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El amo-dios

Por YASHUAbcn - 9 de Agosto, 2008, 22:12, Categoría: Las PAREDES HABLANTES

El Amo-dios o el dios-amo.

“Quien adora dioses acepta amos”. Pintada ácrata clásica[1]. Escueta y elegante. Directa a los ojos y al corazón. Propia de una voz valiente y de una mente clara. Un dios, sea el que sea, es una figura a la que se le atribuyen valores de dominio y ante el que se postra una devoción quien necesita justificarlo para su rito  o para su creencia, mediaciones  instrumentales para conseguir sus propósitos personales. Un dios es la figura ante la que su adorador cierra filas. Quien es capaz de supeditarse ante su mención también lo será ante cualquier semejante que se invista de poderes especiales. Un dios, mucho mas el de las confesiones monoteístas, está lleno de poderes. Los tiene todos o, siempre, demasiados. Es el presente, es el futuro, es la profecía, es el más  aquí, es el más allá, es el dueño de los sentimientos y de todos los actos. Es tantas cosas que deja al infeliz seguidor sumido en la nada absoluta de sí mismo: en un espantapájaros que apenas sirve para sostener la vestimenta que lleva puesta. Alguien que acepta presentar sacrificios a esa instancia divina está auto negándose a sí mismo como un poder concreto en lo material, como una mente pensante, como un cuerpo actuante. Muchos poderosos de la tierra se han mostrado como los más superiores por los atributos concedidos por la divinidad. Con esa artimaña han consolidado sus poderes y han conseguido la subordinación de sus súbditos. Un dios pide altares junto a toda la parafernalia del sacrificio. Historicamente fueron sacrificios de sangre ahora siguen siéndolo al postrarles la  libertad de pensamiento. El solo hecho de dedicar tiempo a un ritual de altar es estar ya ofreciendo un sacrificio, el de la atención, el de la dedicación de un tiempo personal que podía ser empleado para mejores cosas. ¿Recuerdas el tostón y palizas  de las misas obligatorias de los domingos por la mañana, cuando fuera esperaba la lujuria del sol, la fiesta de la calle, el ajetreo de las voces? Hemos hecho muchas tonterías en la vida, una buena parte de ellas condicionadas por la falta de madurez y por el imperio de las autoridades a las que estábamos sometidos, se tratara de padres o de maestros de escuela. Se nos imponían las creencias a golpe de pito sin más argumentación que la tradición y el país en el que estábamos lo marcaban así. Las iglesias eran lugares misteriosos donde el silencio, la semioscuridad, el latín, el boato, el confesionario y el acto de comulgar nos hacían formar parte de una comedia teatral, en la que inexplicablemente nadie se reía. Sin aceptarlo se nos convertía en avituallamiento escénico de toda la representación. Poníamos cara de niños buenos y nos arrodillábamos en el suelo o en los reclinatorios de los bancos de madera. Dios, nuestro supuesto padre redentor, nos salvaría de todas las fatalidades. En los libros de bachillerato elemental escribíamos estúpidos versos encomendándonos a la virgen María para aprobar aquella asignatura. Sin darnos cuenta dejábamos penetrarnos por una monserga devocional a lo todopoderoso quedándonos  los chavales en particular y los pobres humanos en general a la altura del betún. Poner en duda la existencia de tal descomunal mentira exigía determinación. Quienes nos declaramos ateos en la primera adolescencia crítica pudimos librar nuestras mentes de temores y emprender el vuelo de la evolución personal sin tener que pedir ningun permiso a ninguna clase de entidad espiritual que nos controlara.

La pintada comentada es un texto firme. Proponemos que figure como leyenda marcada a piedra en todos los templos del mundo sean cuales sean sus credos particulares. De esa manera sus devotos podrán meter entre oración y oración ratos reflexivos para recordar que la subordinación a un ser superior suele traducirse por su obediencia a jefaturas que van de superiores en la inmediatez social.

La consigna es una consigna y se limita a señalar una correlación difícil de objetar. Es una idea atemporal válida para las distintas temporadas políticas por siglos que haya entremedio. No cuestiona, ni es su propósito hacerlo, la espiritualidad o una fenomenología mística, sino un mito al que por milenios se rinden las masas y que les obstaculiza su propio pensamiento.



[1] Tomada de la paredjunto alapuerta posterior de la Iglesia st Martí de Cerdanyola del Vallès.

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