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Las Relaciones Superficiales

Por Sussana Maraselva Reina - 15 de Agosto, 2008, 21:58, Categoría: COMUNICACIÓN

Salir  es uno de los verbos de éxito cuya conjugación admite múltiples significados. Salir significa salir de uno, dejar los aposentos,  marchar de la autoexclusión y del retiro. Significa ir a  o ir hacía. Significa finalmente relacionarse. La enjundia de tal verbo  es de una verbosidad aplastante y tiene un poder de significado que para sí lo quisieran otros verbos que pueblan nuestra gramática. Salir  significa intercambiar comunicación, compartir experiencias sociales, cabalgar sobre el goce comunicado y caminar por el territorio ajeno. Salir  es tanto como superar el ostracismo, saltarse las barreras personales, dejar de ser la sombra de lo que uno o una desea y pasar a la acción. Salir es un condensado de todos los demás  conceptos y verbos de la relación social y lúdica. Salgo con  es la fórmula expresiva preferida por los más jóvenes para  describir su momento personal y emocional. Y no deja de ser curioso que se emplee tal modalidad críptica para indicar que se tiene un alado, una persona preferida, un amigo o amiga, un ser selecto y alguien con quien contar. Tener ese aliado para los paseos y los espectáculos, para las conversaciones y las exploraciones sensoriales es de una importancia capital. Por el contrario, no tenerlo  es tanto como estar condenado  a la marginación. La gente se apresura en tener a alguien con quien salir. Aterrada por la soledad y dolida por la suya propia  buscan con  ímpetu industrioso alguien con quien asociarse para no tener que andar  en soledad por la vida.  Se apresura así,  la búsqueda del amigo o del novio, de la personalidad que  acoja al solitario o a la solitaria, y así hacer un pacto tácito de mutua protección ante las miradas de los otros. Por encima de lo que se va a ver o degustar  o conocer, interesa más en primera instancia con quien se va a hacer todo esto. Especialmente durante las vacaciones y los días festivos no tener con quien salir puede significar quedarse sin fiesta, quedarse en casa, quedarse en la trinchera.  Para el sujeto solitario amarrado al malestar de su soledad, salir solo/a es tanto como decirle al mundo su estado sentimental. Puede preferir quedarse alejado del mundo que revelarle su secreto. La soledad  es ciertamente terrible cuando queda experimentada desde la sentimentalidad de la frustración. Tal vez sea necesaria toda una vida de aprendizaje para entender que las relaciones con los demás son transitorias e incluso secundarias por encima del hecho individual de que uno es lo que es independientemente de si es muy o poco acogido por los demás.

Pero volvamos al personaje, todavía adolescente por su biografía o por su mentalidad, que es incapaz de  seguir sus intereses culturales o lúdicos si no es de la mano de alguien que le haga de socio y de depositario de confidencias. Ese alguien tal vez tiene la misma estructura de mentalidad que el primero, siendo que dos solitarios se unen para exorcizar el demonio de la soledad. El caso, es que constituida una pareja de salida o un primer grupo de relación, ellos y ellas al fin se permiten salir al mundo con el sentimiento de la fuerza y de la seguridad. Es así que las vísperas de festivos y festivos la faz urbana varia totalmente: las muchachadas se permiten el jolgorio y el griterío y las gamberradas, seguras de sentirse protegidas por ellas mismas. Por su parte, las personalidades que tienen su amigo o su novio/a estrenado/a con  los que hacen tándem y  se apresuran a consolidar un dueto, parecen preferenciar esa relación por superficial que pueda ser a las ventajas sentimentales que pueda proporcionar.

El panorama de las relaciones lúdicas se extiende con rapidez como una mancha de aceite y desde la infancia el sujeto humano estás empujado a ellas. Cualquier niño o niña que presente conductas auto segregadas, ensimismamiento, poca disposición al juego y al grito durante los recreos en seguida será sospechoso de anómalo por asocial y correrá el riesgo de ser categorizado como autista o desequilibrado. Desde muy pronto, por lo tanto deberá hacer su comedia, actuar de acuerdo a lo que la sociedad de los mayores esperará de él. Y ese niño, contra sus tendencias naturales so convertirá en un bufón, un ser anodino tal vez, un sujeto superficial. No será extraño que cuando por rol y guión le toque no sepa hacer nada por si mismo y necesite cubrir sus déficits con los que la cultura y la educación lo habrá cargado, estableciendo relaciones tan superficiales como falsarias.  Animará relaciones de noviazgo largas en las que no cree, participará de comedias familiares, rituales y ceremonias de compromiso por hipocresía y por un sentido de la inversión materialista; y participará de grupos de amigos supuestos en los que  el elixir de adhesión vendrá constituido por las cervezas de cada dia  en los bares. Ante esas relaciones superficiales  cualquier versión de la soledad hubiera sido mucho mayor, pero la experiencia sentida por ella de fracaso y de dolor  afirmará la tesitura de “más vale estar  con compañías indeseables que en la soledad extrema”. La gente necesita de la gente aunque sea para crear un simulacro de bondad solidaria. Mientras no se ponga a nadie en un aprieto, todo el mundo parecerá aceptable y correcto, tan pronto llegue la hora de  la solicitud de favores, su sola propuesta discriminará a todos los demás en dos grupos: aquellos con los que contar y aquellos otros, generalmente la mayoría que los tenias por equivocación en tu agenda. Esa proporción no hará otra cosa que confirmar la hegemonía de las relaciones superficiales o el estatuto predominante de la superficialidad dentro de ellas. Hay una predominancia del desinterés por la verdad ajena.

