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Los Originales de Otros

Por YASHUAbcn - 1 de Diciembre, 2008, 20:24, Categoría: The OBSERVER

Cuando la copia es un reconocimiento.

En tiempos escolares, una voz de mando se hizo inolvidable: no copiar. Copiar es una de las primeras prohibiciones que se interiorizan. Copiar lo del otro es valerse de su inteligencia, de su saber, de su originalidad sin haber hecho ningún esfuerzo para nada de eso  y aprovechándose mezquinamente aunque  el copiado acepte su propio rol de suministrador de información para pasar un examen o un mal trago ante una pregunta de cuya respuesta no se sabe. Tengo en mi memoria la experiencia de las dos situaciones: tanto la de copiar en no pocas pruebas académicas o estudiantiles como la de ser copiado. También como variante de esta segunda condición la de ser apuntador de alguien para que dijera en voz alta lo que a mí no me era dado hacer en un contexto dado. No viví ninguno de estos actos como traumático ni me crearon complejo de inferioridad por no saber algo o al menos no tengo la memoria de ser afectado por ello. Tal vez porque siempre vi los exámenes como males menores que superar dentro de una gimkhama de méritos y no la demostración  de un saber verdadero, que por otra parte tampoco le importaba realmente nadie. A pesar de  esas prácticas pseudofraudulentas nunca consideré que la copia fuera lo mejor aunque puntualmente pudiera servir para librarte de una asignatura pendiente. Tan pronto pude me permití la originalidad y la investigación del saber por mi cuenta aprendiendo más como autodidacta que no como cursillista o universitario matriculado. Cuando accedí a la universidad como tardouniversitario me llamó la atención de las pocas lecturas hechas tanto de compañeros de aula como de profesores. La especialidad de estos me abochornó y la falta de debate de los otros me asustó. No recuerdo ningún genio de un lado ni del otro.

Devuelto a la vida  fuera de los recintos de estudios  seguí dedicándome a mis textos, algo que nunca he dejado de hacer, y a la elaboración discursiva como cantera de ideas, saltando progresivamente de la urgencia que yo había experimentado de hacer propuestas a su atenuación priorizando la disertividad como forma testimonial del pensamiento y por tanto de sus límites.

Poco a poco fui extendiendo mis campos de intereses, del exclusivamente intelectual y literario muy centrado en el campo de las letras al artístico proyectivo.  En realidad lo intelectual no deja de ser el arte del pensamiento y el arte de la palabra pero poca gente y en particular la más dedicada a la música y a la plástica aceptará eso. He reclamado para la literatura su pleno derecho a la pertenencia al campo de lo artístico a pesar de que las artes de consumo de masas pasan menos por las lecturas y más por los productos de escena. Mucha mayor ha sido la reclamación para la poesía en la que se usan construcciones con ritmos inherentes que permiten ser cantadas y musicadas.

En cuanto a la imagen no he dejado de tenerla en cuenta. Siempre viajaba, (¿cómo no? ¿acaso no lo hace todo el mundo?) con una cámara fotográfica para levantar acta demostrativa de los lugares donde había estado y para fijarlos en mi memoria. El tiempo de la cámara con rollos fue bastante problemático. Cada foto había que medirla bien antes de ser disparada y el revelado era una complicación. Manipular la fotografía requería un laboratorio. Utilicé más la fotografía como instrumento documental que no como una instrumento artístico. Era en las galerías de exposiciones fotográficas que me convencía con los trabajos de otros que la cámara no lo hace todo y es la habilidad artística del fotógrafo quien consigue imágenes fantásticas. Con el avance tecnológico y la entrada en la época de las cámaras digitales consolidé una antigua idea-criterio, la de que tener una cámara es un arma y que no hay que salir a la calle sin ella, tanto si está de viaje como si no. La vida callejera o la vida más ordinaria puede proporcionar situaciones o enclaves curiosos, acontecimientos en los que poner el ojo gráfico. Es así que cada día hago fotos. La ventaja de las cámaras con memoria digital a las de carrete es que éstas permiten hacen tantas fotos como se quieran sin pasar por el rito que obligaban las viejas cámaras del revelado. De hecho en un solo día con la cámara digital  no tengo prácticamente límite numérico de fotos a hacer, algo que con la vieja cámara sí lo tenía.  Los resultados que obtengo me satisfacen aunque no dejo de coleccionar pruebas testificales en las que la máquina lo hace todo  siendo que  yo solo pongo la cámara, la presión con el dedo y la elección del momento. En mi  afán por fotografiarlo todo, he llegado –muy recientemente- a fotografiar fotografías de otros sin más intención  desde luego que poderlas archivar en formatos aparte para el goce de la contemplación o eventualmente su uso. Ha sucedido espontáneamente al verme  casi incitado por esta perspectiva al encontrarme un paquete polvoriento de antiguas revistas de Photo Magazine y de Chaseur d´images[1] y gozar con algunas de sus imágenes. He experimentado una especie de placer espía, tanto por la forma de tomar las fotos, recordándome las típicas escenas de las películas de agente secretos con sus mini cámaras cuando todos íbamos con las pockett que a pesar de llamarse así abultaban lo suyo, como por trasladar una imagen ajena y meterla dentro de  mis posesiones, en alguna carpeta digital. He visto que la hacer la foto de una foto además de copiarla, claro está, se está  incorporando algo distinto, una manipulación por el solo hecho de tomarla de un soporte de papel y trasladarla a otro soporte. Me pregunto donde termina la copia en ese proceso y donde empieza la originalidad en el sentido de una re-creación, una segunda creación.  No es nada nuevo. Mucha gente ha utilizado imágenes constituidas o que les han precedido y las han convertido en arte por la via de la multicopia o del coloreado. Los programas de retoque fotográfico permiten estilizar, elongar, torcer, distorsionar o derivar una imagen de partida en una multitud de posibilidades. El resultado puede incluso no hacer sospechar el punto de partida.

