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El protagonismo escénico

Por JesRICART - 1 de Diciembre, 2008, 20:56, Categoría: ARTESUMA

El salto del texto no difundido a la escena pública de consumo bien puede ocupar toda una biografía artística. Ahí donde hay un buen texto construido podría haber una escena consistente. La mejor filmografía es la que ha adaptado la literatura a los platós o que los guiones de las películas han pasado por la investigación rigurosa de las fuentes. El mejor teatro es el que además de la interpretación actoral se basa en un texto fresco y  lúcido que permite que se luzcan sus intérpretes. He podido comprobar la fuerza y el valor de cada texto según la manera con qué es dicho, eso incluye por quien es dicho, ya que cada cual tiene su manera personalísima de decirlo.

La simple y ordinaria lectura en voz alta que se utiliza como ejercicio de clase para transformar en sonido audible y correctamente ejecutado un texto escrito es ya protagonizar un acto escénico. A los escolares con inseguridades y miedos que nos tocaba el turno de lectura debíamos concentrarnos en la tarea para no equivocarnos en la acentuación de las sílabas tónicas, la pausa de las comas, los momentos de respiración, el énfasis. El profesor era el único que hacia de público y de evaluador, los demás alumnos estaban mas preocupados por no perder el hilo de la lectura que por escuchar la forma en que la hacían los demás. Preguntados sobre lo que se estaba leyendo nadie se acordaba de nada o lo entendía porque pesaba más la ansiedad escénica para la lectura en voz alta que la comprensión del texto. Una didáctica mejor integra(ría) la comprensión de lo que se hace o dice públicamente mientras se dice. El guión ejecutado impecablemente es el que convence.

Una simple recitación de un poema es un acto escénico. Su protagonismo es tanto más impecable cuanto más creíble es. Un texto contiene un discurso que no tiene suficiente con una lectura, pide una identificación para transmitir la fuerza de su mensaje.

El protagonismo escénico está  en el plató y en los escenarios de salas de performance lo mismo que en la calle o en las aulas culturales o en las mesas de los restaurants. Literalmente está en todas partes. Axiomáticamente: la vida pasa por su escenificación continua. Pero hay un consenso acerca del arte como producto externo a la vida misma y de consumo cultural, como si fuera una realidad de segundo grado. Al que es consensuado como  arte llegan los nombres públicos, las personas afamadas, los individuos más bellos, más fuertes o más líderes o –en la antigüedad romana- los más atléticos. Mientras que el protagonismo escénico del cada día:  andar, moverse por los espacios públicos tales como salas de espera, estaciones de trenes, pasos peatonales, piscinas, playas o cafeterías es considerado como algo que forma parte de la vulgaridad, al protagonismo escénico de los espacios artísticos así considerados es evaluado como centro de mirada y de atención. Eso crea curiosidades paradójicas como el hecho de que la gente que pasa por la calle investida en la total indiferencia de lo que ve se convierte en la sesión de noche en espectadora superatenta de esas mismas cosas trasladadas sobre una tarima.   Esa observación es una mas de los muchos detalles de la hipocresía ciudadana en sociedades con demasiadas prisas para aceptar saber lo que ocurre a su alrededor. El individuo de las 8 de la mañana va con sus orejeras camino de su agujero, no tiene tiempo para advertir lo que pasa a su alrededor. Ni siquiera se considera con el derecho lícito a constituirse en observador de lo mismo. Ojos que no ven corazón que no siente. Ese mismo individuo a las 8 de la tarde habrá quedado con alguien para ir a una función escénica por la que pagará una suma considerable en la que le contarán los gags oportunos con los que desenmascarar la sociedad y entre ellos el escarnio de su propio rol de empleado sumiso del sistema.

