento acude a la opción de la separación. Esta idea es a menudo mencionada entre nosotros por ambas partes. Sabía que cuando una pareja acude a esa idea una vez le toma gusto y la va repitiendo hasta que un día u otro la ejecuta. Hablar de separación no es más que poner distancia a las causas de los problemas.  Me siento exhausto tanto físicamente por estar acarreando siempre cosas como psicológicamente por no poder compartir mi sentimiento. Sabía a lo que me exponía pues ahora me lo estoy encontrando en toda su crudeza. He estrenado este año con una deformación en mis manos, más exactamente e mis dedos, que atribuyo a mis portes repetidos y continuados y a mi forma de hacerlo, cargando más de lo que, evidentemente, puedo.  La epicondilitis que tuve unos años atrás en ambos codos también la atribuí al gesto de levantar -a modo de palanca- la silla con ella a bordo para sortear los bordillos. Eso se hace  haciendo la palanca con las manos ya que o una y pedal para hacerlo con el pie, mucho más práctico. Esa silla más ligera y bonita la impuso ella, pero es menos práctica para el que empuja, yo.

Vic es una persona de temperamento autoritario. Nada más levantarse por la mañana está dándote indicaciones de lo que  debes de hacer. Exagero, claro que exagero, pero hay muchos días que es así, lo vivo así. Mi psicología se ha rebelado desde siempre a la obediencia y no paro de vivir situaciones en la que experimento tensiones por un dominio ajeno. No está tan lejos la lucha por la libertad de la que me sentía orgulloso participar  como un objetivo macro a la lucha por poder ser tú en el marco privado de lo doméstico y personal. 

Siempre había creído en mi dedicación al otro, a los demás, como algo característico de mi naturaleza  que no necesitaba ser revisado. Era algo suficientemente pensado. En lo fundamental sigue siendo así. Abracé el altruismo como lo más lógico y el principio de solidaridad como la condición crucial con la que cambiar las cosas del mundo y este mundo. Llegué a creer que todos los males desaparecerían de un plumazo si cada persona dedicara un poco de tiempo, un minúsculo tiempo diario de su vida, adoptando una actitud deferencial pues, a la solidaridad. Ese era el nombre de la alterativa. Evidentemente me equivocaba, cuando tuve los números en mis manos vi que esa dedicación altruística no contrarrestaba en absoluto las supuestas minorías dedicadas con consciencia o no a hacer el mal. Posiblemente vivimos en la actualidad en el mundo más solidario en comparación a otras épocas anteriores, pero todo el voluntariado internacional y todas las inversiones millonarias, todas las campañas de ayuda no consiguen frenar el imperio de una tendencia autodestructiva de la fatalidad de la condición humana.

La solidaridad es de distintas tintas según sea dedicada a las grandes causas (las que hablan de millones de hambrientos, enfermos, represaliados, refugiados y explotados) o  las causas de tamaño menor, aunque en lo esencial es lo mismo: una forma de concretar el amor al prójimo. En cuanto a la primera versión son muchos los estudios –refiere Luis Rojas Marcos[1] citando a varios autores[2]- que demuestra que el voluntariado actúa como paliativo del dolor crónico y de la depresión, es decir de dos enfermedades universales y generalidades generadas desde causas físicas y psicológicas. Antes de ser estudiado científicamente la observación empírica ya indicaba que el rol de la intervención en la ayuda ajena tenia por correlato una autoafirmación del yo del altruista creándose una curiosa relación de retroacción mutua. En última instancia el pobre, el menesteroso, el enfermo, represaliado justificaba la razón de ser del misionero, del colaborador, del voluntario, del filántropo. ¿Qué hubiera sido del humanismo abnegado sin todos esos motivos para  las dedicaciones de ayuda? En muchos tipos de ayuda la dialéctica subyacente es la de un intercambio de necesidades: el que necesita ayuda material o comprensivo-psicológica y la recibe, a su vez ayuda con su cromo a que quien se la da, que necesita encontrar una razón existencial de su vida, encuentre la horma de su zapato en ese ayudado para, a su vez, ayudarse a sí mismo. Las imágenes que se convirtieron en leyenda de los misioneros colonizando las mentes de pueblos indígenas, significándolos con el bautismo en los ríos y cubriéndolos sus desnudeces son muy demostrativas de esa dialéctica. Unos venían a salvar a los otros a cambio de imponerles su cultura y su dios y con eso ganar su cielo ¿Quién ayudaba a quien? Se sabe que la ayuda en muchas latitudes ha convertido a los ayudados en indigentes a perpetuidad, contaminándolos y desnaturalizándolos, desproveyéndolos de su dignidad. Las empresas petroleras en la Amazonia (Repsol por ejemplo) pueden dar lección de psicología social práctica desde esas posiciones de la manipulación.

