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Las sábanas agujereadas

Por YASHUAbcn - 4 de Marzo, 2009, 21:57, Categoría: General

En una tienda ubicada en un pasaje de la calle Tarragona  de Barcelona en Sants en los albores de la de la década de los 80 llevé unas sabanas nuevas a lavar y planchar. No suele ser mi costumbre acudir a esta clase de establecimientos. Tampoco lo era antes. Me las apaño solo con  mi caudal de maquinarias domésticas. En aquel tiempo, creo recordar de mí, que aún utilizaba  algunos servicios públicos inspirado por la idea de que se trataba de eso: servicios. Al menos sí utilicé en París lavanderías automáticas  pero raramente  lo hice con manuales con personal encargado. A decir verdad creo que la referida fue la única vez que lo hice. Tras recoger mi encargo, cuidadosamente doblado, lo llevé a casa (mi casa por aquel entonces era un diminuto piso compartido en un primero o un entresuelo que daba a la calle Aragón delante de la explanada de lo que era el  Escorxador antes de ser reciclado como plaza). Pues bien no volví a tener necesidad de aquellas sábanas hasta pasadas unas cuantas semanas o incluso meses. Al desplegarlas me encontré con unos impresionantes agujeros por alguna clase de plancha industrial o secadora que se había pasado de tiempo. Mi sorpresa fue indescriptible. Creo que se me puso cara de estúpido oscilando del rojo al amarillo pálido ante tamaña atrocidad. Por supuesto el autor del crimen no me había avisado para nada y la factura de pago  no tuvo el menor porcentaje de descuento por el atentado. Me quedé tan perplejo que fui incapaz de articular respuesta. Presumí que no tenía nada que hacer. No recuerdo si fui a reclamar. Di por perdidas mis sábanas e intuí que no me indemnizarían por ello negando ser los autores del hecho. El caso es que esa experiencia me indispuso a  no confiar no ya sólo en el establecimiento en cuestión -al que no regresé nunca más (posiblemente también porque coincidió con mi cambio de domicilio y zona urbana de residencia)- sino con otros establecimientos de esta naturaleza. No sé si mi  indisposición a este mundo de comercio criminal empezó en ese momento o había empezado antes. Me inclino a creer que fue antes. Lo que sí aprendí es que un paquete envuelto no informa de su interior y sólo se basa en un supuesto que únicamente queda confirmado hasta desenvolverlo.  No sería capaz de creerme los personajes de esa clase de películas estándar en que grupos mafiosos distintos intercambian maletines de dólares por la mercancía legal que sea sin explorar sus interiores. Bueno, parece que los guionistas afinan mejor  y ya introducen los gestos de esas verificaciones. Es lamentable que tras un encargo haya que mirar lo que se nos da para comprobar que realmente es lo pedido. Para la anécdota en cuestión supongo que me puse en la piel del pobre diablo que se le pasó el calor dado a mis sábanas. (Descarté que lo hiciera adrede, supuse que se trató de un error de operario). De presentarme a la lavandería con ellas tal vez le hubiera costado el puesto de trabajo, si hubiera sido descubierto y hubiera  reconocido su responsabilidad. Yo no quise ser excusa para un despido y empujar a las filas de la miseria a otro desgraciado. Eran tiempos en que de alguna manera todavía confiaba en el ser humano y disculpaba sus faltas de honestidad por sus necesidades primarias urgentes para sobrevivir. Ahora que no lo disculpo en modo alguno, presumo que el tipejo que aprendía el oficio de lavandero a costa de mis pertenencias podrá haber contado la misma anécdota desde su punto de vista. La cosa podría empezar así: En una ocasión cuando estaba aprendiendo a manejar la nueva  secadora en una lavandería en la que trabajé se me quemaron las sábanas de un cliente inhabitual. El agujero era impresionante. Las doble cuidadosamente y se las entregamos cuando vino a por ellas. El muy estúpido nunca reclamó por eso. Quizás no le dio tiempo a usarlas porque falleció antes o al tratar de usarlas olvidó en que lavandería se las habían estropeado. Sea como fuere aquello me dio alas para seguir quemando algunas otras mientras duró mi aprendizaje de experto en planchado de sabanas. Definitivamente los clientes son tan tontos y tímidos que no se atreven a reclamar con toda justicia cuando el servicio es deplorable. Gracias a eso me he podido enriquecer sin que nadie me haya objetado nunca nada por mi falta de ética profesional.

Seguramente su relato lo habrá disfrazado de alguna manera más enmascarada para no pasar a sus propios ojos por un criminal cotidiano o ni siquiera habrá tenido necesidad de contarlo como anécdota más allá de los días alrededor de ella.  Los ruidos de sus seseras habrían ocultado su modo de actuar. Por otra parte con tal de negar los hechos su conciencia habría quedado a salvo de las iras ajenas. Pequeñas anécdotas como éstas están detrás de tomas de posición consolidadas ante el otro, ante lo poco capaz que es el otro de reconocer sus errores y remediarlos en la medida de lo posible o cuando menos reconocerlos.

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