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Del barrio urbano a la aldea digital

Por YASHUAbcn - 20 de Enero, 2009, 13:42, Categoría: CALIDADdeVIDA

Desde la noción de la aldea global el concepto de vecindad ha cambiado radicalmente. El vecindario clásico, el del escenario de barrio, la pelu, la panadería, el kiosko, la farmacia, el barrendero, los munipas, la mujer de la limpieza de la escalera, el jubilado que se sienta en el banco, los jardineros del ayuntamiento, los niños que juegan a pelota pisando el césped, la caseta de los petardos por St Juan, las mamás aparcando los coches en doble fila alrededor de las 9 de la mañana  y de las 5 de la tarde junto a los colegios, el repartidor de cartas,  los buzoneros repartiendo propaganda, los vecinos de arriba tirando colillas o cáscaras de pipa u otros enseres descontrolados a tu patio; los de al lado poniendo música máquina a todo trapo, los del otro lado que tienen una máquina industrial que produce vibraciones, los de más arriba de los que te enteras cada vez que van al baño a media noche, los que reconoces visualmente y te sonríes al coincidir en la puerta del edificio y  aquellos que te dejan su peste tabaquística y las babas de su perro en el pequeño cubículo del ascensor; todo esto ha pasado a la historia. No es que se hayan esfumado. Todos y cada uno de los roles mencionados siguen con sus oficios y beneficios; integran la realidad social, el paisaje humano, están al lado. Te saludas. Dices hola y adiós. A veces ¿qué tal, cómo va? Y algunas intercambias algunas frases sobre lo mal que está el urbanismo y lo peor que está la gestión de la ciudad. Poco más. Te preguntas por los niños – que van creciendo ajenos a la conciencia de lo que les espera- o por sus nombres y sus edades y fin de capítulo. 

Resulta que la proximidad física puede ser infinitamente menor que la proximidad comunicativa que da la aldea digital. En esta puedes hablar de cosas cotidianas y concretas con personas que pueden estar a cientos de kilómetros de distancia y de las que en realidad no te importa tanto donde están o lo que hacen sino lo que piensan y sienten. Resulta extraño e irónico que tenga que ser a través de la frialdad de una máquina, el ordenador, que te pongas en contacto con el pensamiento de los demás. Por lo que hace a la realidad presencial cercana puedes compartir calle y edificio con gente a la que reconoces visualmente y de la que no llegas a saber ni siquiera su nombre. A lo sumo te refieres a ella por sus apodos o por señalando detalles de sus aspectos físicos o por sus profesiones.  Patético. Esa incomunicabilidad en lo próximo ya sucedía medio siglo atrás. No es de ahora por una mayor masificación. Antes ya recibíamos el impacto de su in-deferencia. Ahora la comunicación personal por internet permite un simulacro de relaciones en las que al menos si desaparecen no se experimenta ninguna pérdida grave. No es que se experimente por lo que hace al vecino cercano. ¿Sabes quien ha muerto? –te preguntan- Fulano de tal y tan joven, te completan la información: O bien: ¿sabes a quien le ha tocado la lotería? Y tú asistes a la buenanueva poniendo cara de circunstancias. La cuestión es que  tener a alguien visualmente recordado y con unas conversaciones, tampoco tantas, en tu haber, además de algunos cientos de saludos a lo largo de los años, parece que une más. El barrio urbano está ubicado en las coordenadas donde te pasas la mitad de tu vida o más. Lo lógico es que  uno cuide el entorno y mime las relaciones visuales con los demás aunque sea para guardar las apariencias. Para quien tiene la costumbre de encontrarse en un espacio de coincidencias a determinadas horas del día: los medios días en las plazas para los jubilados o al atardecer en los bares, hasta ahora aún de humo, con bebidas y jolgorios verbales. Si el barrio es solo el lugar de ubicación pero las ansias van por otras latitudes, la aldea digital proporcionada por internet viene a suplir la falta de la comunicación presencial por muchos contactos que se tengan.

La aldea digital permite los amivirs o amigos virtuales, el barrio las coincidencias estacionarias. La aldea digital permite la selección y el encuentro comunicativo a conveniencia, el barrio fuerza al saludo y a una empatía estandarizada. La aldea digital procura una autonomía ante el contacto humano, en el barrio las normas son exigentes e implacables no consintiendo el ejercicio de la verdad y la autenticidad comunicativa. El feeling entrevecinos también es transportable y experimentable en este nuevo vecindario electrónico que alcanza a cualquiera por el solo hecho de compartir planeta y vicisitudes históricas.

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