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La manifestación: la protesta ritualizada

Por Néstor Estebenz Nogal - 24 de Enero, 2009, 15:56, Categoría: ECOSdeSOCIEDAD

El último despliegue contestatario contra las malas artes israelíes ha arrojado  una racha de comentarios contrapuestos que hacen pensar que la unidad de las manis no es tan unívoca como parece. Una manifestación política no deja de ser un acto de palabra en el cual ésta queda pre-pactada (las consigas concretas que van a ser voceadas). Esto es asi para quelas negociaciones interpartidistas puedan surtir efecto. Las plataformas que surgen como coordinadoras  puntuales reactivas a coyunturas ya se fundamentan en unos cuantos postulados (no tantos) para facilitar la cohesión. Una vez decidido y organizado la concentración multitudinaria, en la que el itinerario es predecible, el aspecto resultante es el de todos a una con un sonoro no a la guerra o una oposición explicita a los ultrajes mas recientes que empañan la coyuntura. Colateralmente concurren otros eslóganes complementarios, pero también otros más que no tienen nada que ver con el asunto (Alá es grande). El acto suele terminar con la lectura de un manifiesto público. Desde hace algún tiempo se puso de moda que los encargados de estas lecturas fueran gente especialmente reconocida por su imagen dentro del campo de la farándula, o por personalidades con nombres prestigiosos. Ese no es un detalle banal. La manifestación  autorizada que se distingue, sobre todo, por su masividad y anonimato, concentra la expectación en una/s cabeza/s visibles reconocibles que por su arte y parte en la mediática tenga una imagen sin mácula.

Todo el proceso es una forma de concretar la libertad de expresión pero con recortes tales (a los que induce la misma negociación para el acuerdo unitario) que no permiten toda la expresión. Ciertamente en un acto multitudinario caben sub-actos en los que hay iniciativas e imaginería vertebrados en torno a la idea común, también otros que se descontrolan y llevan la radicalidad hasta los destrozos o la violencia. Lo interesante de la manifestación es que contra lo que se cree no deja de ser un acto teórico en el que la idea de una política internacional, de un mundo distinto o de una  noción de paz, en lugar de ser defendida en formas orales o escritas en otros círculos menores, se hace de una forma contundente y única tomando la calle por unas horas. Cada manifestación vive la ensoñación de su ¡basta ya!  Su inmediatismo recuerda el infantilismo del bebé que no le ha dado tiempo de aprender el ritmo de las cosas y entender la necesaria  demora en los procesos y cuando tiene hambre quiere inmediatamente la ingesta nutricia. Una multitud  tampoco ejerce todo su peso aunque se manifieste con la voz unitaria de parar una guerra o una invasión. Para los soldados o invasores eso son sólo murmullos de mosca mientras esos murmurantes no vayan directamente a pararles los pies. Un verso que lo pida no significa taponar cañones o reciclar como acero la artillería. Hay algo de la manifestación que moviliza para pedir lo que solo va a quedar como un gesto testimonial que es totalmente hipócrita. El rito permite la descarga catártica del malestar y de la necesidad de expresar una opinión en contra del estado de las cosas. La protesta se opone a una realidad tal como nos es vendida y, por supuesto sin ella, es probable que una buena parte de la ciudadanía siga en la inopia total pensando que todo está bien. La protesta, en sus distintas variantes, hace de indicador del submundo ideológico que hay en país. El viajero que recorre geografías nada más cruzar una frontera advierte el estado de la sociedad de fondo viendo los indicadores de protestas escritas en las paredes o en los actos públicos que denuncian circunstancias inaceptables.  En principio un país activo es el que su pueblo se preocupa por su destino y vigila las operaciones de su gobierno para que no le time. La protesta nace como legítimo derecho al recurso de la crítica libre. Los modelos democráticos son los que más la aceptan, aunque cuando determinados sectores (como los del funcionariado) se la plantean, a las autoridades no les gusta. Las manifestaciones sí, dicen, pero solo se las contempla como actos testimoniales no para recoger o reconsiderar sus reivindicaciones. Establecer la causa directa de una protesta para la conquista de algo: el cese de una violencia, la readmisión de despedidos, la libertad de detenidos, la paralización de unas obras antiecológicas o la rehabilitación de un solar como parque no siempre es tan fácil de establecer. Lo es más hipotetizándolo como causa indirecta. Lo que sí es más fácil de establecer es la conexión entre conquistas menores y acciones contundentes exigiéndolas (aumentos de salarios o mejoras urbanísticas determinadas). Cuanto más estructural sea un objetivo y más complejo por su entramado en el panorama internacional más difícil es demostrar que el movimiento social protestatario sea la única forma de conseguir resultados sociales. Al revés, cuanto más puntualista y materialista sea más fácil es de conseguirlos, pero se sabe bien la circularidad de las conquistas salariales que luego so absorbidas por los aumentos de precios. La protesta pública tiene una segunda discusión: la de que forma parte del espectáculo social. Tener un lugar donde ir a protestar, un dia y una hora, aceptando una coordinadora neutra no sospechosa de ideologismos ni partidismos no deja de ser una escusa para el paseo, para encontrarse con caras conocidas, para pulsar en directo la situación, para creerse incluso que así se cambia la historia y para descargar la conciencia conformista del quedarse en casa sin hacer nada. La frase se dice de corrido: ¿quedarse en casa implica no hacer nada?  Luego se escrutará cada detalle de la manifestación: quienes han ido y quienes no, quienes han cumplido con su deber solidario (se llegan a escuchar galimatías de contertulios que se preguntan si un conseller como Saura se puede o no permitir ir a una manifestación política y uno cambia de dial) y se hará un balance para la publicación inmediato acerca del éxito de asistencia, raramente el análisis de contenidos trascenderá a la resonancia mediática,

