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Los guías ofertantes

Por JesRicart - 12 de Febrero, 2009, 11:28, Categoría: General

Vino alguien nada mas estacionar el vehículo en Carcassone por el lado de la ventana del conductor. Se había fijado en la matricula (de orígen español) y trató de explicar algo de su vida al otro lado de la ventana. Era divorciado y tenía a sus hijos lejos de él. Ante mi perplejidad de por qué estaba contando esto y mis signos de retirada, (ya  había empezado a cerrar el cristal) pidió que lo bajara de nuevo y  afirmó que no lo entendía. Se estaba ofreciendo para guía. Le aclaré que no estábamos interesados en su ofrecimiento. Se fue con un gesto brusco con las cajas destempladas y  sin la cantinela francesa del au revoir en contraste de ausencia a la cantinela del bonjour y coment ça va? de su  llegada pletórica de simpatía.  

Son demasiadas veces las que el viajero recién llegado a una ciudad es abordado por una clase de especímenes que están al acecho de la menor novedad en la calle. Nada a objetar salvo que esa pléyade de ofertantes trata de aprovecharse de la supuesta ignorancia del que arriba. Son todos iguales en no importa que ciudades del mundo. Por lo general lo que ofrecen no está a la altura de sus conocimientos o dominios y al aceptarlo se establece una especie de débito compasivo hacia ellos por cargarlos durante un rato o unas horas durante un itinerario de visita.  No saben más de lo que se pueda leer en media página de un folleto turístico de la misma ciudad y suplen, en el caso de tenerla su labia o simpatía la falta de conocimiento concreto. Es una modalidad fina de la indigencia.  Al principio uno tiende a ser solidario y a dar monedas por sistema a todo aquel que las pide, al final de los periplos viajeros se tiende a viajar blindado ante  irrupciones de esa clase. Antes la opción caritativa de dar la moneda al solicitante tapaba conciencias negras. Posteriormente la solidaridad pasaba por ayudar a la gente a suplirle sus déficits fundamentales.  Ahora la solidaridad no pasa por dar sino por ayudar a liberar a la gente de su falta de recursos. Esto es una idea tanto para el mundo terciario en su conjunto como para los casos particulares de ofertantes como el descrito. Pero vengo observando que ante un no a la demanda de dinero concreto que se te hace, quien la hace ya no quiere saber nada más: no acepta una conversación, no quiere conocer otras ideas, no acepta un replanteamiento de su situación.

El hecho de la ayuda limosnera es en ello mismo un acto de indignidad. Es humillante para quien lo recibe y prepotente para quien lo da. Eso no cambia las estructuras sociales ni separa las relaciones abismales entre clases. Claro que a esta idea, la objeción del criado siempre flota en el aire: cualquier acto indigno deja de serlo dependiendo de la cantidad de la propina o de la dádiva. No todas las ayudas pedidas son aceptables, ni siquiera las enmascaradas en un formato de intercambio como los que se ofrecen como guías de pacotilla.

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