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Lucha Callejera y Lucha Dialéctica.

Por Néstor Estebenz Nogal - 31 de Octubre, 2007, 18:51, Categoría: DEBATE SOCIAL

La kalea borroka ha sido definida como terrorismo de baja intensidad y se le ha colgado el atributo de proveeduría de nuevos militantes a la acción armada de ETA. Tomando distancia de tal alarmismo  simplista el socio análisis debe acercarse a la cuestión con rigor científico y  no dejándose llevar por el impresionismo de si está bien o si está mal la performance de la violencia en la calle. No creo que las acciones destructoras de autobuses, cajeros automáticos y mobiliario urbano ayuden a ninguna causa justa ni al proceso hacia una utopía social, pero tampoco se contribuye a nada impugnándola en su totalidad sin entender lo que la provoca.

La violencia es el lenguaje de la impotencia. Se produce cuando otras vías fallan. La tesis de Claussevitz también vale para las tensiones sociales más allá de las pugnas entre estados. El debate es o debería ser una forma de diplomacia que permitiera vehicular o sacar adelante reivindicaciones históricas. Cuando los encuentros verbales se limitan a cumplir roles pantomímicos la violencia reactiva surge conteniendo  pasos reservados que nunca fueron del todo desestimados. La lucha física es algo que ha existido, existe y –lamentablemente- continuará existiendo por que la lucha dialéctica ha fallado, falla y –lamentablemente- seguirá fallando cuando se hace oídos sordos a los sentimientos y necesidades de la gente. Vivimos en sociedades violentas, las democracias no han resuelto sus múltiples manifestaciones. La violencia se expresa en distintos ámbitos y nadie olvida que es una hipótesis que nunca se puede descargar del todo. ¿Quien tiene tantas segundas mejillas por repetido en  el desván para aguantar todos los golpes hasta la crucifixión sin auto defenderse? Seamos honestos, el pacifista más pacifista –y yo me reclamo entre otros muchos de militar por el pacifismo-  es potencialmente violento llevado a situaciones extremas. En los foros y programas de información sobre violencia sectorial, como la que sufren las mujeres a manos del machismo, de la cual ha habido un simposio reciente en la UPF, no pueden ser intelectualmente honestas y  organizativamente eficaces si no reconocen el estado de violencia latente en cada ser humano. Otro asunto es que se utilice como primera expresión porque los auto moderadores (la introyección represiva) no funcionen. La violencia es un atributo del ser humano, de hecho lo es de una amplitud de seres vivos. Combatir su preinscripción genética es el reto cultural de las propuestas de la convivencia pacífica. La tesitura entre violencia descontrolada y cultura autolimitante está dada. Otro asunto es creer que  toda violencia remite a lo mismo. Es completamente distinta la autodefensa violenta al ataque agresivo unilateral. No tiene nada que ver el homicidio brutal preparado por una mente asesina a matar a quien trata de matarte.

 Las bandas neonazis  (cuya sola existencia en si mismas demuestra el fracaso del aprendizaje de las lecciones heredadas del siglo XX sobra los cadáveres de decenas de millones de europeos) tienen por ideario castigar y matar. Tal vez no tengan boletines con artículos o argumentos pero tienen lugares de entrenamiento para instrucción física y para aprender a atacar y hacer daño.

 El reconocimiento de las convulsiones sociales obliga a interpretar  la lucha política en todo país y lugar como un proceso vivo que termina por ser trasladada a la calle. Las asambleas  y las reuniones, lugares de palabra y sosiego, acaban por adoptar conclusiones para la acción visible cuando sus propuestas no son negociadas o rechazadas. La lucha callejera en todas sus versiones mantiene el común denominador de llevar al espacio público los problemas no resueltos que implican poco o mucho a toda la sociedad.

