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6 de Marzo, 2009

Aparcadero de miserables

Por YASHUAbcn - 6 de Marzo, 2009, 22:46, Categoría: CALIDADdeVIDA

La miseria existencial quedaba en estado demostrativo no solo por la pobreza económica, el paro, las epidemias o enfermedades, y las faltas de subsidios.También  lo quedaba por las conductas más bajas, rastreras, indeseables  y menos tolerables del repertorio humano, ávido en negligencias, deslealtades y psicopatologías. O eso al menos es lo que pensaba el casero aturdido por tanto mentecato al que dio cuartel y una situación habitable a cambio de unas perras. A falta de otra ocupación mejor y de otra ilusión en la vida, se dedicó a estudiar detenidamente a sus inquilinos, a cual más torpe dentro de la maquinaria de producción de desperdicios de la especie. El mismo no había triunfado en una sociedad de vencedores, y sobrevivía como podía alquilando  espúreas habitaciones a no menos espúreos moradores: auténtica florinata de transeúntes y desheredados que no sabían nada mejor que hacer que trabajar como burros, cuando trabajaban, y gastarse los cuartos en los bares. La chusma que recibía, venía rebotada de pensiones, que les clavaban minutas de espanto por habitaciones compartidas y comieres combados. No podía esperar  huéspedes corteses y de calidad porque él mismo no ofrecía una mansión  con categoría para eso, sino un apartamento  de dimensiones reducidas en una finca con cuarenta años- o más- de existencia. Ponerse a alquilar habitaciones y dar  con pelotazos  y personajes mustios fue todo lo mismo. se autoinstruyó y convenció para no caer en la trampa de convertir en amigos a gentes que no tenían donde caerse muertas o que estaban por historias  muy distintas a las suyas. Por eso, trataba de hacer los tratos verbales muy claros, aunque siempre inquilinos  que usaban inteligentemente su cara de tontos, pretendían haber entendido algo distinto a lo dicho. El arrendador -metido en ese particular gremio de los caseros por libre en una ciudad universitaria- pronto se dio cuenta que el nuevo oficio se las traía consigo y que lo que prometía ser un sobresueldo,exigiría mas tiempo y crearía más preocupaciones de las inicialmente previstas.

La primera observación constatada es que salvo los estudiantes desplazados de lejos que venían a cursar másters o cursos, el resto de la gente interesada pertenecía a un género desmadejado. Una versión de lumpen dificil de clasificar en lo económico e ideológico y útil para novelar. Por lo demás como co-habitantes del hábitat de confluencia, resultaban  desagradables, mezquinos, sucios, malcarados, desaseados, odorantes, feos y  pesados. El casero fue agradable con todos pero no se tomó confianzas con ninguno y decidió aprovechar la experiencia como palco de observaciones de las bajezas humanas. fue así como prepararía apuntes para un libro que titularía Galería de Retratos[1]   demostrativo de un submundo subhumano donde el torbellino de la desgracia enganchaba a las gentes a sus penas, a perpetuidad. No era la primera vez que el casero conocía o hablaba con obreros de la construcción, empleados de la Telefónica, separados recientes, yonquees,  mujeres maltratadas huidas de casa o chicas jóvenes con idem en cuanto a la escapada.En la práctica,iría alquilando las habitaciones especialmente a hombres, generalmente más desplazados y más dados a cumplir con el rol tradicional de seres explotados, por cuenta ajena;que a mujeres, las cuales se buscaban la vida de otro modo y encontraban parejas alternativas o  alojamientos compartidos con otras chicas. Ciertamente una de las preguntas iniciales que hacían éstas al llamar por teléfono  es si el piso estaba ocupado por hombres o por mujeres y la respuesta de lo primero les ponía en clave de desinteresadas.  por llamar y por visitar el aposento,llamaron y pasaron todas clases de gentes. El casero afinó el oído y estableció ya criterios de selección según el tipo de voz y el tipo de comentarios. Si se equivocaba en su percepción corría el riesgo de estar esperando a inquilinos potenciales que luego no se presentaban a la cita, a pesar de decir todos  que llamarían para avisar de no venir en caso de que fuera así. El casero, sir  SumiOna,llegó a una conclusión anticipada pero no prematura que le salvaría para los restos: a saber, que la palabra es tanto más fácil empeñarla y no cumplirla cuando las partes no se conocen las referencias. Esa ley seguía siendo inalterable por mucho que le cumpliera la cita o fuera expresamente a ella, intuyendo  que la persona solicitante de la cita tal vez no apareciera. Formaba parte de los tiempos perdidos y de los gajes de ese oficio-plus. Invariablemente a la llegada del inquilino o inquilina potencial, después de mostrarle la habitación y los espacios comunes, por  el semblante estudiado, proponía una pequeña entrevista  o no. en alguna otra ocasión antes de mostrar nada convocaba al solicitante a la entrevista para poder opinar si le gustaba o no.Ese segundo procedimiento tenía un mayor coste de tiempo, por lo que resultaba más práctico convocar directamente a los interesados en  el lugar  del tema.

