El Blog

 
 

Calendario

<<   Febrero 2009  >>
LMMiJVSD
            1
2 3 4 5 6 7 8
9 10 11 12 13 14 15
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28  

Sindicación

Alojado en
ZoomBlog
 

12 de Febrero, 2009

Los guías ofertantes

Por JesRicart - 12 de Febrero, 2009, 11:28, Categoría: General

Vino alguien nada mas estacionar el vehículo en Carcassone por el lado de la ventana del conductor. Se había fijado en la matricula (de orígen español) y trató de explicar algo de su vida al otro lado de la ventana. Era divorciado y tenía a sus hijos lejos de él. Ante mi perplejidad de por qué estaba contando esto y mis signos de retirada, (ya  había empezado a cerrar el cristal) pidió que lo bajara de nuevo y  afirmó que no lo entendía. Se estaba ofreciendo para guía. Le aclaré que no estábamos interesados en su ofrecimiento. Se fue con un gesto brusco con las cajas destempladas y  sin la cantinela francesa del au revoir en contraste de ausencia a la cantinela del bonjour y coment ça va? de su  llegada pletórica de simpatía.  

Son demasiadas veces las que el viajero recién llegado a una ciudad es abordado por una clase de especímenes que están al acecho de la menor novedad en la calle. Nada a objetar salvo que esa pléyade de ofertantes trata de aprovecharse de la supuesta ignorancia del que arriba. Son todos iguales en no importa que ciudades del mundo. Por lo general lo que ofrecen no está a la altura de sus conocimientos o dominios y al aceptarlo se establece una especie de débito compasivo hacia ellos por cargarlos durante un rato o unas horas durante un itinerario de visita.  No saben más de lo que se pueda leer en media página de un folleto turístico de la misma ciudad y suplen, en el caso de tenerla su labia o simpatía la falta de conocimiento concreto. Es una modalidad fina de la indigencia.  Al principio uno tiende a ser solidario y a dar monedas por sistema a todo aquel que las pide, al final de los periplos viajeros se tiende a viajar blindado ante  irrupciones de esa clase. Antes la opción caritativa de dar la moneda al solicitante tapaba conciencias negras. Posteriormente la solidaridad pasaba por ayudar a la gente a suplirle sus déficits fundamentales.  Ahora la solidaridad no pasa por dar sino por ayudar a liberar a la gente de su falta de recursos. Esto es una idea tanto para el mundo terciario en su conjunto como para los casos particulares de ofertantes como el descrito. Pero vengo observando que ante un no a la demanda de dinero concreto que se te hace, quien la hace ya no quiere saber nada más: no acepta una conversación, no quiere conocer otras ideas, no acepta un replanteamiento de su situación.

El hecho de la ayuda limosnera es en ello mismo un acto de indignidad. Es humillante para quien lo recibe y prepotente para quien lo da. Eso no cambia las estructuras sociales ni separa las relaciones abismales entre clases. Claro que a esta idea, la objeción del criado siempre flota en el aire: cualquier acto indigno deja de serlo dependiendo de la cantidad de la propina o de la dádiva. No todas las ayudas pedidas son aceptables, ni siquiera las enmascaradas en un formato de intercambio como los que se ofrecen como guías de pacotilla.

La bici pinchada

Por YASHUAbcn - 12 de Febrero, 2009, 11:21, Categoría: CIVISMO

El día que me pincharon las ruedas de la bicicleta

Cuando vivía en la calle Roselló, no la de Barcelona Ensanche sino la de Hospitalet  casi en el término municipal entre ambas ciudades, estába(mos) en una escalera de pocos vecinos, unas 4 plantas con dos viviendas en cada uno. Por aquel entonces yo usaba una bicicleta para moverme por ambas ciudades. La bici es el modo de locomoción más rápido que hay por dentro de una ciudad, incluso una como Barna que está levantada sobre  un plano inclinado. El inmueble no tenia ascensor y la escalera era estrecha, con lo cual durante la noche la dejaba debajo de la escalera en un espacio en que no molestaba a nadie, también había un carrito de los de bebé. Salía disparado un cuarto de hora antes de la hora de empezar el trabajo. Cierta mañana, al tratar de hacerlo me encontré con la bici pinchada. Eso me hizo llegar tarde y me ocasionó una seria frustración. No podía entender como alguien decidió hacerme eso sin preavisarme si tanto le molestaba la bicicleta en el lugar. No había tenido ningún problema con ningún vecino al respecto. Tan pronto como pude llamé a todas las puertas preguntando quien lo había hecho sabiendo por supuesto que la mentira era todo l oque obtendría por respuesta pero al menos hice propaganda del agravio y de las consecuencias negativas que me ocasionó este atentado. Redacté algún texto de protesta sobre el tema y me di por rendido. Por aquellas fechas el portabicis encima de mi coche trataron de robarlo en la misma calle.  Mientras el pobre saboteaba al pobre los ricos se iban hinchando de más riquezas. Tuvo que pasar mucho tiempo antes de que las normativas municipales empezaran a contemplar la instalación de cuartos en el vestíbulo para bicicletas o carros de bebé, algo que ya venían haciendo desde décadas países europeos menos anclados en el pasado.

La discusión por un minuto

Por YASHUAbcn - 12 de Febrero, 2009, 11:19, Categoría: CIVISMO

La coquista de un miuto contra el acomodador secuaz.