Lo extraño

Ya va siendo hora que voces públicas cuestionen el estado de derecho. No hacen más que sumarse a  tesis interpretativas que tenemos desde hace décadas. Eso al menos demuestra un abigarrado campo de opiniones no unitarias con respecto al modelo social y de estado en el que estamos viviendo. Sentar en el banquillo de los acusados a un lendakari  por el delito de hablar  es anti demócrata y más bien propulsa la rabia de nuevas oleadas de lucha callejera, lo extraño de esta no es que sea tan radical o incendiaria sino que no lo sea. En paralelo ¿quien sienta a tipejos como Pedro J Ramírez –el magnate de El mundo un periódico instigador - por amenazarnos con los tanques si los delirios según él de las propuestas soberanistas siguen su curso? La lucha callejera no existe porque sí, traslada a un espacio público la rabia contenida en multitud de espacios cerrados. Ella no siempre parte de una iniciativa propia para desestabilizar, puede ser la respuesta a situaciones previamente desestabilizadas o a provocaciones directas del estado o de la policía. El problema de la lucha callejera en que se enfrenta en batallas campales contra los peones del establishment  sin tan siquiera rozar a los principales responsables de las situaciones. Como variedad deportiva  puede tener sus méritos como lucha política eficiente es discutible. La lucha callejera,  que pro su propia condición es eventual o esporádica, no es sostenible y solo puede conducir a la lucha dialéctica en su doble sentido: la lucha verbal con los argumentos de la razón expuestos pacíficamente  y la lucha combinada de palabras y acciones. Lo cual nos coloca al principio de esta consideración: se llega a la acción violenta cuando el texto pacífico no es escuchado, pero la acción violenta solo puede espirar a colocar la coherencia del texto en el lugar de la escucha o de la negociación y de su aceptación progresiva.

Tiene poco sentido decir si se está a favor o en contra de las pedradas, sus escenificaciones por repetido obligan a preguntarnos porque no cesan de una vez. No se sostiene pensar que psicologías violentas y personalidades perturbadas la necesitan para sentirse expansivas. Hay resortes que mueven a ella. De otra parte la violencia en si misma, la de los golpes o las quemas, no puede ser evaluadas si no es contextualizándola y sobre todo según bajo qué parámetros es convocada. Frente a las bandas neonazis que están a la derecha de la derecha y que tienen claros objetivos de destrucción de inmigrantes, negros, gitanos, indigentes, hippies o y ante las que el sistema judicial demuestra lo indulgente que es (casos de palizas demostradas no encausados) que salen a la calle con la intención de golpear, qué otra opción queda que la autodefensa. ¿Cómo hablar o reeducar a tipos que se enorgullecen de lisiar y matar? La ley de Talión aun no ha sido erradicada del todo. Los asesinos nos impiden olvidar que son imperdonables.

La lucha callejera no se puede minusvalorar por su condición minoritaria. Tampoco se puede impugnar por el hecho de que haya quien la usa –lo que no hay que poner en duda- para tener un campo de libertad donde desarrollar sus rencillas personales o resolver sus frustraciones, pero es un fenómeno no tan episódico como sucede y no tiene nada que ver con el terrorismo sino con el sentimiento de  impotencia de cambiar las cosas por vías legales. Su problema es que no prepara las condiciones para cambiar nada. Deja un balance de destrucción de cosas físicas que en principio no tienen la culpa de la situación y genera el efecto contrario al que pretende: indisponer un grueso de la sociedad en contra de tales métodos. El activista callejero termina por cansarse de jugarse el tipo y de dejar llamaradas tras su fuga sin que eso sirva de mucho más que redoblar inversiones en sistemas de seguridad y en el coste de policías represivas.

Protagonizar luchas callejeras crea la ficción de un movimiento in crescendo. En realidad los 4 de siempre son los que se citan en formas radicales. Su espera de que la sociedad en masa se sume a sus métodos es una espera vana. Los decorados revolucionarios de otros tiempos han sido la multiplicación por cientos de los actos de lucha callejera. El desmadre general descoloca una realidad pero eso no significa que se sepa como construir su alternativa. Si se puede fraguar de alguna manera es con la lucha dialéctica, la de la palabra contra palabra para que impere la razón justa para otra vida social.

 

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