Retrocedamos en el sentido del concepto: manifestar es un verbo anterior a los actos públicos llamados manifestaciones. La lucha por las verdades es algo anterior y posteriores a las manifestaciones, más bien el acto manifestativo puntual no pasa de ser una fiesta de la forma, un lugar de altoparlantes del texto  estable, oral o escrito. Una opinión critica expresada en el ámbito privado o doméstico o en el mini-público, en un aula o una conferencia, no es mas critica por el hecho de ser compartida por millones de personas declamándola en la plaza del obelisco o en las coordenadas neurálgicas de cada ciudad.

Los ecos de las manifestaciones no paran de llegar a los receptores. No hay ningún sujeto por contestatario que sea que acuda a todas las convocatorias de protesta: unas sí, otras no, y a las que se va tampoco significa que se acepte todo lo que converge en ella. Por encima de la importancia puntual de la manifestación está la continuidad coherente en cada vida personal del objetivo conectado de aquella con la lucha por una vida feliz ganada día a día.

Tras el acto catártico de muchas manifestaciones, el cambio de resultados en el escenario internacional (tomemos el cese de la ofensiva contra Gaza, previsto desde el principio de ella) habrá quien ingenuamente creerá que ha sido su manifestación la que ha hecho cambiar el registro del combate. Habrá que preguntarle porque no se siguen convocando manifestaciones para el derrocamiento del nuevo muero de la vergüenza, el uso de armas prohibidas exigiendo sanciones internacionales por haberlo hecho o  por el fin de ventas de armas del gobierno español,  y por otros asuntos menos vistosos espectacularmente pero más revolucionarios.

Las guerras por luctuosas que sean no son los únicos escenarios criminales. La gente también muere porque se le caen muros encima por no aguantar ráfagas de viento pero también por estar mal construidos o no estar revisados, por ingerir productos en mal estado o por caerse de sus andamios e condiciones laborales estresantes.

La lucha política más importante no es la de la manifestación, tampoco las declaraciones y manifestaciones públicas de las autoridades sino la del dia a dia cualificando la vida en lo concreto, mejorando cada cual como persona.

 

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