Volvamos a la relación de ayuda del tú a tú en el caso particular que nos ocupa. Cuento con la premisa de que las ayudas unidireccionales no son tan útiles como se podría pensar y que de hecho las relaciones humanas, todas, son transacciones e intercambios a un nivel u otro. Lo que está siempre en discusión es quién da más y qué da cada quien. La relación con una persona que requiere atenciones especiales debido a su movilidad reducida genera una gama de sutilidades por ambas partes. A quien empuja la silla porque puede tomar decisiones de control no consensuadas y a quien es empujado sobre ella por sentirse como un fardo que es trasladado de un sitio a otro sin ser consultado.

Generalmente las reflexiones que se hacen han sido desde el punto de vista del protagonista con necesidades evidentes pautando a la persona auxiliar (al sherpa) a que tenga en cuenta un prodigioso numero de detalles tanto por lo que hace a seguridad física como a deferencialidad, en cambio hay pocas reflexiones sobre el lugar que ocupa ese ayudante que a la que se descuide puede quedar a la sombra por el protagonismo o imperatividad del otro.

Mi condición de compañero de intimidades y de biografía de una persona con secuelas de polio ha marcado también mi rol así como las limitaciones físicas de ella ha marcado el suyo. Pasear con alguien que se vale de unas muletas para mantener el equilibrio determina el ritmo de desplazamiento, hacerlo cuando va con una silla de ruedas manual que necesita ser empujada marca una serie de diferencias. Cualquier pequeño detalle cuenta para crear una sensación de igualdad dentro de la diferencia. (explicaré un poco esto: todas las personas somos individuadas y por tanto distintas pero queremos ser tratadas desde la igualdad de oportunidades y derechos. Esto vale tanto para quien con todas las evidencias corporales padece una minusvalía o déficit funcional como para quien no tiene tales evidencias pero tiene sus propios déficits ocultos). 

La deferencia creciente por la persona con minusvalía en culturas que han cuidado esto a veces choca con la indiferencia total hacia la persona auxiliar que la acompaña. De hecho esa auxiliariedad ya la coloca en un segundo plano. Una vez hicimos el estudio rudimentario de campo de observar la mirada de todas las personas que nos cruzábamos por la calle  mientras mi compañera iba en la silla y yo empujando (algo que por cierto hago poniéndome a su lado manejando la silla desde una de sus empuñaduras con una sola mano siempre que sea posible, en aceras llanas y sin obstáculos) para determinar cuanta gente la miraba a ella y solo a ella, quienes pasaban sin mirar, quienes me miraban a mí y solo a mí, y quienes nos miraban a los dos, primero a uno y después a otro. Resultados: una minoría pasaba sin mirar, la mayoría solo la miraba a ella, casi nadie me miró solamente a mí, y una pequeña minoría nos miró a los dos. La calle es un laboratorio barato que proporciona muestras heterogéneas que permiten ser estudiadas para comportamientos elementales de este tipo. No tengo la menor duda que el mismo estudio, metodologizado y con el control riguroso de todas las variables, con muestras elegías por sectores y por culturas, confirmarían esas cuatro categorías  precisando, eso sí, los porcentajes exactos.

La imagen del sujeto imposibilitado -o que así la tiene retratada el inconsciente colectivo-  no deja de ser una imagen mas llamativa (a pesar de su generalización) que la del acompañante. La sensibilidad de este puede ser tocada por esa deferencialidad mayor para la persona que, en principio, mas la necesita no por las atenciones especificas que necesite sino por la discriminación atencional.

