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La cita con el Vampiro

Por Jesus Ricart - 16 de Noviembre, 2007, 22:21, Categoría: SOLIDARIDAD

8 am. Sala de extracciones en el Cap de las Fontestas. Silencio absoluto. Deben estar concentradas una cincuentena de personas. Todas en ayuno. Silencio sepulcral únicamente roto por la voz afelpada de la auxiliar o enfermera llamando grupos de nombres. Los nombrados van pasando en capilla, ese par de minutos previos a pasar por el box donde una experta en agujas clavará una en  el pliegue del brazo. Los que esperan pueden ver como los pinchados van saliendo con el brazo descubierto y apretando el algodón fuertemente no sea que un torrente de sangre ponga a perder el suelo. Los más exagerados, gente mayor, salen haciendo muecas de disgusto, alguno se queda a media palabra de protesta tal vez porque su vena se la buscaron el lado del hueso. A mi turno le pregunto a la profesional que tal le va en su trabajo, no sé porque lo hago, una especie de resorte interior me lleva a hablar. La veo con la cara contrita, la piel apergaminada y más seca que una baguette puesta al sol durante una semana. Inconscientemente pienso que si le digo algo la aliviará y en lugar de atravesarme con el pincho me tratará con inmaculada maestría. He exagerado, apenas noto la clavada aunque advierto que la aguja no es precisamente de las más finas, como las de insulina, observo que mi sangre sale lentamente y llena primero un tubo y después otro, es negra y me identifico con ella. Mi sangre es yo. Se quedará en la bandeja para llevarla al laboratorio. Por un rato me siento confortable en un sillón reclinable de eskay, la mujer interrumpe toda posible especulación sobre quedarme a reposar un rato, Le doy también un tubo con la primera orina mañanera. Solo había tapón para un solo tubo, le informo; sí, a veces vienen con un solo tapón pero los del laboratorio ya se apañarán con ésta. Salgo al exterior. El resto del grupo que va detrás de mi número sigue expectante. Nadie habla. A nadie le ha dado tiempo de empezar una conversación. Todos son desconocidos en una sala de náufragos. Me  pregunto si el personal en espera en no importa que sala del mundo éste hace lo mismo. Los náufragos reales en una catástrofe real  tampoco hablan, la ansiedad les puede y en todo caso producen gritos de horror. Aquí no hay para tanto solo  es una copichuela de sangre. Si Nosferatu fuera nuestro invitado se quedaría descontento. No entiendo porque la gente no habla. Hablar ayuda a relajar la tensión. Vivimos en el tiempo de la apología de la risoterapia y de otras modernísimas técnicas de expansión personal y en cambio en los actos cotidianos la gente ha dejado de hablar. Hay mucho de lo que hablar. Cualquier congregación humana debería ser un pretexto para la asamblea. Seguro que todo el mundo tenia cosas qué decir acerca del mismo centro sanitario, de la sanidad en general, del trato de los profesionales, de la tardanza en los análisis (el mío que pide extras: análisis de próstata y vih y hepatitis A, necesitan quince días) tanta que uno puede palmarla entre tanto y de esa forma industriosa con que funciona la medicina oficial.

El ciudadano-tipo suele obedecer a su médico. Generalmente su historial es un conjunto de pruebas pedidas pro este y un sumario de informes. Raramente hay esfuerzos por introducir hábitos distintos de vida. Por ejemplo el mundo hospitalario vive de espaldas a las empresas alimentarias y al revés. La mayoría de enfermedades se cuecen en las cocinas. La salud comunitaria es también una cuestión política. Sale del cerco de los intereses individuales para comprometernos a todos.  No estaría de más cursos abiertos de salud comunitaria que corrigieran hábitos ciudadanos. Desde alternativas a los guisos cárnicos (el consumo de la carme, es decir la industria que lo prepara, tiene la responsabilidad de un alto porcentaje en la emisión del CO2 a la atmosfera, según se puede consultar en Cuerpo y Mente)  por el lado vegetariano a reeducación en los hábitos de trabajo y lúdicos, algo de los que el poder civil se podría ocupar. En las OMIC, oficinas municipales de información al consumidor, también se podría incluir la información sobre efectos nefastos de determinadas prácticas curativas como consumos excesivos y descolocados de fármacos. Volviendo a nuestro relato, se puede prescindir de un poco de sangre. En realidad todos deberíamos ser donantes regulares para su renovación y articularlo desde los centros sanitarios, con el análisis periódico incluido como recompensa, La idea social dominante  de no compartir nada hace que mucha gente padezca más de sus dolencias por niveles insuficientes en los hemobancos. Continuará.

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