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Significado de la propina

Por Jes RICART MORERA - 15 de Agosto, 2008, 21:34, Categoría: COSASdelCONSUMO

 

La propina y la compra de atención especial

La propina es una dádiva inicialmente espontanea y voluntarista que corona un servicio dado. Los  ámbitos estándar de su escenografía están encabezados por la Hostelería, en sus distintos espacios: barmans y camareros de mesa de bar o restaurant, camareras de habitaciones,..Y sigue de cerca el mundo de los espectáculos. La figura del acomodador que te acompaña hasta el único sitio  libre del patio de butacas después de cruzar la oscuridad  es  como un salvador que te rescata de tu  absoluta nulidad. Es así que el espectador a parte de haber pagado la entrada en la taquilla del establecimiento se encuentra en deuda con ese acomodar que le ha proporcionado una atención especial y que compensa con una moneda. El acto dadivoso se extiende a otros espacios, en los que generalmente alguien  aparentemente con más poder adquisitivo da unas monedas con más o menos discreción a quien lo ha atendido en un sinfín de operaciones: abrirle la puerta del coche, o la puerta giratoria del hotel o  por  traer el periódico a casa. Ante la propia casa incluso hubo quien la institucionalizara: carteros y basureros acostumbraron a las gentes caseras a  recibir sus postalitas de refraneros con más o menos gracia para  que soltaran prenda o pasta a modo de aguinaldo. En fin, la cantera de las situaciones es más extensa, pero sirva las referidas para enmarcar este tema de consideración. El hecho de que una gente da propina  y otra la recibe. En la mayoría de los casos, la relación entre unos y otros se establece en un marco laboral, servicial y/o profesional. Y tal fenómeno ha tenido tal envergadura que los salarios de determinados ámbitos se han ido arrastrando a la baja[1]  porque las patronales contaban con los pluses extraordinarios que cobraban sus empleados con  las regalías de la clientela. Detengámonos en el hecho de dar una propina: generalmente un suelto en monedas de una devolución pagada con dinero. Con ella se está compensando un servicio y de alguna manera se está comprando  la continuidad del mismo trato para posteriores ocasiones en que se le solicite o se acuda a ese establecimiento determinado. La generalización y popularización de la propina es tal, que los sujetos serviciales quedan a la espera de cobrarla y los paganos presuponen su inclinación a hacerlo sin  reflexionar realmente en ello. Se ha convertido en un tic social. Y al mismo tiempo en una manera de demostrar tácitamente distintos rasgos de personalidad de los clientes. Se ha heredado la idea de que supuestamente los clientes tienen más dinero  que los empleados que les sirven. Pero modernamente esto ya no es así. El empleado con empleo, mucho más el que lleva un restaurant, maneja un taxi o  es manager de un hotel, con toda probabilidad puede tener unos dividendos superiores a los de sus  clientes por separado. Si es así, ¿por qué sigue persistiendo la idea de dar un plus a los servidores? La sola pregunta ya pondrá´ en aprietos a quienes dan propinas por sistema. De entrada les tocará reconocer un cierto automatismo conductual, que si bien pudo estar justificado en alguna época histórica ya no lo está tanto. Pero si siguen reflexionando se pueden encontrar que bajo el acto de la propina hay una prepotencia escondida en quien puede pagarla y una humillación directa en quien la recibe. De hecho, todo empleado honesto y con suficiente orgullo propio debería negarse a recibir esa clase de dádiva, puesto que le obliga a un agradecimiento y a la hipoteca de su espíritu crítico. Un trabajador  puede servir mesas o prestar servicios de cualquier tipo a los demás, lo cual no le obliga a rendirse a los caprichos neuróticos de ellos. Claro que el dinero es dinero proceda de donde proceda y el balance de un regalo económico viene a completar las carencias de un salario deplorable. En esa transacción entre  quien  da una muestra de su agradecimiento en forma de propina y quien la recibe se  crea una alianza tácita para no hablar de la verdad de los hechos circunstanciales de la carencia que lleva a aceptarla y de la prepotencia que lleva a darla. El que propina una dádiva en el fondo está simbolizando su rol de amo y quien la recibe el suyo de esclavo.  La fuerza de la costumbre  evita que las partes en transacción hablen o reflexionen de ello. “siempre  se ha hecho así” opinarán  el uno y el otro. Y no hacerlo es motivo de sospecha. De hecho la inercia a dar propinas es una de esas preinscripciones de la cultura y la tradición que vincula a  las personas con esa clase de conducta desde mucho antes que opinen su acuerdo o desacuerdo. El acomodador acostumbrado a la dádiva en lugar del  agradecimiento verbal por su servicio probablemente refunfuñará ante quien no acate la norma de la tradición. Por su parte quien se ha acostumbrado a pagar los servicios ordinarios o extras con la propina bajo manga, pensará que de no continuar haciéndolo se enfrentará un servicio peor del recibido. ¿Qué está pasando exactamente en la transacción que nos ocupa? La persona acostumbrada a dejar un  cambio en la bandeja de pago, en la mesa o en el mostrador, o lo que es más grotesco, al dependiente, al gasolinero, al acomodador  o al  censor del padrón, en realidad está pidiendo un mimo o un trato especial. Por consiguiente a más propina más derecho adquirido en ésta orientación. Lo cual significa reducir el derecho de otras personas que acuden a ese servicio. Implícitamente quien da propina está esperando un trato preferente y, consiguientemente, desigualatorio en relación al recibido por los demás que no dan la propina suficiente o que no la pagan. Se trata de un ilusionismo porqué un establecimiento no vive de las monedas de las propinas ni de sus clientes más  generosos en ellas, si no de muchos más a los cuales se debe en cuanto a trato correcto. Por otra parte, si el servicio conseguido ha de ser mantenido a base de mimos dadivosos se está cuestionando la profesionalidad del mismo servicio, le cual es esperado impecablemente por el contrato tácito de pago al encargarlo.

