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Comercio y Estafa.

Por Jordi Sar - 10 de Mayo, 2006, 15:20, Categoría: COSASdelCONSUMO

La idea de la figura del estafador es aquel que piensa en términos de timo. La imagen clásica es la del tipo astuto que busca un incauto con cara de tonto para colocarle cualquier cosa inútil haciéndole creer que compra una ganga. Es así que ha habido espabilados con suficientes habilidades verbales para vender un ladrillo envuelto haciendo creer que se trataba de un lingote de oro, o en versiones más reconocibles, gitanas que vendían cajas comerciales de videos con un tarugo de madera dentro como magnetoscopios nuevos y flamantes. El timador en tierras hispanas ha prosperado de una manera sobresaliente, forma parte de las categorías urbanas sin piedad a las que no tiene acostumbrados esta geografía cultural con ricas tradiciones en bandidajes y asaltadores de toda clase. Claro que ese timador, el que ofrece duros a cuatro pesetas, cuenta con un factor psicológico esencial: el de la ambición subyacente de su víctima potencial que cree que está tratando con un tonto cuando realmente el estúpido es él. Visto así el timador, se constituye, aunque esa no sea su intención, en un detector público de la malicia social de la que, quien más quien menos, se corrompe poco o mucho. A priori todo el mundo sabe que nadie da duros a cuatro pesetas pero cuando alguien los ofrece, a pesar de todas las advertencias, se detiene a escuchar para cerciorarse si eso es cierto o no.  El timador tiene algo de picaresco y encarna una figura tradicional casi mítica de la cultura patria, magistralmente representado por Toni Leblanc en más de una película, medio ratero y medio mangante pero en el fondo buena persona, capaz en un momento dado de devolver  el coche substraído, con un maletín de relojes caros de muestra dentro, al mismo lugar que lo robara  unos minutos antes de que su dueño  vaya a  recogerlo.

Pero hay otra clase de timo más organizado y sistemático que trasciende a la oportunidad callejera para ser una venta fraudulenta sistemática. El comercio, el pequeño o gran comercio, el de tienda de esquina o de hiper, va asociado a la idea de estafa cuando el vehículo comercial de la venta, el establecimiento y sus vendedores, se ven a sí mismos como simples intermediarios o expendedores y no asumen ante el cliente la garantía del producto vendido. La garantía, es algo de la empresa fabricante y lo más que asume el comercio es comprometerse al plazo de ella para devolver el producto si no funciona a la firma para su reparación. Todo parece impecable cuando un objeto nuevo deja de funcionar después de un uso de unos cuantos meses. ¿Pero qué pasa cuando el objeto nada más ser desenvalado viene defectuoso? Pues que el comercio no asume el problema  y lo carga al cliente. Este considera tener mala suerte y acepta el via crucis de devolver algo el día después de haber sido comprado y esperar la demora de su entrega en perfecto estado. ¿Perfecto estado? Nada de eso. La garantía que proporciona el fabricante tampoco es tal y trata de mejorar el producto defectuoso no de cambiarlo por uno nuevo. El cliente está defraudado. Eso pasa tanto con una radio portátil como con un coche todo terreno. Parece que la legislación tiene lagunas y ampara este procedimiento. He cargado con objetos que no han funcionado desde el principio, como una pantalla TFT de Acer, comprada en uno de los establecimientos más baratos de informática en calle Sepúlveda de Barcelona  y que parpadea arbitrariamente y con vehículos, más de una vez, con defectos de fabricación. El dinero ya no paga las cosas de alta calidad, simplemente paga cosas sin garantía por muchos certificados que vengan con ellas. El comerciante se constituye en un timador tácito en tanto que en el lugar de un aparato electrodoméstico esta proporcionando un ladrillo que lo simula, es decir un aparato con todos los cables y nombres pero que no funciona. Se comprende que una cierta cantidad de productos de una industria que produce las cosas en serie no pasen por verificación y alcancen el mercado con desperfectos. Imaginémonos lo mismo para un avión que no ha sido revisado cada vez que zarpa y sale al aire con los tornillos o los remaches del fuselaje desaflojados. Si bien el desperfecto es algo perfectamente previsible en un proceso industrial, no es nada aceptable que no pase por la verificación suficiente. Lo mismo una prenda de vestir que una  tuerca.

En la misma planta de producción hay, o debe haber, bancos de pruebas. Así mismo en el establecimiento comercial debe contar con la posibilidad de productos devueltos inmediatamente por imposibilidad de uso según lo acordado o prometido y ser sustituidos in situ por unos nuevos. De lo contrario el comercial y el estafador pertenecen a la misma familia de delincuentes.

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