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28 de Enero, 2009

Libertad de sujeto y reacción pública

Por YASHUAbcn - 28 de Enero, 2009, 14:06, Categoría: General

El alcance social se hace sobre la base del examen de los comportamientos. La gente es medida por lo que hace y la noción de Ser queda, predominantemente, circunscrita a los cálculos del Hacer. En esta estimación se comete una trampa de método al presumir que todo aquello que se hace forma parte voluntaria del ser, y toda conducta es una opción elegida. En realidad los actos son a menudo reactivo-mecánicos y no pasan por la criba de la reflexión y de su valoración completa siendo, en lugar de elecciones, respuestas automáticas.  Kant, siempre presente en la historia contemporánea de la filosofía, es recordado[1], como el gran inoculador del concepto de autonomía en el ser humano, estimado como un fin en sí mismo, como un creador pro-activo y no como un vasallo servil de las circunstancias o como un conjunto de reacciones ante el medio. Es antes que nada el agente de experiencias que revierten a sí mismo con las que aprender de sí mismo y de la vida. 

La denominada  experiencia humana genera una teoría sobre el saber y con ella la conciencia de los límites y de los imposibles. La experiencia da por conclusión un imposible existencial si por existencia entendemos la expresión de la vida en toda su potencia y magnitud. Y a la vez un posible de realización, si entendemos por realizativo todo aquello que hace coincidir en el deseo con su incorporación a los hechos prácticos que dan respuesta a situaciones y complacen al actor como lo constitutivo de su vida.  La libertad de sujeto es posible y  mensurable  en tanto es soberano con sus elecciones fundamentales, en particular las que le comprometen el pensamiento y el tiempo de actuación; y en tanto que su reacción pública y social no se afilia  a modas o  movimientos de adhesión sin  corresponderse él yo con la sustancia de aquellos.

No es más libre quien más clama en las poltronas de la protesta o del parlamento o del griterío, sino quien más consigue desembarazarse  de la necesidad de demostrar lo que uno es, desea y siente en contextos que no escuchan, admiten o entienden. La libertad de sujeto es la que puede prescindir de la reacción pública en el doble rol posible de aquel: como  espectador de la misma y como actor participativo. Negarse como lo uno y como lo otro puede confundirse con la absoluta indiferencia ante los avatares que le suceden a la especie de pertenencia aunque también forma parte del protocolo de la soberanía individual para vivir la vida preferida aunque sea desde el aislamiento social. Será interesante seguir al detalle el proceso biográfico de la soberanía personal vinculada y comparada a los procesos gregarios y colectivos de autonomía nacional  y construcción de una identidad étnica.  La identidad de pueblo por importante que sea en los desarrollos de los valores y los métodos de pensar de los individuos que lo integran no puede nunca arrogarse el derecho de aplastar la identidad personal. Por encima de la identidad de la nación está la identidad personal, por encima de la lengua de los contextos están los textos personales como interiorización del pensamiento personalizado. La libertad de sujeto no puede venderse como moneda de cambio por la libertad pública. Quien se autoniega en aras a la patria o al otro o a las necesidades del momento histórico deja de vivir sus potencias y no necesariamente ayuda a que las vivan los demás. Aunque la función del héroe es histórica y socialmente necesaria para la ilustración de modelos a seguir, las biografías heroicas están plagadas de personalismos y alienaciones de individuos a sus roles que las circunstancias les han preparado para que ejecuten fielmente.

La libertad de sujeto está por encima de las consideraciones de las sensibilidades coyunturales donde se ejerce. Inevitablemente el individuo expansivo chocará con los límites de sus contextos, es decir con las vigilancias y controles de los demás. Necesariamente la conducta libertaria en su lucha por la soberanía personal será restringida por la fuerza de la costumbre inactiva, el uno tenderá  a ser diluído por el todo, el individuo por la masa, el criterio personal por la eclosión multitudinaria. Si no hay sujetos libertarios no hay protagonistas de la historia y aún menos de la realidad personal innovada. Las resoluciones individualistas y vanguardistas encontrarán el freno en la mansedumbre colectiva que nunca confía totalmente en el cambio de las cosas. Los individuos se pierden a la espera de las condiciones objetivas de  las conciencias de los pueblos que se retardan en llegar. Un individuo para ser tiene que estar por encima de las reacciones públicas que no le autorizan a su realización.



