El Blog

 
 

Calendario

<<   Diciembre 2008  >>
LMMiJVSD
1 2 3 4 5 6 7
8 9 10 11 12 13 14
15 16 17 18 19 20 21
22 23 24 25 26 27 28
29 30 31     

Sindicación

Alojado en
ZoomBlog
 

Panfleto y Enfado contra la Brevedad

Por JesRICART - 1 de Diciembre, 2008, 20:42, Categoría: COMUNICACIÓN

No es verdad aquello de si lo bueno breve dos veces bueno. Lo malo si es malo no lo es menos sea cual sea la cantidad expositiva de tiempo que necesite. No sé si Gracián iba escopeteado siempre y no podía conceder más de dos minutos a sus interlocutores o todos los plastas de la comarca se habían puesto de acuerdo para irle a dar la tabarra contándole cosas insulsas. Tampoco sé si en otros tiempos la gente abusaba la una de la otra manteniéndola en firmes volcándole sus interminables peroratas,  lo que sí sé es que para contar la vida se necesita tiempo. Pero tiempo no es un solo concepto. La historia del pensamiento humano tiene por uno de sus ejes centrales entender lo que es eso del tiempo. No garantizo ni pretendo poderlo explicar aquí pero sí sugerir que lo más importante no es su medición sino su concepto.

Entiendo que son dos tipos de tiempos los que se necesitan para vivir, de naturalezas tan distintas que no hay una sola clase de relojes que los midan. De un lado está el tiempo de los actos, de otro el tiempo para contarlos. Son tan distintos que el segundo tiempo puede doblar o más, perfectamente el primero. ¿Dónde estaría sino la enjundia de la existencia sino en contar sus curiosidades que pasan desapercibidas a primera vista? En el primer tiempo  el sujeto estresado está tan ocupado en mirar su reloj que no goza del momento, es como aquel viajero que va por el mundo sumergido en su guía superactualizada y no contacta con la gente para preguntar o aquel niño que se sumerge en su maquinita de bolsillo de viaje y no mira pro la ventanilla del coche para enterarse de los nuevos paisajes que cruza.

El sujeto que protagoniza un acto, el que sea, puede quedar capturada por la responsabilidad de hacerlo y poner a acostar su lado observacional. La psicología dela forma estudia como varia la percepción de individuo a individuo compartiendo un mismo espacio y momento. De hecho son realidades distintas de las que se enteran. Es así que la gente extrae visiones completamente diferentes de unas mismas situaciones. El relato de ellas es lo que demuestra esa diferenciación. Existe la literatura no porque lo que cuenta no pueda ir a comprobarlo in situ el lector sino porque quien lo cuenta lo hace de una manera especial, proporcionando otra experiencia distinta a la de la visita. Nos gusta que nos cuenten historias (leerlas es una forma diferida que substituye oírlas) porque nos remite a un cierto sosiego. El perfil de la persona sin tiempo que gastar no puede zambullirse en crónicas largas o libros gordos. Tampoco puede escuchar  anécdotas que no le aportan nada o participar de reuniones con  debates complejos que no aspiran a conclusiones. El tiempo, el maldito tiempo, está siempre detrás de las actividades. Las citas pasan por la coordenada del tiempo, los plazos de producción y entrega también, la vida entera es un acuerdo biológico con el cuerpo para vivir un tiempo. Decir, no tengo tiempo, ha pasado a ser una especie de etiqueta de prestigio. Quien no tiene tiempo es porque está muy ocupado, quien está muy ocupado es porqué tiene negocios, compromisos y una agenda cargada que no le permite detenerse a saludar o dar un paseo romántico por la playa o retozar algo más en la cama por la mañana para hacer el amor.

Tiempo, tiempo, tiempo, gritan las multitudes que piden brevedad en las cosas, en los textos, en los mensajes, en las acciones, en las gestiones. Quieren que no se gaste el tiempo para tener más tiempo que tampoco permitirán que se gaste en vano. ¿Y qué hacen con tanto tiempo sobrante? El mismo lector que te pide brevedad en tu libro o en tu exposición luego puede gastar su tiempo con una carrera de caracoles.

Decir las cosas con concisión y no repetirse es todo un valor y una metodología elogiosa. Por el contrario la necesidad de ocupar el centro oral de una escena para decir siempre lo mismo es cargante. La exigencia ante el relato no pasa por su brevedad o por su extensión (esto son propiedades físicas) sino por su contenido o información. Si una información es crucial por larga que sea hay que leerla, si es prescindible o superflua por corta que sea se desatiende. Lo mismo pasa con los géneros literarios y ensayísticos: se siguen más o menos según su función enseñante intrínseca. Una página llena de bla-bla-bla (en el sentido literal de esta silaba) al estilo de los ejercicios de antes de las máquinas de escribir no hace falta leerla más allá de la primera línea para saber de lo que va. Hay historias que no nos permiten pasar de la primera líneas por su cliché al empezarlas y otras que la última línea aunque sea en la página numero 800 nos hace sentir la pérdida porque ya se acabó.

