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La curiosidad lleva a todas partes, el miedo a ninguna.

Por entrevecinos - 5 de Mayo, 2006, 16:06, Categoría: Las PAREDES HABLANTES

 

“Las niñas buenas van al cielo, las malas a todas partes”. Pintada retórica prodigada y repetida con toda la picardía infantil reactualizada para menesteres adultos. Durante siglos las mujeres de las culturas próximas, las  católicas, (ahora no entraremos a comentar las otras algo más lejanas) han sido  manipuladas para que hicieran bondad. Por hacer el bien se entendía fundamentalmente obedecer. La cosa no ha variado demasiado. Cuando los papás, incluidos los progres, o los profesores de primaria o monitores de guardería, incluídos los alternativos pedagógicos,  discrimina las conductas entre las buenas y las malas están ya introduciendo una atrocidad antieducativa al hacer prevalecer su criterio subjetivo sobre lo uno o lo otro como concordancia con lo objetivo como si solo fuera un parámetro. La atrocidad es mayor al creer que lo bueno pasa por ese dictum del adulto al que no se le puede replicar. Ya había un mandamiento hebraico que lo ordenaba. Obedecerás a tus padres. ¿Era el cuarto de las tablas de Moisés? Suprimo la pregunta. Que nadie me lo recuerde, prefiero olvidar ciertas cosas. El caso es que los niños y niñas del nacionalcatolicismo sufrimos las consignas del régimen por las bocas de maestros de escuela y padres (y madres, ¡no las dejemos de lado!) autoritarios cuyos carnés de supervivencia pasaban por obedecer al sistema y de paso hacían obedecer a sus vástagos. En particular a las niñas,  criaturas frágiles donde las hubiera, que se exponían a inmensos peligros, nunca del todo aclarados, porque sus cuerpos estaban mas expuestos al pecado y a la desgracia que el de los niños. Obedecer significaba tener la vida eterna garantizada y no hacerlo tener el crematorio a punto para asarse durante el tiempo infinito. Para proteger a las niñitas de la perspectiva infernal no había suficientes ceremonias que las lavaran de todo peligro. Los nombres pensados para ellas eran ya todo un sermón soporífero de domingo a la hora del vermut: Inmaculada, Dolores, la colección de Marías, Purificación, Asunción, Remedios, Fe,  Esperanza, Caridad, Virtudes, Consuelo, Gloria, Rosario, Salustiana, Fuensanta, Rocío, Concordia, Misericordia y tantos otros, que recogía la literatura más retrógrada de lo que había dado el pensamiento del siglo XX. Los nombres para los niños tenían menor carácter ultrajante. No me consta que haya  alguien que se llame Inmaculado, Puro o Caridario, pero tampoco he consultado el santoral para verificarlo ni los registros civiles para pulir este comentario. La cuestión fue que las niñas se llevaban la peor parte mientras que los niños podían salir del atolladero de los miedos de la sociedad oscurantista mejor parados con nombres más aceptables. Ya se sabe: el nombre es todo un dictado programático de lo que se espera del nombrado. Lo es tanto por lo que hace al nombramiento de un cargo como al nombramiento de una vida que nace. Las niñas estaban llamadas a conducirse consecuentemente con el nombre personal que llevaba grabado en la frente, si no como marca del zorro sí como grabación en el prefrontal del neocórtex. Una niña que sobrevivía a su niñez siendo remilgada y obediente sólo le quedaba la perspectiva de ser una esposa sumisa y una madre reproductora de todo aquel esquema recibido con el que castrar psicológicamente a sus hijos (ahora llamaríamos a eso, maltratar).

Afortunadamente los tiempos cambiaron. Las mujeres se libraron de las enaguas, los corsés y hasta de los sujetadores, las más atrevidas  inventaron otra praxis sin bragas y a lo loco. Y lo que es más importante empezaron a librarse de su condición de esclavas ideológicas del estado y de los varones. Empezaron a imitar algunas poses  y atuendos varoniles (los jeans, las piernas cruzadas,...) y consumos  no siempre las más adecuados (el tabaco o el despotismo,...) pero sobre todo empezaron a pensar por cuenta propia. Se constituyeron en género, en grupo, en grito de guerra y empezaron a hacer todo aquello que les había estado oficialmente prohibido: el amor libre, la no servidumbre sexual a un solo hombre, el deseo lúdico de la vida, el viaje, la independencia. En suma empezaron a hacer de malas, a averiguar lo que había detrás de las cortinas prohibidas, en la entrepierna de los hombres, en el corazón de las geografías.  Las buenas, las que siguieron haciendo de buenas se quedaron en casa a regar los geranios y a agilipollar a sus criaturas, mentalmente indefensas, hasta llegar a la edad adulta incapacitándoles para guisar y para otros asuntos domésticos básicos si eran niños e incapacitándolas a ellas para gozar  y ser libres si eran niñas.  Todo adulto tiene un niño dentro que recuperar y con el que sentirse cómodo, especialmente si tuvo que pasar su  infancia bajo las garras de una tiranía política y social y tuvo que padecer una familia autoritaria comportándose como agente de control de la moral privada.  El cielo, allí donde se lo hayan inventado los  religiosomensores, estará poblado de esas pelanduscas que no han roto un plato y no han alzado nunca la voz, de todas esas que iban con trenzas o moños a la escuela y jamás se soltaron el pelo, de todas aquellas que no se atrevieron nunca a suspender por negarse a aprender las tontadas afirmadas en catecismos y otras materias sin la menor garantía de fiabilidad.  El cielo es para los que no se han atrevido a vivir, nunca se comprometieron con el otro, nunca fueron capaces de transgreder la menor norma, nunca se rebelaron contra quienes los maltrataron. El cielo es para los que no pasaron de pecados veniales y jamás disfrutaron de una masturbación en solitario. Las niñas que no se creyeron los cuentos de hadas y que espiaron a hurtadillas lo que hacían sus mayores, y que supieron copiar en clase en exámenes para los que no merecía la pena perder el tiempo en estudiar y que brindaron su virginidad lo antes posible, todas estás vagan libremente por los infiernos del submundo pero también del sobre-mundo, una realidad más allá de la concedida por las mentes restrictas de cada época, una realidad a la que solo acceden las chicas a las que les crecen alas en las espaldas y tienen su inteligencia, sus manos y su sexo libre para hacer lo que les plazca.

 

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