En la lucha por la supervivencia y adaptación de una persona con  déficit motriz severo, lo que no consiguió con el movimiento lo suplió con su fuerza de carácter. Ahí donde no llegaban sus manos para obtener cosas llegaba su voz para hacer que las manos de otros se las trajeran. Hubo también toda una configuración de personalidad carismática para ocupar el centro de la escena. Si alguien no puede  ir a los lugares hay que ingeniárselas para que los lugares vengan a uno. He tenido la suerte y el privilegio de conocer, amar y convivir con una de las personas más fuertes que he conocido y si lo pienso detenidamente he de decir: la más fuerte. Es una paradoja: alguien con la inestabilidad corporal que se ha caída varias veces por que le fallaron sus bitutores o sus piernas con fracturas de sus huesos frágiles tiene más fuerza que otras personas con una musculatura impresionante y una corporeidad indiscutiblemente sólida.

Eso que es un valor indiscutible pudo tener riesgo de convertirse en una amenaza para la convivencia por actitudes de imposiciones continuadas. La lucha interterritorial también es cuerpo a cuerpo y no hay una sola pareja convivencial que no pueda informar de sus pequeños (o no tan pequeños) problemas por el modo de tratarse entre si y el modo de tratarse con el espacio que comparten y lo que contiene.

En la relación particular de una pareja con ritmos físicos completamente distintos el uno del otro atendiendo a esas limitaciones crónicas a las desavenencias tópicas de las parejas hay que añadirle los pluses derivados de la condición limitativa. El único modo de vivir (que no sobrevivir) con una limitación tan dura, en el que cada día el solo hecho de levantarse, vestirse y ducharse es ya de un tamaño esfuerzo tal que la agotaría a la mayoría de los mortales y les haría tirar la toalla, es con una extraordinaria dosis de alegría y triunfalismo, saber que todo es posible. Si alguien ha conseguido vivir con una polio, moverse y no dejar de hacer nada en su vida (una carrera universitaria, postgrados,30 años de profesión como docente, deporte de élite, viajes por el mundo, tener parejas y gozar de la vida y del cuerpo) colocándose en esa privilegiada atalaya que proporciona tener más de medio siglo memorizado en cada rincón del cuerpo es porque por encima de la anatomía está el sentido del ser, por encima  del movimiento corporal restringido está la inquietud viajera de la mente, por encima de la noción dominante de los límites de los demás permanece el poder subjetivo de la extralimitación. Todo eso es un canto a la libertad que el sherpa no puede por menos que atestiguar un día tras otro y un año tras otro en el que apenas hay desfallecimiento y donde los peores momentos se salvan con una frase comprensión, una sonrisa o una mirada serena. El síntoma que no hace el sujeto limitado lo puede hacer ese otro, que por cansancio y trasiegos desfallezca.

Después de haber hecho muchos quilómetros por todos los paseos y avenidas marítimas de un impresionante número de ciudades, después de haber ido a todas partes, superando barreras arquitectónicas, subiendo a metros y aviones, con una furgo-camper por carreteras estropeadas; después de haber acarreado con fardos, arriba y abajo en todos los alojamientos, haciendo de brazos y piernas de la persona auxiliada, el sherpa se convierte en el brazo mecánico-articulado de aquella. Su elección en ese papel de apoyo se puede convertir en una losa. Es distinta la relación de una persona que se hace acompañar por otra a la que contrata, imagen que los últimos años se  está generalizando. Ahí hay un rol de mando claro y otro de asistente asalariado. En la relación de pareja hay dos poderes que concurren y que pueden tener chispas no por cuestionar el hecho de las ayudas  en sí mismas sino por  el margen de libertad de cada uno. Sin que lo advierta la persona con minusvalía, por paradójico que sea, puede quitarle el protagonismo a la otra (nos encontraría en el reverso de lo que sucedió en otra época en que la figura imposibilitada no se la tenía en cuenta y antes de dirigirse a ella, como si de una mema se tratara, se preguntaba a su acompañante).