No creo que sea posible una discusión sobre teatro y sobre la performance en general sino entender el mismo significante de la escenificación continua como algo propio de la existencia pública que hacen los individuos. Teatro es todo y esa información incluye aquellos roles que se auto atribuyen la más legítima representación del realismo en contra de la ficción. Lo que sucede en la proyección escénica (la que tiene una producción detrás, una práctica de ensayos, gestiones para su financiación, elecciones de atrezo, medios para el montaje, actores amateurs o profesionales y una larga lista de operaciones y preparativos) es esencialmente lo mismo que lo que sucede en la vida organizada en guiones y roles. La metáfora del teatro como representación auxilia siempre para comprender las escalas representacionales de las realidad tal como es vivida y los conflictos de las realidades entre sí que contiene.   Tanto el protagonismo preparado con un guión para memorizar como el protagonismo de las escenas generadas en el cada día con sus elementos de espontaneidad y sus imprevisiones remiten a la necesidad representacional. En aquel el guión es aprendido, en este es posible que se tenga que pasar toda una vida para resolver la tensión entre guiones y roles que se van ejerciendo a través de ella. Comparativamente el/la actor/actriz teatral pasa por una terapia ansiolítica tácita al conocer el principio y el fin del desenlace que va a representar, algo que no conoce el individuo complejo ante su destino. Eso es lo que lleva al ser humano por repetido durante miles de años a poner en escena argumentos y personajes rematados, para desangustiar en ella lo que sigue generando perplejidad en la vida que se va descubriendo conforme se va procesando. En esa vida, el actor resultante depende de la persona  que lo lleva, la cual puede generar varios personajes en su vida, hacer muchas cosas distintas sin conocer nunca el final completo de su historia.  Ese proceso complejo de espontaneidad y de adversidades o de situaciones inesperables puede ser contrapesado por historias de consumo alternativo por ficciosas que sean. Esa es una explicación psicológica de porqué el espectáculo no para de crecer y los productos para el espectáculo siempre cuentan con una cuota de receptividad. El fenómeno  de la oferta escénica no para de crecer dentro de un mundo  que por su parte no para de hacer teatro (diplomacias a perpetuidad que no llevan a nada, discursos circulares que no salen jamás de si mismos, roles laborales que no sirven a nadie, formas de tratar la noticia para la expectación…). Debería ser al revés ¿para qué ir al teatro, basta con tomar un buen asiento en una calle principal de una ciudad a cualquier hora del dia? Mi madre observaba la calle desde su ventana, con los visillos discretamente apartados para no perderse detalle. He visto como ancianos de muchas ciudades salen al balcón desde el que mirar la calle. En otras ciudades la falta intencional de cortinas permite ver varios escenarios en paralelo en una sola fachada. ¿Acaso todo eso no son atributos de conductas teatrales? Unos miran, otros son vistos y los que miran a su vez son vistos por unos terceros. El circuito sigue.  A pesar de todo necesitamos envasar los productos. Dejar la obra de un guión perfectamente trabado para llevarlo a escena, poner la voz o la canción a un poema, vehiculizar de maneras distintas a las originarias propuestas de mensajes. La experiencia de un libro leído a su puesta en escena en un guión cinematográfico es completamente distinta, también la de una obra  de teatro o la de un poema.

 La obra representación, lo que se llama arte, cumple una función catártica de una cultura envarada. Es en realidad un exorcismo. En la sala de teatro o en el concierto o en el cine el espectador es invitado a un exorcismo  de sus demonios. En la calle o en el trabajo o en la familia se le obliga a unos roles de los que no puede escapar. El espectador que no reacciona con sensibilidad en actos por  los que paso en la vía publica se enternece hasta lagrimar con la misma situación o una parecida vista en la pantalla. Hay un tipo de cine que no hace sino dar flashes de aspectos de la realidad  de los que su publico-espectador  se ha desentendido voluntariamente en la vida real. El Oliver Twist[1] de Charles Dickens es un tema clásico que sigue representándose porque su contenido –lo mismo se puede decir de otros tantos- no es obsoleto. El teatro griego sigue representándose porque los ejes cruciales de sus obras siguen presentes en las correlaciones sociedad-individuo-poder a las que asistimos desde la impotencia. Ante el espacio escénico programado el espectador se venga de lo que no puede resolver en el espacio escénico del que es protagonista tácito a la fuerza.

La diferencia entre un protagonismo escénico y otro depende, individuo a individuo, en sus subcódigos y creencias y en su adaptación al guión, a los guiones, que la vida le emplaza. Hay magos de la farándula en los que es difícil distinguir donde esta la diferencia entre sujeto y persona, entre persona y comedia. Santiago Segura  licenciado  en Bellas Artes siempre quiso ser rico y famoso. Algo que consiguió con su film torrente: el bazo tonto de la ley. Hombre torrencial. Un átono. Un  fuera de serie. incomún y todo lo contrario a lo carismático. Su apresencialidad no le ha negado los platós televisivos. Tanto en la condición de actor como en la de director entrevistado es un manantial de ocurrencias en el que la representación (de lo que sea) es lo predominante. El tipo más feliz del planeta sería el que imbricado en su protagonismo escénico ya no podría distinguir entre lo que es y su escena.

 

 

 

 



[1] Lean,David, su director.

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