Detrás del perfil consumidor de letras que no tiene tiempo y pide brevedad hay una psicología cuando menos curiosa. Suele ser el que no deja terminar la historia que cuenta alguien en la mesa porque el/ella no ocupa el centro de atención. Si bien la brevedad se puede reclamar cuando uno repite en su segunda estrofa lo que ya ha dicho en la anterior (de hecho aquí la reclamación tendría que ser contra la repetición que se traduce en mas tiempo usado) exigirla para una historia es algo memo. Por supuesto se pueden hacer todas las amputaciones necesarias de acuerdo con las exigencias de la topografía de una revista, del metraje asignado a una película o de la capacidad física de atención de un público pero todo eso no deja de ser una forma de rendir pleitesía al límite.

Empecé a sospechar  de las cosas del humano consumidor, cuando advertí que la mayoría de películas se polarizaban en torno a los 90 o 100 minutos. Las clases universitarias  y en general todas en torno a los 50 minutos. Las conferencias, con debates incluidos, no más de 120.Los conciertos, se enamoran algo más porque algunos empiezan una hora después sobre el horario previsto teniendo a los fans en la inquietud de recibir sus pócimas acústicas.  Raramente un monologo en una tarima de teatro de vanguardia alcanza los 160. Sí, sin duda hay unos tiempos  dominantes para un tipo de actividades. Lo mismo que hay unos horarios preasignados para el empleo, o para las horas de tele o para las comidas, también lo hay para las lecturas, las partidas de ajedrez o las conversaciones. ¿Es eso así o es que estamos haciendo el panoli al convertirlos en apéndices de los timetables orquestados por la costumbre?  Quiero darle la vuelta al asunto. El problema no es que haya un texto largo, o una propuesta narrativa que consume mucho tiempo, el problema es que nos quite tiempo sin que nos aporte nada. Eso se puede decir a todo, incluyendo las 8 horas de oficina o de trabajo de máquinas donde sea a cambio de un salario. ¿Por qué la brevedad es exigida para las propuestas literarias y en cambio no cuestionada en horarios vacios de contenido que se pierden miserablemente ante otros temas de la vida y del espectáculo?

Yo no quedo fuera de la exigencia de la brevedad ante el tostonazo de tío que se extiende excesivamente para contarme algo simple o ante una infinidad de formas del comportamiento humano: desde el tendero que cuenta su vida al cliente  o deja  que este se la cuente con una lista de compradores en espera detrás, a un partido de football televisado en el que no sé apreciar los matices y goces de cada chute de balón o la curvatura balística de ese esferoide ante la máxima atención de jugadores y público. Nunca en mi vida he resistido un partido entero (tampoco de wáter polo, básquet y similares) lo cual da la talla de lo raro que debo ser. Con eso ilustro que lo que para alguien es poco tiempo para otra persona es mucho. La brevedad no es una medición de reloj, es una presunción subjetiva del que se da por cansado ante la envergadura de algo demasiado longevo a la vista o que al sumergirse en su lectura ve como pasan las horas y todavía no lo ha terminado. Yo lo que le pido a un texto es que me proporcione, placer y saber. Si me lo da lo perdono en todo lo demás, incluido si no ha depurado sus errores de expresión. Si a Tolstoi le hubieran pedido brevedad nos habríamos quedado sin una de las mejores obras de la historia de la literatura. Lo mismo se puede decir de otros autores en unos tiempos en que contaban con unos públicos tal vez más austeros y abnegados porque no tenían tele o cine, que les proporcionara discursos fáciles que no le exigiera demasiado esfuerzo intelectual.

Hay que admitir la capacidad intelectual relativa de cada cual, lo mismo que la física. Así como determinados trabajos corporales no pueden aguantarse más allá de unas horas y necesitan un tiempo de reposo para volver a ellos también pasa con el trabajo intelectual (leer es uno de ellos). Propongo que los lectores que se cansan ante textos largas se preparen un té turco –o los que sean necesarios- en medio de la lectura y se lo tomen con calma. Leer también forma parte de los actos de la vida. Tiene un valor escondido que tal vez se le escape a quienes tienen prisa  y todo lo que quieren conocer es el esquema genérico de una historia o su resumen no sus detalles (por cierto en alianza Editorial se hizo una tirada de éxito de ventas de pequeños libros de bolsillo de no mas de 100 páginas que resumían grandes títulos, no dejó de ser una idea ocurrente, para mi una forma de propaganda de esos títulos pero no una substitución de la obra misma).

