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El principio de un nuevo comienzo

Por Néstor Estebenz - 24 de Marzo, 2009, 16:45, Categoría: MOVIMIENTO SOCIAL

 

-crisis de la IR

-de la lucha política a la regeneración existencial

 

 

El argumento de depósito  de situar en  los hijos del mañana los auténticos apreciadores del Hoy y en ellos  quienes tengan posibilidad de disfrutarlo en sus consecuencias de ventajas, es un argumento con varias fallas de peso. De una parte, la convocatoria del Futuro como una entidad con capacidad de crítica es una presunción temeraria. De otra, apelar a la Historia como sucedáneo  subterfugial de ese supuesto futuro supuestamente unido a todo lo que le antecede es apelar a una entidad todavía más compleja, por caer en la ilusión de que hay una sola historia o un solo futuro o un solo modo de interpretar el pasado desde una atalaya única de los interpretadores del después. Además sobreactuar cada presente en la apelación de un mundo mejor para el futuro de los hijos, emplazados a vivirlo  y no tener que pasar por las penalidades de sus antecesores, es un argumento clásico en la lucha social de toda clase de áreas de pobreza, y tan aplastante que nadie se atreve a discutirlo. Sin embargo en éste recurso a un “mundo mejor para nuestros hijos” hay la cobertura implícita de un doble fenómeno: el de la pospuesta del goce y de la delegación en otros protagonistas para gozarlo. Las generaciones futuras existen por una aplastante evidencia: por las precedentes que las hacen nacer.

 

A diferencia de la conducta animal, los protocolos de la procreación oscilan en función de cálculos y voluntades, y según los estilos marcados por cada geopolítica y estado existencial. La tenencia de hijos obedece a un deseo personal e íntimo y psíquico de sus procreadores, antes que a razones de extinción de la especie(no es por disminución poblacional que pueda quedar extinguida)o a razones de necesidad material(algo absolutamente incuestionable en occidente, donde los hijos dejan de ser los garantes de la ancianidad). El argumento pues del “por nuestros hijos” cae en una doble trampa: si lo que justifica una lucha por un gozo social óptimo, son ellos y hay obstáculos para la felicidad colectiva, quizás lo más apropiado sea no tenerlos para no someterlos a un mundo de servidumbres y aun futuro incierto. Si tenerlos es la razón de lanzamiento a la lucha, pone en entredicho la conciencia de partida de los progenitores. Por un lado y por otro, éstos en lugar de aparecer como unas conductas santas y entregadas, aparecen en un segundo análisis como unos oportunistas situaciones. Los padres se amparan en los hijos en distintos extremos comportamentales: tanto en los de encontrar una razón para el combate, como en los de encontrar una desactivación total de la militancia y una justificación de las versiones conocidas de cobardía. El cabeza de familia situado como el responsable  de un núcleo familiar, como jefe soberano a escala de su pequeña tribu, se ve atado de pies y manos para hacer conductas de riesgo que le puedan desmontar de su rol y de su función protectora. Pero hay algo más, la posposición del goce social e individual, como una praxis habitual de vida donde rija la felicidad y donde las luchas contradictorias no se salden con explotación, represión y encarcelamiento; a una etapa sine die del futuro, es un modo de enmascarar los problemas individuales que cada sujeto vivo tiene ya de por sí en su relación con el deseo y con el goce existencial. La vida es para vivirla, no para sufrirla en las peores circunstanciases una vida de la que sacar sus jugos, desde lo sensorial a lo intelectivo. Desde luego, cada contexto admite más o menos dilatación de tal concepto. Y el proceso vital cita momentos traumáticos y de sufrimiento, de un modo inevitable. No son tan graves, tanto como su estaticidad.

 

 Durante décadas lo que ha ido incorporando oleadas de militancias a generaciones de lucha contra un sistema opresor  y formas perversas de dictadura, ha sido el deseo -entre utópico y semipracticable-de un mundo mejor. Quien ha experimentado en cuerpo, psique y alma propia el dolor y no ha visto derrotada su sensibilidad, no desea para nadie procesos semejantes y por lo tanto, quiere en el fondo de su ser, una concepción de relaciones humanas mejor en el futuro. La traducción en actividad política sistemática de tal noción, ha comportado paradójicamente la reproducción de mecanismos lesivos en las relaciones interpersonales, inspirados en los mecanismos sociales que se decían combatir. El sujeto reivindicativo no ha dejado de ser-a pesar de su función objetiva de luchador-un sujeto contradictorio manejado por las influencias ambientales. Donde la principal víctima del proceso ha sido él mismo, cuando ha consumado caídas neurótico-obsesivas, donde ha declinado su primacía y su deseo existencial de bondad, en aras a una lideridad, y al erótico  fantasma  de  poder de influencia sobre los demás. El reconocimiento de tal mecánica y la retoma de la vida personal después de largos períodos de vida política, ha coincidido con la fase del desencanto y la desactivación de la política. En esa interfase para el reencuentro con uno mismo, el  ex militante crítico, asimila doblemente su recuperación como individuo curricular con metas personales pendientes, con  la objetividad (supuesta)de transformación completamente en crisis. En la crisis de una izquierda, como un estallido multicromático nacen infinitas competencias innovacionistas. La lucha sigue.

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