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El desprecio como ostentación

Por YASHUAbcn - 20 de Junio, 2006, 12:02, Categoría: COYUNTURAMA

El desprecio como ostentación[1]. Los abucheos y  las pitadas forman parte de la tradición popular. Seguramente no ejemplifican el mejor linaje cultural sino el más explosivo y espontáneo, no por eso menos expresivo y contundente. Gritarle fuera, que se vayan, que no hablen, que se callen, que se aparten, que nos dejen en paz, a personajes de la vida política pública que basan sus campañas en la ridiculización de la nación catalana y encima tienen la caradura de venir a insultar a los catalanes a su propia casa, a nuestros mercados y calles con sus presencias, soberbias y frases ridículas; es lo menos que se puede hacer. No todo el mundo puede participar en debates públicos o en careos en el tú a tú donde poder repasar analíticamente las contradicciones de los contrincantes y poner al descubierto sus ataques. Por eso mucha gente se expresa como puede y donde puede: en las paredes en forma de pintadas, en los foros digitales,  en las cartas a periódicos o en la onomatopeya espetada al paso de un infeliz (de un impostor o de un antidemócrata) que se cruza en su camino que viene con su doctrina obsoleta de los valores patrios que castraron a varias generaciones seguidas en una Hispania huérfana de libertades.

Que todo el mundo tiene derecho a la palabra y a su circo ya no está tan claro. Hay un límite. La apología del centralismo (léase la tiranía) ya  no es de recibo. La gente lo sabe y no tolera que mentecatos que caen mal y son mentirosos convencidos vengan a hacer campaña para sus discursos que avalan el retraso histórico y que nos perjudica a todas las clases.

Hay una cuota de desprecio necesaria para volver a colocar los valores apreciables en su justo lugar. Con tanto umbral democrático se olvida que hay toda una derecha a la que le debemos el retraso histórico de España en comparación a la mayor parte de los países de la Unión Europea. A fuerza de darles audiencia perderemos la noción del futuro que queremos.

Los tomatazos y el lanzamiento preolímpico de los huevos podridos también formaron parte de una tradición que no estaba dispuesta a aclamar la escena pública. Si alguien acude a esas prácticas o a las caceroladas hay que encajarlo como distintas modalidades del lenguaje crítico. ¿Acaso salpica menos, o no embrutece tanto el ruido verbal de los discursos de la derecha oficial u oficiosa?

Es pensable que el líder que pasa por una experiencia de insulto sumarial, popular y masivo de este tipo difícilmente lo podrá olvidar mientras viva. Se dirá a sí mismo que eso es cosa de minorías revoltosas pagadas por lo que queda de las calderillas de Moscú o bandas descontroladas de terroristas de baja intensidad. Pero en un atisbo de honradez antes de tomar su pastilla para dormir tendrá que reconocer que el cabreo de la gente es la justa reacción al insulto de sus frases. Un instante más allá empezará a pensar quien le pide a él hacer de salvapatrias en tierras donde no quieren ni verlo en pintura. La ronquera nocturna abortará ese pensar y al día siguiente una agenda repleta de actos de mentira le esperará para que siga haciendo su número como el monigote que ha optado por ser posponiendo toda reflexión autocrítica. Una paga considerable justificará aguantar todo eso y un ego esculpido con la lima de uñas del lavabo estará dispuesto a aguantar no solo lanzamientos de gritos y productos agrarios sino calderas de agua o aceite hirviendo si fuera preciso para engrosar la lista  correspondiente a la que pertenezca dentro del martirologio general

 

 



[1] http://www.telepolis.com/cgi-bin/web/FOROLEER?id=569507

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