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Actos Solidarios

Por Suso Ricmor - 24 de Octubre, 2007, 18:45, Categoría: DEBATE SOCIAL

La solidaridad es uno de los grandes temas humanos. Uno de los más hablados. Se reconoce como una tendencia empática que una persona proyecta hacia sus semejantes por el hecho de presumir una identificación existencial. Es una de las formas que concreta la ayuda mucho anterior a su perspectiva cristiana refigurada como caridad y posterior  e independiente a todo decreto religioso que obligue a ella. La solidaridad ha ido pasando de formar parte de las configuraciones personales y espontáneas a formar parte de los proyectos organizativos e institucionales que la articulan para ayudar a quienes la ayuda les supone una cuestión primordial o subsistencial. Hay tantas vías para ejercerla que es difícil que alguien pueda no sentirse solidario con su prójimo. Directa o indirectamente hay formas de colaboración. Un ejército de oenegés propone cuotas de colaboración para ayudar a aquellas partes del mundo más necesitadas. Muchas vinculaciones solidarias pasan por la asepsia de tener domiciliada una cuota periódica de contribución desentendiéndose más o menos de lo que se va a hacer con ella.

De tarde en tarde los trapos sucios de algunas organizaciones salidos a la luz demuestran que no están exentas de las bajezas humanas, de las traiciones y de la utilización fraudulenta  de los fondos financiando enriquecimientos personales. El fraude es una constante de la que tampoco se han librado asociaciones altruistas. No entremos en eso ahora y aquí. La cuestión es que las peticiones de ayuda se han generalizado y hasta podemos decir que asistimos a una cierta performance de su industrialización.  El mundo no tiene  menos pobres ahora que medio siglo atrás. Todo lo contrario. Se sigue muriendo de hambruna  y  de enfermedades  en un mundo que está tocando los extremos máximos de su tecnocracia y de su poder económico. La solidaridad institucionalizada no consigue resolver las miserias. Parece más bien que contribuye a su permanentización. Nos hemos acostumbrado a que haya una parte de la sociedad permanentemente desfavorecida y quienes tenemos la suerte biográfica de pertenecer a la otra más favorecida, ejerciendo la solidaridad regulada a veces crea el efecto de disculpa psicológica de como está el mundo. Hay una paradoja solidaria, la de consolidar a quien la recibe en su dependencia permanente sin enfrentarlo a un cambio radical y productivo de actitud ante la existencia. Una curiosidad estadística: todas las ayudas en concepto de Solidaridad recibidas en África han sido igualadas por todos sus gastos en conceptos de guerras intestinas.

Más allá de la solidaridad como principio universal o como práctica regulada, los actos solidarios incluyen una multitud de gestos de deferencia hacia quienes los necesitan. No implican necesariamente grandes sumas de dinero ni siquiera gastos de poca monta. Suponen muchos actos variados cuya espontaneidad  se  especifica en cada momento en que nos hace protagonistas de ellos. Recoger a alguien en la carretera que hace autostop o pide ser llevado, invitar a comer a alguien que tiene hambre y no puede pagarse la comida; dar una información crucial que puede salvarle una situación a alguien confundido, darle unas monedas  a alguien que lo necesita para tomar el metro forman parte de un anecdotario con los que de ordinario la vida urbana te emplaza con una cierta frecuencia. Depende de las ciudades y de los momentos las formas solicitantes de ayuda siguen unos estilos u otros. También están sujetos a modas y a un tipo de frases. La constatación de profesionales que se acogen a la solidaridad anónima nos convierte a los solidarios en poco menos que estúpidos cuando después de nuestras atenciones comprobamos que no hemos hecho otra cosa que contribuir al parasitismo. La picaresca de vivir del cuento lleva a mucha gente a especializarse en su drama para conmover la escucha ajena y poder vivir de ella. He asistido a muchos actos solidarios en los que los necesitados eran verdaderos actores de su drama sacándole el máximo de partido. También he asistido a lo contrario: la absoluta indiferencia del público ante engañabobos con miserias poco creíbles.