El crecimiento de la tasa de minusvalía es un hecho. Los países subdesarrollados la siguen teniendo por patologías víricas o contagios o uso profesional negligente de la medicina (pinchazos equivocados en el sistema nervioso por intrusos o falsos expertos no formados) y los países desarrollados la tiene por el incremento de accidentados por irresponsabilidades en la conducción. En esos segundos se ha generado toda una industria de nuevas maquinas que vienen alternativizando con las clásicas sillas de ruedas manuales y también las eléctricas.  Concurre todo un abanico de iniciativas proponiendo formas de locomoción en las que la forma tópica del minus tiende a ser disimulada. Varios de esos ofertantes se aprovechan de la gran necesidad psicológica que tiene el minus para  conseguir su autonomía y aparentar una normalidad, que  lleva a colocar productos en el mercado no suficientemente comprobados, excesivamente caros y que no dan el resultado esperado. El sherpa vive consigo mismo el conflicto de su rol perpetuándose como un sujeto subsidiario pero también el de no ser requerido como tal por  otras formas de autonomía, las cuales, a pesar de sus defectos técnicos, contribuyen a cambiar la escenografía. Es incomparablemente mejor ir al lado de una persona con un triciclo eléctrico que se autopropulsiona que no tener que ocuparse de empujarla. Para ella también es lo mejor porque se detiene en cuanto quiere y para lo que quiere sin tener que pedírselo a nadie. Esa necesidad psicológica de la autonomía personal sin embargo lleva a querer hacer más de lo que realmente puede con percances concretos como consecuencia,  incluso en el incremento de su accidentabilidad.

La auto denominación de sherpa es, por supuesto, una exageración pero aclara los conceptos y los roles de cada cual. Hay personas que aceptan la relación con quienes ruedan en silla pero no es gusta empujarles lo que no significa que no sean deferentes con ellas y al revés, hay abutacado-rodantes  que no tienen problemas en relacionarse con otros andantes y no aceptan ser empujados por ellos. Como que para la posibilidad de esa segunda elección se necesitan espacios sin barreras y una buena forma física no siempre es posible ir a todas en partes. En realidad  todavía una mayoría de minus se ven limitados para ir a una mayoría de lugares. El sherpa es la figura puente que neutraliza barreras y ambos hacen de tándem para discutirlas a los responsables de las mismas ahí donde las haya que estén en su camino. Hacen de pareja combinada cuya entente depende siempre de la finura particular en la comprensión del otro. De hecho, el respeto estable y garantizado es posible cuando hay una comprensión de las necesidades y deseos reales del otro, sea cual sea su condición física o su rol concreto. En la particular y estrecha relación de pareja entre una persona con minusvalía y su compañero que termina por hacer de sherpa, (a no ser que contrate  a algo  que no solo pueda permitírsela sino también quiera para que se ocupe de esos menesteres) toda la deferencia al límite de uno no va a impedir la discusión al extralimite del otro por las necesidades extraordinarias del primero.



[1] En Corazón y Mente. Claves para el bienestar físico y emocional. Con Valetín Fuster como coautor.Planeta España Barcelona 2008 p.180

[2] Arnstein, Vidal, Wells-Federman, Musick,John Wilson,..

Gombolet. Bar de humo e inaccesibilidad al retrete.

Por YASHUAbcn - 9 de Junio, 2009, 12:51, Categoría: General

Gombolet. Bar de humo e inaccesibilidad al retrete.

Para las propuestas de usos y consumos.

En la céntrica,  fresca y edstupeda pl de St Roc (Sabadell). Nos sentamos a tomar un té y un café  en una de las mesas de afuera de la cafetería Gombolet. Los casi 4 euros que cobran por ambos líquidos da nota de la categoría carera  del establecimiento. A la hora de tener necesidad de hacer pis mi compañera no puede utilizar su servicio por su inaccesibilidad para personas con movilidad reducida como es su caso. Consigue su propósito en la sede del Banco de Sabadell que está al lado. Pensamos durante un rato si vale la pena constatar el incidente para que la OMIC local (oficina municipal de información al consumidor) esté al corriente de tal circunstancia. Después de valorar que no estamos para ir a tirar de las orejas de todos los que no acondicionan sus locales abiertos al público en este tipo de cosas optamos por pedir la hoja de reclamaciones/denuncias en la que añadimos una barra y ponemos también la palabra propuestas. Con una simple frase damos cuenta de este hecho y en el capítulo de demanda ponemos, irónicamente, que un wáter transportable de obra de esos de alquiler puede salvar la situación si hacer obras para poner un excusado accesible es supercomplicado. Por lo que vemos el local es de solera y sus beneficios deben ser millonarios a juzgar por sus precios. Hasta aquí la cuestión sucinta y ordinaria. La curiosidad del hecho es la reacción de la persona al mando que se molesta por pedirle el tríptico. Nos recuerda actitudes que creíamos obsoletas   -desde luego estábamos equivocados- de 30 o más años atrás en los que en pleno franquismo comerciantes abusivos interpretaban tu protesta como un sabotaje en toda regla a su negocio y te querían comprar i te querían intimidar para que no quedara constancia de un déficit o de una comida en mal estado o de lo que fuera.

