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2 de Marzo, 2009

Relevo del rol de víctima

Por Vic MALÉS/JesRICART - 2 de Marzo, 2009, 23:06, Categoría: CALIDADdeVIDA

 Cómo convertirse en un ciudadano correcto  y no morir en el intento.

Domingo  noche, una hora avanzada, tal vez media noche. Doy una vuelta, y otra y otra más   con el coche por Serraparera, mi barrio,  tratando de encontrar una plaza disponible. La única que hay reservada para minus  en los 1000 metros a la redonda de mi casa (la que está en avda. Roma  al  otro lado de la calle donde  la masía can Serra) está ocupada por un coche que no tiene la autorización para hacerlo. Mi condición acreditada de  minusvalía con tarjeta me da autorización a utilizar ese espacio que, otro, sin tenerlo lo ha hecho. Ha pasado lo mismo otras muchas veces. Son  varios vecinos que tienen ese particular desliz. No son ignorantes pero deben ser muy inconscientes y desde luego nada solidarios. La señal  del cuadrado azul indicando el espacio reservado es más que evidente. En otras ocasiones me he tomado la molestia de levantar el limpiaparabrisas para advertir al conductor  desconsiderado su condición de tal y me he ido a otra parte a aparcar. En esta ocasión pasé de ser víctima sumisa a repartir ese rol con el infractor. Llamé a la policía urbana y expuse el caso. Al rato llegó una unidad policial que extendió el parte de denuncia. Al parecer son 90e además de retirada de puntos. Luego aguardé a que viniera el coche grúa para que se lo llevara y ocupar con el mío su sitio. Todo en la más absoluta nocturnidad pero sin alevosía.

Cerdanyola es una localidad con unas cuantas plazas reservadas para minus, en la que proporcionalmente hay más en el campus universitario que en el resto de la ciudad. Mientras en el campus estas plazas son respetadas, en el resto de la ciudad no. Suelen estar ocupadas por vehículos no autorizados y la policía urbana no los sanciona de oficio. Desgraciadamente, la cultura espontánea tarda siglos por no decir milenios en aflorar, no tenemos tanto tiempo para eso. Los que no aprenden por cuenta propia les toca remunerar los gastos de enseñarles  dedicando un tiempo personal precioso además del tiempo profesional de los agentes. Recalculada la sanción no es tanto dinero, apenas el coste de 2 horas de terapia. Además de ese gasto toca añadir el de la recuperación del vehículo y el de pagar un taxi para llegar a la cita laboral de la mañana si la hubiere.

 La hipótesis es que la víctima que se estrena en esa sanción probablemente no le quedará ganas de repetirla. La matricula era española, no asiática de un recién llegado que, entrado en el túnel del tiempo, aterrizó en un sitio donde no sabía interpretar las señales. ¿Remordimiento? Ninguno. A cada cual su merecido, en particular si es parte del problema en lugar de la solución. Veámoslo de otro modo: la persona que tiene la condición de minusvalía tiene la disuerte de las continuas barreras arquitectónicas que aumentan considerablemente a partir de cierta hora tardía donde todos los gatos son pardos y los ciudadanos abusivos se creen estar fuera de análisis y exentos de sanciones, es así que las rampas  y los pasos cebra están bloqueados y los parkings para minus indebidamente copados.

Han tenido que pasar muchas décadas para que la sociedad vaya tomando conciencia de la articulación del respeto mutuo organizando leyes protectivas que contemplen personas con atenciones especiales. No hace tanto que a los minusválidos se les encerraba en casa o se les condenaba de por vida a vender cupones sin concederles la oportunidad de otros trabajos y formas de creatividad, no teniéndoles en cuenta ni siquiera como personas. Aunque no se puede decir que todas las leyes sean justas, las hay, que sí lo son, y por lo que hace a reglamentos urbanísticos y ordenanzas municipales no son pocas que al ser incumplidas hacen la vida colectiva más insociable. Denunciar a alguien que ocupa una plaza reservada es una forma de educar al denunciado, tampoco es tan dura. Lo mejor que puede hacer después de hacer su letanía de insultos a todos los cabronazos del universo es darse un puñetazo a la imagen que refleje en un espejo (que sea el suyo y no el de otra persona, por lo de no generar más problemas ajenos). Cuando le sobrevega la calma y comparta su “desgracia” con su persona de confianza por incondicional que sea ésta le podrá recordar que eso que ha hecho no se debe hacer. he  ahí el gran verbo: deber. El deber es algo ético, es lo que pone a prueba el honor de una persona.

