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De la queja a la Acción

Por YASHUAbcn - 16 de Noviembre, 2007, 21:44, Categoría: DEBATE SOCIAL

Entre una  Iniciativa demorada  y las inicativas pendientes.

El mundo de los negocios se ha perfeccionado. Hay páginas de quejas por todas partes. La gente ha aprendido a hablar. Cada día son más las personas que no están(mos) dispuestas a vivir calladas tragándolo todo. Si quieres enterarte de la verdad de una cosa acude al lugar donde se habla de ella desde todos los ángulos, no te limites a las hojas de instrucciones del producto o a sus declaraciones oficiales. Es así que las cartas al director de los periódicos  desde que publican tal sección  y las opiniones ciudadanas sin censura permiten conocer verdades que los artículos de prensa –y mucho menos las noticias- no revelan siempre.

Al repasar los buzones  cargados de opiniones críticas, por lo general auto moderadas pero no por eso faltas de crítica e incisivas, se puede observar una tirantez entre el ciudadano sin responsabilidades de gobierno y el político ejecutivo que ocupa el cargo para una temporada, otro ciudadano con atribuciones, no sé si dotes, de mando. No faltan razones para estar enfadados con la lentitud de la gestión gubernamental (las cosas de palacio siguen andando despacio, como siempre) pero la observación neutra no puede por menos que considerar que la vieja pataleta de “la culpa la tiene el gobierno” se quedó en Tip y Coll y que es del todo caduca. La culpa, porque desde luego culpas hay por un tubo, la tenemos todos barra todas. La típica protesta del ciudadano afectado que no se siente representado por el consistorio cumple la función de patadita simbólica en el culo del ejecutivo para que no se duerma en sus laureles, pero si no la acompaña de una propuesta operativa, menuda la gracia que puede hacer. La perspectiva de la propuesta como asunto propio de la ciudadanía raramente es contemplada. La reivindicación se queda más en el sermón que en una puesta de manos a la obra para hacer cosas por la ciudad. Sí, sí, hay unos cuantos grupos y entidades culturales y especializadas en temas sociales  que elaboran y ejecutan propuestas a menudo más adelantadas que las de las  instituciones, pero por lo general eso no arrastra a la ciudadanía  en su conjunto salvo para las efemérides episódicas.

No viene a cuento citar un tiempo en que un no olvidado partido bolchevique, que nos descerrajó las tripas muchos años después  al enterarnos de sus fechorías, convocó a la sociedad a trabajar libremente para mejorarla. Surgió el fenómeno de los sábados rojos en que los obreros trabajan a fondo perdido. Eran tiempos de utopía y la historia demostró que millones de personas estuvieron haciendo el primo. No hay paralelismo en la realidad actual. El ciudadano resentido con la lentitud de los cambios sociales o con decisiones urbanísticas que van en su contra culpa, y culpa justamente, a los cargos en el poder político por vender a sus espaldas su territorio, su tranquilidad y su libertad pero salvo la manifestación puntual en contra de esto –o en su defecto el artículo de crítica- no trabaja para opciones alternativas. A escala local, que es lo que está mas cerca, tenemos un montón de temas de agenda hablados desde decenios que siguen sin resolverse.

Tenemos un río que da pena desde las últimas cinco décadas. El ayuntamiento sigue sin ponerse a arreglarlo, hubo manifestaciones para su rehabilitación, pero  no sé de nadie que por su cuenta se haya puesto a trabajar para recuperarlo. El que cruza Ripollet al menos  sirve a hortelanos. Tampoco es seguro que esta sea la solución. Lo que sí es cierto es que la espontaneidad creativa del pueblo a menudo supera las iniciativas insoportablemente  demoradas de los consistorios, si además estos están en manos de un grupo que toma por nombre el sustantivo Iniciativa, la insoportabilidad se convierte en un insulto directo a la inteligencia pública.

La culpa es un poco de todos, pero lo es más de quienes organizan el presupuesto y no lo organizan a satisfacción de las necesidades colectivas. Es posible que un gobierno local, de acuerdo con su terminología cuente con el favor y el apoyo de la sociedad que le ha votado, pero es que además debe incentivar la iniciativa social, la creatividad colectiva para hacer las cosas más rápido y mejor. Intuyo que hay un cierto temor a hacer eso porque entonces ello produciría un cierto trasvase de poder y sobre todo enfrentaría al grupo de gobierno a un planteamiento revolucionario en la transformación de la realidad, concepto cuya mención puede revoltar la masa bacteriana de sus intestinos.

No sé si se podrían implicar los sectores profesionales, los escolares y universitarios, la gente de las fábricas en dedicar una parte de su tiempo laboral a trabajar por la ciudad. En higienizarla, en maquearla, en ecologizarla, en amarla. Dejarlo todo para la brigada de mantenimiento eso sí que es una utopía. Las ciudades deberían tener algo así como el día de la ciudad, donde todos sus ciudadanos de todas sus edades trabajaran para ella. Tal vez el tipo acostumbrado a dejar sus restos de cristal o sus caquitas en general tras sus farras o botellones se reeducaría por ese medio, tal vez los conductores dejaran los coches más en reserva en espacios de estacionamiento (todas las ciudades deberían tener para potenciar el uso del transporte público), tal vez los niños crecerían con más respeto a la naturaleza, tal vez ahora en lugar de estar escribiendo esto estaría con otros haciendo algo por la descontaminación , por la vía verde, o por parar el cambio climático, que es la última moda a la que dimisionarios como Marín dicen apuntarse dejando perplejo a uno que le escucha al confirmar que entonces durante toda su vida política no se ha ocupado de la ecología (claro, tenia suficiente con hacer callar a sus súbditos en el parlamento). No me atrevo a opinar en público sobre los sueños de un exrevolucioanrio en cuanto lo que se podría hacer a escala de municipio. Hay que contar con el mismo lastre poblacional, el refractario a toda propuesta de modificación.  Algo que sabe todo equipo en la gestión de poder. Lo extraño es que no sepa que hay otra parte de la población que secundaria iniciativas de transformación  tanto con su energía personal  y tal vez, incluso, puede ser, con su capital contributivo. ¿Qué tal hacer participaciones para una estación fotovoltaica cuya energia la vierta a la red?  Ideas hay muchas y todas no se pueden decir de golpe. No estaría mal convertir los espacios de participación y de opinión publica en canteras de iniciativas reales populares que generaran equipos de actuación.

 

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