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La Palabra incumplida

Por JesRICART - 20 de Enero, 2009, 11:20, Categoría: DEBATE SOCIAL

El cumplimento de la palabra dada es uno de los valores más sagrados; su incumplimiento, uno de los errores más imperdonables. Un indicativo de degradación de una persona es cuando decide no cumplir la suya dada, incluso justificando su acto por el mimetismo con el contexto dado en el que concurra informalidad excesiva. El trato con la gente se va destilando fundamentalmente al comprobar que sus actos no están a la altura de sus palabras o que éstas vienen a concurrir con toda clase de fórmulas extrañas para disculpar la falta de las acciones comprometidas o esperadas. Ese fenómeno es de tal envergadura que la persona de palabra es la que puede ser tomada como un referente de seguridad siendo una persona al completo. Contrariamente la persona de no palabra (de no cumplimiento de la dada) queda a la altura de una despersonalización tal que no se la puede tomar en serio. Es muy extraño que atendiendo a la fuerza de esta premisa signa habiendo tantas personas que dan la palabra sin pensarlo dos veces y no les importe en lo más mínimo incumplirla o lo que se pueda pensar de ella. Aunque no tienen la menor defensa objetiva toca explicar su comportamiento desde sus intereses creados: según a quien dan la palabra y según el motivo la cumplirán o no. Generalmente ese cumplimiento pasa por los beneficios que vaya a generar, La cita diaria con el trabajo o con una función por la que se es contratado es una palabra dada, una palabra renovada y reactualizada por una fuerza de costumbre y la presencia vinculante de un compromiso. Incumplirla solo puede ser efecto –como se suele decir- de una causa mayor. Al principio de recibir plantones siempre sufría por la persona que no había podido acudir a la cita pesando que habría sufrido algún percance. Después de repetir un montonazo de veces el mismo tipo de excusas (olvidos, cansancios o confusiones) dejé de preocuparme por esa eventualidad de un accidente imprevisto o una enfermedad incapacitante. Era una época en que en alguna ocasión por o poder acudir a una cita a una ciudad próxima y no disponiendo de teléfono la persona que me esperaba llegué a enviar un telegrama. Acudí a ese recurso en más de una ocasión. No quiero decir con eso que cumpliera todas mis citas, en un tiempo en que mi agenda andaba rebosando de ellas repartidas ambulantemente por todo un abanico de ubicaciones. Pero sí me tomaba muy en serio cumplir con mi asistencia ahí donde se esperaba que fuera y además acudir puntualmente. Ahora que lo cuento me parece que me pasé por exageración. Con los años saltaría de ese programa intenso de contactos a otro más relajado admitiendo escasas citas con un reducido numero de personas y otras de tipo profesional en mi despacho.

No se necesitan demasiados instrumentos de evaluación de personalidad para averiguar lo que se puede esperar del sujeto social. El adulto se distingue por su capacidad de compromiso. Eso incluye dos fases: arriesgarse a contraerlo y cumplirlo. Tengo en mi memoria unas cuantas curiosidades sobre citas incumplidas que es tanto como decir palabras no cumplidas. Si tuviera que hacer una lista tendría que renovelar mi vida. Como que sé de mucha gente que se queja de lo mismo sé que no soy el único castigado por este fenómeno. En una ocasión una persona con la que convinimos desde dos días antes  y desde otro país que nos viniera a recoger al aeropuerto en unas condiciones en que lo necesitábamos especialmente por el volumen de  nuestros  bultos de equipaje, no lo hizo, no nos llamó para decir que no iba a venir y nos enteramos posteriormente que por toda razón  por no hacerlo fue otra cita personal que estimó mas importante. Pasados los meses insinuó alguna visita o cena a la que me negué en redondo ir estando advertida que nunca hizo ningún gesto de disculpa por aquel incumplimiento de cita que nos ocasionó algunos problemas que es superfluo que comente. Fue suficiente el detalle para no contar para nada más con esta persona nunca más a pesar de ser una sobrina[1] con la que había simpatizado y habíamos invitado varias veces a casa ya no prosperaría una relación posterior. Tuvo su oportunidad para dar la cara, como se suele decir, e inventar alguna disculpa. No la tenía y no llamó. El campo de la sobrinada y de la parentela en general se constituyen en canteras que proporcionan experiencias curiosas. Hay un código no escrito que convierte a la familia de uno en una especie de ámbito organizativo al que se puede acudir a cambio de que los miembros se deban en gentilezas, auspicios y hospitalidades. Hay quien tiene tan claro eso que a la familia, es decir a ningún componente de ella, se la puede tocar en ningún aspecto ante la que hay que cerrar filas de defensa incondicional. La familia, la que sea, con todos sus componentes, no deja de ser un grupo social heterogéneo con toda una diversidad de comportamientos  en los que unos son aceptables e incluso modélicos  y otros son inmensamente deplorables. Los análisis de verdades no pueden olvidar este criterio y decir lo que toca que decir a quien le toca escucharlo –o leerlo-. La falta de palabra en quien se cuenta, sea por su especialidad profesional de la que haga gala o como persona compañera en un proyecto, es algo tan generalizado que los displicentes se apoya mutuamente en sus déficits. Una lista de incumplimientos viene a incrementar una mayor, la de desencuentros con el otro, relegándolo a la categoría de la desconfianza.

Eso aumenta la responsabilidad de quien no cumple con su palabra cargando de consecuencias adversas con su desidia a su grupo de pertenencia, a su firma, a su empresa, a su organización, a su programa. Los humanos no necesitamos hacer un estudio de miles de sujetos de muestra pertenecientes a una cultura, un idioma, un país, un equipo, una profesión o lo que sea para hacer inferencias sobre lo que es ese marco de referencia. A menudo a partir de una segunda persona contactada perteneciente a un ámbito ya se empieza a constituir una primera hipótesis inferencial de lo que es su comportamiento normativo de inserción. En todo caso la paciencia o es n bien ilimitado para concedérsela a los demás para descubrirlos en sus supuestos grandes valores si de entrada cometen fallas vitales como son las de o cumplir con la palabra por desidia o irresponsabilidad.

 



[1] Paloma Martínez Correas

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