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El desengaño del casero

Por YASHUAbcn - 6 de Marzo, 2009, 22:43, Categoría: CONFLICTOLOGÍA

El desengaño de un casero por un inquilino inapropiado trae más consecuencias para la perspectiva económica de las relaciones humanas que al revés, un inquilino desengañado por las condiciones deficitarias de un alojamiento. Mientras en la primera situación el casero se puede cerrar en banda ante un muevo solicitante de alojamiento o de aceptar alguno, hacerlo bajo condiciones estrictas, en el segundo caso un inquilino puede seguir su itinerario de búsqueda hasta encontrar el alojamiento de sus sueños o la habitación con vistas al mar o a lo que sea. La literatura ha caracterizado a los caseros como tipos mal encarados persiguiendo siempre a los inquilinos que se retrasaban en su pago o traían a dormir a su cama a personas no autorizadas. El personaje heroico era el inquilino, cuanto más desarraigo  y menos dinero tuvieron más aumentaba su charme bohemia. El casero era pintado como u personaje secundario, con el negocio montado o la vida garantizada, cuando menos tenía una propiedad que le podía rendir algo de dinero. E la filmografía recuerdo muchos personajes de inquilinos, gente en tránsito, algunos o tenían donde caerse muerto, viajeros y viajantes y pocos caseros, a lo sumo algunos hoteleros como el de Brando en  El último tango.  

Mi biografía me ha permitido tener la doble perspectiva: la del inquilino y la del casero. Como inquilino no fui un ángel. Viví mis puntos de vista y justifiqué impagos, no dejé nunca ningún espacio con rotos o al menos eso no recuerdo ninguno. Como casero me harté pronto de tratar con inquilinos a cual peor. El mejor de ellos era sucio y la mayoría dejaron un  reguero de señales con rotos que ni pagaron ni sustituyeron. Eso también me pasó con una amiga de mi compañera que dijo de ella al dejarle la casa que confiaba plenamente. En 14 meses dejó más problemas de los que nosotros habíamos hecho en 12 años de uso y de los que haríamos en los siguientes que viviéramos en el sitio. Durante una semana tras recuperar nuestro domicilio no pararon de surgir las marcas dejadas por ella permitiéndonos que el balance de rotos lo fuéramos haciendo nosotros: uno de los mandos de la vitrocerámica achicharrado, un estante de cristal roto, una pieza de parquet rota, además de  platas dejadas morir y una lista de temas más graves reseñados en el memorándum de este préstamo. No debió importarle  mucho la imagen de ella misma que nos dejaba para la posteridad. Un error, por supuesto, se le perdona a cualquiera; una docena y media, no,  y además no se le perdona el primero tampoco de toda la serie. La cuestión no se ventila con mas permisividad o no arriesgándose a prestar casas sino analizando esa particular relación mercantil entre un inquilino y un casero que de no cumplir el trato la desconfianza es el producto final que se transpola a todos los demás.  Con ese tipo de transpolaciones se cometen injusticias: se termina por definir criterios universales demasiado categóricos asegurando cosas como que todos los inquilinos son unos indeseables o afirmaciones parecidas del todo exageradas. De hecho toda inferencia tiene algo de injusto  pero  si inferencias no hubiera progresado la ciencia y las aproximaciones del ser humano a la verdad, a sus verdades también, serian inferiores.  Lo que no se puede hacer es tratar de conocer a miles de millones de seres humanos antes de emitir veredictos acerca de cómo son, cómo se comporta o lo qué se puede esperar de ellos empiezan a partir de los primeros contactos.  Los sondeos de estos  primeros contactos desarrolla la intuición, con los segundos se hacen hipótesis de  lo que van a hacer y con los terceros se llegan a conclusiones radicales sobre lo que no va a hacer nunca. El sueño ideal de un casero es cambiar de oficio. Pero también se puede ser casero sin que eso sea realmente un oficio sino un complemento, una dedicación a ratos perdidos para tener una fuete de ingresos complementaria.  Basta prestar la casa  a cambio de que sean pagados los gastos para tener una relación de facto de casero-inquilino. Ta pronto el inquilino es descubierto in fraganti en sus fechorías o usos incorrectos de los objetos no queda ganas para prestárselos nunca más pero eso no acaba ahí, tampoco quedan ganas para arriesgarse con otras personas que están por conocer. Pagan justos por pecadores dice la sabiduría popular.

Existe una organización que promueve el trueque de domicilios. Se entiende que esto no se generalice tanto habida cuenta de tata gente descuidada. Bastaría algo tan sencillo como que las personas asumieran  la responsabilidad de sus rotos reparándolos o substituyendo las cosas desaparecidas para que el mundo fuera más fiable. Cada vez que dejas algo quieres confiar en que la persona depositaria se ocupara de ello con sumo cuidado. Descartas la hipótesis contraria porque necesitas tener tranquilidad para ocuparte de tus asuntos y no vivir con tensión por cosas que dejas a miles de kms de distancia y por muchos meses. El hecho de que la gente traicione la confianza no es un detalle banal e particular cuando su masificación es tal que constituye una verdadera epidemia social.

La predictibilidad del error es razonable y tocar aceptarla pero las consecuencias de la desidia son impredecibles y machan el más pesimista de los balances.

La recomendación para no desengañarse de un inquilino es no tener ninguno o de tenerlo, esperar todos los desmanes que pueda hacer. Me costó mucho entender que hubiera gente no dispuesta a compartir su espacio doméstico o a alquilar casas que no usaba para nada y las materia cerradas por décadas. La irresponsabilidad de un lado lleva a la desconfianza blindada de otra. No se puede objetar unilateralmente ésta sin que aquella sea disminuida notablemente. El fracaso de una transacción tan elemental como el préstamo de algo devuelto en las condiciones debidas se trate de un libro, un giradiscos, un coche  o una casa es algo más que el fracaso de esa transacción material e principio simple, es el fracaso de la confianza misma, la imposibilidad de volver a creer en el otro como socio, aliado o amigo.  No hay casero que no tenga un largo anecdotario que contar, pero también se puede hacer con préstamos menores. Cuando la perdida de cosas prestadas por mal uso se repite una y otra vez, en épocas biográficas completamente distintas y en países muy diferentes  uno o hace más que demostrar empírica y dolorosamente la lógica aplastante del individualismo a escala internacional.

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