[1] Adela Cortina  La herencia de un filósofo, donde recuerda a Kant ante el cumplimiento de los 200 años de su muerte.El pais, 7 de febrero del 2004

La verdad relativa

Por JesRICART - 28 de Enero, 2009, 14:05, Categoría: COMUNICACIÓN

 La verdad relativa o la sinceridad integral imposible.

La sinceridad nos sirve para reconocer que hemos mentido con glamour en el supuesto de que podamos permitirnos hacer el mejor de los balances. La declaración de la sinceridad permanente es propia de las personas insinceras cuya mentira estructural permanente  les impide saber que sus vidas están ocupadas por sus impostores. La sinceridad cuya apología ha sido constante y que sigue teniendo defensas  es declinada por la fuerza de la realidad o los imperativos de las relaciones. De hecho, toda sinceridad es una cruzada contra el tedio y la inercia ordinaria de los demás. Por eso, el acto sincero es una provocación pública y su protagonista es condenado a la indiferencia y la subestimación en el mejor de los casos y al fuego del cadalso en el peor. Juan Cruz Ruiz[1] condensa la fuerza antagonista del agente sincero de esta manera: “El pregonero de la sinceridad es una amenaza social”[2] El elogio de la sinceridad permanente es un valor etéreo que choca prematuramente con los condicionantes del universo infantil y se hace hipócrita en la vida adulta cuando las entregas de cada verdad sólo pueden ser dosificadas y de maneras relativas. Defender la estructura relativa de la verdad es apoyar la tesis de una sinceridad integral imposible. Reconocer tácitamente en el otro el derecho a la prerrogativa de sus presumibles errores pasa por no enfrentarlo desde los razonamientos propios; al callarlos se estable un nexo de insinceridad dentro de una presunción de tolerancia y pacto mutuo.

Pero la insinceridad es un comportamiento universal ampliamente compartido e incrustado en las sociedades basadas en la mentira. Buscar el proceso que las ha configurado así nos lleva al análisis de la estructura vital en la tendencia supervivencial del ser humano. La insinceridad como criterio configurante de la sociedad hipócrita contiene la inteligencia, la astucia y el plan de dominio. Lao Tsé lo dijo así “tan pronto  como la prudencia y la perspicacia existieron se vio nacer una gran hipocresía”. La hipocresía o la hipo-crítica, sitúa a los hablantes en una performance por debajo de lo que saben y en un simulacro substitutorio de lo que les gustaría preguntar o decir. Esta falta en el decir remite a la falta estructural presente en la psique humana cuyo empeño por ser choca contra sus naufragios en la nada o en la incertidumbre. El elogio de la verdad en general es tanto más factible cuanto menos posible es necesario actuarla. Lo que un deseo epistémico instaura un concurso de condicionantes de intereses contrapuestos desbanca. ¿Cómo comunicar la pasión por la mujer del amigo? ¿La codicia por los bienes ajenos? ¿La falta de dominio en el ejercicio del puesto profesional? ¿La poca altura en los roles que las circunstancias pueden llevar a colocarnos? La sociedad cree que se auto-regula por una moral pública en la que el código del honor está impreso de la apología de la verdad y es estricta por lo que hace a mentiras descubiertas[3]. Paralelamente la verdad es algo que se abre paso a través de la mentira y una larga tradición cultural en la literatura y las artes escénicas han enseñado que para hablar según que temas ha sido necesario acudir a vías representacionales, imaginarias y distintas a las reales. La mentira sigue siendo a menudo un recurso para la verdad y la insinceridad  termina por ser algo tan establecido implícitamente que forma parte de los rasgos culturales de las interrelaciones. El deseo de transparentarlo todo es una característica adolescentista. La interacción con el otro colectivo va frenando esta tendencia y va filtrando las cosas decibles de las que no lo son.

