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La recuperación del bosque

Por YASHUAbcn - 20 de Junio, 2006, 12:05, Categoría: Las PAREDES HABLANTES

La recuperación del bosque[1].

 “+Pinares -Ladrillos” en las Dunas de El puerto de Sta María es una pintada que conecta con el clamor por espacios de más calidad como un deseo generalizado. El deseo de una mejor  calidad de vida  hace de punto de confluencia de vecindarios aunque tengan distintas ideologías e inclinaciones políticas. En un país como España que ha ido creciendo a golpe del ladrillo especulativo  y que eso ha convertido barrios enteros en almacenes humanos, al movimiento ciudadano y vecinal contra el crecimiento caótico  le ha correspondido  la reacción justa de la protesta. Todavía ahora pagamos, en un montón de lugares, formas de crecimiento tercermundistas y las nuevas  reformas urbanas tienen que luchar contra las secuelas de décadas de construir mal.

El urbanismo es el arte supuesto que armoniza los espacios y sus ocupantes creando una sintonía de fusión y de vida, de hábitat y habitantes.  El urbanismo lucha contra la arquitectura de masas preconcebida para el hacinamiento de multitudes tratadas como fuerza de obra barata. A pesar de la concomitancia de ambos campos profesionales una visión urbanista obedece, o debería obedecer, a un concepto racionalizador del espacio mientras que una arquitectura para el desarrollo de edificios habitables obedece a los dictados de la industria del crecimiento que vende cubículos para el concentracionismo. La demanda de más sectores verdes pide una forma concreta de espacio: la reducción de ladrillos. Ésta va no solo en contra del incremento de domicilios para habitantes sino también en contra de un tipo de espacios públicos cementados que desconectan la relación de los humanos con la poca naturaleza que nos queda para gozar.

Antiguamente el salto del medio rural o agrario a la urbe era la panacea. Más antiguamente el enfrentamiento a las incertezas de los bosques y de la naturaleza salvaje pasó por las aglomeraciones, las casas contiguas y las calles vecinales. Tras un largo período de ese circuito, ahora, en un tiempo en que la gente nace, vive y muere en las ciudades sin tener demasiado contacto con los bosques, el divorcio con la naturaleza está detrás de muchas patologías sociales y de la desarmonía existencial. Cada vez que es cortado un árbol sin reposición se quitan oportunidades a la calidad de vida de la existencia humana.

La conciencia de esto nos lleva a reclamar espacios que arrasaron las máquinas y que dieron paso a su territorio de altos índices de densidad poblacionales. Antes el bosque era la base de todo, de la recolección de frutos y de la caza, ahora representa los espacios lejanos y desconocidos. Los mejores parques urbanos son aquellos que han respetado la naturaleza y las ciudades más bonitas del mundo son las que han conseguido mantener un mayor número de espacios a la sombra y de vegetación  autóctona. El bosque, que había sido un lugar de miedo, así incluso recogido por una clase de literatura infantil, es la hipótesis de un lugar de salvación. Pero los bosques urbanos no interesan. Que la gente vaya a hacer paseos por ellos en lugar de encerrarse en discotecas malolientes, que haga el amor entre los matojos en lugar de alquilar moteles, que haga picnics en lugar de ir a restaurants o que  vaya a respirar aire sano en lugar de ir a la UVI por insuficiencia respiratoria, es algo que no interesa, no devenga beneficios. Los bosque son lugares libres y abiertos todavía en los que no hay una taquilla para entrar. Sí proporcionan beneficios, pero no son crematísticos y sólo notorios a largo plazo. Estos pasan por la salud, la paz, la cordialidad, el goce y en definitiva la felicidad. La felicidad no paga impuestos y eso no conviene ni a los estados ni a los municipios. Aún así a cuenta gotas una ciudad que desee ser atractiva tiene que intentar mantener una relación de equilibrio entre sus calles asfálticas y sus edificios monocolor con las avenidas de paseos bajo arboledas y sus parques con árboles centenarios.

Los árboles son los hermanos nobles de los humanos. No hay otro ser vivo que pida tan poco y dé tanto. Da la calma, el regocijo, la protección del calor, la atracción de las lluvias. Cada vez que es cortado un árbol con el pretexto de levantar un bloque más y no es sustituido, el ayuntamiento al mando comete un acto de negligencia imperdonable. La dedicación de nuevos espacios que nos reconecten con la naturalización y la repoblación forestal tiene que alcanzar a las competencias municipales y a los perímetros urbanos para que tanto alrededor de los núcleos habitados como dentro de ellos haya mas concurrencia de vida vegetal y todo lo que ella trae, zonas libres de humos y CO2 automovilísticos, concurrencia de pájaros y cánticos, oasis de calma y comunicación.

Eso no quita que haya que tener tiento a la hora de elegir las nuevas especies y no poner moreras por ejemplo en aceras de paso o placitas con asientos para que en el periodo que dan frutos lo pongan todo a perder y hagan inviable las sentadas  (algo que en Barcelona, en Diagonal Mar no han aprendido para citar un ejemplo). Demos un voto de confianza a los encargados del tema en los órganos de poder local para que vayan facilitando los pasos para la reconexión con las formas vivas representativas de la naturaleza y para que pongan el parámetro de la vida dulce y tranquila en primer lugar en vez de los negocios que den más impuestos y que propicien el ajetreo, el estrés y la tensión colectiva.



[1] http://www.telepolis.com/cgi-bin/web/FOROLEER?id=569750

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