Todo seria más fácil si el comerciante no se tomara la solicitud de la entrega del pliego de reclamación  -a la que está obligado por ley- como una  cita con el paredón donde ejecutarlo. Se trata simplemente del documento legalmente vigente, el único, para expresar objeciones o cuestionamientos y sugerencias, a pesar de que su cabecera solo mencione lo de denuncias y reclamaciones. La falta de deportividad y de sentido de humor de los encargados, también empleados, cuestionados por un déficit en su servicio profesional o por una local no acondicionado, suele ser lo habitual. No es extraño que los consumidores prefieran achantarse, especialmente si son residentes vecinales que frecuentan el local, que subscribir una protesta-propuesta. Ese local tiene la suerte de la ubicación y la rapidez en llevar las cosas a las mesas del exterior  pero no está a la altura del encanto del que debería hacer gala (confirmado: la mánager no ganará ningún premio al encanto).Es además uno de los locales que optaron por seguir siendo un espacio de humo de tabaco, por tanto un foco para contribuir a los problemas respiratorios de los ciudadanos, algo a lo que tienen todo el derecho, claro está, y los no-fumadores con tal de no clientear nos  pondríamos a salvo. Bueno, bueno, tiempo para la réplica y la reconsideración sutil. El consumidor, el de buscar un sitio donde pasar un rato suficiente, media hora o una hora, y no solo donde beber de pie y rápido el carajillo o la “barreja” mañanera que se hacía antes, vive en contradicción. De una parte puede apreciar una ubicación y un diseño, de otro rechazar u ambiente tóxico y deplorar unas barreras arquitectónicas. En principio e los países latinos hay tantos lugares donde sentar el culo que si un bar no sirve se puede ir  a otro, pero ese otro no significa que esté al lado. No pocas veces recorremos locales públicos en los que no entramos por el doble tema mencionado (tabaco y barreras). Tanto el no fumador como el rodante con silla de ruedas son dos figuras maginadas porque la legislación que permita su plena libertad de ingreso a los lugares públicos está por hacer completamente, aunque cabe reconocer que hay importantes adelantos al respecto.

La experiencia del papelajo, lo mismo que otras veces en otros locales y servicios tanto de Catalunya como fuera de Catalunya y fuera de España, significa saber que alguien más se habrá enfadado con nosotros por el solo hecho de escribir un par de líneas que se ajustan totalmente a la verdad.

Luego a la hora de entregar la hoja para la Administración en la oficina de la atención del Ciudadano de la misma localidad que nos coge de paso y encontramos pro casualidad camino del estacionamiento de nuestro coche le comentamos al chico que nos atiende que no estaría de más una circular oficial a los comerciantes para tranquilizarlos sobre el uso de las hojas de reclamaciones y que ponerlas al servicio de los clientes no significa tener que sufrir tanto por ello. En realidad tendrían que ser los mismos comerciantes (algunos lo hace) los que pusieran un cartel diciendo que tales hojas están a su disposición si las necesitan. Si a esto añadieran un buzón de sugerencias quizás se evitarían que sus déficits llegaran a conocimiento de la Administración si espontáneamente decidieran invertir una minúscula parte de sus ganancias en arreglarlos.

Cuando la mánager de nuestra historia salió para decirnos que todos los locales de la zona tenían la misma clase de inaccesibilidad  ni siquiera le dediqué una palabra polémica, detesto el alegato del tipo: como los demás no lo arreglan yo tampoco lo arreglo. ¿Por qué el personal de” pocs gambals” que se dice en catalán  se escudan por el lado del retraso generalizado en lugar de tomar modelo de quienes toman iniciativas para resolver problemas, especialmente los problemas de los que son causantes?

