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El yo dentro del grupo

Por Jordi Sar - 15 de Agosto, 2008, 22:18, Categoría: COMUNICACIÓN

El crecimiento vital empieza en un contexto grupal. Si no hay lugar de acogida no son concebibles unas posibilidades de supervivencia[1] .Se ha repetido hasta la saciedad  que el ser humano es el animal que nace más indefenso y que su etapa de dependencia biológica es la más larga  de todas. Se nace dentro de un grupo y se es entrenado por él. Eso va sucediendo no sin ciertos costes psíquicos que comprometen la economía mental del individuo. En su carrera de aprendizajes de conductas el individuo en crecimiento  tiene que rendir ciertas servidumbres y pasar por  un paisaje de alienaciones. Todo ello en conjunto queda como un basamento de registros en la forma de estar en la existencia.

Ciertamente a partir del desarrollo de la conciencia crítica, la persona en construcción, se levanta en armas (tan reales como simbólicas) contra factores de poder que lo manipularon y cuestiona los legados recibidos de los grupos por los que pasó: el familiar-originario, el  escolar, el de la cuadrilla adolescente...Ese cuestionamiento va desde los marcos más  contables  (el de los padres y los hermanos es uno)a los más genéricos e incontables (la sociedad en su conjunto  como el grupo máximo  mayor). Tras el paso (y la pérdida) de sucesivos grupos con los que se ha trasvasado una identificación, el sujeto que recala sucesivas  e intermitentes veces en la marginación, la soledad y el balance del yo-uno; alberga la ilusión de un grupo alternativo, un grupo-solución a sus déficits y desmanes: el grupo-reina que venga a poner la guinda al pastel (o a los pastiches) de la vida. Ese grupo-ideal vive alojado en las ideologías segregadas por mentes penitentes que todavía  creen en la posibilidad práctica de un colectivo cuasi-perfecto.Sí, convengamos en que nadie cree en la perfección total, pero no es menos cierto que la mayoría de la gente exige un porcentaje elevado de ella, y por consiguiente  vuelca energía en configurar el grupo en el que participa a imagen y semejanza de la tesis de cómo debe ser el grupo ideal. De hecho el grupo  o ideal al igual que el yo ideal, sólo existe en  la mentalidad  intencionalista no exenta de un infantilismo notorio. El idealismo quimérico habla a favor de las razones nobles y envalentonadas del sujeto idealista, pero al mismo tiempo lo pone al descubierto por su falta de saber y de experiencia práctica. En el seno del grupo  formado, las colisiones permanentes con lo que no debe de ser, da muestras de una inadaptación frustrantemente continuada. Y en el seno del grupo en formación, basta esperar que los actores vayan revelándose como son, para saber que la heterogeneidad presente viene a reproducir lo que se da en otras muchas partes. Innumerables grupos de la mediana edad fracasan repetidamente en sus simulacros de  unidad afectuosa, cuando les toca invertir docenas de fines de semana en los discursos superficiales, antes de atreverse a pasar a la verdad de los sentimientos y de las sensaciones. En el proceso para alcanzarlo, los malentendidos y las rivalidades harán su presencia con tal fuerza, que todo grupo en su crecimiento  pasa por  la realidad de sus bajas, cuyo cálculo vendría a poner la verdad de que la sintonía solo es posible a partir de una depuración tácita o programada (por exclusión impuesta o por autoexclusión consecuente).

El yo dentro del grupo supervive en tanto que  se mimetiza en una cierta homogeneidad con el resto de colegas, y pasa de ser uno más a una alma-mater, siguiendo todas las fases intermedias si va consiguiendo las claves de conexión  con cada uno de los demás, y con las expresiones de todos en conjunto.

En todo momento el grupo no deja de ser una plataforma colectiva para alcanzar  individuos. O dicho de otra manera, un individuo acude a un grupo para obtener a otro individuo. Es lo que se llama salir  y relacionarse. En situaciones colectivas y en espacios lúdicos uno encuentra dos clases de elementos: las personas-diana y las que le hacen de canales (las personas-canal) para llegar a aquellas. Puesto que de entrada ambas funciones coexisten en cada sujeto, saber quien hace de qué en cada momento depende de las vicisitudes de los encuentros y de las necesidades personales de búsqueda. En ambos casos el grupo como contexto proporciona comunicaciones ambivalentes y a ambos niveles. Desde un primer momento en que alguien pone la mirada en otro, hasta que ese otro se corresponda con el primero, pueden pasan innumerables y tediosas citas enmarañadas de contextualidades superfluas. En realidad, todo ello es contable como tiempo de demora. (Td). Todo lo que tarda un sujeto A en expresar un sentir a un sujeto B, va en contra tanto de A como de B, porque no desaloja la tensión en un campo de búsqueda relacional. Eso podría  formularse dentro de  un grupo colectivo en el que la suma de sus sutiles Td interiores daría al conjunto un aspecto más o menos timorato. La psicología de las relaciones en el seno de una colectividad resulta muy pantanosa y sus factores de complejidad se ven incrementados por los malos entendidos ya citados. Un malentendido no es otra cosa que una información distorsionada. Y ésta puede ir de la entrega de unos datos incompletos a la percepción incompleta o deformada de unos datos entregados. ¿Cuántas relaciones personales han echado a perder su capital de afectividad incipiente por malentendidos ocasionados por una percepción errónea de lo sucedido? Innumerables. Todo el mundo tiene en su haber un recuento de ellas. Pero  el designio del destino es aceptar el desenlace de las relaciones  tanto si uno es víctima de un desprecio instalado por un error perceptivo ajeno, como si  es a su turno exclusor o despreciador de otros, por no contar con tiempo ni deseo de ir en su búsqueda para aclarar situaciones. Obviamente, la vida no se puede dedicar a deshacer malos entendidos o contracriticar  críticos, puesto que no quedaría tiempo útil para vivirla en sus placeres. En cierta manera hay que prescindir que ajenas opiniones empapen el universo de las propias.

