El Blog

 
 

Calendario

<<   Enero 2009  >>
LMMiJVSD
      1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31  

Sindicación

Alojado en
ZoomBlog
 

El ruido verbal

Por JesRICART - 21 de Enero, 2009, 12:59, Categoría: COMUNICACIÓN

La contaminación acústica constituye un verdadero dolor de cabeza. Quien tiene la mala suerte de tener un local nocturno en su edificio o vivir en una calle de ajetreos festivos, concentracionarios de litronas y otros noctámbulos que necesitan del ruido como acto de autoafirmación cabe acompañarlo en el sentimiento. Los vecinos se defienden contra los ruidos no buscados con cubos de agua, habrá quien lo hace con escupitajos otros líquidos infames. Cuando se empezó a hablar de contaminación por ruido se pensaba automáticamente en industrias pesadas y desconsideradas. Una larga historia de regulaciones y normativas fue controlándolas, pero la cosa no terminaba ahí: uno de los ruidos más insoportables de la vida diaria es el de los automóviles y sus bocinas. Detrás de cada acto ruidoso hay un ser humano que lo produce. El problema ya no es de las grandes máquinas sino de los pequeños individuos que sumados en forma de masa pueden producir situaciones insoportables. Más que murmullo lo que se escucha de una sala llena de gente hablando o gritándose, es una especie de run-run en el que no se entiende nada.  Hay otra variedad más sutil del ruido verbal que es el de la palabra tranquilla pero no por eso aceptable. La gente cuando se encuentra habla, habla por todo y por cada cosa, no puede estar callada. La propiedad de hablar es que pone e evidencia al hablante. En muchas ocasiones puedes pensar ante tu hablante ¿por qué no te callaras de una vez? ante una hemorragia de sílabas sin ton ni son. El ruido verbal forma parte de los ecos urbanos. Basta salir a una calle concurrida para tenerlo como telón de fondo. La mayor parte de frases con las que te cruzas acústicamente no tienen el menor interés. Muchas de estas mismas frases te las encuentras portadas por tu interlocutor con el que tienes una cita o porque forma parte de tu ámbito personal. Por deferencia lo atiendes aunque no te interese lo que dice  lo más mínimo. En mi condición de sujeto reservado poco dedicado al hablar he tenido tiempo de observar las mil y una formas de habla, también las formas de escucha. Según la sensibilidad específica de cada cual se pueden vivir experiencias curiosas en los dos registros: hablando por sospechar que no se entiende o no interesa lo que se dice, y escuchando por perder un tiempo valioso en sandeces. La gente necesita hablar porque así le parece estar más viva. En el acto de habla hay una auto confirmación del yo en activo. El hablante se distingue por sus actos de habla pero no todos los actos de habla se distinguen por la inteligencia si bien sí son actos de significado. La mal llamada sociedad multicomunicada inunda de prosas de todo tipo todos los ámbitos con tal extensión y profusión de incongruencias que o es extraño que algunas filosofías se distingan por abogar a favor del silencio.

Sin llegar a la patología del verborrágico compulsivo hay un tipo de agentes verbales que utilizan cualquier pretexto para hablar sobre lo que sea sin que venga a cuento o tenga un interés verdadero para lo que se está hablando en el momento o para lo que se está preguntando. Una recepción crítica y precisa de lo que se escucha puede llegar a conclusiones alarmantes que si se atreve a decirlas en voz alta in situ incorpora un elemento de fricción considerable: mira de todo lo que más has dicho solo me interesa la parte que hace referencia a la cuestión equis. Es tanto como decir:  todo lo demás podías haberlo callado y os habríamos evitado el gasto de la media hora que has empleado.  En general,  a toda la parafernalia que se añade sin tener sentido ni justificación para el momento dado, se le puede llamar ruido verbal. Las frases puede ser ocurrentes y algunas referencias mencionadas de paso tener un interés secundario pero por lo demás son superfluas. Una buena parte de producciones verbales son superfluas y por añadidura estériles, lo que explica que sigan produciéndose es que justifican una actuación. Esto no solo se da en el ámbito de la oralidad sino también en otras conductas humanas: desplazamientos físicos innecesarios, actuaciones desajustadas con las demandas situacionales o producciones gráficas desmesuradas para el objetivo expresivo planteado. Con respecto a esto último  no deja de ser curioso que quien practique el ruido verbal consumiendo preciosos tiempos con peroratas que se pueden evitar e infos duplicadas se queje por la extensividad expresiva gráfica. Al revés quienes nos quejamos del ruido verbal nos resarcimos con textos en los que exponer, desarrollar y en definitiva decir lo que el espacio acústico no le permite entrar. Cuanto mas he ido participando en los actos de habla menos sentido le encuentro a una buena parte de ellos. Hay gente que necesita hablar de una forma pulsional porque en ello empeña su dictum, su ordeno-y-mando sutil, su rol directivo.

La tesis de todo el asunto es la confirmación entre ruido verbal y  primitivismo. Por lo general no quien habla más sabe más sino más bien lo contrario. Su habla, es un acto escénico que remite a la necesidad de ser escuchado, de tener público o ya –en la degradación de ese rol- de ser obedecido.

Volviendo a la comparativa de la contaminación acústica más desagradable, la de los vecinos que no son respetuosos exagerando con su ruido, el ruido verbal en actos de habla ordinarios no contemplan las pautas de respeto. Una vez traté a una individuo compulsivo-verbal que era capaz de despertar a sus compañeros de piso para irles a soltar sus confidencias. Recogí esa experiencia en Pat y Jim: diálogos convivenciales donde el protagonista masculino seguía con su trabajo con tapones en los oídos mientras la protagonista patológica seguía con su perorata aunque no la escuchara. Una de las cosas peores que se le puede hacer a una persona es no escucharla pero a su vez la no-escucha forma parte del recurso natural a la autodefensa cuando no hay otra posibilidad de escapada.

Afortunadamente para los hablantes, la gama de discursos es tal que es prácticamente infinita. El hablante ávido de público con suficiente adaptación podrá hablar de lo que sea incluyendo el tema de la autocritica por ser un hablante abusivo con tal de seguir hablando. Hay culturas más dadas a la meditación o al silencio y menos necesitadas de las estridencias orales. Cuando  es detectado alguien que habla por hablar sin ajustar su expresión a un decir y a unos significantes lo mejor que se puede hacer es reducirlo para no cosumir tiempo personal propio. Esto pasa por los silencios y las exclusiones. La forma más educada de excluir a otro que produce ruido verbal es autoexcluyéndose del campo acústico al que llega su voz. Eso no quiere decir negar la comunicación sino oponerse a esa forma verbal de protagonismos que en realidad tampoco quieren hacerla. Hay países en los que se habla más y se dice menos comparativamente a otros. Mejor no señalar. Cuando pregunto algo a alguien y para contestarla necesita contarme su vida o bien me la cuenta igualmente sin tampoco contestar a la pregunta procuro no elegirlo para otra pregunta una próxima vez y me pongo a salvo para no repetir el mismo tiempo muerto. Es como uno de esos chistes malos que por muchas veces que te lo cuenten nunca lo recuerdas para reproducirlo.

Blog alojado en ZoomBlog.com