La cesta de lo sobrante

Por JesRICART - 5 de Junio, 2009, 16:11, Categoría: PROPUESTAS

 

La Cesta de lo Sobrante. JesRICART

La vida doméstica es también un trasiego de cosas que entran y cosas que salen. Si los botes de basura hablaran dirían muchas impertieencias acerca de los habitos de consumo de los que los llenamos. La mejor planificación de una vida hogareña es la que compra y obtiene lo que necesita y es realmente lo que necesita usándolo de maneras apropiadas. Eso no evita que una cierta de cantidad de cosas de las que nos valemos pasen a sobrarnos y podamos prescindir perfectamente de ellas. Los rebuscadores de containers (una hueva profesión desde la sociedad multiconsumista incluye las prácticas de despilfarro) puede dar buena cuenta de cantidad de cosas que puede seguir teniendo una función útil y pueden ser reutilizadas por otros usuarios que las aprecien. No se puede entender que una sociedad tan preocupado sobre fuentes de energía y de producción siga sin estarlo adecuadamente por lo que hace a la reutilización de los productos tal cual son a pesar del propagandismo a favor del reciclaje y de la existencia de plantas recicladoras.

Ya ha sido propuesto que a parte de las explanadas donde echar productos sólidos no orgánicos para que sean separados los tejidos, los cauchos, los aceites, los electrodomésticos, los plásticos y las pilas, entre otros y a parte de las plantas de compostaje, cada unidad e la que hay 3 o cuatro contenedores reunidos (generalmente para cristal, papel y otro para los demás restos: plásticos, tetravics, cables,…) podría ser adecuada como un pequeño receptáculo en la calle  en el que dejar las cosas aun útiles: teles, alfombras,  radiotransistores  y ropa usada que los quiera aprovechar alguien.

Esa idea de la reutilización de los productos tal cual están puede ser llevada al vestíbulo de cada comunidad de residentes, de cada escalera. A menudo nos deshacemos de cosas que siguen teniendo un valor pero que ya no nos caben en casa o que descartamos volverlas a usar en el futuro. Muy bien ¿por qué no regalárselas a alguien que pueda continuar dándole un servicio? Ese alguien no aparece o tarda en aparecer. Das voces o publicas que te sobran tal o cual cosa: una colección de singles, para los que seguro los coleccionistas se pirrarían, o una de vhs de dibujos animados que harían felices a los niños, y no conoces o no tienes a mano directamente a quien ofrecérselo. ¿Por qué no dejarlos en una especie de Cesta de lo sobrante, para que se abastezca de ello quien lo necesite? Esta puede estar en el vestíbulo junto a los buzones en alguna parte que no tiene porque molestar o porque ser un ataque a la estética del espacio. 

Vengo practicando dejar cosas en el asiento del vestíbulo desde hace años. Todos mis vecinos deben tener un objeto  u otros: cuentos infantiles, revistas, libros, cassettes, maletas vacías. En menos de 36 horas los objetos son tomados por alguien. El circuito puede seguir. Ese nuevo usuario puede repensar que una vez mirado un video o un cuento también lo puede devolver al sitio para que pase de manos.

Los últimos años se ha puesto de moda la práctica del libro circulante o viajero. En algunos establecimientos culturales o incluso bares hay quienes dejan esos materiales para que nuevos lectores disfruten con sus lecturas. Para un lector entregado a parte del disfrute en leer lo que ha leído  está el hecho de facilitar la extensión de este disfrute a otros que puedan leer el mismo libro. En una sociedad tan retencionista y acumulacionista el principal factor que se opone a esta práctica del compartir es el individualismo y el pose sionismo a ultranza con exceso de privatización y de miedo en desprivatizar recursos. Millones personas necesitan tiempo para aprender a compartir, cuya práctica concreta no es nada complicado pero necesito el visto bueno de una mente dada al exceso de control. Tal vez la mayoría mueran sin ese aprendizaje hecho pero mientras haya quien comprenda que todo lo que obtiene no tiene porque convertirlo en lastre para su propia vida y tomarlo como cosas que van y vienen y que puede facilitar su circulación, la historia de la tesis del compartir seguirá desarrollándose.