Durante una vida socialmente activa se pueden llegar a conocer miles de personas. De hecho cada dia se puede hablar con unas cuentas por primera vez. Basta tener una profesión de public relations  o un planning que tenga en cuenta el establecimiento de nuevos contactos. Se pueden hacer varias entrevistas de una hora o más. Eso daría una cifra de más de mil por año, más de cincuenta mil en una vida dedicada a la conversación y a la escucha con y de lo ajeno. Poco importa ahora para el debate s es esa cifra o su tercera  o décima parte. Lo cierto es que técnicamente es posible ese acceso a una multitud. En la práctica no se agotan ni desean agotarse los recursos comunicativos. Una buena parte de relaciones potenciales son negadas con la primera mirada o percepción. Hay gente que por su aspecto o sus indicadores externos ya quedan proscritos para todo posible contacto verbal. Por no añadir que por razones de protocolo dirigirse a un/a desconocido/a sigue estando mal visto y resulta una conducta sospechosa.  Otra multitud no pasa  de los primeros cinco minutos de comunicación verbal. Las diferencias son intuidas o establecidas prematuramente y el otro da indicadores de si escucha o tan sólo aparenta escuchar. Una tercera  situación es la de continuar con una entrevista con una pretendida profundidad, que no necesariamente tendrá que ser repetida. Tal vez la entrevista sea para evaluar una aptitud profesional, para hacer un diagnóstico emocional o para evaluar una posibilidad de relación posterior de intimidad o de negocio. En una primera hora de conversación puede quedar agotad toda la posibilidad de una relación. La inmensa mayoría de primeros contactos no continúan. Entre dos hablantes se pasan multitud de informaciones que tienen resonancias en sus pasados respectivos y cada uno de ellos es juzgado por el otro en función de sus prejuicios o preconceptos. Pasados esos proto-contactos una minoría de ellos queda como relaciones inscritas en las agendas personales. De los cientos o miles de personas conocidas sólo una minoría pasa a ser la amiga, la que tiene el privilegio del afecto y de la intimidad. De la otra ni siquiera queda el recuerdo del nombre ni la imagen nítida. Y contra su desdibujamiento y la profusión de su superficialidad se pretende unas relaciones-fortín desde las que  demostrar que el mundo es humano y rehumanizable y el amor sigue en pié. Es entonces que se habla de afecto y de incondicionalidad y de sinceridad. Lamentablemente el análisis concreto de las relaciones perdurables concretas demuestra que la superficialidad también puede anidar en relaciones estables o permanentizables, entre amantes, entre marido y mujer, entre padres e hijos, y desde luego entre vecinos y entre amigos. El sujeto social vive la paradoja de un doble discurso: por un lado se siente o cree sentirse arropado por los demás, por otro lado cuando los pone a prueba como aliados verdaderos se da cuenta de  la verdad de su poca consistencia. Claro que hay excepciones extraordinarias  que salvan a la especie. Hay aliados legítimos y consecuentes, cómplices para poder vivir frente al mundo, relaciones que no se quedan en la cautela si no que profundizan al máximo. Pero la tendencia dominante es la de la superficialidad, especialmente cuando tras unos cuantos fracasos sentimentales el sujeto herido se convence de que el ser humano es un fracaso por el que no merece la pena luchar ni entregarse.

Ésta polémica se posiciona en predicados genéricos del tipo: creer o no creer en la gente. Si las relaciones son superficiales es porque la gente no es creíble en sus presupuestos básicos. Se la tiene como decorado, como contorno y ambiente, como  fondo de recursos, pero no como alternativa o como parámetro de soluciones. De hecho una buena parte de los problemas humanos  vienen  por los equívocos generados en la interacción con los demás. La superficialidad es un hecho consecuente con la desconfianza reinante. Es, aparentemente, el único estado fiable de las cosas. Las relaciones humanas en su conjunto se resumen en la dimensión del otro, lo que no es yo, lo que está fuera de mí, lo que posee alguien ajeno a mi subjetividad, lo que resume desde el singular a la humanidad entera. Ese otro, es de acuerdo con las palabras de  F.Hölderlin, un sufriente de campeonato, la congoja y los más amargos sufrimientos[1] .Y si los demás son el envite al sufrimiento cuando se cree en ellos, ¿por qué continuar  depositando una expectativa que nos va a traicionar? Lo único que cabe hacer es singularizar la relación humana con  aquellas personas que puedan admitir ese discurso y no se engañen con respecto a lo que da de sí la vida. Pero eso es tanto como sellar una alianza con gente que procede de la fatalidad y de las frustraciones personales, con la cual se hace difícil esperanzar una relación de futuro feliz.