El yo dentro del grupo y el de cualquier recién incorporado dentro de cada nuevo grupo, se va a enfrentar a perfiles problemáticos de personalidad, meridianamente previsibles. Se va a enfrentar a idiosincrasias en conflicto, y a una gama de comportamientos en los que zigzaguear. El  reto será no sucumbir a las interpretaciones injustas que se puedan recibir y no pretender interpretarlo todo como inamovible. El deseo es/sería el de tener un grupo el que recalara la gente más estupenda, más guapa de mente y de cuerpo, más sensible, más energética, más consciente, más flexible y abierta, y más respetuosa. ¿Quién da más? pero donde están los grupos que se autocompleten en ese sentido. Su propio proceso de creación atraerá varias clases de arribismos y disintonías: perfiles muy interesantes solo vendrán una vez  y no regresarán por no creer  que ese sea su grupo o su interés de actividad, y perfiles menos interesantes recalarán más visitas de las deseables. En cualquier caso la tesitura del grupo adulto es que admite más variabilidad. A diferencia del adolescente, cuyos miembros recalan más tiempo en su seno. Este es el grupo de amigos, en el grupo adulto la amistad ni siquiera es un proyecto con objetivo. La carga de frustraciones que arrastra este a partir de las castraciones agregadas de sus miembros, arrasa con la pretensión de hacer un grupo alternativa, a lo más, se contentará con un grupo de alterne, y de alternancia que con otros configure una especie de  espacio correlacionario de sus miembros. Es notorio como en la actualidad la gente busca grupos para hacer lo que no hizo en otros, o no era su momento hacer en otros, con lo cual se halla en una búsqueda perpetua de algo que no existe en un grupo-objeto, sino en su criterio de sujeto, que todavía no ha alcanzado a elaborar. En resumen, el grupo como completador es una ficción. O más estrictamente: el grupo no existe. De la misma manera que la idea de la sociedad como campo de socialización de inquietudes, trabajos, producciones y humanidad, tampoco existe. Existe el encuentro compartido con más o menos éxito para después del cual devolverse cada uno a sus cuarteles, a su  casa, a su cama, a su alma, a su individualidad, a su yo. E incluso los balances de existencia de los encuentros compartidos hay una parte de las conclusiones que hacen referencia a  aquello que no h sido compartible, a aquello que ha estado pues en desencuentro. Es así como todo encuentro intencional de un grupo que pretende un ludismo, un estar y una alegría al alimón, tiene una parte de su convocatoria caída en el desencuentro. El yo buceante dentro del grupo está en una lucha general permanente por ajustarse a un ritmo de velocidad y una rima de unas prosas y en una lucha particular por contactar con los estímulos más satisfactorios: el/la otro/a colega que hace más tiling para  pasar a una intimidad más estable, que el mejor de los grupos de amistad no permite, puesto que en su naturaleza de desarrollo arrastra datos inmencionables. Las colisiones que vive el yo dentro del grupo son las de los diferentes registros de verdad: la individual y la consensuada. Por eso cada individuo necesita un espacio de intimidad para confesar cual es su verdad privada. Finalmente las alianzas entre partes del grupo y las parejas, a las que se achaca la responsabilidad disgregadora de muchos grupos, es el reflejo e como el yo dentro del grupo necesita de un aliado específico del mismo para defenderse de aquel. Es así que el yo para autoafirmarse y rescatarse a si mismo no pasa de ser un usuario circunstancial del espacio colectivo, y por ende, de los demás. El dentro de grupo si quiere ser sujeto es necesariamente crítico, y sí lo es se hace saboteador sin quererlo de un estancamiento anodino  del itinerario colectivo.

 

 



[1] El niño de Aveyron y otros casos extremos de niños salvaje que sobrevivieron milagrosamente no consiguieron una adaptación a la grupalidad humana y  vieron terminar sus días tempranamente.

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