Hay otras situaciones en las que la cesta de lo sobrante o dado a compartir se ha instrumentado sin la mayor complicación. Los alojados en los Youth hostel y en un tipo de albergues semejantes se encuentran con objetos de comer o domésticos, también de equipo, que son dejados porque los viajeros no quieren cargar con ese peso o porque temen que les va a caducar. En esas cocinas compartidas con mucho trasiego de usuarios que cambian prácticamente cada día una cesta perfectamente definida para eso (otra en el interior de los frigoríficos para lo que necesite ser conservado en ellos) permite: 1ro. No tirar comida en buen estado 2do. Evitar que se pudra 3ro. Respetar el trabajo y proceso de producción que ha permitido que ese artículo haya sido puesto en el mercado. El resultado es que favorece a todo el mundo: al que lo deja para ser aprovechado porque sabe que su inversión en comprarlo y traerlo no queda en nada, al que lo usa porque se evita un pago para repetir una compra que ya ha sido hecha por otro, y al mismo producto porque se le permita que cumpla con su función para la que ha sido producido. En cabañas para senderistas y refugios de montaña también se encuentran productos alimentarios y objetos dejados por otros para que los aproveche.

Vale la pena citar este ejemplo porque son prácticas que han arraigado en determinados ambientes y representa colaboraciones mutuas entre personas anónimas que tal vez no se llegarán a conocer nunca. En un edificio de viviendas donde los vecinos poco o mucho se conocen esta práctica debería ser  instituida. Por ahora no he visto ningún edificio que lo haga.

Ponerse a hacerlo tampoco significa que los vecinos hagan suyo el criterio e imiten el ejemplo. Durante todos los años que llevo haciéndolo no he visto nunca ningún objeto sobrante, de la categoría de los que digo, dejado en el vestíbulo por otros. No faltará quien opine que eso no se lleva bien con la estética del espacio.

La historia podría ser más bonita si los edificios de apartamentos pensados para varios usuarios, a veces docenas de ellos en la misma escalera, ya fuera construidos con una sala en  el paso comunitario, junto al vestíbulo, que sirviera como sala comunitaria donde haber un revistero, un espacio de música o relax y un apartado de televisión, lo suficientemente confortable como para que todos los vecinos pudieran tener sus reuniones habituales en la cadencia periódica que decidieran para hablar de  cuestiones de interés comunitario. En ese espacio la cesta de lo sobrante seria un rincón más para cumplir esa función específica.

A efectos de obra, el encarecimiento del edificio global seria imperceptible y en cambio la construcción seria ofertada al mercado con una filosofía distinta. Hasta ahora los edificios multiapartamentos incluidos los de lujo no contemplan ese detalle, aunque sí haya otra espacios comunitarios muy estimables como el jardín de interior, la piscina y un gran vestíbulo. Ya que hay muchas cosas que no surgen de un modo imponente de la iniciativa privada o cuando lo hacen pasan sin pena ni gloria, como la mía para citar el caso más inmediato que conozco, no estará de más repensar que hay directivas unicentrales del estado pendientes por lo que hace a levantar los nuevos edificios y reacondicionar los antiguos: contemplación de instalación de tecnología de energía solar, orientación lógica del edificio en relación a la elíptica solar, cosas que no deberían tener que recordarse a promotores y planificadores, arquitectos y urbanísticas que aplicaran con convicción sus deontologías profesionales.

E el estado de NY estuve de visita un tiempo en un edificio con un par de salas de estar de este tipo en la planta baja aunque realmente no era un edificio de apartamentos en propiedad sino vinculado institucionalmente al city Hall que los proporcionaba para personas sin hogar. La idea me pareció estupenda no ya solo para tener un espacio de reunión (¿desde cuándo la democracia participativa funciona de pie y mal en espacios angostos? Me refiero a las tristísimas reuniones de escalera) sino también de coincidencia y para que funcione esa facilitación espontaneo de cosas aún útiles que sobran a unos y a otros. Mientras que el mundo no cambie, es decir las normas de construcción y urbanísticas no evolucione, la cesta de lo sobrante no tiene ningún problema, ni siquiera necesita una cesta, basta dejar cosas que te sobran en un lugar de paso de los vecinos.

Hay que contar con la posibilidad que aquello del o que te deshagas o le interese a nadie y tampoco es cuestión de que se acumule en un sitio de paso. Para esta eventualidad basta tenerlo encueta para que después de unos días la cosa que no interese pase a la otra fase de reutilización o reciclaje, el lugar donde están los containers.

Cambiar nuestro entorno pasa también por  introducir nuevos hábitos y cambiar la relación que tenemos con las cosas y a través de ellas con los demás.

 

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