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La verdad relativa

Por JesRICART - 28 de Enero, 2009, 14:05, Categoría: COMUNICACIÓN

 La verdad relativa o la sinceridad integral imposible.

La sinceridad nos sirve para reconocer que hemos mentido con glamour en el supuesto de que podamos permitirnos hacer el mejor de los balances. La declaración de la sinceridad permanente es propia de las personas insinceras cuya mentira estructural permanente  les impide saber que sus vidas están ocupadas por sus impostores. La sinceridad cuya apología ha sido constante y que sigue teniendo defensas  es declinada por la fuerza de la realidad o los imperativos de las relaciones. De hecho, toda sinceridad es una cruzada contra el tedio y la inercia ordinaria de los demás. Por eso, el acto sincero es una provocación pública y su protagonista es condenado a la indiferencia y la subestimación en el mejor de los casos y al fuego del cadalso en el peor. Juan Cruz Ruiz[1] condensa la fuerza antagonista del agente sincero de esta manera: “El pregonero de la sinceridad es una amenaza social”[2] El elogio de la sinceridad permanente es un valor etéreo que choca prematuramente con los condicionantes del universo infantil y se hace hipócrita en la vida adulta cuando las entregas de cada verdad sólo pueden ser dosificadas y de maneras relativas. Defender la estructura relativa de la verdad es apoyar la tesis de una sinceridad integral imposible. Reconocer tácitamente en el otro el derecho a la prerrogativa de sus presumibles errores pasa por no enfrentarlo desde los razonamientos propios; al callarlos se estable un nexo de insinceridad dentro de una presunción de tolerancia y pacto mutuo.

Pero la insinceridad es un comportamiento universal ampliamente compartido e incrustado en las sociedades basadas en la mentira. Buscar el proceso que las ha configurado así nos lleva al análisis de la estructura vital en la tendencia supervivencial del ser humano. La insinceridad como criterio configurante de la sociedad hipócrita contiene la inteligencia, la astucia y el plan de dominio. Lao Tsé lo dijo así “tan pronto  como la prudencia y la perspicacia existieron se vio nacer una gran hipocresía”. La hipocresía o la hipo-crítica, sitúa a los hablantes en una performance por debajo de lo que saben y en un simulacro substitutorio de lo que les gustaría preguntar o decir. Esta falta en el decir remite a la falta estructural presente en la psique humana cuyo empeño por ser choca contra sus naufragios en la nada o en la incertidumbre. El elogio de la verdad en general es tanto más factible cuanto menos posible es necesario actuarla. Lo que un deseo epistémico instaura un concurso de condicionantes de intereses contrapuestos desbanca. ¿Cómo comunicar la pasión por la mujer del amigo? ¿La codicia por los bienes ajenos? ¿La falta de dominio en el ejercicio del puesto profesional? ¿La poca altura en los roles que las circunstancias pueden llevar a colocarnos? La sociedad cree que se auto-regula por una moral pública en la que el código del honor está impreso de la apología de la verdad y es estricta por lo que hace a mentiras descubiertas[3]. Paralelamente la verdad es algo que se abre paso a través de la mentira y una larga tradición cultural en la literatura y las artes escénicas han enseñado que para hablar según que temas ha sido necesario acudir a vías representacionales, imaginarias y distintas a las reales. La mentira sigue siendo a menudo un recurso para la verdad y la insinceridad  termina por ser algo tan establecido implícitamente que forma parte de los rasgos culturales de las interrelaciones. El deseo de transparentarlo todo es una característica adolescentista. La interacción con el otro colectivo va frenando esta tendencia y va filtrando las cosas decibles de las que no lo son.

 La sinceridad integral tiene un caudal potencial de herida emocional al otro tanto más elevada cuanto menos dispuesto esté a ser descubierto en sus secretos o a mirarse en un espejo  aumentativo. La verdad relativa es un juego verbal disipativo, fallado por los convencionalismos, que esconde la idea de la verdad total imposible aunque en realidad practica la comunicación de acuerdo con ella. Relativizarla toma la manera social -y no sólo académica- de abstraerla para librar las conversaciones de sus contenidos pragmáticos y de las costumbres personalizadoras.  Las ideas pueden ser dichas cuanto más crípticas sean expresadas y  no son toleradas en la proporción directa de la nominalización de las conductas rechazables. Lo que pasa en el orden de las verdades personales o privadas también pasa en el orden de las verdades públicas, de estado y científicas. Las sociedades de cada época se resisten a admitir según que descubrimientos  y sus reconocimientos son demorados al máximo posible si ponen en discusión el rol egocéntrico del hombre o de determinadas creencias o instituciones. Así mismo las familias ocultan las verdades de sus personajes disidentes o problemáticos dentro de sus linajes que puedan dañar sus imágenes de poder o clanes.

 

 



[1] Vinculado a El País.

[2] Juan Cruz, Contra la sinceridad  Martínez Roca.Barcelona  2000 p.94

[3] La sociedad catalana se sintió estafada cuando Enric Marco, presidente entonces de la  Amical Mauthausen que había enseñado en espacios de todo tipo los horrores nazis del holocausto, admitió no haber sido residente nunca de mningun campo de exterminio a partir de las investigaciones realizadas por algunos historiadores y concretamente por Bermejo.Su mentira reconocida sería un duro golpe contra la historiografia basada  en fuentes primarias de confidencialidad oral no apopyada documentalmente y aprovechada  por los negacionistas del holocausto judío. La confesión de Marco no invalidaba su condición de actor real y de mensajero de una información real contra el olvido histórico. Era una revivencia con su confesión del cretense que afirmaba que todos los cretenses eran unos mentirosos. El reconocimiento verdadero de la mentira la invalida de una manera u otra. Terricabras capturó la situación con precisiñón quirúrgico: estábamos ante el caso de un mentiroso que decía la verdad. 

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