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El precio del urinario

Por YASHUAbcn - 4 de Marzo, 2009, 21:54, Categoría: CALIDADdeVIDA

 0,20 cms de euro es lo que cuesta abrir una de esas cabinas de autolavado que hay en varias ciudades francesas. La tarifa aumenta hasta 0,30 en otras. O sea que en la actualidad hacer aguas menores cuesta entre unas 35 y unas 55 de las antiguas pesetas. Claro que también es el mismo precio para hacer aguas mayores, coprolitos, incontinencias de descomposición y otras excrecencias de las que es capaz expulsar la perfectísima anatomía humana que está a la cúspide, eso hemos oído decir, de la evolución biológica.

Antiguamente, recordémoslo,   Francia nos había sorprendido con su enorme despliegue de urinarios públicos estratégicamente repartidos en los centros de las ciudades para librar a sus viandantes tanto de los malos olores de los residuos líquidos de la vejigas incontinentes como del estrés producido por una emergencia expulsoria y no tener ningún lavabo público a la vista o, de tenerlo dentro de un bar, tener que consumir un café inapetente para acceder al servicio. Para los viajeros, emigrantes o exiliados procedentes de una España atrasada que todavía no había tenido tiempo en pensar en estos aspectos de la higiene pública, aquella oferta era un dato de progreso, cultura y solidaridad. Aquella gentileza ha ido cesando en aras a esos superlujosos sistemas de automantenimiento. La sofisticación, ya se sabe, no siempre funciona y tampoco en el momento más necesario. Engullida la moneda en cuestión en una de esas cabinas en la Bordeaux, ni  la puerta automática se abrió ni la moneda me fue devuelta. Mi pipí quedo al lado del aparato a falta de otra alternativa con la suficiente discreción para que nadie se sintiera ofendida con la imagen de uno meando en una plaza pública ni yo ofendido por hacerlo. Sobre los pipises en público hay mucho que hablar. Hay toda una filosofía social subyacente. Por un lado las lógicas normativas cívicas van en contra de la producción de malosolores y las conductas irrespetuosas por otro lado no todas  las ciudades no siempre  articula n los medios para que aquellos criterios  con las que pretenden funcionar sean aplicables. Hay que considerar el detalle no precisamente banal del precio de urinario, nada barato. Si bien la cabina puede servir en caso de emergencia sexual para una cópula de transeúntes no dispuestos a pagar un hotel y en el supuesto de que su higiene sea la esperada, resulta del todo prohibitivo para homeless y gente callejera en distintos grados de aventura que prefieren sus monedas para cosas más útiles. Nos preguntamos sobre la posibilidad del urinario portátil para urbanitas o incontinentes no dispuestos a desprenderse de las monedas-tipo en cuestión. Sería la adaptación de las bolsas urinarias directamente conectadas a las uretras por sonda pero en versión boy scoutt. Así como el despliegue turístico nos ha acostumbrado a ver a viajeros anglosajones y nipones con su botella de plástico de litro y medio de agua, para sobrellevar las duras jornadas de visitantes museísticos sin tener que pagar consumiciones minúsculas y de precio mayúsculo a cada paso; por qué no aceptar una imagen al completo con una segunda botella al otro lado de la mochila para recoger los residuos expulsados, con los que regresar al hotel o al apartamento y vaciar al sumidero pensado para tales líquidos. Interesante imagen que cortocircuita los neurotransmisores  nada más pensarla. La sociedad, es decir la sociedad de la hipocresía, miente continuamente sobre sus verdades. Los seres humanos seguimos siendo animales que defecamos y producimos malos olores pero las ciudades se organizan pensando que eso no es verdad, o  que su manifestación es tan privada que ni siquiera hay que hablar de ello. Sin embargo a la hora de planificar un edificio de viviendas eso es superesencial. De no hacerlo los tubos de lo uno y los de otro, los del agua clorada de la que dependemos con los de las aguas negras de las que nos deshacemos, se pueden mezclar y hacerse la hecatombe; algo de lo que Brazil,  una película visionaria magistral con un Robert de  Niro en el personaje de saboteador, ya hacía referencia. Imaginemos que las próximas mochilas vendrán con esas segundas botellas para residuos con los embudos y gomas respectivos y el despliegue de las imágenes a las que irían unidas: gentes de todas categorías, atuendos y clases haciendo lo propio en rincones del autobús o del metro o en plena calle en lugar de retenerse en contra de su propia salud. Evidentemente, pura imaginación por ahora. La situación es la que es. ¿Cómo es posible tanta campaña publicitaria para lo mismo en canes y tan pocas soluciones para humanos? La cosa no es de broma cuando se de gente  -ya con una cierta edad- que tiene por decisión no arriesgarse ir a unos quilómetros de su barrio urbano para no encontrarse con estas dificultades expulsorias y no encontrar sitios debidos donde hacerlo. Finalmente tras el precio del urinario hay una restricción a la libertad de desplazamiento.



prepublicado en: http://disc.server.com/discussion.cgi?disc=201407;article=2691;title=Hoyenelmundo

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