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Tauromaquia y cornadas.

Por YASHUAbcn - 9 de Agosto, 2008, 22:10, Categoría: Las PAREDES HABLANTES

A cada cual lo que se merece.

Cada torero amb la seva cornada. Cada torero con su cornada. Pintada vista en Amposta cerca de la biblioteca municipal en una pared condenada al derribo. Voz representativa de la anti tauromaquia. Es lo mismo que decir que no haya torero que se quede sin su escarmiento. Dado que los toros aguantan  su tortura sin constituirse en protesta  alguien ha tomado la representación de la voz que no tienen para decir lo que pensarían si pensar pudieran. La cultura taurina supone que el toro bravo disfruta atacando y prefiere morir en una plaza de toros que en una cadena de electrocución en serie o un degüelle colgando de un gancho. La psicología del torero es para el estudio analítico. Los profanos en el tema sabemos poco de sus vicisitudes y del significado de vestir un traje de colores ante un animal que le deduplica en tamaño y en medio de un público ávido de un espectáculo de sangre. A falta de circo romano ha quedado como legado la plaza de toros, a falta de gladiadores que se maten o leones que destripen a cristianos fue quedando para la posteridad la figura del toro y el torero, del animal y el matador, del inocente y el salvaje. Curioso ese espectáculo en el que el hombre se hace bestia y el animal tiene por rol el único posible, el de víctima. De vez en cuando a alguno le perdonan la vida, pero la mayoría esta preparada para el sacrificio. La cultura no entiende de sensiblerías. El olé resuena en las plazas del antiguo imperio donde todavía se conservan los edificios levantados para las matanzas. Los ojos del público no pierden detalle del rojo de la sangre y del bufido del animal acosado. Esos olés se han mezclado a veces con exclamaciones de pánico cuando la cornamenta a embestido certera el abdomen de su acosador y lo ha destripado. Algunos toreros han muerto en la plaza o en el dispensario adjunto bajo las gradas del publico que demandaba la sangre, supuestamente la de la res, pero la del torero es tan roja como la otra. La arena no distingue entre la una y la otra y de lejos tampoco se sabe si el traje echado a perder con el rojo es la del costado abanderillado del animal o la de su matador. Cuando el torero es embestido y tirado por los aires no es torero ni nada, es un muñeco de trapo sin la menor autonomía, cuando el bicho ataca de nuevo, dos, tres, cuatro, cinco embestidas, se sospecha que del infrascrito no debe quedar hueso con hueso. Algunos toreros tras ese encuentro con la muerte se quedan descojonados, no de risa, sino literalmente sin genitales que les avalen la masculinidad. Ese bultito o bulto erótico de los pantalones ajustados, siempre a un lado u otro de la pierna, nunca en el centro, hacen del torero el sex symbol de la patria del analfabetismo. Algunos de ellos, analfabetos, desde luego, de origen, fueron muletillas esperando su alternativa y tratando de escapar de las miserias de su Andalucía natal, otros quisieron ser millonarios antes de cumplir los 30. La ambición tiene un precio y la muerte cuando la salda deja en el lugar del ambicioso un despojo.

La consigna es ideológicamente más valiente que la del espadachín que quiere cortarle la medula al toro. No se avergüenza en tomar partido por este en contra de su matador. Quien con fuego juega se quema, quien con cornamentas se mete lo menos que le puede suceder es que se quede desventrado. La hispánica cultura ha extendido la fiesta de los toros a unos niveles por los que toca tener vergüenza internacional. Cada vez que en el extranjero alguien cita el tema de los toros como una nota característica de las profundas Españas me apresuro en decir que más de medio país está en contra de este espectáculo sanguinario de la tortura además de reconocer sus peligros. Cada año en los famosos sanfermines llegan turistas que se llevan su cicatriz de recuerdo. Si hay estúpidos de todas clases no se puede ignorar los que van a mostrar sus enseñas de la batalla a sus amistades. Las cornadas recibidas que se puedan contar no dejarán de ser heridas de guerra para los más tontos. Es un ejemplo triste para los más niños que ven en sus adultos grandullones echados a perder cuando se especializan en hacer sufrir a otros seres vivos.

Si los toros supieran hacer conclaves y leyes condenarían por ley la vocación torera y reciclarían las antiguas plazas de toros para otros asuntos no cruentos. De lo segundo ya hay algo. Muchas ciudades se han declarado no taurinas pero de tarde en tarde siguen preparando corridas por amor a la tradición mas rancia y obsoleta de un país que en algunas cosas lleva un retraso de medio milenio. En cuanto a los toros también tienen sus derechos legales. Condenar al sufrimiento a un ser vivo  es punible por el sadismo que encierra.

Pero los toros no son tan bravíos ni desde luego victoriosos. Tras hacerles jugar el rol negro de los que van a morir, luego serán desollados y troceados y vendidos como carne especial por sus supuestos prodigios para la virilidad. El torero corneado superviviente tendrá una segunda oportunidad para reflexionar sobre su vocación profesional y si lo que quiere es llenar su cuerpo de cicatrices o pasarse a un oficio más digno. Algunos maniacos del estoque no son retirados por un rasguño de 23 puntos, lo mismo que los cara-quemadas por conducir bólidos siguieron con sus riesgos aunque en el lugar de la cara les quedara un guiñapo.  Detrás del personal con elecciones de riesgo se pueden encontrar interesantes personalidades que hagan las delicias de la psicología moderna especializada en estudiar cosas raras. Ni que decir tiene que sus enfermas obsesiones en destacar les llevan a ponerse ante el peligro para demostrar hombrías y cosas por el estilo. No tanto, en la España de los cuernos, también una mujer demostró que torear lo pueden hacer ellas y que para hacerlo no hace falta tener cojones en el sentido literal de la palabra sino un sentido de la decisión que los hombres nunca han entendido del todo.

De acuerdo, que cada torero se lleve su recuerdo de haberlo sido y que por serlo contribuyó en algo al sadismo popular y al dolor ajeno. El torero no es precisamente la figura del valor sino la de la cobardía, la de la prepotencia, la del inútil que no sabe hacer otra cosa que disfrutar con la muerte ajena, la del mamarracho que no ha aprendido a vivir en paz con sus semejantes. Pido perdón al toro que si me entendiera jamás aceptaría tener por semejante a un tipo con la mentalidad de un torero que hace de matarife con taquilla de por medio.

Si alguien necesita espectáculo de sangre que acuda a espacios inventivos sin que nadie salga herido o muerto. Le recomiendo a Wes Craven gran maestro del terror. Revitalizador del género. Claro que los tipos que se encierran en una sala para consumir imágenes de miedo también se las traen, pero de ellos hablamos en otras partes.

A lo dicho: que cada torero reflexione detenidamente sobre su función en la UVI y por favor que nadie le diga maestro. No hay mas maestro que el que enseña a vivir  y no lo es quien enseña a matar.

En cuanto a la fotogenia del toreo no hay nada más antiartístico que un toro muertoarrastrado por unos caballos o un torero catapultado por los aires.

 

 

 

 

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