Volvamos a nuestro conductor con una acción fuera de legalidad. Es posible que haya pasado una noche sin la menor inquietud, convencido que en la ciudad este tipo de transgresiones son toleradas aunque sabe perfectamente, porque el código de circulación lo dice, que ese espacio debe no ser ocupado. La prueba de su previsión es que lo ha hecho otras muchas veces y nunca le ha sucedido nada hasta que ¡zas! ha dado con alguien, yo, que esta vez no se lo ha consentido. En mi condición de dar parte del tema, todo lo que hago es repartir mi rol de víctima con mi victimizador, (un día yo otro día tú). Ese victimario debe ser el mejor chico de su escalera, el mejor padre de sus hijos, el empleado modelo del año, el trabajador penitente, pero metió esa macha en su currículo. A lo mejor tan sólo se aprovechó de esa plaza disponible por una hora pensando que no iba a suceder nada. Es posible que yo no lo sepa nunca, a no ser que quiera añadir a esta noticia la versión de su aventura.

Ya sabemos que la policía tiene mucho trabajo, pero hace rondas nocturnas y está al corriente del mapa urbano y de las plazas de minus que están ocupadas ilegalmente. La policía es denunciable en este punto por no cumplir con su función y tener que avisarla por repetido  por cuestiones como esa que de sobra conoce.

Lo que aumenta la calidad de vida urbana es el incremento de respeto. La cultura es respeto fundamentalmente. Es evidente que el respeto es algo con lo que se nace sino que toca aprenderlo y cumplirlo. Quien no lo hace espontáneamente debe ser inducido a que lo haga. La cosa es simple.

No son pocos los detalles urbanos que generan molestias vecinales. Las formas de conducir, los cláxones inadecuados, las prisas, el exceso de tráfico, las aceras rotas, los arboles  con los troncos segados por la mitad también forman parte de un mundo por corregir. El otro mundo posible del que progresistas y miméticos tanto hablan pasa  también por otra ciudad posiblemente mejor si cada cual recuerda su responsabilidad dentro de una comunidad.

Claro que no puedes vivir la vida persiguiendo a unos y a otros en sus anticivismos porque dejas de vivir tu vida. Parte de los problemas urbanos son la consecuencia directa de la desidia colectiva como epidemia de acuerdo con la cual todos miran a otra parte ante las dificultades ajenas, tanto los de los causantes como los de las víctimas. Ciertamente, para eso pagamos a profesionales encargados de mantener un orden de comportamiento cívico, pero es obvio que las soluciones policiales no son verdaderas soluciones si las personas no quieren aprender y no reciben el repudio colectivo por no hacerlo.

 Invito a los colegas de minusvalías que cuando se encuentren en situaciones parecidas dediquen media hora de su tiempo para denunciar a infractores (dejarles una pegatina en el parabrisas recordándoles su error ya no es suficiente) e invito a sí mismo a todos los ciudadanos a qué cuando adviertan de  alguien que  ocupe una plaza de minus sin tener el derecho acreditado a ello le amoneste. Si hay otras opciones, que se me ilustre.

 Ser ciudadano no significa ser modélico pero sí ser reglamentista en aquellas cosas superelementales y demostradas como lógicas ¿para qué repetirlas? Las sabemos, se saben, pero mientras haya longuis que se las saltan a la torera ¿qué podemos hacer sino pasarles la tanda de victimas de vez en cuando para que muerdan el polvo de la calle y así dejamos de ser las víctimas  perpetuas los de siempre?  

 

 

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