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Idealismo y Realismo

Por JesRICART - 28 de Enero, 2009, 13:59, Categoría: DEBAT CRITIC

El fin del idealismo es el momento de crisis y drama en el que uno sabe  que ya no puede intervenir en la salvación del destino de los demás. El idealismo termina cuando su teoría deja de ser una defensa a ultranza de la utopía y su práctica deja de insistir en la modificación proselitista del comportamiento a escala social.

El exceso de realismo empieza cuando  ante la constatación de la tendencia hegemónica social se puede mantener la observación vigilante desligada de la militancia política aunque no se caiga en la obediencia a la conformidad.  La complacencia con la realidad  reduce el grado de disonancia que sus injusticias y alienaciones puedan producir. Mantener el espíritu crítico con ella es un incremento de la disonancia con aquella gente que nunca perdona las verdades. Según Terencio  “La complacencia nos gana amigos, la franqueza odios”. El idealismo es la expresión conceptual de la complacencia con el otro potencial creyéndolo sede de libertades con capacidades suficientes para correr riesgos. En su configuración está presente la falta de análisis riguroso, la inercia a la confianza incondicional, la presuntuosidad de un futuro  feliz con marchamo de inevitabilidad y una fuerte dosis de disculpa de las conductas ajenas interpretándolas como las consecuencias lógicas de los expolios ambientales que hayan sufrido. El idealismo se basa en una metafísica de los sentimientos por los que exculpa cada situación personal en aras a los contextos de un imperio social. A pesar de su inconsistencia en la forma y en el fondo gana suficientes adeptos como para, curiosamente, convertirse en una fuerza objetiva contable y real. Sin el romanticismo idealista no habría habido  visionarios, inventores, aventureros, revolucionarios y gentes múltiples capaces de transfigurar situaciones seducidos por el embrujo de perspectivas ideales. El idealismo persigue objetivos ideales sin partir de los balances que los acrediten. Es un campo de varianzas donde cabe toda clase de locura y de deseo social. Tiene por acepción popularizada la de la gente de conciencias adelantadas que no se dan por rendidas a pesar de todos sus reveses. El idealista es el que construye un imperio de solidaridad desde el patio o la rinconera de un espacio como ha hecho Vicenç Ferrer en la India. El idealista termina por ser el constructor de una parte de la realidad por la que ningún realista hubiera apostado antes de verla con sus propios ojos.

El realismo no se basa en la pretendida sociología científica de reconocimiento de los imposibles y de coincidencia con las corrientes de la historia. El realismo es el intérprete oportunista de la realidad para mantenerse en su inmovilismo cuando le conviene. El realismo se expresa entre conservadores mientras el idealismo es propio de los liberales. Distintos momentos en la historia del pensamiento han alumbrado fracciones entre los unos y los otros. El pensamiento occidental tiene una larga lista de referencias de autores de unas filas u otras aunque bien es cierto que hacer líneas drástica de separación entre ambos campos  no resulta tan sencillo. El realismo es una actitud ante la vida más que un pensamiento desarrollado. No es la escuela es la subordinación a la calle.  Es la actitud de la resignación y la supeditación. El realismo es el nombre del tradicionalismo y consecuentemente de la inmovilidad.  La realidad se vale de sus contingentes realistas que la pactan y la aquietan. La realidad no es nada sin la gente que la hace y la configura. La realidad no es la naturaleza a la que se esconde, no son los edificios que van cambiando según modas, no son las instituciones o las leyes que ocupan las culturas, son sobre todo las gentes que la crean y consolidan. La realidad es la expresión dialéctica de sus miedos y límites. El límite de lo social y de la historia que pueda contener no lo pone el paradigma de la realidad invariable sino la concepción de su pensamiento hegemónico al tildarla de involucionable.

 A pesar de que la conformidad realista se basa en una gran dosis de mentira personal ésta no puede ser sostenida para siempre. En principio nadie podría llevar su mentira hasta el final de sus días pero los recursos mediáticos recientes están permitiendo dar soporte a personalidades vácuas y generaciones de seres sin pensamiento autónomo aunque cuenten con argumentos inducidos y con performances más o menos atrayentes.  Asistimos a un fenómeno masivo de vacuïdad en el que la falta de personalidad y de verdad esencial pretende ser cubierta con la pantomima de las modas y las frases hechas. Todo el mundo lleva su disfraz aunque necesite de tarde en tarde decir que lo es. Séneca enseñó que   “nadie puede llevar mucho tiempo el disfraz”. Las vidas personales se ven cruzadas por influencias inicialmente realistas y episódicamente realistas. En ambos campos tiene que sobrevivir como sujeto transicional y proyecto de novedades, de otro modo sucumbe al tedio de lo cotidiano inamovible y a la otra mentira de todo ideal posible. El idealismo de lo social se corresponde con el ideal del yo. Aquel choca con el realismo de una sociedad sin perspectiva de liberación y este con el yo austero y restricto de una personalidad limitada cuando no traumada.

 

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