Un espacio de observación  rico en costumbrismos y conductas automatizadas e insanas es en los restaurants de una cierta categoría cuando ha sido  un grupo abigarrado el que ha encargado una comilona. A la hora de pagar y hace los repartos de la cuota correspondientes generalmente se redondea a la alta y el resto queda como bote propinario. A veces  tal bote es suculento ya que ningún comensal atiende realmente a las cuentas. Siempre hay alguien  experto en contabilidad que se ocupa más del tema y que decide por todos la cantidad de propina a dejar. Esa resolución arrastra a quienes no  llevan esta clase de conducta en su modo de ser como consumidores y crea una situación delicada en la que plantearle al propinario que la propina la pague él/ella pero no calcule la parte  que les toca a los demás de la misma puede hacer pensar a los demás que quien plantea tal cosa va de pobre o de rata. Se trata de esa clase de situaciones anecdóticas en las que se renueva el repertorio de sutilezas entre quiénes´ se colocan en posiciones serviles de quienes  tratan de defender con justicia  el pago exacto y el precio justo por lo contratado. Quien está vinculado a la figura transaccional de la propina en realidad es el amo que  para mantenerse en esa posición se  reafirma como esclavo de su costumbre y esclavo  de esa necesidad de ser tenido especialmente en cuenta. La curiosidad de eso es que  tal solicitud  se corresponde con una inmadurez  relativa y un victimismo cultural. Con el paso del tiempo y la colección de crisis económicas las conductas han ido ajustándose más a los hechos librándose de la pulsión dadivosa. Y de hecho los propios establecimientos prefieren clientes continuados que no clientes beneficiarios de una sola vez. Tal vez al principio la imagen de no encontrar la propina de un a parte de la vuelta resulte extraña. Pronto deja de serlo cuando dejarla o no ya no está ligado a  la satisfacción. Un cliente insatisfecho no suele repetir, uno satisfecho, sí. De hecho la mejor propina y regalo es la continuidad de uso de un servicio determinado. 

Hay otra razón por la que se dejan propinas. Para no ser señalado como  avaro. Y en tanto que se trata de un pequeño porcentaje en relación al total de una minuta, mejor dejarla que correr el riesgo de ser señalado. En algunos establecimientos se había  practicado dar un campanazo o una señal acústica cada vez que alguien  daba algo para el bote de las propinas. Ese gesto por parte del establecimiento reforzaba a la prepotencia de quien la había dado y lo estimulaba para otros gestos de este tipo.

Entre dejarlas y no dejarlas el mundo de las relaciones comerciales-y por lo tanto, serviciales- camina hacía el campo de las transacciones entre iguales. En consecuencia llega a tener tan poco sentido que un cliente de una propina extra por un servicio, como que un comercial le pague a un cliente por venir a visitarlo. La autentificación de las relaciones humanas pasa por pagar realidades y contenidos, no favores  y actitudes especiales, pues haciéndolo se promueve una clase de  desprofesionalización en la que los serviciales  sólo  actúan adecuadamente frente a la perspectiva de un plus en sus dividendos. Por su parte el organizador de las propinas y quien se acostumbra a las suyas continuadas si se detiene un poco en el análisis  de las razones por las que las da, encontrará una profunda incerteza en sí mismo, por la que necesitará acudir para todo al dinero[2]  para conseguir cubrir sus necesidades, incluidas las de ser reconocido por los demás, en este caso, por quienes le sirven puntualmente en tanto que desconocidos.



[1] No siempre es así, las noticias-aunque contradictorias- de los repartidores de butano, es que empleados pakistaníes aceptan trabajar sin salario, únicamente contando con las propinas.

[2]  Incluso parao obtener información:una escena muy abundante en las películas  made in usa  de detectives.

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