Contrariamente a la brevedad creo que la capacidad de relato y la observación puede convertir un acto de vida relativamente anodino: la descripción de un desayuno, la visita a una exposición de cuadros, el paseo por una calle principal, todo ello en si mismo que puede ser actuado en no más de una hora, en un motivo para describir al pormenor todas las sensaciones asociadas para cuya lectura sea preciso más de una hora. De Solzenitsyn aprendí que la vida de un solo día puede dar para escribir un libro completo. Escribir la crónica de un año puede llevar perfectamente varios días de lectura. No veo que sea obligatorio  reducir la cantidad de escritura para el relato de unos hechos y unas reflexiones, en todo caso se puede pedir que no haya referencias repetidas y densas complejidades inalcanzables.  El autor no puede dejar de ser quien es para escribir al gusto de todo el mundo. A mí ponme 4 páginas por capítulo. Yo admito hasta 20. ¡Apúntate a un curso de meditación zen tío! Los que estudian mercados y saben de la capacidad de aguante intelectivo del público objetivo, es decir de su poca capacidad de aguante tienen muy estudiado lo que tiene que durar una obra o lo largo que tiene que ser un libro. Escríbeme  un libro de 200 páginas para el mes próximo. Al autor se le pide cantidades lo mismo que al pescador se le compra una cierta cantidad de peces o al tendero se le paga por tantos kilos de lo que sea. ¡Por favor quien tiene una soga a mano, si lleva el nudo corredizo hecho tanto mejor! Querido lector, si tienes prisa porque tu reloj de la mañana te indica que no puedes llegar tarde a tus compromisos del día o prefieres otras lecturas a la mía, u otros placeres creativos,  no me enfado. Lo juro ante notario, no me enfado. Pero no me pidas que reduzca mi dinámica expresiva a tu tempo. No soy un restaurant: no tengo una carta de distintos platos y precios, aunque sí tengo distintos libros con distintos estilos. He usado artículos breves de 200 palabras para hacerme eco de notas y observaciones de la vida ordinaria. También intercambio frases breves por chat. A propósito del lenguaje por chat, también del lenguaje usado en notas de email, gracias a su brevedad (tanta, que para abreviar no se ponen signos de acentuación ni comas) se arrastran un montón de equívocos.

Nadie mínimamente comprensivo le puede decir a nadie: ¡sea breve, abréviese, cojones! Aunque los ejecutivos más dados a la agenda no tienen tiempo para la vida aunque puedan llenar de citas, llamadas de teléfono y etcéteras. Recuerdo la escena de una película de uno de ellos que admite la visita de un pretendiente para proponerle algún proyecto. La inicia diciéndole: le concedo un minuto. ¿Pero de qué vas tío? Yo te puedo resumir en un minuto mi proyecto pero tienes tú cerebro suficiente para comprenderlo en un solo minuto. O bien, no voy a malgastar un minuto de mi tiempo para contarte algo que necesita varias horas.

No, no seamos breves. Extendámonos. La invitación es: tómese su tiempo, exprésese, no deje de decir todo lo que tenga embuchado, comuníqueme sus experiencias, escriba todo lo que tenga que escribir. No haga caso de esos concursos literarios que piden relatos o poemas con un máximo de palabras o versos. ¡No se deje arrollar por la sociedad del tiempo del reloj! ¡Viva su propio tiempo sin mirar la hora!  Duplíquelo al menos contando sus protagonismos en pasado y verá que en el relato los revivirá y que a menudo el relato de lo sucedido puede superar a lo sucedido, también en tiempo expositivo.

Bien, yo quería escribir un panfleto contra la brevedad  brevemente y me encuentro con un artículo para lectores con tiempo. Los brevísimos son para el lenguaje telegráfico que, obviamente, no he dedicado aquí. 

Todo eso no significa que mi alegato contra la brevedad me disponga a ser el candidato ideal para aguantar toda clase de rollos. Páginas de bla-bla-bla, por favor, no; repeticionismos y dejes orales tópicos tampoco. El ça va? ritual que se dice a la carrera sin esperar respuesta o sin mirar a quien se le pregunta, tampoco. La demanda no es la de la brevedad como tampoco la de la extensión. Tanto es así que ese criterio se puede aplicar a la vida entera. ¡Vívame 90 años! o ¡no me pase de los 40, es de mal gusto! Por favor, déjenme en paz, es mi potestad vivir más o menos ¿Quién se cree Vd. que es para pedirme vivir más o menos, escribir más o menos, hacer la poesía más o menos larga, pintar con extensiones mayores o menores? Esfúmese. Por favor. ¿Quiere brevedad? ¡Cómprese un libro de chistes, seguramente encontrará algunos sobre esta clase de tema que nos ocupa!

Cada vez que me encuentro con alguien que me pide brevedad me dispara mi voluptuosidad expresiva, me convierto en un alud de palabras. Me consta que la longevidad de texto no significa mayor calidad, pero la brevedad tampoco, con el agravante de que el exceso de brevedad raya inevitablemente con la mediocridad cuando no con otros déficits. Si es brevedad lo que busca cítese con un autista.

Blog alojado en ZoomBlog.com