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Una anécdota en la Côte Sauvage

Por Ariadna Lúpulos - 18 de Mayo, 2006, 8:46, Categoría: The OBSERVER

 

Recorrimos el paseo de mar de Cap Breton  en Landes, Sudoeste francés. Ante la inminente puesta de sol decidimos sentarnos en una mesa  en la terraza de un bar. Nada más hacerlo, al otro lado del cristal en el interior del local, alguien golpeó fuertemente al cristal y nos hizo ademanes con la mano de no por debajo de una cortina. Al mismo tiempo los chicos de la mesa de al lado, dos o tres de ellos con las piernas en reposo o entabladas nos indicaron que aquel era un lugar reservado para los handicapées. Pregunté donde estaba el aviso de tal medida. Se deshicieron en una explicación territorialista sobre que aquello era para ellos y que debíamos dar la vuelta al edificio para entrar en el bar. Ante la sospecha de que estábamos en Francia e instalados junto a unos imbéciles que querían pasarse con nosotros dije  que íbamos a estar pocos minutos (de hecho seríamos la última mesa en ser abandonada cuando el ultimo destello de sol desapareció en el horizonte atlántico; la puesta de sol inminente había sido el motivo de nuestra sentada). Se daba el caso de que uno de los chicos en advertirnos de ello no mostraba ninguna magulladura corporal y si bien era cierto que había una cierta profusión de lisiados (surfistas amantes de las olas contándose las batallitas en sus besos con las rocas del mar) también lo era que al rato se sentó otra gente sin señales de contusiones por ningún lado. Nos preguntábamos por qué esa clase de anécdotas suelen pasar en Francia. ¿Qué les sigue pasando a los franceses que no soportan de los forasteros y que necesitan dejar su cucharadita de politesse mal entendida? Posiblemente la suma de handicapées terminaron por establecer su propio código que solo ellos conocían y no tenían porque conocer los visitantes puntuales y entre ellos, habría los mas decididos a imponerlo gustara o no a los de fuera, todo al margen de la comprensión y el respeto. También era cierto, pudimos observar, que el local es uno de los que agrupaba surfistas y quizás, a modo de cofradía, estaban interesados en parroquianos potenciales  que consumieran sus bebidas para beneficio de la casa. Fuera de detalles seguimos en nuestro puesto sin que nadie precisara de la mesa y de ese encuentro puntual y espontáneo entre culturas quedó esta anécdota y no el relato de una conversación amistosa entre los de una mesa y los de otra sobre la soberbia caída del sol, los beneficios del mar de la cote sauvage o el diálogo entre generaciones. 

 

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