 Febrero del 2005. Recital entrañable con Georges Moustaki, Paco Ibañez y Marina Rossell en el Palau de la Música. empieza hacía las 9:30 y termina casi a las 12.00 de la noche. las canciones y las voces nos retrotraen a otros tiempos, a los de la utopía y el sueño, a los de la libertad creída y la solidaridad humana. El público llena todos los asientos disponibles. Al terminar, como es lógico se necesita una cierto tiempo para desalojar el fastuoso edificio. Nosotros que hemos estado en la antepenúltima hilera del segundo piso, nos tomamos tiempo permaneciendo en el lugar mientras la multitud va desalojando el anfiteatro. Cuando nos levantamos todavía hay un taponamiento considerable en el hall del primer piso. Decidimos tomar asiento en una de  las mesas de mármol de bar. Inmediatamente viene uno de los acomodadores diciéndonos que ahí no podemos estar. Es posible que haya pensado que habíamos decidido montar nuestro campamento o quedarnos como ocupas. Le contestamos que hay un embotellamiento en el pasillo y que en un minuto nos vamos. Antes de pasar ese período de tiempo (recuérdese, son 60 segundos) vuelve el susodicho afirmando que  el tapón de gente se ha extinguido y que ya podemos irnos. Nos miramos mi acompañante y yo con cara de perplejidad mientras el “..je declare l´etat de bonheur permanente..” resuena en nuestro oídos, y optamos por no contestar al empleado enhiesto. El mismo, según  apenas recordamos, nos ha indicado donde estaba la fila de nuestros asientos. Permanecemos en nuestros asientos. El tipo decide irse, un tanto a la carrera, como si fuera en ayuda de algún pelotón no sé si de grises o gris en cualquier caso, para echarnos a la fuerza.. Pasa el tiempo que habíamos estimado en un principio para que se despejara la escalera de bajada, nos levantamos y marchamos sin tener que andar apretados en las escaleras hasta el vestíbulo de la planta baja. El microepisodio nos da oportunidad de hacer algo de reflexión como tentenpié en tanto  vamos en busca de nuestro vehículo. Probablemente el empleado, harto de sinfonías y conciertos, tiene un pentagrama vacío de notas en su mollera y no puede alcanzar la sutilidad sensible de un público devoto de unas canciones y mensajes que forman parte de sus mismas autobiografías. Concedido. Probablemente el hombre, por el hecho de pertenecer a otra generación nacida, algunos con certificados de conformidad entre los labios pensara que la sensibileria de la música tenia otro revés, el de los tramoyistas y currantes físicos que tienen limpio el local donde tradicionalmente la burguesía hay ido a cultivarse con sonidos. Concedido. Probablemente el tipo cobra un sueldo fijo, y cuando antes cierren las puertas de la calle, antes podrá irse a casa y reunirse con quienes más le importan, los suyos y sus familiares, fuera de canciones fuera de tiempo y de lugar, si eso piensa. Concedido.  Hay tantas probabilidades que probablemente el acomodador  es un santo varón al cual habría que homenajear cada noche tras sesiones de acompañamiento a público, levantar butacas de asientos o indicar donde están los lavabos. Probablemente el acomodador no debería serlo y estar interpretando a Bach en la tarima de abajo. Probablemente el asalariado vive una intensa contradicción en tener un lugar de trabajo en un espacio donde para otros hay un lugar de goce.  Probablemente el  joven tenga muy claro que trabaja por una determinada cantidad de horas y ni un minuto más y no puede conceder que la gente tras un concierto salga flotando por la música o por las voces.

Para nuestro punto de vista, resulta  de una nota desagradable que cuando todavía hay gente en los asientos los empleados celosos de sus empleos estén achuchando a la gente para que abandone el sitio. Resulta ser una anécdota sin importancia pero que indica que la gestualidad anticultural empieza en los mismos espacios de culto a la cultura. El bedel de cualquier parte, de un instituto, una escuela de adultos o una facultad o un ateneo es el contrapunto de las sagradas palabras que se dictan entre sus paredes. El portero de hotel, con o sin chistera, es la contraimagen de lo que se supone se tiene como garantía de tranquilidad y control en su interior. El conserje es el símbolo del aduanero de la realidad: el que nunca permitirá contrabandear con  la pasión sentimental, con el sueño romántico o con el idealismo social. En definitiva el poder del subalterno, del subordinado, del lacayo, no es el de su rebeldía potencial desde la bajura de su  humildad o en su condición de explotado (por mucho que hayamos querido creer en eso)sino la representación de la realidad que hace. Su figura principia la realidad en tanto te recuerda, que no te puedes sentar ni siquiera un minuto - porque emocionalmente lo necesitas por estar bajo la influencia de un concierto apasionante- y te recita la cartilla. Su principio de realidad es tal que te puede malograr los resultados de un acto cultural robusto y echar a perder los 30 euros que has pagado por él. Alternativa: no entrar en el discurso no solicitado y persistir en la actitud propia desde la dignidad del silencio.

Puesto que la vida en sociedad está llena de gente que va recordando las normas (o su lectura de las mismas) a los demás, valdrá la pena seguir perfeccionando la técnica de no intervención ante las actitudes tozudas del personal postizo que estropea los  decorados hermosos.

 

 

Blog alojado en ZoomBlog.com