Además de los  que se irían quedando (algunos para un mes y otros para más de un año)tuvo la ocasión de conocer un buen número de aproximados que no se acabaron por decidir.Irían  pasando personajes de todas clases y de todos los colores.  .Alguno con la cinta métrica incluida para medir la superficie de la habitación solicitada y la mayoría con hábitos tan nauseabundos como el fumar, actividad  de las de pero gusto. La experiencia de SumiOnda le fue pautando que la higiene personal no tenía una correlación directa con  el orden de la habitación del usuario ni  tal orden con el del resto del piso.  Tampoco  tenía nada que ver -eso lo reconocía el Sir- cerebros de pez y de mosquito con cumplimiento del deber en cuanto al pagó prefijado.Hubo y seguiría habiendo de todo aunque sospechosamente tipejos distintos tenían un enorme parecido en cuanto pedir prórrogas para pagos o promesas inventadas para cubrir créditos. Para su contrariedad Sumionda no sucumbió a ninguna lágrima mocosa y trató de no pillarse los dedos con nadie, aunque demasiadas veces tuvo que cambiar y alternar su batería de cerraduras,dada la cantidad de sujetos que no devolvían las llaves o se iban con iras en el cuerpo. El casero ya había tratado de llevar a juicio a un primer inquilino de contrato escrito,.tras su ida con destrozos de todo el piso.Y la denuncia ni siquiera fue admitida a trámite a pesar de haber dejado un saldo de pérdidas de más de medio millón. Y no fue admitida por la legalidad vigente (algo que no tenía nada que ver con la ley de la ética)ya que el estado distinguiría hasta la saciedad entre hurto y robo, es decir entre delito y no delito,siendo que todo individuo al que se le facilitan las llaves de casa en un momento dado, tiene cogido por los huevos al prestador,si se lo propone con rigor y metodociencia. La filmografía americana iba llena de  desenlaces argumentales con casos de este tipo. Por eso la mayoría de caseros que tenían habitaciones de alquiler, las tenían con pisos  baratos y viejos, las paredes desnudas y mobiliario de la peor calaña. Sumionda, por su vena azuloide y su feeling de aventura admitió arriesgar sus pertenencias (CDs, aparato de compact, mobiliario nuevo y hasta compartir su espacio privado) con  la hilera de personatipias sobrevenidas, para irse arrepintiendo gradualmente de cada grado dado de confianza y a continuación restringirlo severamente. Lo más sensato era ni dejar nada en el frigorífico ni nada en el cuarto de baño porque las cosas desaparecían y su criterio  de perseguir conductas nefastas a golpe de nota o de protocolos de uso colgados en los distintos aparatos, demostró ser escasamente generativo de comportamientos rectificados.  Se dio por vencido, permitiendo el paso de huestes desagradables y tomándolas como karmas de la vida, o su justo merecido por ser quien era y haber aceptado entrar en esa tesitura en su vida. Tanto se iría cerrando frente a la perspectiva de nuevos inquilinos que los pasó a atender, en lo sucesivo,o en el pequeño vestíbulo sin invitarles a pasar a su habitación-salón.cuanto menos supieran de él, más seguro se sentiría y cuanta menos  tiempo de dedicación personal tuviera que brindarles,tanto más rentable representaría la gestión del alquiler. En ese panorama,.Sumionda se iría convirtiendo en  un experto en huéspedes: un linaje particular de supervivientes, en los que a pesar de constituir excepciones siempre conseguía algunas buenas conversaciones con algunos inquilinos especiales,que incluso de tarde en tarde seguiría viendo. 

 



[1] Galería de Retratos se refiere a un libro real con el mismo título elaborado por   el autor de este micro-relato.

El desengaño del casero

Por YASHUAbcn - 6 de Marzo, 2009, 22:43, Categoría: CONFLICTOLOGÍA

El desengaño de un casero por un inquilino inapropiado trae más consecuencias para la perspectiva económica de las relaciones humanas que al revés, un inquilino desengañado por las condiciones deficitarias de un alojamiento. Mientras en la primera situación el casero se puede cerrar en banda ante un muevo solicitante de alojamiento o de aceptar alguno, hacerlo bajo condiciones estrictas, en el segundo caso un inquilino puede seguir su itinerario de búsqueda hasta encontrar el alojamiento de sus sueños o la habitación con vistas al mar o a lo que sea. La literatura ha caracterizado a los caseros como tipos mal encarados persiguiendo siempre a los inquilinos que se retrasaban en su pago o traían a dormir a su cama a personas no autorizadas. El personaje heroico era el inquilino, cuanto más desarraigo  y menos dinero tuvieron más aumentaba su charme bohemia. El casero era pintado como u personaje secundario, con el negocio montado o la vida garantizada, cuando menos tenía una propiedad que le podía rendir algo de dinero. E la filmografía recuerdo muchos personajes de inquilinos, gente en tránsito, algunos o tenían donde caerse muerto, viajeros y viajantes y pocos caseros, a lo sumo algunos hoteleros como el de Brando en  El último tango.  