 La sinceridad integral tiene un caudal potencial de herida emocional al otro tanto más elevada cuanto menos dispuesto esté a ser descubierto en sus secretos o a mirarse en un espejo  aumentativo. La verdad relativa es un juego verbal disipativo, fallado por los convencionalismos, que esconde la idea de la verdad total imposible aunque en realidad practica la comunicación de acuerdo con ella. Relativizarla toma la manera social -y no sólo académica- de abstraerla para librar las conversaciones de sus contenidos pragmáticos y de las costumbres personalizadoras.  Las ideas pueden ser dichas cuanto más crípticas sean expresadas y  no son toleradas en la proporción directa de la nominalización de las conductas rechazables. Lo que pasa en el orden de las verdades personales o privadas también pasa en el orden de las verdades públicas, de estado y científicas. Las sociedades de cada época se resisten a admitir según que descubrimientos  y sus reconocimientos son demorados al máximo posible si ponen en discusión el rol egocéntrico del hombre o de determinadas creencias o instituciones. Así mismo las familias ocultan las verdades de sus personajes disidentes o problemáticos dentro de sus linajes que puedan dañar sus imágenes de poder o clanes.

 

 



[1] Vinculado a El País.

[2] Juan Cruz, Contra la sinceridad  Martínez Roca.Barcelona  2000 p.94

[3] La sociedad catalana se sintió estafada cuando Enric Marco, presidente entonces de la  Amical Mauthausen que había enseñado en espacios de todo tipo los horrores nazis del holocausto, admitió no haber sido residente nunca de mningun campo de exterminio a partir de las investigaciones realizadas por algunos historiadores y concretamente por Bermejo.Su mentira reconocida sería un duro golpe contra la historiografia basada  en fuentes primarias de confidencialidad oral no apopyada documentalmente y aprovechada  por los negacionistas del holocausto judío. La confesión de Marco no invalidaba su condición de actor real y de mensajero de una información real contra el olvido histórico. Era una revivencia con su confesión del cretense que afirmaba que todos los cretenses eran unos mentirosos. El reconocimiento verdadero de la mentira la invalida de una manera u otra. Terricabras capturó la situación con precisiñón quirúrgico: estábamos ante el caso de un mentiroso que decía la verdad. 

La no-respuesta y su fraqueza

Por JesRICART - 28 de Enero, 2009, 14:01, Categoría: COMUNICACIÓN

La no-respuesta y la franqueza cuestionada  que hay detrás.

Los estados de no respuesta están permanentemente presentes en los campos comunicacionales. Obedecen a distintos factores causales:

uno, porqué se carece de respuesta lo cual evidencia  una ignorancia.

dos, porqué la que se tiene es incoherente y falta de ética, lo cual evidencia o la falta de inteligencia o la prepotencia de unos intereses inconfesables o ambas cosas a la vez.

tres,  por protocolo o por  la inconveniencia política de hablar o contestar  lo cual prioriza la hipocresía

y cuatro, por la evitación de situaciones emocionalmente difíciles de tratar lo cual establece la presunción de la propia  vulnerabilidad.

La comunicación interhumana  se empantana en laberintos de difícil salida cuando encierra datos o prohíbe argumentos o elude respuestas correspondientes a sus preguntas específicas. Es así que se encalla en espacios de desinformación y silencio a costa de la verdad y la autenticidad de los procesos de relación.  Desgraciadamente la llamada verdad sólo puede ser la resultante de inferencias y análisis por encima de confesiones y declaraciones. La verdad se sirve de la sinceridad aunque sean cosas distintas y esta se genera a partir de necesidades subjetivas en contextos objetivos para su permisividad. En tanto que no es -o no pude ser-  ejercida por sistema, la complicación de las producciones comunicativas incrementa la formación de sus ficciones adoptadas por más seguidores en detrimento del conocimiento público de las leyes que mueven  las razones del contacto humano. El debate significativo no es el refrendo acerca de si hay que ser o no sincero ante las encrucijadas existenciales  sino si ésta es posible ser establecida de una manera permanente. Para André Maurois “Ser sincero no es decir todo lo que se piensa sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa”. Decir todo lo que se piensa es un imposible fáctico , una irreverencia personal y una  indeseabilidad coyuntural. Decirlo fraccionalmente y en la medida de las posibilidades de cada hablante de acuerdo con la situación atencional de quien le interese proporciona elementos para pedir la ampliación de respuestas en tanto se busque su facilitación.

A mayores situaciones  vividas de no respuesta, el hablante puede  zafarse provisionalmente de la disonancia concreta con el medio que le pregunta, pero eso le lleva a refugiarse en su fortín de privacía, o en su mundo interior aparte  que no tendrá nada que ver con su apariencia.