La solidaridad es un criterio delicado que necesita seleccionar la diana de su contribución. No todo el mundo que pide ayuda la necesita o se la merece y al revés: hay quien no la pide y la necesita más. En un mundo solidario el intercambio de conductas de ayuda generaría una progresión matemática creciente de superación de necesidades hasta el punto que en muy pocos tiempo nadie necesitaría pedir auxilio. Si eso no pasa es porque la misma solidaridad se convierte en una fábula cuando no en  un negocio, en una auto justificación cuando no en una disculpa para seguir tolerando un sistema social injusto.

A escala del comportamiento personal la vida lleva a hacer espontáneamente pequeñas ayudas. Lo cierto es que cada vez menos. Cada individuo vive en su perímetro blindado e ignora lo que le pasa al de al lado. La indiferencia es tan absoluta que la gente va por la calle o por los espacios públicos sin mirarse directamente a los ojos. A veces sin responder si quiera cuando es preguntada. De todos los registros conductuales el de los actos solidarios no es el más numérico. Se hacen más regalos que actos de solidaridad. Su conexión es clara: ambos implican gestos deferenciales pero mientras uno dejo un rastro y una personalización quedando constatado  el otro solo deja el acto como muestra fuera de quien lo hace.

Para ejercer la solidaridad  de una manera improvisada hacen falta  dos cosas 1. Tener la disposición de ánimo o el criterio seguro para hacerla y 2. Verificar que se corresponde con una necesidad real de la persona a la que se le da.

Cuando después de ayudar por sistema se recogen experiencias despreciativas de alguna gente que no se merecía la ayuda prestada uno se pregunta si el registro de actos solidarios puede ser tan sistemático como se presenta.

De la misma manera que la ayuda por sistema no se puede imponer siempre a quien la rechaza no siempre la solidaridad espera se corresponde con las necesidades reales de quien esta a la espera.

 La solidaridad puntual sea del  tipo  que sea; material, económico, verbal, defensiva  o de apoyo genera formas de relaciones concretas. Presupone una posición cooperante que no tiene porque ser creativa pero sí enriquecedora en cuanto que en la practica socializa recursos. Supuestamente quien recibe solidaridad recibe también la pauta educativa para reproducir tal conducta en otros en cuanto tenga oportunidad. También es cierto que su cantidad guarda relación con su demanda. En la sociedad individualista no está bien visto pedir ayuda o favores puesto que es sinónimo de no triunfo. Se llega a situaciones extremas: pasarlo mal antes de pedir auxilio. Las procesiones van por dentro. Todo el mundo contesta que está muy bien cuando es preguntado.

Desde que tengo en cuenta los gestos solidarios espontáneos advierto que recibo menos o ninguno frente a los que proporciono. Tampoco se trata de buscar un equilibrio. Cuando alguien espontáneamente tiene una deferencia de ayuda me quedo gratamente sorprendido aunque haya sido por un detalle insignificante. La vida urbana tampoco presenta diariamente situaciones en las que intervenir para ayudar. Algunas incluso (los continuos accidentes en vías supertransitadas) detenerse a ayudar va en contra de la misma ayuda y quienes ralentizan el coche lo hacen por el morbo de la curiosidad más que por el principio de solidaridad. En cuanto a los que protagonizo no de todos creo que he procedido correctamente. Algunas veces tras descargar al viajero que he subido en autostop he tenido que reconocerme el error de haber complacido su demanda. La solidaridad pasa por una ecuación: ayudar a quien se ayuda, aunque eso no siempre se puede advertir de inmediato.

En todo caso una sociedad dinámica con más cruces de demandas de la gente pidiendo lo que necesita y más ofrecimientos espontáneos dándoselo será incomparablemente mejor que la actual en la que cada cual vive en su mundo privado, temeroso y parapetado.

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