Mi biografía me ha permitido tener la doble perspectiva: la del inquilino y la del casero. Como inquilino no fui un ángel. Viví mis puntos de vista y justifiqué impagos, no dejé nunca ningún espacio con rotos o al menos eso no recuerdo ninguno. Como casero me harté pronto de tratar con inquilinos a cual peor. El mejor de ellos era sucio y la mayoría dejaron un  reguero de señales con rotos que ni pagaron ni sustituyeron. Eso también me pasó con una amiga de mi compañera que dijo de ella al dejarle la casa que confiaba plenamente. En 14 meses dejó más problemas de los que nosotros habíamos hecho en 12 años de uso y de los que haríamos en los siguientes que viviéramos en el sitio. Durante una semana tras recuperar nuestro domicilio no pararon de surgir las marcas dejadas por ella permitiéndonos que el balance de rotos lo fuéramos haciendo nosotros: uno de los mandos de la vitrocerámica achicharrado, un estante de cristal roto, una pieza de parquet rota, además de  platas dejadas morir y una lista de temas más graves reseñados en el memorándum de este préstamo. No debió importarle  mucho la imagen de ella misma que nos dejaba para la posteridad. Un error, por supuesto, se le perdona a cualquiera; una docena y media, no,  y además no se le perdona el primero tampoco de toda la serie. La cuestión no se ventila con mas permisividad o no arriesgándose a prestar casas sino analizando esa particular relación mercantil entre un inquilino y un casero que de no cumplir el trato la desconfianza es el producto final que se transpola a todos los demás.  Con ese tipo de transpolaciones se cometen injusticias: se termina por definir criterios universales demasiado categóricos asegurando cosas como que todos los inquilinos son unos indeseables o afirmaciones parecidas del todo exageradas. De hecho toda inferencia tiene algo de injusto  pero  si inferencias no hubiera progresado la ciencia y las aproximaciones del ser humano a la verdad, a sus verdades también, serian inferiores.  Lo que no se puede hacer es tratar de conocer a miles de millones de seres humanos antes de emitir veredictos acerca de cómo son, cómo se comporta o lo qué se puede esperar de ellos empiezan a partir de los primeros contactos.  Los sondeos de estos  primeros contactos desarrolla la intuición, con los segundos se hacen hipótesis de  lo que van a hacer y con los terceros se llegan a conclusiones radicales sobre lo que no va a hacer nunca. El sueño ideal de un casero es cambiar de oficio. Pero también se puede ser casero sin que eso sea realmente un oficio sino un complemento, una dedicación a ratos perdidos para tener una fuete de ingresos complementaria.  Basta prestar la casa  a cambio de que sean pagados los gastos para tener una relación de facto de casero-inquilino. Ta pronto el inquilino es descubierto in fraganti en sus fechorías o usos incorrectos de los objetos no queda ganas para prestárselos nunca más pero eso no acaba ahí, tampoco quedan ganas para arriesgarse con otras personas que están por conocer. Pagan justos por pecadores dice la sabiduría popular.

Existe una organización que promueve el trueque de domicilios. Se entiende que esto no se generalice tanto habida cuenta de tata gente descuidada. Bastaría algo tan sencillo como que las personas asumieran  la responsabilidad de sus rotos reparándolos o substituyendo las cosas desaparecidas para que el mundo fuera más fiable. Cada vez que dejas algo quieres confiar en que la persona depositaria se ocupara de ello con sumo cuidado. Descartas la hipótesis contraria porque necesitas tener tranquilidad para ocuparte de tus asuntos y no vivir con tensión por cosas que dejas a miles de kms de distancia y por muchos meses. El hecho de que la gente traicione la confianza no es un detalle banal e particular cuando su masificación es tal que constituye una verdadera epidemia social.

La predictibilidad del error es razonable y tocar aceptarla pero las consecuencias de la desidia son impredecibles y machan el más pesimista de los balances.

La recomendación para no desengañarse de un inquilino es no tener ninguno o de tenerlo, esperar todos los desmanes que pueda hacer. Me costó mucho entender que hubiera gente no dispuesta a compartir su espacio doméstico o a alquilar casas que no usaba para nada y las materia cerradas por décadas. La irresponsabilidad de un lado lleva a la desconfianza blindada de otra. No se puede objetar unilateralmente ésta sin que aquella sea disminuida notablemente. El fracaso de una transacción tan elemental como el préstamo de algo devuelto en las condiciones debidas se trate de un libro, un giradiscos, un coche  o una casa es algo más que el fracaso de esa transacción material e principio simple, es el fracaso de la confianza misma, la imposibilidad de volver a creer en el otro como socio, aliado o amigo.  No hay casero que no tenga un largo anecdotario que contar, pero también se puede hacer con préstamos menores. Cuando la perdida de cosas prestadas por mal uso se repite una y otra vez, en épocas biográficas completamente distintas y en países muy diferentes  uno o hace más que demostrar empírica y dolorosamente la lógica aplastante del individualismo a escala internacional.

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