 

 ¿Dónde está la solución si es que cabe hablar de ella? Hay otra vía de consideración menos dramática: las relaciones humanas son mayoritariamente superficiales porque la psique individual no puede albergar la profundidad de todas y cada una de ellas. Ni siquiera puede permanentizar ninguna de sus relaciones estables en el tiempo y transversales en sus diferentes momentos biográficos, con la misma intensidad comunicativa. Toma cualquiera de tus relaciones personales, consanguíneas o no, y en el modo de describirlas introducirás tiempos de conjugación  que se harán eco de  diferentes fases y profundidades de relación según ´épocas y coincidencias.

 La superficialidad o la no profundidad no solo describen situaciones de partida en las que ya quedan inscritas para siempre un tipo de relaciones, si no que también pueden ser situaciones consecuentes tras épocas intensas. Las relaciones tienen un principio y un fin, se agotan. Eso es incomparablemente mejor  a que terminen sin ser agotadas en todo lo que podían dar de si.

Desde una óptica totalmente idealista se presume que cada relación puede conceder interesantes experiencias de bondad y solidaridad .Se basa en la tesis de que todo el mundo es bueno, es decir de que todo el mundo piensa como el que se cree de si mismo que es un cargamento de bondad. Pronto los palos de la vida demuestran que hay tantas realidades como sujetos que la viven y más visiones distintas de lo que es el mundo que lo que uno cree. Lo que convierte al otro en un candidato a formar parte de una relación superficial o profunda es si su visión del mundo coincide o no con la propia. En principio a una mayor afinidad  le corresponde una mayor aproximación personal. Eso haría pensar que las relaciones personas son clanes de afinidades. No es así. Las relaciones personales que van quedando como  último e inextinguible reducto, o como  la pequeña parte del mundo en la que confiar totalmente, son aquellas compuestas por personas que han sabido estar a la altura de las circunstancias a lo largo de la relación. El sujeto de amistad no es el que te dice sí a todo, o sea el que piensa siempre como tú, si no el que es capaz de decirte no, cuando discrepa y que a pesar de su diferencia contigo te apoya éticamente en una tesitura de dificultad. El sujeto de amor o el ser amado no es aquel que mantiene la pasión todos los días o te convierte en su dios privado al que obedece en todo, si no el que marca su propio territorio junto al tuyo y hace de esa diferencia un acicate de conquista y de valoración. El sujeto solidario no es aquél que te ayuda por conmiseración y sólo para salvarte si no el que te instrumenta las condiciones para que puedas ir valiéndote por tu propia cuenta. Esos tres planos son  los que hacen diferenciar las relaciones superficiales de las relaciones profundas. Y lo que profundiza a dos hablantes no  son su multitud de elogios recíprocos o sus homenajes respectivos con medallas y honores, si no la constatación de lo que comparten como discurso y lo que se separan como vidas diferenciadas.

Con el paso de los años, las agendas con los nombres de las personas tratadas y conocidas se almacenan o destruyen y la memoria conserva, aunque no indispensablemente, los grandes nombres de las personas  priorizadas. El número de la cantidad de relaciones parece que va en contra de la calidad de las mismas. Se va avanzando en intimidad con la singularización y se van haciendo clasificaciones de conductas con la maximización de conexiones que no van más allá de lo superficial. Las relaciones superficiales nos condenan a una aproximación global al mundo y a mantenernos en la prevención ante sus peligros, mientras que  las íntimas no pueden potenciarse al infinito. Es literalmente imposible poder mantener la misma comunicación de profundidad  con todo el mundo: ni todos los interlocutores son válidos ni la  capacidad subjetiva de ese deseo permite concretarlo. Por otra parte, el inicio de contactos antes referido, ya da la pauta de qué personas discriminar para interesantes, largas y continuas conversaciones y que otras no dejarlas pasar de los primeros predicados. La gente que inicia sus conversaciones desde afirmaciones inflexibles y desde posicionamientos fortificados de creencias (”yo creo/yo no creo”) desde la más purea acientificidad, son candidatas a la superficialidad, mientras que las que traslucen su intención de posicionarse en el punto de vista del otro y adoptan criterios de escucha y flexibilidad, tienen más oportunidades de continuidad comunicativa. Desgraciadamente, una multitud de primeros contactos  sugieren  que la mayoría de personas están afiliadas a la superficialidad y una minoría son dignas de ser escuchadas e interiorizadas.



[1]  Hölderlin,Friedrich. Pomas de la locura. Ediciones Hiperión Madrid 1998 Este verso, Die  Andre führt zu qual, und bittern Schmerzen,( el otro es la congoja y los más amargos sufrimientos) pertenece al poema Die Zufriedenheit, la satisfacción.

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