Por el contrario, a  una cantidad mayor de situaciones de respuesta el hablante puede colocar su rol y espacio ante el mundo, defender su identidad sin  tener porqué esconderla y autentificar su ser a partir de esa interacción entre las adversidades que encuentra y el discurso que presenta. Ambos criterios pueden coexistir en una misma biografía: la necesidad subjetiva del decir varía a lo largo del itinerario existencial. Vasco Patrolini lo reflejó gráficamente “Teníamos veinte años y éramos sinceros” Tener 40 o 50  o más y seguir necesitando decir  lo que  te parece continuamente el mundo y los demás es más una pulsión que obedece a una trama psíquica que una  necesidad de verdad y de coherencia personal. Llega un momento vital en que deja de ser necesario hablarlo todo o que, el balance de sus costes al hacerlo, lleva a desestimar tal operación dejando para otros que ocupen la escena pública con sus tejidos de adjetivos y descalificaciones mientras el hablante prefiere ser más pensante que coreógrafo[1] , más reflexivo que expresivo y más  analítico que proyectivo. La escena pública es el lugar de confrontación de las propias tesis pero también el lugar de erosión de los predicados. El otro pone la fuerza de la duda en cualquier afirmación y eso lo valida en su diferencia y en su peso en la elaboración y avance de la historia del pensamiento. A la vez el otro no es siempre un contrincante de la controversia interesado en una metodología de transparencia sino que puede adoptar el rol del chacal dispuesto a destripar cualquier signo de vida y dato de inteligencia. La controversia pública es tanto menos significativa cuánto más se repite los monigotes en la palestra del engaño o de la representación mímica. Tampoco en la privacía es posible decirlo o transparentarlo todo. No todas las preguntas tienen respuesta y lo que es mas significativo hay preguntas en que dejan de ser hechas. El interrogatorio al otro sobre sí mismo para hacer un balance inmediato y calcular las posibilidades de fusión o de rentabilidad que pueda tener la unión con  él, es algo culturalmente inaceptable. El interrogatorio es para las comisarías y los centros de tortura, la poesía para los encuentros selectivos de humanos sentimentales. Quererlo saber todo del otro remite en el fondo al deseo de quererlo controlar. Autodefensivamente no entregarse más que a dosis es una manera supervivencial de coexistir con un variado mundo de relaciones en las que cada persona vive fortificada en sus corazas, sus prevenciones, sus miedos y sus fijaciones.  La no-respuesta en los actos culturales o en los parlamentos políticos o en los ámbitos científicos son maneras tácitas que evidencian una imposibilidad de saber o una falta de coherencia o de completud. Difícilmente alguien reconoce en público no tener la respuesta. En lugar de eso opta por decir otra aunque no sea la pedida. En el ámbito privado la no-respuesta encubre los déficits inherentes a la propia biografía y a una vida compartida con otro. Hay relaciones convivenciales  que pueden durar toda una vida sin abordar determinados temas tabúes o preguntas dañinas así como hay asociaciones y empresas que se mantienen una década tras otra por funcionar sobre la base implícita de no tocar algunos temas que podrían generar conflictos irresolubles y , posiblemente, disoluciones. En ambas situaciones la franqueza queda cuestionada y la transparencia de la que hacía elogio Octavio Paz queda como un criterio latente cuya utilizabilidad sistemática resulta conflictiva.



[1] en Cinema Paradiso, Alfredo el  maquinista de cine que perdió la vista por accidente le dice a Totó cuando  lo visita en su postración: tarde o temprano, hablar o callar viene a ser lo mismo, por lo tanto prefiero callar.

Idealismo y Realismo

Por JesRICART - 28 de Enero, 2009, 13:59, Categoría: DEBAT CRITIC

El fin del idealismo es el momento de crisis y drama en el que uno sabe  que ya no puede intervenir en la salvación del destino de los demás. El idealismo termina cuando su teoría deja de ser una defensa a ultranza de la utopía y su práctica deja de insistir en la modificación proselitista del comportamiento a escala social.

