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Las persecuciones con coches

Por JesRICART - 20 de Enero, 2009, 18:51, Categoría: ARTESUMA

Que vivimos en un mundo cuya poderosa industria de la mentira nunca está en crisis es una verdad demasiado seria como para ignorarla. La mentira es tan exagerada que incluso en los relatos de ficción se copian actuaciones que so insostenibles de acuerdo con las leyes de física. La filmografía de acción es un impresionante fondo de distorsión de imágenes donde el abuso del contrasentido es prioritario a la lógica más elemental. Hay un plantel de personajes  imposibles en la vida real pero que a fuerza de residir y repetirse en la imaginación contaminada habitan en el esferoide cinematográfico como lo más normal. Una de esas actuaciones imposibles son las persecuciones con coches. Una película que trate de policías y  criminales sin una de esas persecuciones no tiene el suficiente ingrediente emocional como para hacerla taquillera.  Hay un perfil de público cinéfilo que necesita –todavía necesita-  el ajetreo, los golpes bajos, los asesinatos, la mala fe, las explosiones.

Unos puntos de vista sostienen que ese tipo de violencia de mentira (envasada y servida a dosis bajo el etiquetaje de supuestos productos artísticos) es una manera  de reconducir y sublimar la pulsión violenta de escala real. Esta teoría se viene abajo cuando los perfiles violentos a escala real se nutren de iconos y proposiciones de materiales inductivos de ellos desde la escala imaginativa. Si bien la realidad puede superar lo imaginado para la ficción está o deja de sugerir con  más giros en la tuerca de la degradación formas sutiles de perversión. No se puede apostar por la buena salud metal de nadie, de ningún espectador, que necesita su dosis de acción repleta de violencias.

En la persecución de coches, donde el bueno –generalmente un detective- persigue al malo –generalmente un tipo feo y sin escrúpulos- esa sagrada misión disculpa todo lo demás: arrollar a decenas de pequeños comerciantes con sus puestos de frutas en la calle, incrustarse en escaparates, paralizar toda la ciudad. También autoriza a robar coches o lo que sea con tal de que la persecución alcance su objetivo. Objetivo no hay más que uno: alcanzar al forajido, sea para detenerlo o para dispararle o para que se estrelle matándose.  El persecutor puede quedar magullado pero es el superviviente honorífico aunque luego aceptará por suficiente recompensa una sonrisa de apoyo.  El prototipo de este abnegado defensor de la ley no suele ser el jefe de la comisaria sino un subordinado intermedio que va un tanto por libre, con suficiente veteranía e el cuerpo y honestidad demostrada como para tomarse la ley por su mano sin que nadie se la coarte. Si para alcanzar al criminal le toca hacer doscientas infracciones, destruir varios coches y mobiliario público así como enseres privados, si el coste de todo esto cuesta más al tesoro de la ciudad que lo que el criminal ha podido esquilmar, todo esto es completamente secundario. 

Las historias de policías y ladrones tienen una clientela asegurada. El énfasis también se pone del lado de los ladrones, lo cuales no dejan de ser héroes  cuando consiguen sus propósitos sin hacer daño a nadie. El inconsciente colectivo se identifica clandestinamente con ese arquetipo de transgresor de la ley que con finura sabe vivir del cuento o consigue atracar a un banco con astucia e ingenio. Si una película quiere poner las cosas muy en claro pinta a los malos como degradados y sádicos y a los buenos como éticos y honestos aunque puede admitir una cierta cantidad de falta de impecabilidad.  Los consumidores de cine de acción quieren ver peleas, traiciones, golpes, escuchar ruidos. Serian los que se apuntarían a las películas con efectos sensitivos especiales como olor a azufre  si se hubieran inventado. Lo menos importante es la lógica argumental o incluso si hay un argumento sustentable, tampoco si esas explosiones que levantan hacia arriba a cámara lenta a las victimas, o esos coches que estallan como si estuviera cargados de dinamita, o esos agujeros de bala en la ropa que pone a perder camisas y trajes sin posibilidad de zurcido. No hay que olvidar al malo más malo de todos que cuando muere  necesita una docena de balazos al menos entre cuyos intervalos todavía le queda mirada de odio y un resto de energía para levantar su arma.

Ponerse en el papel de estos actores haciendo de héroes insostenibles debe dar dinero y quizás deber ser divertido. Lo mejor que se puede hacer con ese cine de acción es darle la vuelta y ridiculizarlo (véase los Mutantes). En cuanto a la destrucción de decorados y esas increíbles persecuciones de coches cabe pesar que relación guardan con los conductores desenfrenados en volantes buscado la muerte sea como víctimas o como agresores.

La sola demanda de ver pelis de acción ya atestigua que no se tiene la idea clara de lo que es la acción o mejor dicho o entender que no todos los actos forman parte de procesos de m movimiento razonables o lógicos.

La agenda diaria de una persona se compone de un cierto número de actividades cuyos contenidos pasan por unidades de acción. Muchas de ellas se hacen  por reiterativas tan mecánicas que ni siquiera se piensan. La autoconcienciación de lo que se hace puede llevar a un criterio (siempre sospechado pero para el que hay resistencias armadas para negarlo) una buena cantidad de actos de vida –y entre ellos, actos de palabra- son prescindibles. Simple y llanamente sobran y no forma parte del esquema principal de vida.

Trasladada esta idea al campo de producción de películas, hay argumentos que se sostienen sobre un esquema de imágenes: tantos minutos de peleas, tantas escenas violentas, tanto rato de persecución con coches, tantos personajes secundarios para escenas, tantos diálogos. No es una historia la que se lleva al cine sino el cine que condiciona una forma de relato según los parámetros estimulares de consumo del espectador que paga e taquilla.

Las películas de malvados que acaban mal no dejan de cumplir una cierta función de moraleja al indicar que las fuerzas del orden todavía consiguen imponerlo a pesar de sus propias corrupciones y de los límites de la ley. No puedo ni siquiera imaginar lo que actores de categoría sienten jugando a esa versión del bandidismo oficial participando en persecuciones. En una donde aparece Harrisson Ford que combina su trabajo de poli como de agente inmobiliario, me pregunto que debe preguntarse un actor de su categoría al prestar su imagen para un film sin pies ni cabeza como este. Al fin y al cabo se representa un papel por dinero. Debe saber que hay un mejor cine que hacer –tato desde el realismo como desde la ficción- en el que el atropello social no sea tan legitimado por las imágenes de falta de respeto absoluto a la sociedad.

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