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Palabras en las paredes

Por YASHUAbcn - 3 de Junio, 2008, 14:27, Categoría: General

Mientras haya cosas por las que protestar las palabras se subirán por las paredes.

El grafitti y la consigna política vienen de antiguo. En La Roma del primer siglo de nuestra era lo tenía como bando popular y anónimo de difusión de ideas en un tiempo en que no había periódicos.  Manos anónimas se ponen de acuerdo sin conocerse para elevar y escribir las protestas a la altura visual de una ciudadanía menos atrevida para hacerlo. Las palabras tienen una vía fundamental de circulación que es la de boca a boca. Son los diálogos directos los vehículos de circulación comunicativa por excelencia pero no los únicos ni exclusivos puesto que la voz no puede soportar todos los decires. Cuando hay cosas ilegales o clandestinas que comunicar, propias del inconformismo y de la oposición pasan a otros lugares en soportes escritos cuando aquella circularidad se hace insuficiente y se convierte en consignas de oraciones simples cuando la cháchara verbal, un verdadero  bosque alfabético, puede o precisa ocultar algunos de sus árboles.

Subirse por las paredes significa encaramarse enérgicamente como respuesta reactiva a situaciones insoportables.  El doble sentido de la frase está servido. Mientras haya indignación por las atrocidades sociales y por una existencia social forzada la sensibilidad seguirá generando amonestaciones contra un mundo por toda su indeseabilidad.  El mundo social presenta situaciones difíciles para todos.  Dejarlas pasar por alto o disculparlas a veces tiene que ver con la propia negligencia, por no decir cobardía, personal para enfrentarlas. Por otro lado el modo de enfrentarlas no siempre se puede hacer con los mejores medios. Es radicalmente distinto quien puede disponer de una plataforma de difusión o edición a gran escala que quien solo tiene su voz, su pequeña red o círculo de relaciones y las vallas de su barrio. Eso no significa que quien accede o se mueve en los medios de comunicación pueda decirlo todo. Los programas vienen determinados por índices de audiencia y por promotores y firmas publicitarias o su permanencia en onda viene dada sobre todo por razones de mercado. No hay país democrático que admita cualquier clase de discursos y en particular los críticos son especialmente discriminados. Lo que accede a la prensa en forma de artículos o a los medios visuales y radiofónicos es aquello aceptable por la emisora o la productora, en definitiva, por el amo que mueve los hilos de todo el entramado. Para el ciudadano que necesita protestar por algo y contra alguien, los recursos civilizados de los mecanismos judiciales están a menudo vetados y los recursos culturales de la prensa están segados o discriminados; las paredes son el lugar de paso que permiten sostener las grafías de la indignación.

Los últimos tiempos asisten a una clase de eslóganes individualizados que se apartan de las consignas políticas de lo viejos tiempos; frases típicas que se siguen desarrollando bajo los regímenes férreos de las dictaduras.

Antes por escribir en paredes se corría el riesgo de ser encarcelado o incluso acribillado. La denuncia hecha palabra nunca ha sido soportada por los denunciados cuando saben que hace diana por la verdad que dice. Actualmente en algunos sitios también se corren esos riesgos. Afortunadamente el margen de libertad que dejan algunos países democráticos nos permite seguir usándolas para decir los titulares que la prensa nunca está dispuesta a publicar. Al propagandismo de este tipo a diferencia del periodismo profesional no le interesa el proselitismo ni el clientelismo en forma de compra de algo, un texto, que está ofertado gratis para todo el mundo; tan solo está interesado en la conservación visual y memorística de un tema pendiente de resolver o de una idea que no puede ser desestimada.  Lo que Juan Cueto  decía de la ciencia económica  que en ella, al contrario de las otras, no hay pesimismo que se le resista, ya que su especialidad es dotar de una explicación a lo peor, no influyendo en el consumo privado, y como económetras sólo se sienten felices en la recesión[1]; desde el propagandismo, y a quienes lo practicamos, no esperamos que cada eslogan genere una manifestación sino que cada persona que lo lea desarrolle la idea de la protesta reivindicativa por su cuenta. Escribir lo sabido y lo evidente en forma de supersíntesis no es para confundirlo con una alternativa sino para que la falta de alternativa y dada la realidad vacía no nos confunda con lo que esperamos de la vida y no nos frustre ante el futuro sin perspectivas. Un texto en la vía pública, anónimo y original, confirma lo que otros llevan dentro y que no se atrevieron a decir o escribir en público o da que pensar a otros, que sin tenerlo incorporado, empiezan a meditarlo a partir de encontrárselo espontáneamente.  En definitiva es una manera de escribir el saber y extender la conciencia a pesar del disgusto que les pueda ocasionar a quienes no la tengan.



[1] Cuando España consume.

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