El exceso de realismo empieza cuando  ante la constatación de la tendencia hegemónica social se puede mantener la observación vigilante desligada de la militancia política aunque no se caiga en la obediencia a la conformidad.  La complacencia con la realidad  reduce el grado de disonancia que sus injusticias y alienaciones puedan producir. Mantener el espíritu crítico con ella es un incremento de la disonancia con aquella gente que nunca perdona las verdades. Según Terencio  “La complacencia nos gana amigos, la franqueza odios”. El idealismo es la expresión conceptual de la complacencia con el otro potencial creyéndolo sede de libertades con capacidades suficientes para correr riesgos. En su configuración está presente la falta de análisis riguroso, la inercia a la confianza incondicional, la presuntuosidad de un futuro  feliz con marchamo de inevitabilidad y una fuerte dosis de disculpa de las conductas ajenas interpretándolas como las consecuencias lógicas de los expolios ambientales que hayan sufrido. El idealismo se basa en una metafísica de los sentimientos por los que exculpa cada situación personal en aras a los contextos de un imperio social. A pesar de su inconsistencia en la forma y en el fondo gana suficientes adeptos como para, curiosamente, convertirse en una fuerza objetiva contable y real. Sin el romanticismo idealista no habría habido  visionarios, inventores, aventureros, revolucionarios y gentes múltiples capaces de transfigurar situaciones seducidos por el embrujo de perspectivas ideales. El idealismo persigue objetivos ideales sin partir de los balances que los acrediten. Es un campo de varianzas donde cabe toda clase de locura y de deseo social. Tiene por acepción popularizada la de la gente de conciencias adelantadas que no se dan por rendidas a pesar de todos sus reveses. El idealista es el que construye un imperio de solidaridad desde el patio o la rinconera de un espacio como ha hecho Vicenç Ferrer en la India. El idealista termina por ser el constructor de una parte de la realidad por la que ningún realista hubiera apostado antes de verla con sus propios ojos.

El realismo no se basa en la pretendida sociología científica de reconocimiento de los imposibles y de coincidencia con las corrientes de la historia. El realismo es el intérprete oportunista de la realidad para mantenerse en su inmovilismo cuando le conviene. El realismo se expresa entre conservadores mientras el idealismo es propio de los liberales. Distintos momentos en la historia del pensamiento han alumbrado fracciones entre los unos y los otros. El pensamiento occidental tiene una larga lista de referencias de autores de unas filas u otras aunque bien es cierto que hacer líneas drástica de separación entre ambos campos  no resulta tan sencillo. El realismo es una actitud ante la vida más que un pensamiento desarrollado. No es la escuela es la subordinación a la calle.  Es la actitud de la resignación y la supeditación. El realismo es el nombre del tradicionalismo y consecuentemente de la inmovilidad.  La realidad se vale de sus contingentes realistas que la pactan y la aquietan. La realidad no es nada sin la gente que la hace y la configura. La realidad no es la naturaleza a la que se esconde, no son los edificios que van cambiando según modas, no son las instituciones o las leyes que ocupan las culturas, son sobre todo las gentes que la crean y consolidan. La realidad es la expresión dialéctica de sus miedos y límites. El límite de lo social y de la historia que pueda contener no lo pone el paradigma de la realidad invariable sino la concepción de su pensamiento hegemónico al tildarla de involucionable.

 A pesar de que la conformidad realista se basa en una gran dosis de mentira personal ésta no puede ser sostenida para siempre. En principio nadie podría llevar su mentira hasta el final de sus días pero los recursos mediáticos recientes están permitiendo dar soporte a personalidades vácuas y generaciones de seres sin pensamiento autónomo aunque cuenten con argumentos inducidos y con performances más o menos atrayentes.  Asistimos a un fenómeno masivo de vacuïdad en el que la falta de personalidad y de verdad esencial pretende ser cubierta con la pantomima de las modas y las frases hechas. Todo el mundo lleva su disfraz aunque necesite de tarde en tarde decir que lo es. Séneca enseñó que   “nadie puede llevar mucho tiempo el disfraz”. Las vidas personales se ven cruzadas por influencias inicialmente realistas y episódicamente realistas. En ambos campos tiene que sobrevivir como sujeto transicional y proyecto de novedades, de otro modo sucumbe al tedio de lo cotidiano inamovible y a la otra mentira de todo ideal posible. El idealismo de lo social se corresponde con el ideal del yo. Aquel choca con el realismo de una sociedad sin perspectiva de liberación y este con el yo austero y restricto de una personalidad limitada cuando no traumada.

 

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