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El castigo arbitrario

Por YASHUAbcn - 9 de Agosto, 2008, 21:56, Categoría: Las PAREDES HABLANTES

La figura del represor y el castigo arbitrario

“Disolución de los  cuerpos represivos”. Ésta había sido una consigna gritada en manifestaciones y pintada abundantemente en un tiempo en que las funciones policiales, todas sin excepción,  eran las de reprimir cualquier clase de manifestación ciudadana, obrera o estudiantil que pusiera en entredicho los dictados y malasmaneras de la dictadura. Sigue siendo el grito de lucha en todos aquellos países en los que la autoridad pública sólo se expresa con la mano dura de regímenes que están muy lejos del uso racional de la palabra y de la confianza en el pueblo. En las democracias en prácticas, (mejor denominarlas así que adelantadas) esta consigna como otras muchas de la época ha dejado de ser gritada, sin embargo los cuerpos represivos siguen existiendo y la línea divisoria entre orden y represión es tan tenue que a menudo los agentes armados la franquean sin darse cuenta o sin querer darse cuenta. En casos como el español antiguas gendarmerías como la de la guardia civil sigue siendo mantenida glorificando así de paso su triste recuerdo de asesina de hombres y mujeres del pueblo español, otras como la policía nacional únicamente cambiaron el color de su uniforme. 

En los tiempos en que al son del grito de estas palabras todos teníamos muy claro quienes eran los represores y por qué lo eran sabíamos que no hay sociedad libre con vigilantes que la controlen. Toda necesidad de organizar una instancia de control para la expresión pública de la gente era y es contrario a una idea de sociedad tranquila, pacífica y organizada. La lucha por los mecanismos pensados para la represión y la censura sigue vigente. ¿Pero es realmente concebible una sociedad sin instancias que la controlen? ¿Qué sucede cuando la gente no se automodera y se rinde a sus excesos y falta de respeto con los demás? ¿Hasta qué punto se puede tolerar sus barbaridades e incivismos? De ello ya nos hacíamos eco en aquellos años que luchar contra la represión de las partidas armadas pagadas por el gobierno no significaba que pensáramos en la posibilidad de una sociedad completamente abierta sin ninguna necesidad de regulación de la conducta social.

La sociedad colectiva para desarrollarse necesita de las garantías de la concordia y de unos mínimos de ética que hagan de la comprensión y la ayuda mutuas motores de paz y bienestar. No todo el mundo entra en el quórum para admitir este principio. Ha habido y hay (esperemos que no lo habrá siempre) quien ha seguido comportamientos mezquinos, anticívicos, destructivos y negativos para sí mismos y para sus entornos. Hay conductas directa y llanamente no admisibles cuya filosofía de la libertad las tiene que enfrentar y negar para autoprotegerse.   Hay conductas dañinas a excluir para la prevalencia de las otras que propicien la salud comunitaria, la sociedad tranquila, la solidaridad colectiva y el progreso común. El debate no es ya si es necesaria su exclusión sino como hacerla sin caer en instituciones represoras a la vieja usanza. Las técnicas de modificación de conducta serian las llamadas a corregir hábitos anticívicos  sin pretextar la existencia de éstos para reprimir cualquier clase de transgresión y protesta. El problema de la figura del represor es que termina por autoperpetuarse a si misma en cualquier situación y lugar ante quien discuta  críticamente una situación dada. El represor para la sociedad es el policia en sus distintas versiones o el ejército en las suyas, también lo es cualquier figura autoritaria que se inviste  de la fuerza de su poder y de su amenaza para conseguir la obediencia sin objeción.
La sociedad ideal es, será, aquella que pueda prescindir de los ojos de control del estado para que prevalezca el sistema de injusticias del cual emana. El día y el lugar en que no haya policías que vigilen, espíen, ordenen, aporreen, detengan, piten, insulten, interroguen, torturen o maten  son porque se estará en un mundo que haya experimentado profundos cambios estructurales, mentales y educacionales. Mientras tanto asistimos a un fuerte crecimiento del presupuesto político en dotar al sistema de más dotación policial y represiva, con mejores equipos aunque no con  una calidad comprensiva mayor. La lucha contra la represión continúa y pedir responsabilidades por sus malas actuaciones y por sus crímenes a los profesionales de las armas de fuego sigue siendo necesario pero esta lucha no puede estar desvinculada de la denuncia de los malos gobiernos, ya que lo que hace un policia es convertir en crimen lo que la furia y la incapacidad planificadora de las instancias políticas de mando predeterminan implícitamente.

Antes, cuando se gritaba a favor de esta disolución tampoco se presuponía la supresión de todas las funciones organizativas de la vida cívica colectiva. Concebir unas instancias favorecedoras de la convivencia pública y por la buena marcha de las ciudades  sería, es, indispensable en un proceso teórico hacia una sociedad justa y proporcionada.

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