Antes que resolvamos este galimatías para llegar a una tesitura técnica razonada sin abandonar una posición artístico-ética cabe decir que el artista nunca deja del todo la copia. Organizar un bodegón sobre  una extensión con botellas o figuras domésticas para pintarlo o para dibujarlo, o para fotografiarlo o para relatarlo son tantas otras formas de copiar la realidad, si bien es cierto que en el acto de copia hay un traslado de la materia inicial a una segunda cuya personalidad y distinción puede ser tal que evoca a la primera sin ser la primera. El arte es eso, la recreación de uan primera instancia para convertirla en una segunda que se independiza y toma valor en si misma. Pues bien, si eso lo hace con la naturaleza o con los acontecimientos naturales ¿por qué razón nos vamos a privar de hacerlo con los productos manufacturados o que ya están en circulación en la vida social o cultural? De hecho no nos privamos, no se priva nadie. Cada vez que alguien se hace una foto con una estatua o un monumento metido en la profundidad de  campo atestiguando que ha estado ahí está copiando (trasladado) el referente de este fragmento de realidad. El gobierno local de esta ciudad bien podria ir a cada fotógrafo –no digo a los profesionales sino a cualquiera con una cámara al cuello- y hacerle pagar un canon como derechos de autor por llevarse en su memory las imágenes de los jardines, de las estatuas o de los edificios (mejor me callo no sea que algún ayuntamiento se tome la idea en serio y la ejecute). Si bien jurídicamente copiar es un acto muy concreto y definible, conceptualmente no lo es tanto. Nos pasamos la vida copiándonos los unos a los otros, eso pasa por el mimetismo con los espacios, la identificación con las modas, con los dejes verbales, con las formas de hablar, con los guiños y las formas de seducción. Por si fuera poco  los baúles de materiales para la socialización en los que se está convirtiendo la red internáutica hace que cada dia millones de persones se beneficien para sus placeres y para sus propios trabajos lo que hacen otros a los que no conocen y ni siquiera, la mayoría de veces se enteren de sus nombres. Vivimos  la fase de una nueva subcultura del copia-pega que a pesar de su proverbial falta de estilo no deja de ser un  poderoso criterio para la difusión.  Cuando encuentro que han copiado una idea mía o una frase no me siento aturdido o robado. Me complace que esa idea circule aunque desde luego caiga en el inevitable riesgo de que circule siendo desprovista del significado original que le diera.

En cuánto a las imágenes, si bien hay una diferencia desde el lado de la autoría que las hace, siendo completamente distintas aquellas que se toman directamente de la realidad eligiendo el objeto de captura, a aquellas otras que ya fueron fotografiadas por otros; en ambos casos hay un deseo de tomar elementos de la realidad. La  realidad también está constituida por revistas y toda clase de soportes conteniendo toda clase de propuestas. Si la toma de una instantánea de la realidad es para hacer un reconocimiento a una acontecimiento concreto, la toma fotográfica de una foto, no tiene un significado especial de plagio mayor que tomarlo de una estatua o de un río o de un cisne. En estos tres casos es evidente que la fotografía representa esos objetos sin pretender pasarse por ellos. En el caso anterior una foto de una foto también la representa y la traslada sin que tenga porque apoderarse de su autoría siendo antes bien un reconocimiento a ésta, por su estilo, su manejo de la luz, su originalidad, la belleza del objeto o figura en sí aportada. La experiencia  de fotografiar fotos para apoyar con ellas otros trabajos no deja de ser un placer experimentando aunque sea en diferido  y a otra escala muy distinta lo que sintiera el ojo  del fotógrafo que la hiciera y la publicara para darla a conocer al mundo. Es así que hay que distinguir totalmente entre plagio como copia de un trabajo de otro haciéndolo pasar por propio a copia recreada, tomando efectivamente un trabajo de otro, declarando que lo es, citándolo o no (no siempre es posible saber los nombres de autorías de las cosas, siendo que se conocen mas los trabajos famosos que los nombres de quienes los hicieron) pero no engañando sobe ese punto. Bien mirado siempre hubo copistas. Al hacerlo de un óleo el pintor del original era reconocido en ese acto y el copista aprendía reproduciéndolo al enfrentarse a los retos de aquél. Si bien es distinto ese traslado en el campo fotográfico, algo de las emociones del fotógrafo  ante una fotografía quedan como resto recuperable al contemplar y fotografiar –y/o coleccionar- las fotografías que nos lega. Otro asunto es si hacerlo esto pasa  por el pago de derechos o cómo hacerlo. Este es otro tema.

 



[1] Revistas casi más dedicadas a la publicidad de las antiguas cámaras réflex y a artículos de tecnología que a la exhibición de cuantiosas fotos.

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